Solo 2 decisiones salvaron Moscú de caer — el giro que nadie vio venir 

 

 

El 15 de octubre de 1941, a las 04:37 horas, el teniente coronel Alexei Boronzov recibió por línea directa la orden que definiría el destino de Moscú, evacuar inmediatamente los archivos del Estado Mayor de la capital soviética. La cifra que lo paralizó no fue un número de divisiones enemigas ni de tanques destruidos, sino esta.

Quedaban exactamente 17 horas antes de que los últimos trenes especiales partieran hacia el este. Si esos vagones no salían cargados con los mapas de defensa, códigos de comunicación y registros estratégicos de tres frentes militares, la Vermacht tendría en sus manos el sistema nervioso completo de la resistencia soviética.

 17 horas para salvar o condenar a 20 millones de habitantes. Borontonov tenía 42 años, veterano de la guerra civil, un hombre de complexión mediana con manos temblorosas desde Jarkov y una hija de 7 años evacuada a los Urales tres semanas atrás. Su función era coordinar el transporte de material clasificado, pero esa madrugada se convirtió en algo más, el eje de una decisión que ni siquiera Stalin había contemplado completamente.

Junto a él operaban el capitán Boris Demitriev, especialista en demoliciones con fama de calcular explosivos al gramo. Sargento Yecaterina Samoilova, francotiradora transferida desde Leningrado con 53 confirmaciones y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. El suboficial Pavel Kusmín, veterano de 48 años que había servido en la Primera Guerra Mundial y conocía cada rincón de Moscú como su propio apartamento.

 Y el soldado raso Nikolay Gromov, 18 años, recién cumplidos, reclutado de una aldea de tula, nervioso pero disciplinado. La ciudad ardía en pánico controlado. Desde el 13 de octubre, cuando las primeras columnas alemanas fueron avistadas a 120 km al oeste, Moscú había entrado en un estado de semievacuación oficial.

 Las fábricas desmontaban sus líneas de producción, las universidades quemaban documentos y en las estaciones ferroviarias se amontonaban miles de civiles con permisos de salida. Pero en el sótano del edificio del comisariado de defensa, Boronsov sabía que el verdadero combate no se libraba aún en las trincheras de Mhaisk ni en los bosques de Bolocolamsk.

Se libraba aquí entre cajas selladas de mapas topográficos y cilindros metálicos con claves de radio. A las 05:15 horas, Borontsof reunió a su equipo en el corredor central del archivo. Tenemos 100 cajas, tres camiones SIS 5 disponibles hasta las 220 horas cuando parten los trenes. Cada viaje al depósito de Kassanski toma 50 minutos ida y vuelta. Háganme los cálculos.

Dmitriev sacó un lápiz. Seis viajes máximo, 200 cajas por carga. 100 no caben. Necesitamos priorizar. La voz de Kusminó desde el fondo. O necesitamos otra ruta más corta. Boronsov alzó la vista. No hay otra ruta sin cruzar zonas bajo bombardeo intermitente. Antes de que continuaran, Samoilova señaló hacia la ventana bloqueada con tablones.

Camaradas, si van a cargar documentos bajo fuego enemigo, más vale que alguien cubra esos camiones. He visto cómo trabajan los francotiradores alemanes en edificios bombardeados. Usan el caos. Boronsov asintió. Cada convoy llevará escolta armada. Tú irás en el primero, Ycaterina. Gromov con ella.

 Dimitriev, preparas cargas de demolición para el archivo si nos vemos obligados a destruirlo antes de evacuar. El joven soldado tragó saliva. Destruir todo. Si los alemanes llegan antes que nosotros salgamos. Sí. Y aquí en este momento preciso quisiera pedirles algo. Si están siguiendo esta historia desde Argentina, desde México, desde España o cualquier rincón del mundo hispanohablante, suscríbanse al canal y comenten de qué país nos siguen.

 Queremos saber dónde resuena esta historia, porque lo que pasó en esas 17 horas no fue solo un episodio soviético, fue una lección sobre cómo las decisiones bajo presión extrema cambian el curso de guerras enteras. A las 06:40 horas, el primer camión C5 cargado con documentos del Frente Occidental salió del sótano hacia la estación de Kasanski.

Borontzov viajaba en la cabina junto al conductor, un subteniente de 30 años llamado Levedev, mientras Samoilova y Gromov iban en la parte trasera con fusiles Mosin Nagant y dos cargadores extra cada uno. Las calles estaban semivacías con trambías volcados que nadie había retirado y carteles de propaganda rasgados por el viento.

 El cielo tenía ese color gris metálico de octubre en Moscú, denso de nubes bajas que amenazaban nieve temprana. A 3 km del depósito, cuando el camión cruzaba la avenida Sadobaya, el sonido inconfundible de motores Junkers Yu 88 rasgó el aire. Levedev frenó en seco. Bombarderos. Boronsov gritó hacia atrás.

 Samoy Loba, posiciones. La francotiradora ya estaba de rodillas entre las cajas, barriendo el cielo con la mirada. Los aviones pasaron de largo. Su objetivo eran las vías al norte, pero las explosiones sacudieron edificios a 500 m. Polvo y escombros llovieron sobreel camión. Gromov tosió aferrando su fusil.

