El niño huérfano halló refugio en un carro enterrado y al abrir la puerta comenzó a llorar sin parar. No podía

creer lo que veía. Jefferson tenía 10 años cuando descubrió que la directora del orfanato Luz Eterna había vendido a

su mejor amigo, Joan, a una familia que prometía trabajo ligero en el campo. Esa

madrugada había visto el intercambio desde la ventana del dormitorio. Billetes arrugados cambiando de manos,

documentos falsos firmados, promesas de que el niño tendría una vida mejor.

Jefferson conocía la verdad. Joan, de 9 años, construía aviones de papel y

soñaba con ser piloto algún día. Era el niño que compartía su ración de pan cuando Jefferson enfermaba, que

inventaba cuentos para hacer reír a los más pequeños. Joan había desaparecido

esa mañana bajo la mentira de una adopción especial. El orfanato Luz Eterna se alzaba como una fortaleza gris

en las afueras de Puebla. 40 niños asinados en habitaciones húmedas. Comida

racionada que apenas alcanzaba para todos, castigos severos por cualquier protesta. Jefferson había llegado allí 5

años atrás después de que sus padres murieran en un derrumbe en la mina donde trabajaban. Sin parientes conocidos,

nadie preguntaba por él. Los niños del orfanato aprendían rápido las reglas no

escritas. No hacer preguntas sobre los que desaparecían, no protestar por las

condiciones, mantenerse invisibles cuando llegaban visitantes extraños.

Aquellos que causaban problemas terminaban en el sótano durante días sin luz. Los que persistían simplemente se

desvanecían una noche y nuevos rostros ocupaban sus camas antes del amanecer.

Jefferson había sobrevivido volviéndose útil. Era ágil para trepar y reparar

techos, fuerte para cargar sacos pesados, silencioso para moverse sin ser

detectado. La directora Sonia Moura lo usaba para tareas que requerían discreción. A cambio, Jefferson recibía

protección contra los castigos más brutales. Pero esa protección terminó cuando Jefferson cometió el error de

preguntar directamente qué había pasado con Joan. El niño Jefferson está haciendo

demasiadas preguntas. Había escuchado decir a la directora por teléfono esa tarde. Sí, el de 10 años, cabello

oscuro, ojos verdes, no tiene familia que pregunte por él. Perfecto para el

próximo envío. Jefferson pasó esa noche despierto, fingiendo dormir mientras

planificaba desesperadamente una escapatoria. Había observado durante semanas las rutinas de los guardias.

Había notado que la ventana del baño del segundo piso tenía barrotes sueltos.

Había memorizado los horarios de las patrullas nocturnas. Cuando las primeras luces del amanecer aparecieron,

Jefferson puso su plan en acción. Durante el baño matutino, mientras los

otros niños se duchaban, trabajó los barrotes flojos con una cuchara robada del comedor. Uno a uno, los barrotes se

dieron hasta crear una abertura suficiente para su cuerpo delgado. Se deslizó por la ventana y bajó por la

tubería de desagüe, sintiendo el metal frío contra sus manos desnudas. El patio

trasero estaba silencioso. Trepó el muro usando piedras sobresalientes y saltó al

otro lado, aterrizando en arbustos que amortiguaron su caída. Corrió por calles

empedradas mientras el pueblo despertaba. Su ropa del orfanato lo delataba. Pantalón café desteñido,

camisa blanca amarillenta, zapatos con agujeros. Parecía exactamente lo que era, un

huérfano fugitivo. Jefferson siguió las vías del tren que llevaban hacia las montañas. Había

escuchado a trabajadores del orfanato hablar de pueblos abandonados en las sierras, lugares donde las minas se

habían agotado y las familias se habían marchado, dejando atrás casas vacías y

recuerdos. El sol estaba alto cuando llegó a un puente de tren sobre una barranca profunda. Abajo podía ver el

esqueleto oxidado de un pueblo minero, casas de adobe con techos hundidos, una

iglesia sin campanario, estructuras de madera carcomidas por el tiempo. Bajó por un sendero serpente hasta llegar al

pueblo fantasma. Las calles estaban llenas de maleza, puertas colgaban de

bisagras rotas. Ventanas sin cristales miraban como ojos vacíos hacia un cielo

que había visto demasiadas despedidas. exploró casa tras casa, buscando un

lugar donde refugiarse, pero todas tenían techos parcialmente derrumbados o

pisos podridos que cedían bajo su peso. Cuando el atardecer comenzó a pintar las montañas de colores dorados, Jefferson

aún no había encontrado refugio seguro. Fue entonces cuando notó algo extraño al

final del pueblo entre los árboles que habían crecido salvajemente, casi completamente oculto por maleza y

tierra. acumulada por años de lluvia. Había algo que no pertenecía a las ruinas coloniales, la forma rectangular

de un automóvil enterrado. Jefferson se acercó cautelosamente. Solo la parte

superior del vehículo era visible, como si la tierra se hubiera tragado gradualmente todo, excepto el techo y

las ventanas traseras. Era un automóvil elegante de un modelo que no reconocía,

pintado de un azul que aún brillaba bajo la suciedad acumulada. comenzó a acabar con las manos alrededor

de la puerta del conductor, removiendo tierra compactada y raíces pequeñas. El

trabajo era agotador, pero algo lo impulsaba a continuar. Tal vez era la desesperación de necesitar refugio antes

del anochecer o tal vez una intuición inexplicable de que este automóvil

guardaba secretos importantes. Después de una hora de excavación, logró

liberar suficientemente la manija de la puerta. la jaló con todas sus fuerzas y

la puerta se abrió con un gemido metálico, liberando aire que olía a cuero viejo y tiempo detenido. Jefferson

se asomó hacia el interior del automóvil y lo que vio lo golpeó como una revelación que cambiaría su vida para

siempre. El interior estaba perfectamente preservado. Asientos de

cuero café brillaban como si hubieran sido pulidos recientemente. El tablero de madera barnizada reflejaba la luz del

atardecer, pero lo que realmente capturó su atención fueron los objetos que encontró. En el asiento trasero había

una manta tejida a mano con colores vibrantes. Sobre ella, cuidadosamente dispuestos, había juguetes que

claramente habían pertenecido a un niño. Soldaditos de plomo, canicas de cristal,

un caballo de madera tallado a mano con extraordinario detalle. En el piso

encontró libros envueltos en tela encerada, cuentos de aventuras, historias de piratas y exploradores,

volúmenes de ciencias naturales con ilustraciones detalladas, libros que hablaban de padres que valoraban la

educación y la imaginación. Pero fue lo que encontró en la guantera, lo que hizo