El capitán Salgado arrancó madres de sus hijos para venderlas. Una niña ciega

desafió el desierto para rogarle ayuda a Pancho Villa. Lo que siguió demostró que en Chihuahua la justicia todavía

existía. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás

escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a

herizar hasta los huesos. Se cuenta que en una tarde polvorienta cerca de Parral, cuando el sol caía como brasa

sobre la tierra agrietada y el calor hacía temblar el horizonte, la tropa de

Pancho Villa descansaba después de semanas de marcha y escaramuzas. Los

hombres estaban tirados bajo los mezquites, buscando cualquier sombra

para aliviar el peso del cansancio. El olor a sudor de caballo, pólvora vieja y

tabaco barato flotaba en el aire quieto. Algunos dormían con el sombrero sobre la

cara, otros limpiaban rifles con trapos sucios y unos cuantos jugaban naipes con

cartas tan manoseadas que apenas se distinguían los palos. Fue en medio de ese descanso ganado a

punta de balas cuando una niña ciega apareció en la orilla del campamento

caminando despacio, guiada solo por el sonido de los cascos y el murmullo de

los hombres. Su vestido estaba gastado hasta los hilos, remendado con retazos

de diferentes colores que contaban historias de pobreza antigua. Los pies

descalzos, cubiertos de polvo y cortados por las piedras del camino, dejaban

huellas pequeñas y decididas en la tierra. Pero su paso era firme, como de

quien no tenía otra opción más que llegar hasta ahí, como de quien ya había caminado más allá del miedo. Los dorados

la vieron llegar y se quedaron quietos, sorprendidos. Un chamaco de apenas siete

u 8 años, sin poder ver nada cruzando sola el desierto, era cosa que no se

veía todos los días. Algunos se miraron entre sí con expresión de asombro, otros

con respeto. Un soldado viejo de bigote canoso y cicatriz en la frente se acercó

con cuidado y preguntó con voz ronca, “¿De dónde vienes, o chamaca? ¿Dónde

está tu gente?” La niña giró la cabeza hacia el sonido de la voz, sus ojos vacíos, mirando un

punto perdido en el aire, y respondió con voz clara a pesar del cansancio.

Vengo de San Isidro, busco al general Villa. Un murmullo corrió entre los

hombres. No era común que alguien, mucho menos una criatura, llegara así pidiendo

audiencia con el mismísimo centauro del norte. Los dorados extrañaron el coraje

de aquella criatura solitaria, más todavía sin poder mirar, y la condujeron

hasta el centro del campamento, donde Villa revisaba armas y cartas tratando

de decidir el próximo movimiento en la guerra. El general estaba sentado en un

tronco caído con mapas desplegados sobre las rodillas y un cigarro apagado entre

los dedos. levantó la vista cuando escuchó el silencio extraño que se había hecho. Ese silencio que anuncia que algo

importante está por pasar. Vio a la niña de pie frente a él, pequeña y polvorosa,

pero con la frente en alto. “Tú me andabas buscando, chamaca?”,

preguntó Villa con voz grave, pero no dura. “Sí, mi general”, respondió ella

girando la cabeza hacia el sonido de su voz con precisión. Vengo a pedirle que traiga de vuelta a mi mamá. La niña

llamada Águeda venía de una aldea pobre en los alrededores, casi borrada del

mapa, de esas que ni siquiera tienen nombre en los registros del gobierno. Un

puñado de casas de adobe, un pozo medio seco y gente que sobrevivía de milagro

en tierra que parecía maldecida por Dios. Desde pequeña no veía nada. Una

fiebre maligna le había robado la vista cuando apenas empezaba a caminar,

dejándole los ojos claros, pero vacíos, como ventanas sin nadie adentro. Pero

Águeda había aprendido a ver de otras formas. Reconocía personas por el sonido

del andar, la manera como arrastraban los pies, el ritmo de los pasos, el peso

del cuerpo sobre la tierra. sabía la dirección del viento por el susurro de las hojas y el olor que traía consigo.

Medía la distancia por el eco de su propia voz en el camino, por cuánto tardaba el sonido en rebotar contra las

piedras o las paredes. El mundo era para ella un mapa de sonidos, olores y

sensaciones, y se movía en él con más certeza que muchos que podían ver. Su

madre, Magdalena, era conocida entre los campesinos como mujer terca de esas que

dicen las cosas de frente, aunque duela. No se doblaba ante capataz ni ante

cobrador de impuestos abusado. Había quedado viuda joven cuando su marido

murió aplastado por una viga en la construcción de un granero del patrón y

desde entonces había criado sola a Águeda, trabajando de sol a sol en lo

que fuera, lavando ropa, moliendo maíz, ayudando en partos, cosiendo, hasta que

se le dormían los dedos. La gente del pueblo la respetaba porque no tenía doblez. Si pensaba que algo estaba mal,

lo decía. Así fuera el cura, el alcalde o el mismísimo quien estuviera

enfrente. Fue esa terquedad, esa incapacidad para agachar la cabeza la

que atrajo el odio de un capitán federal, Justo Salgado, encargado de sofocar cualquier simpatía por villa en

aquella región. Unos días antes, Salgado había llegado con sus hombres a la aldea

de Águeda, levantando polvo y miedo a partes iguales. Eran 20 soldados a

caballo, uniformes sucios, pero armas relucientes, rostros curtidos por el sol

y endurecidos por la crueldad. Llegaron al mediodía, cuando el calor

aprieta más y la gente busca sombra para descansar. El capitán venía bajo el

pretexto de reclutar y cobrar contribuciones para el gobierno, pero en

realidad buscaba dar un ejemplo que esparciera miedo por el norte. Uno de

esos ejemplos que la gente recuerda durante generaciones. Tomó animales sin

pagar, tres vacas flacas, dos burros, un caballo viejo. Mandó quemar dos casas

para enseñar respeto y reunió al pueblo en la plaza de tierra batida bajo el sol