 “Siga conduciendo”, ordenó Boronsov. Lebedev metió primera y aceleró. Llegaron a Kassanski a las 07:35. El depósito ferroviario era un caos organizado. Soldados del NKVD verificaban documentos. Trabajadores ferroviarios cargaban vagones con maquinaria pesada. Mujeres con niños pequeños esperaban en filas interminables para subir a trenes civiles.

Boronsovalizó al comandante de la estación, un mayor de apellido Musov, con bigote gris y expresión de hombre que no había dormido en tres días. Tengo espacio en el tren número 17. Sale a las 21:30. ¿Cuántas cargas trae? Seis convoyes. 200 cajas cada uno. Musov miró su reloj. Si no llegan antes de las 210, parto igual.

 No puedo arriesgar el tren. ¿Entendido? El primer convoy descargó sin incidentes. Borontso regresó al archivo a las 0850, recogió el segundo cargamento, documentos del frente de reserva y salió nuevamente. Así transcurrieron los primeros tres viajes, rutinarios, tensos, agotadores. Cada 50 minutos el mismo circuito.

 A las 14:20 horas, cuando el cuarto camión estaba siendo cargado, Kusmin apareció corriendo desde el nivel superior del edificio. Teniente coronel, problema. Acabo de recibir información de un contacto en la milicia popular. Hay un grupo de saboteadores alemanes operando cerca del puente Krimski. Si usamos la ruta habitual, pasamos justo por ahí.

 Borontzovjó caer la caja que sostenía. Confirmado. Tres testigos vieron uniformes soviéticos falsos hablando en alemán junto a un camión civil. Son de Laber, infiltrados para cortar líneas de suministro. Demitriev intervino. Podemos rodear por el sur. Añade 20 minutos, pero evita el puente. Boronsov hizo cálculos mentales.

 20 minutos extra por tres convoyes restantes significaban una hora más. llegarían a Kasanski pasadas las 21. Musov había sido claro. No podemos arriesgarlo dijo Kusmin. Si nos emboscan, perdemos todo el cargamento y probablemente las vidas. Boronsov miró los rostros de su equipo. Samoy Loba limpiaba el cañón de su fusil con un trapo.

 Gromov esperaba órdenes con los ojos muy abiertos. Dimitriev calculaba algo en un papel arrugado. “Hay otra opción”, dijo el capitán de demoliciones. “Enviamos dos camiones simultáneamente por rutas distintas. Uno por el camino habitual, rápido como señuelo, otro por la ruta sur con la carga crítica. Si los saboteadores muerden el anzuelo, atacan el señuelo, el otro pasa limpio.

” Borontsov negó con la cabeza. Eso significa sacrificar un camión y probablemente a su tripulación. Es una posibilidad, no una certeza, y salva 900 documentos en lugar de perder 100. La decisión pesaba como plomo. Porontovocía los protocolos. Preservar material clasificado era prioritario sobre vidas individuales en tiempos de guerra, pero él no era un autómata.

 Levedev, el conductor, tenía una esposa embarazada. Samoy Loba había sobrevivido al cerco de Leningrado evacuando niños bajo fuego artillero. Gromov apenas llevaba dos meses en el ejército. “No vamos a usar ceñuelos humanos”, declaró Boronzov. “Cambio de plan. Cuarto y quinto convoy irán por la ruta sur juntos, escoltados por Samoilova y Kusmin con cuatro milicianos armados.

que conseguiremos del puesto de la avenida Gorki. Demitriev y yo iremos adelante en un vehículo ligero. Reconoceremos el puente Krimski. Si hay saboteadores, los neutralizamos o desviamos antes de que lleguen los camiones pesados. A las 15:10 horas, Borontzov y Dmitriev partieron en un Gas 67 requisado, un automóvil toderreno ligero con capacidad para cuatro personas.

Llevaban granadas RGD33, pistolas Tocarev y una ametralladora ligera DP27 en el asiento trasero. El trayecto hasta el puente Krimski tomó 12 minutos. La zona estaba inquietantemente tranquila. Edificios con ventanas rotas, un tranvía abandonado en medio de la calle, hojas de octubre arremolinándose en las esquinas.

Dmitriev señaló hacia un camión civil estacionado bajo el arco sur del puente. Ahí se detuvieron a 100 met. Boronsov sacó unos binoculares. Tres hombres vestidos con uniformes del Ejército Rojo. Pero algo estaba mal. Las botas eran alemanas, modelo Vermacht, y uno llevaba un reloj de pulsera que reflejó la luz del sol cuando giró el brazo. Ab confirmado, susurró Boronsov.

Están colocando algo bajo el puente. Explosivos. Demitriv entrecerró los ojos. Cargas para volar el puente cuando pasen los convoyes soviéticos. Clásico. Puedes desarmarlas. Si llego sin que me vuelen la cabeza, sí. Boronsov pensó rápido. No tenían refuerzos cerca. Los milicianos venían con los camiones aún a 20 minutos de distancia.

