Entierre a mi hija, por favor”, suplicó Isabela a la Pache, su voz quebrada de

dolor y agotamiento. Pero cuando Nahas tomó a la niña, hizo algo que cambiaría

para siempre el destino de sus vidas. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo

Rodríguez, el narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te invito a

suscribirte a nuestro canal y cuéntame desde qué ciudad nos estás viendo. Un

fuerte abrazo y disfruta la historia. El invierno de 1850

llegó a Sonora con nieve pesada y viento que cortaba la piel. Isabela Ríos

caminaba sin rumbo claro, solo con la certeza de que quedarse quieta era

rendirse. En sus brazos, envuelta en trapos que ya no abrigaban suficiente,

la pequeña paloma ardía y temblaba al mismo tiempo. La niña no lloraba. Ese

silencio asustaba más que cualquier queja. Isabela había dejado atrás San Jerónimo

tres días antes. No fue decisión fácil. fue la única que le quedó después de

tocar puertas que no se abrieron, después de escuchar palabras que dolían

más que el frío. En el poblado la conocían como la viuda del ranchero,

aunque nunca hubo boda ni viudez real, solo hubo promesas rotas. Un hombre que

se fue cuando supo del embarazo y un nombre que ahora pesaba como piedra,

Tomás Reinosa. Las mujeres del poblado no la recibieron con caridad. La miraban de costado como

quien mira algo sucio que no quiere tocar. Cuando Isabela pidió ayuda para

Paloma, cuando mostró la fiebre que consumía a su hija, la respuesta fue

silencio primero, sermón después. Las decisiones se pagan.

le dijo doña Remedios, la partera, sin siquiera acercarse a revisar a la niña.

Dios castiga la impureza. Isabela apretó los dientes y no respondió. No era

momento de defenderse. Paloma necesitaba un techo, agua caliente, hierbas para

bajar la fiebre. Pero el poblado había decidido que la vergüenza de la madre

era más importante que la vida de la hija. Intentó con el padre Lorenzo. El

sacerdote la recibió en la sacristía, pero su mirada no tenía misericordia,

solo decepción. Le habló del pecado, de la redención, de aceptar el sufrimiento

como penitencia. Isabela escuchó en silencio, sosteniendo a Paloma contra su

pecho, sintiendo como el cuerpecito se enfriaba a pesar de la fiebre. Cuando el

padre terminó su discurso, ella hizo la pregunta que importaba: “¿Me ayudará a

salvarla?” El sacerdote desvió la mirada. Reza, hija, Dios proveerá. Isabela salió de la

iglesia sabiendo que Dios no proveería nada en ese lugar.

Los hombres del poblado habían decidido su destino antes de que ella naciera.

Una mujer sola, sin familia que la respaldara, sin dinero para comprar

respeto, no merecía ayuda, merecía lección.

Esa misma tarde, mientras recogía lo poco que tenía para marcharse, apareció

Tomás. No vino solo. Llegó acompañado de dos hombres montados en caballos que

costaban más de lo que Isabela en su vida. Tomás seguía siendo el mismo, bien

vestido, seguro de sí, con esa sonrisa que ocultaba amenaza. Isabela dijo sin

desmontar. Escuché que andas pidiendo limosna. Ella no respondió. Paloma gimió en sus

brazos un sonido débil que apenas se escuchó. La niña está enferma”, continuó Tomás

con falsa preocupación. “Deberías traérmela. Yo puedo cuidarla mejor que

tú.” Isabela sintió cómo se le revolvía el estómago. Sabía lo que esa oferta

significaba. Tomás no quería a Paloma por amor paternal. La quería como

propiedad, como prueba de su poder, como algo que podía exhibir o esconder según

le conviniera. Si Isabel aceptaba, perdería a su hija para siempre. No dijo

con voz firme. A pesar del miedo. Tomás dejó de sonreír. No, Isabela, no estás

en posición de negarte. Mira tu situación. Sin casa, sin dinero, con una

criatura muriendo en tus brazos. ¿Crees que puedes sobrevivir sola? Mejor sola

que contigo. El golpe fue rápido. Tomás ni siquiera desmontó, simplemente

extendió el brazo y la empujó. Isabela cayó al suelo, protegiendo a Paloma con

su cuerpo. El dolor en la espalda fue intenso, pero peor fue el peso de la

humillación. Cuando te canses de sufrir, dijo Tomás desde arriba, sabrás dónde encontrarme.

Pero no esperes demasiado, las ofertas se acaban. Se fueron con la misma

arrogancia con la que llegaron. Isabela permaneció en el suelo, sintiendo la

nieve mojada bajo sus rodillas, el cuerpo de paloma temblando contra el suyo. Por un momento, pensó en rendirse.

Sería más fácil, menos doloroso, quizá. Pero entonces Paloma abrió los ojos,

esos ojos oscuros que eran lo único hermoso que le quedaba, y la miró sin

entender por qué todo dolía tanto. Isabela se levantó. Esa noche, mientras

el poblado dormía, salió de San Jerónimo con lo poco que pudo cargar. No tenía

plan, solo tenía un rumor que había escuchado meses atrás, algo que las

mujeres mayores susurraban en voz baja. En la montaña vivía un hombre, un

apache. Los que lo habían visto decían que era peligroso, que odiaba a la gente del valle, que mataba sin preguntar.

Pero también decían otra cosa. Decían que curaba, que había salvado a un niño

perdido, que había ayudado a un viajero herido, que conocía secretos de las plantas que ni las parteras entendían.

Isabela no sabía si el rumor era cierto. Tampoco sabía si llegaría viva a la

montaña, pero sabía que si se quedaba Paloma moriría y si Paloma moría, ella