 Enfrentamiento directo, tres contra dos, asumiendo que los saboteadores estaban armados, lo cual era seguro. Elemento sorpresa a favor de Boronzov, pero terreno abierto sin cobertura sólida. Vamos a flanquearlos decidió. Tú bajas por la ribera este, yo cruzo por el oeste. Nos acercamos desde ángulos opuestos. A mi señal, tresdisparos al aire, los neutralizamos.

Mi Triev asintió, revisó su pistola y salió del vehículo. Se movieron en silencio usando los escombros como cobertura. Boronsov rodeó un edificio bombardeado. Avanzó agachado junto a una pared derruida, sintiendo el corazón latir contra las costillas. Desde su posición podía ver a dos de los saboteadores trabajando bajo la estructura del puente con cables y bloques de explosivo.

 El tercero vigilaba la avenida con un subfusil MP40 colgado del hombro. Borontonov esperó hasta que Dmitriev apareció al otro lado, oculto tras un carro volcado. Hicieron contacto visual. Boronsov levantó tres dedos. Dmitriev preparó una granada. Boronzov disparó tres veces al aire con su tocarev. El saboteador centinela giró sobresaltado buscando el origen del sonido y en ese instante Demitriev lanzó la granada RG33 hacia el camión civil.

 La explosión fue ensordecedora. levantó una columna de humo negro y derribó al centinela por la onda expansiva. Los otros dos saboteadores salieron corriendo desde puente, pero ya estaba disparando. Alcanzó a uno en la pierna, cayó gritando en alemán. El tercero abrió fuego con su MP40 hacia Dmitriev, quien se lanzó detrás del carro.

 Las balas rebotaron en el metal. Boronsov avanzó por el flanco, descargó el resto de su cargador. El saboteador se desplomó. Silencio, humo, el olor a pólvora quemada mezclado con el aroma metálico del río. Borontzov corrió hacia el puente. Dmitriev lo siguió. El saboteador herido intentaba arrastrarse. Dmitriev lo esposó con alambre.

 Los otros dos estaban muertos. Bajo el puente encontraron cinco cargas de explosivo TMI35 conectadas a un detonador temporizador ajustado para las 17 horas, exactamente cuando los convoyes habrían cruzado si hubieran mantenido la ruta original. Demitriev desconectó los cables con manos expertas, sudando frío.

 2 minutos más tarde y esto volaba con nosotros encima. regresaron al archivo a las 16:45. Boronto informó a Kusmin. Ruta despejada, saboteadores neutralizados, puente seguro. Los convoyes cuarto y quinto partieron juntos a las 17:10 escoltados por Samoilova, Kusmin y seis milicianos armados con fusiles y granadas.

 Boronsov los siguió en el Gas 67 con Demitriev. Cruzaron el puente Krimski sin incidentes. Las sombras del atardecer se alargaban sobre Moscú, tiñiendo los edificios de un naranja enfermizo. A las 18:35, ambos camiones llegaron a Kasanski. Musov inspeccionó la carga y autorizó la descarga en el vagón 17, que daba un último convoy.

 Boronsov regresó al archivo a las 19:20, exhausto, con las manos manchadas de grasa y pólvora. El sexto cargamento esperaba 200 cajas con los documentos del Estado Mayor General, los más sensibles de todos, incluyendo planes de contraofensiva firmados por Chukov. Gromov ayudaba a cargar su rostro pálido por el esfuerzo. Teniente coronel, hay algo que debes saber.

 Uno de los archivistas civiles se negó a irse. Dice que tiene orden de quedarse para destruir documentos secundarios si los alemanes entran en Moscú. Está en el sótano inferior. Bronzov bajó. El sótano olía humedad y papel viejo. Encontró a un hombre de unos 60 años, delgado, con lentes redondos y un abrigo raído, sentado junto a una pila de carpetas.

 Su nombre, Ivanov, archivista, jefe desde 1928. Ivanov, no puede quedarse. Si los alemanes llegan, morirá aquí. El viejo levantó la vista. Teniente Coronel, llevo 13 años catalogando estos documentos. Conozco cada expediente, cada código, cada mapa. Si me voy y ustedes no logran evacuarlos todos, ¿quién sabrá qué quedó atrás? ¿Quién podrá decirle al enemigo que destruir primero? Boronsov sintió un peso en el pecho. Esa no es su decisión.

Ivanov se puso de pie lentamente. ¿Sabe qué hay en estas carpetas? Informes de campesinos sobre movimientos alemanes en aldeas que ya no existen. Cartas de soldados pidiendo refuerzos que nunca llegaron. Testamentos de hombres que murieron defendiendo Smolensco. Si alguien debe asegurarse de que esto no caiga en manos enemigas, soy yo.

Borontonov no tenía tiempo para debates filosóficos, pero algo en la voz del viejo lo detuvo. Le doy dos opciones. viene con nosotros ahora y le prometo que estos documentos llegarán a los Urales o me entrega una lista escrita de los archivos más críticos y lo escolto hasta un refugio antiaéreo donde pueda sobrevivir.

Ivanov miró las carpetas. Finalmente sacó un cuaderno arrugado de su abrigo. Escribió durante 2 minutos con letra temblorosa y se lo entregó a Boronsov. Estos 27 expedientes son irreemplazables. Si solo puede salvar algunos, salve estos. Boronsov tomó la lista, la guardó en su chaqueta.

 Vamos, hay un refugio a cuatro manzanas. Lo llevaré personalmente. Subieron. Boronsov asignó a Gromov para escoltar a Ivanov al refugio de la calle Miasnitzkaya. El archivista apretó la mano del teniente coronel antes de irse. Que Dios los acompañe, aunque ya no creamos enél. A las 20:05, el último camión SIS 5 salió del archivo hacia Kanski.

Boronzov, Dimitriev, Samoilova y Kusmin viajaban juntos apretados en la cabina. Las calles estaban completamente oscuras. El toque de queda había comenzado a las 190. y las lámparas públicas permanecían apagadas por orden de defensa antiaérea. Levedev conducía con luces mínimas, siguiendo el contorno de los edificios.

A medio camino, un obstáculo inesperado, un tranvía volcado bloqueaba completamente la avenida Pocrovka. “Maldición, mascyulló Levedev. No hay paso. Kusmín salió del camión, inspeccionó el tranvía. Necesitamos al menos 10 hombres para moverlo. No lo lograremos a tiempo. Boronsov consultó su reloj. 2022. Musov había dicho 21:30 como hora límite de partida, pero prefería cargar antes de las 210 para asegurar el cierre.

Quedaban 38 minutos. ¿Hay otra ruta? Demitriev desplegó un mapa sobre el capó del camión usando una linterna cubierta con tela roja. Podemos retroceder, tomar la calle Maroseica, rodear por el norte, añade 15 minutos. No había alternativa. Levedev metió reversa, giró el camión en una maniobra complicada entre escombros y comenzó el desvío.

 Las ruedas traseras patinaron en barro congelado. El motor protestó, pero obedeció. Avanzaron por calles estrechas, rozando paredes, esquivando cráteres de bombas. A las 20:50, cuando faltaban siete manzanas para Kassanski, el motor del CIS 5 tosió, escupió humo negro y se detuvo. Levedev intentó el arranque tres veces, nada.

 Combustible contaminado o fallo de bomba, diagnosticó Demitriev tras abrir el capó. Borontov saltó del camión. La estación estaba visible a 600 m. Las luces débiles del depósito parpadeaban en la distancia. 20 minutos para cargar 200 cajas a mano corriendo. Todos fuera, formamos cadena humana. Samoilova, tú y Cusmin, adelante. Abren paso.

 Demitriev, tú y Levedev, conmigo cargamos. Movimiento. Comenzaron a correr con cajas en brazos. Samoy Loba iba adelante con el fusil colgado despejando escombros del camino. Kusmin marcaba el ritmo gritando instrucciones. Izquierda, cráter, derecha, cable caído. Boronsov cargaba dos cajas de 20 kg cada una, sintiendo los músculos de la espalda arder.

 Dimitriev tropezó, cayó de rodillas, se levantó sin soltar su carga. Hicieron tres viajes en cadena 30 hombres entre soldados del depósito y milicianos que Musov envió al ver el camión varado. A las 21:18, la última caja fue cargada en el vagón 17. Musov cerró las puertas del vagón personalmente. 5 minutos de margen, teniente coronel.

No pensé que lo lograra. Boronsov jadeaba apoyado contra un poste de señales. Yo tampoco. El tren silvó, las ruedas chirriaron y el convoy número 17 comenzó a moverse hacia el este, hacia Kuibev, hacia la seguridad de los Urales, llevando consigo 100 cajas con el sistema nervioso de la defensa soviética. Pero la noche no había terminado.

Cuando Boronsov y su equipo regresaron al edificio del comisariado de Defensa a las 22:40, encontraron una orden fresca del Estado Mayor, destruir el archivo inmediatamente. Los alemanes habían avanzado 18 km más durante el día, rompiendo las defensas de Mosisk. Se estimaba que podrían alcanzar los suburbios occidentales de Moscú en 48 horas.

 Todo lo que quedara en los sótanos debía ser demolido antes del amanecer. Dimitriev preparó las cargas. Usó explosivo TMT en puntos estructurales del sótano, cuatro columnas de soporte, las escaleras principales, el techo reforzado. Colocó detonadores temporizados para las 05 horas, dando tiempo para una evacuación final de personal.

 Mientras trabajaba, Borontsov supervisaba la quema de documentos secundarios en el patio interior del edificio. Montones de papeles ardían en tambores metálicos. Las cenizas volaban hacia el cielo nocturno de Moscú como copos de nieve negra. A las 0130 del 16 de octubre, Samoy Loba localizó algo en el nivel inferior del archivo, una caja sellada que no estaba en ningún inventario.

 La abrió con cuidado. Contenía mapas detallados de rutas de suministro alemanas capturados por partos bielorrusos tres semanas atrás, pero nunca procesados por la burocracia del Estado Mayor. Oronsov examinó los mapas bajo la luz de una lámpara de queroseno. Mostraban depósitos de combustible alemanes, rutas de convoyes, horarios de rotación de unidades, información de oro.

 Esto no puede quemarse ni volar, dijo Voronsov. Llevémoslo directamente al estado mayor antes de demoler el edificio. Kusmin frunció el ceño. Teniente coronel, el estado mayor está a 8 km al otro lado de la ciudad. Las calles están cerradas. Hay patrullas del NKVD disparando a cualquier vehículo sin autorización escrita. No llegaremos a tiempo para volver antes de que explote el sótano.

 Borontov pesó las opciones. Podían retrasar la demolición, pero cada minuto de retraso aumentaba el riesgo de que los alemanes capturaran el edificio intacto. Podían enviar los mapas con un mensajero, pero¿quién garantizaba que llegarían? Voy yo, dijo Boronzov. Demitriev, ajustas los detonadores para la 060. Una hora extra.

 Samoilova, Kusmin, aseguran el perímetro hasta que regrese. Si llego tarde y el edificio explota, entiérrenme bajo los escombros. Nadie rió. Boronsov tomó los mapas, los guardó en una bolsa impermeable y salió al Gaz 67. Gromov, que había regresado tras escoltar a Ivanov, se ofreció como copiloto. Voy con usted, teniente coronel. Conozco los puestos de control.

Mi tío trabaja en la milicia del distrito Crasnayapresnia. Condujeron a través de Moscú bajo toque de queda. Las calles estaban muertas, iluminadas solo por incendios lejanos y el resplandor ocasional de reflectores antiaéreos. En el puesto de control de la plaza Sverlov, un teniente del NKVD los detuvo con ametralladora en mano.

Documentos, explicación. Boronsov mostró su identificación y señaló la bolsa. Material clasificado para el Estado Mayor. Urgencia máxima. El teniente examinó los papeles, llamó por radio a su superior. 10 minutos de espera bajo la lluvia helada que había comenzado a caer. Finalmente, autorización concedida. Llegaron al edificio del Estado Mayor a las 03:15.

entregaron los mapas a un oficial de guardia, quien los llevó directamente al despacho del general de división Vasili Sokolovski, subjefe de Estado Mayor. Sokolovski examinó los documentos durante 20 minutos, hizo anotaciones, llamó a dos coroneles, a las 03:50 regresó y estrechó la mano de Boronzov. Estos mapas confirman algo que sospechábamos.

 Los alemanes tienen un cuello de botella en su cadena de suministros en la región de Viasma. Si lanzamos incursiones de partisanos en esos puntos en los próximos tres días, podemos retrasar su ofensiva una semana completa. Le debo una, teniente coronel. Boronsov regresaron al comisariado de defensa a las 05. Dimitriev ya había activado los temporizadores finales.

Evacuaron al último personal, tres oficinistas, dos cocineras, un operador de radio. A las 06:02, el edificio explotó. El sótano colapsó sobre sí mismo en una nube de polvo y escombros. Las columnas cedieron, el techo se hundió. Todo lo que quedaba del archivo desapareció bajo toneladas de concreto.

 Borontovó desde una distancia segura, sintiendo una mezcla de alivio y pérdida. 13 años de registros reducidos a ruinas. Pero aquí, en la madrugada del 16 de octubre, una segunda decisión estaba a punto de definir el destino de Moscú y Boronsov tendría un papel inesperado en ella. A las 0800 horas fue convocado al despacho del general Pavel Artemiev, comandante del distrito militar de Moscú.

 Artemiev era un hombre de 54 años, veterano de la guerra civil, con reputación de estratega conservador, pero eficaz. Su oficina temporal estaba en un búnker bajo el Kremlin, accesible por escaleras de piedra que olían a humedad y moo. Teniente coronelorov, comenzó Artemiev sin preámbulos, ha hecho un trabajo excepcional evacuando los archivos.

Ahora necesito que haga algo más difícil. Necesito que me ayude a decidir si defendemos Moscú o la abandonamos. Brorons parpadeó confundido. Abandonar Moscú, camarada general. Artemiev extendió un mapa sobre la mesa. Las fuerzas alemanas han roto nuestras defensas en Mosaisk, Kaluga y Kalinin. Tenemos tres frentes colapsando simultáneamente.

El Estado Mayor está dividido. Unos proponen repliegue estratégico al este del Volga. Otros defienden resistencia hasta el último hombre. Stalin no ha tomado decisión final. Mientras tanto, yo debo preparar dos planes operativos opuestos y tenerlos listos en 24 horas. Artemiev señaló dos carpetas en su escritorio.

Plan A. Evacuación total de Moscú. Demolición de infraestructuras clave. Repliegue de todas las fuerzas al este. Plan B. Fortificación inmediata de Moscú. Movilización de 300,000 civiles para construir trincheras. Resistencia urbana prolongada. Cada plan requiere decisiones logísticas enormes que deben tomarse ya.

 Y necesito información fresca del terreno. Usted acaba de cruzar Moscú cuatro veces en 12 horas. ¿Qué vio? Boronsov tragó saliva. No era estratega militar, era un oficial logístico. Pero Artemiev esperaba respuesta. Vi pánico contenido, camarada general. Vi civiles evacuando por iniciativa propia, sin órdenes claras. Vi milicias desorganizadas en puestos de control sin comunicación centralizada.

Vi edificios abandonados que podrían ser fortificados, pero están vacíos. Moscú no está preparada para resistencia urbana prolongada, pero tampoco está lista para evacuación masiva ordenada. Estamos en un punto intermedio que favorece al enemigo. Artemiev. asintió lentamente. Exacto. Por eso necesito que haga esto.

Tome un equipo, realice reconocimiento de las líneas defensivas occidentales de Moscú, cuente fortines, trincheras, posiciones de artillería. Hable con los comandantes locales, vea el estado de las tropas. Necesito saber si realmente podemos defender esta ciudad o siestamos viviendo una ilusión.

 Informe en 18 horas. Nalastero 9:30. Boronsov partió nuevamente, esta vez con Dmitriev, Samoilova, Kusmin y Gromov, más un cartógrafo militar llamado Sorokin y dos operadores de radio. Viajaron en dos vehículos hacia el oeste, hacia los suburbios de Moscú, donde se estaban construyendo las últimas líneas defensivas.

 La lluvia helada continuaba convirtiendo los caminos en ríos de barro. A las 11:0 llegaron al sector de defensa de Cuncebo a 8 km del centro de Moscú. Lo que encontraron fue desolador. Las trincheras eran zanjas mal excavadas, sin refuerzos de madera, inundadas por la lluvia. Los fortines eran montículos de tierra con sacos de arena apilados sin criterio ingenieril.

La artillería consistía en seis cañones antitanque de 45 m con munición limitada, 30 proyectiles por pieza. Las tropas eran milicianos, hombres de 40 a 50 años, armados con fusiles mosagant de la Primera Guerra Mundial y 10 cartuchos cada uno. El comandante del sector, un mayor llamado Orlof, parecía abrumado.

“Tenemos 2000 hombres para defender 4 km de frente”, explicó Orlov. La mayoría son obreros de fábricas sin entrenamiento militar. Les dimos fusiles hace tres días. ¿Cómo se supone que detenga a divisiones pancer con esto? Boronsov inspeccionó las posiciones. No había campos minados, no había alambradas, no había comunicaciones por radio entre fortines.

Las líneas telefónicas eran cables expuestos que cualquier bombardeo cortaría. Sorokin, el cartógrafo, mapeó las posiciones y calculó. densidad defensiva de un hombre cada 2 met sin profundidad táctica, sin reservas. Visitaron tres sectores más durante el día. Phili, Ramenki, Borobiovi, Gori.

 La situación era similar en todos. A las 19, cuando regresaban al centro de Moscú, Boronzov sentía un peso aplastante. Dimitriev rompió el silencio. Si los alemanes atacan estas líneas con fuerza real, las atraviesan en dos horas. Kusmín añadió, “A menos que recibamos refuerzos masivos, infantería regular y tanques, Moscú no puede defenderse eficazmente.

” Boronsov entregó su informe a Artemiev a las 2100 horas. El general leyó en silencio, con expresión cada vez más sombría. Esto confirma mis peores temores, dijo finalmente, las defensas son teatro, no fortificaciones reales. Si seguimos el plan B, resistencia urbana, Moscú se convierte en estalingrado prematura, pero sin el Volga como barrera natural ni las fábricas fortificadas, los alemanes nos aplastarían.

Artemiev se puso de pie, caminó hacia la ventana del búnker. Desde allí no se veía nada, solo paredes de concreto, pero parecía contemplar algo distante. Teniente coronel, voy a compartir algo que no sale de esta habitación. Stalin ha ordenado que el gobierno se evacúe a Kuibev. Los comisariados, el politó, las embajadas extranjeras, todos parten próximas 48 horas.

 Pero Stalin no ha decidido si él se va también. Y si él se queda en Moscú, el Ejército Rojo no puede retirarse, sería deserción política. Así que necesito una tercera opción, algo entre evacuación total y resistencia suicida. Borontzov pensó. Una tercera opción, ni repliegue ni resistencia estática. Defensa elástica sugirió. Retrasamos al enemigo en las afueras.

Evacuamos civiles del centro. Construimos anillos defensivos concéntricos. Ganamos tiempo para que lleguen refuerzos desde el este. Shukov está movilizando divisiones siberianas. Artemiev asintió. Exactamente lo que pensé. Pero implementar defensa elástica requiere coordinación perfecta entre tres frentes, evacuación de 4 millones de civiles bajo fuego enemigo y demoliciones controladas de puentes, fábricas y depósitos sin destruir la capacidad defensiva.

Puede organizar las demoliciones. Borontsov no titubeó. Sí, camarada general, dame ingenieros, explosivos y autoridad para coordinar con los comandantes locales. Artemiev firmó una orden. Tienes 72 horas. Prepara las demoliciones de todos los puentes sobre el río Moscova, las estaciones ferroviarias occidentales, los depósitos de combustible en Fili y las fábricas que no puedan evacuarse.

Pero, y esto es crítico, no detonas nada hasta que recibas orden directa mía. Si los alemanes no llegan, esas infraestructuras deben permanecer intactas. Durante tres días, Boronsov y Dmitriev trabajaron sin dormir. Inspeccionaron 32 puentes, calcularon cargas explosivas para cada uno, coordinaron con zapadores del Ejército Rojo y del NKVD.

Demitriev diseñó un sistema de detonación en cadena. Si el puente Krimski caía, activaba señales para volar los puentes adyacentes en secuencia, creando una barrera fluvial completa. Colocaron explosivos en sótanos de fábricas, en almacenes de granos, en torres de agua, todo preparado, todo inerte esperando la chispa.

 Mientras tanto, el 19 de octubre de 1941, Stalin tomó su decisión. no evacuaría Moscú. En un discurso radial breve anunció que el gobierno permanecería enla capital, que la defensa continuaría, que cada calle sería disputada. La noticia electrificó a la ciudad. Las milicias reforzaron las trincheras con renovado vigor.

 Los civiles dejaron de evacuar en masa. Muchos regresaron para ayudar en la construcción de barricadas. Boronsov escuchó el discurso desde el búnker de Artemiev sintiendo un escalofrío. La decisión estaba tomada. Moscú resistiría. El 21 de octubre, los primeros tanques alemanes fueron avistados en los suburbios occidentales. El general Rokosovski, comandante del 16 puntu ejército, lanzó contraataques locales para frenar el avance.

 Borontzov recibió orden de estar en alerta. Si las líneas colapsaban, debía activar las demoliciones. Pasó ese día en un puesto de observación en Borobiovi, Gori, con un radio portátil y mapas de detonación. Demitriev estaba en el puente Krimski con los detonadores listos. Samoilova vigilaba desde una torre de agua con su fusil, contando tanques alemanes en la distancia.

 A las 160 horas, el radio crepito. Artemiev, Boronsov. Situación crítica en Kunebo. Los alemanes han roto el frente. Prepárate para volar los puentes en 30 minutos si no detenemos el avance. Boronsov sintió la boca seca. 30 minutos. Llamó a Dmitriev por radio. Prepara cargas. Espera mi señal. Dmitriev respondió con voz tensa. Entendido.

 20 minutos después, nueva comunicación de Artemiev. Rokosovski lanzó reservas blindadas. Los tanques T34 están frenando a los alemanes. Mantén las demoliciones en espera. Boronsov exhaló lentamente. Las cargas no explotaron. Los puentes permanecieron intactos. Pero la batalla continuó durante toda la noche. Boronsovó, pegado al radio escuchando informes fragmentados. Fortín 12 caído.

Contraataque en fil y exitoso. Solicitan munición urgente en sector norte. Al amanecer del 22 de octubre, el frente se estabilizó. Los alemanes habían avanzado 3 km, pero las líneas defensivas habían aguantado. Más importante aún, las divisiones siberianas de Chukov comenzaron a llegar. Tropas frescas, bien entrenadas, equipadas para combate invernal.

El equilibrio de fuerzas empezaba a cambiar. Artemiev llamó a Boronzov esa mañana. Buen trabajo, teniente coronel. Las demoliciones no fueron necesarias, pero tener la opción lista salvó vidas. Si no hubiéramos podido frenar a los alemanes, habríamos volado esos puentes y ganado dos días más de evacuación. Pero la historia no terminaba ahí.

 El 25 de octubre, mientras Boronsov supervisaba el desmantelamiento de algunas cargas explosivas en puentes secundarios, Kmin llegó corriendo con noticias. Teniente coronel, un grupo de partisanos llegó desde la región de Viazmá. Traen prisioneros alemanes e información sobre las rutas de suministro que entregamos al Estado Mayor. Hace 10 días.

 Las incursiones funcionaron. Los alemanes tienen graves problemas de combustible. Sus tanques están paralizados a 40 km de Moscú por falta de gasolina. Borontzov lo miró incrédulo. ¿Estás diciendo que los mapas que salvamos del archivo están retrasando la ofensiva alemana? Kusmin asintió. Los partizanos volaron tres depósitos de combustible en las rutas que identificaron esos mapas.

 El grupo de ejércitos centro está racionando combustible severamente. Ese es uno de los motivos por los cuales no han lanzado el asalto final a Moscú. Esa noche, Boronsov reunió a su equipo en el sótano de un edificio cerca del Kremlin, Dmitriev, Samoilova, Kusmin, Gromov, Levedev, todos estaban ahí exhaustos, sucios, pero vivos.

Compartieron pan negro y té caliente. No hablaron mucho, pero había algo tácito en el silencio. Habían sido parte de algo más grande que ellos mismos. Dos decisiones. Evacuar los archivos correctos en el momento justo. Preparar demoliciones sin ejecutarlas precipitadamente. Habían comprado tiempo.

 Tiempo para que Jukov trajera refuerzos. Tiempo para que los partisanos sabotearan suministros. Tiempo para que Moscú respirara. Samoilova rompió el silencio. ¿Creen que esto termine pronto? Nadie respondió. Boronsov pensó en su hija, evacuada a los hurales, en las miles de familias separadas, en los soldados muriendo en trincheras a pocos kilómetros de distancia.

No lo sé”, dijo finalmente, “pero sé que cada día que Moscú no cae es un día que los alemanes no esperaban regalar.” Y eso cuenta. Noviembre llegó con nieve temprana. Las temperaturas cayeron a 20 gr bajo cer los tanques alemanes diseñados para las llanuras francesas se congelaban en el barro helado de Rusia.

Las tropas alemanas, equipadas con uniformes de otoño sufrían congelamiento. Mientras tanto, las divisiones siberianas de Chukov, acostumbradas al frío extremo, lanzaron contraofensivas brutales. El 5 de diciembre de 1941, el ejército rojo inició la contraofensiva de Moscú, empujando a los alemanes hacia el oeste.

Orzov no participó directamente en los combates de diciembre. fue transferido al Estado Mayor, donde coordinólogística de suministros para las ofensivas invernales. Pero cada vez que veía un mapa de las posiciones alemanas retrocediendo, recordaba esas 17 horas del 15 de octubre, corriendo con cajas bajo la lluvia, desarmando explosivos bajo un puente, tomando decisiones que en ese momento parecían insignificantes, pero que ahora con perspectiva se revelaban cruciales.

Demitriev fue condecorado con la orden de la estrella roja por su trabajo en demoliciones. Samoy Loba regresó al frente como instructora de francotiradores, entrenando a cientos de tiradores que defenderían Stalingrado un año después. Kusmin murió en enero de 1942 durante un bombardeo alemán en Rechev. Su cuerpo fue encontrado cubriendo a dos soldados jóvenes con su propio abrigo.

Gromov sobrevivió la guerra, regresó a su aldea en Tula y nunca habló de esos días de octubre, excepto una vez cuando su nieto le preguntó qué había hecho en la guerra. “Cargué cajas”, dijo simplemente cargué cajas que salvaron una ciudad. Ivanov, el archivista, murió en marzo de 1942 en el refugio de Mias Nitzkaya durante un ataque aéreo, pero antes de morir escribió una carta a Boronsov que fue entregada póstumamente.

Teniente coronel, gracias por respetar mi decisión aquella noche. Pasé estos meses catalogando documentos en refugios subterráneos, asegurándome de que nada se pierda. Cuando esta guerra termine, alguien tendrá que contar la historia completa. Los documentos que usted salvó serán la base de esa historia.

 La batalla de Moscú terminó oficialmente en enero de 1942. Los alemanes fueron empujados entre 100 y 250 km al oeste. Moscú nunca cayó. Los historiadores debaten hasta hoy las razones. el invierno ruso, las divisiones siberianas, los errores tácticos alemanes, el heroísmo soviético. Pero pocos mencionan las decisiones logísticas tomadas en sótanos oscuros bajo presión extrema por hombres como Boronsov.

 En mayo de 1945, cuando Berlín cayó y la guerra en Europa terminó, Boronsov era coronel, jefe de logística del segundo frente bielorruso. Tenía 46 años, canas prematuras y una colección de medallas que nunca usaba fuera de ceremonias oficiales. El día de la victoria caminó por las calles de Moscú reconstruida.

 Pasó por el puente Krimski, intacto, con trambías cruzándolo, y recordó aquella madrugada de octubre, cuando casi lo vuela por los aires. Se detuvo en medio del puente, miró el río Moscova fluyendo debajo y pensó en algo que Artemiev le había dicho años atrás. Las guerras no se ganan solo con batallas espectaculares, se ganan con mil decisiones pequeñas tomadas por gente cuyo nombre nadie recordará en momentos donde un solo error lo destruye todo.

 Borontzov nunca escribió memorias, nunca dio entrevistas. Murió en 1967, a los 68 años de un infarto mientras podaba rosas en su Dacha. cerca de Moscú. Su hija, la que había evacuado a los Urales en octubre de 1941, encontró entre sus pertenencias un cuaderno arrugado con una lista de 27 expedientes escritos con letra temblorosa.

Lo guardó sin saber qué significaba. Pero en los archivos desclasificados del Estado Mayor soviético hay un informe fechado el 16 de octubre de 1941, firmado por el general Sokolovski, que dice: “Las rutas de suministro enemigas identificadas en material entregado por el Borontovido acciones de sabotaje efectivas que retrasaron la ofensiva alemana en tiempo crítico. Se recomienda con decoración.

Y en los registros ferroviarios de la estación Kasanski hay una nota escrita por el mayor muso. Tren número 17 partió 21:30 horas con 100 cajas de material clasificado. Última carga recibida, 2118. Operación exitosa contra pronóstico. Agil. Esas dos decisiones, evacuar los archivos correctos en 17 horas imposibles y preparar demoliciones sin ejecutarlas prematuramente, compraron los días que Moscú necesitaba para sobrevivir.

 No fueron las únicas razones por las que la ciudad resistió, pero fueron eslabones esenciales en una cadena de causalidad que atravesó el invierno de 1941 y cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. Porque a veces la historia no se decide en campos de batalla filmados por cámaras, sino en sótanos húmedos donde hombres exhaustos cargan cajas bajo la lluvia, sabiendo que si fallan, millones morirán.

 Y esas son las historias que merecen ser contadas, las que revelan como dos decisiones aparentemente pequeñas, tomadas bajo presión extrema por personas ordinarias, salvaron una capital y con ella quizás el curso de una guerra. Fin.