Puebla, 1990: LA MACABRA relación entre tío y sobrina que ensució el apellido para siempre

En Puebla, a principios de los años 90, cuando las campanas de la catedral aún marcaban el ritmo de la vida cotidiana y las familias conservadoras cerraban filas ante cualquier murmullo que amenazara su reputación, la casa Belarde se alzaba como un bastión de honor en la calle 5 de Mayo.
tres pisos de cantera gris, balcones de hierro forjado, macetas de geranios rojos que doña Carmela regaba cada tarde con devoción de sacristana. Los Belarde descendían de comerciantes que habían prosperado durante el porfiriato. Y aunque la fortuna ya no era la de antes, el apellido seguía pesando en los salones del casino español, en las misas de 12 en la parroquia del Carmen, en las reuniones del patronato del Hospital Universitario.
Eran gente de bien, decían las vecinas, gente que sabía comportarse. Estás disfrutando esta historia que revela los secretos más oscuros de una familia poblana. Suscríbete y comenta tu ciudad para más relatos. Gracias por escuchar. Ernesto Belarde, el menor de tres hermanos, había regresado a Puebla en 1988 después de 15 años en la Ciudad de México, donde trabajó como contador en una empresa textil que quebró con la crisis.
Tenía 42 años, el cabello prematuramente canoso, manos largas y delgadas que manejaba con nerviosismo, frotándolas una contra otra cuando hablaba. Vestía siempre de gris o azul marino, camisas impecables planchadas por su cuñada, zapatos voleados cada mañana. vivía en el tercer piso de la casa familiar, en las habitaciones que habían sido de los sirvientes décadas atrás, porque su hermano mayor, Joaquín, ocupaba el segundo piso con su esposa Raquel y su hija Mariana.
La planta baja la habitaba doña Carmela, la matriarca de 80 años, que presidía la mesa del comedor cada domingo después de misa, bendiciendo los platillos de mole poblano y chiles en nogada, con la misma solemnidad con que bendecía los rosarios. Mariana acababa de cumplir 19 años cuando su tío Ernesto regresó a vivir con ellos.
Era una muchacha esbelta, de ojos oscuros y pestañas largas, que estudiaba diseño gráfico en la Universidad de las Américas. Usaba el cabello negro recogido en una cola de caballo, blusas blancas almidonadas, faldas a la rodilla. Caminaba con paso rápido por los pasillos de la casa, siempre cargando libros, carpetas con dibujos, revistas de arte que su padre miraba con desconfianza, porque en las portadas aparecían fotografías de esculturas desnudas.
Joaquín trabajaba en una notaría y soñaba con que su hija siguiera derecho, pero Mariana había heredado el carácter terco de doña Carmela y se impuso sin levantar la voz con esa firmeza silenciosa que en las mujeres de la familia pasaba por virtud. Al principio la convivencia entre tío y sobrina fue distante, educada.
Ernesto bajaba temprano a desayunar. leía el sol de Puebla mientras doña Carmela preparaba café de olla y subía a su habitación cuando Mariana bajaba corriendo, siempre tarde, siempre pidiendo disculpas. Pero en las tardes, cuando la casa quedaba en penumbra y las mujeres del vecindario se recogían para rezar el rosario, Ernesto comenzó a bajar a la sala con el pretexto de buscar libros en la biblioteca que su padre había dejado.
Encontraba a Mariana dibujando en la mesa del comedor, rodeada de lápices de colores, reglas, papeles de marquilla. Se detenía a mirar por encima de su hombro. Preguntaba qué estaba haciendo. Ofrecía comentarios sobre proporciones y sombras que revelaban una sensibilidad inesperada en un contador. Mariana, acostumbrada al desinterés de su padre, agradecía la atención, le mostraba sus proyectos, le pedía opinión.
Las conversaciones se extendieron. Ernesto hablaba de los museos que había visitado en la capital, de exposiciones en el palacio de bellas artes, de libros de arte que guardaba en su cuarto. Mariana escuchaba con una mezcla de admiración y curiosidad. Su mundo se había limitado siempre a Puebla, a las calles empedradas del centro, a las misas de domingo, a las reuniones familiares donde las mujeres hablaban de recetas.
y los hombres de negocios. Ernesto le abría una ventana hacia algo distinto, más amplio, más sofisticado. Le prestó un libro sobre el renacimiento italiano, otro sobre su realismo, un tercero sobre fotografía contemporánea que Mariana escondió de su padre porque en una página aparecía un desnudo artístico.
Raquel, la madre de Mariana, notó esas conversaciones, pero no les dio importancia. Ernesto era su cuñado, un hombre respetable, un poco introvertido quizá, pero incapaz de cualquier impropiedad. Además, le parecía bueno que Mariana tuviera una influencia cultural en casa, alguien que compensara la rigidez de Joaquín. Doña Carmela, en cambio, observaba desde su mecedora de mimbre con esa mirada de halcón que había desarrollado a lo largo de ocho décadas.
No decía nada, pero registraba cada risa compartida, cada tarde que se alargaba más de la cuenta,cada vez que Ernesto subía a su habitación con la excusa de buscarle a Mariana algún libro que ella no había pedido. En marzo de 1990, durante la feria de Puebla, Ernesto invitó a Mariana a visitar una exposición de pintura oaxaqueña en el museo Amparo.
Raquel dio permiso sin pensarlo dos veces. Era domingo por la tarde, había luz de día y Ernesto era familia. Salieron después de la comida, caminaron por las calles del centro histórico, entraron al museo cuando los pasillos estaban casi vacíos. Ernesto explicaba cada cuadro con una pasión contenida, gesticulando con las manos, acercándose a Mariana para señalar detalles.
Ella sentía su aliento cerca, el roce accidental de su brazo, una proximidad que la incomodaba y la atraía al mismo tiempo. Cuando salieron, el cielo estaba teñido de naranja. Ernesto propuso tomar un café en el portal Hidalgo. Se sentaron en una mesa apartada. Él pidió café negro, ella chocolate caliente. Hablaron de arte, de sueños, de todo lo que Mariana quería hacer cuando terminara la carrera.
Ernesto la miraba con una intensidad que ella no supo interpretar. Esa noche, en su habitación, Mariana se sintió confundida. No podía negar que disfrutaba la compañía de su tío, que le agradaban esas conversaciones que nunca tenía con muchachos de su edad, superficiales y ruidosos. Pero algo en la mirada de Ernesto, en la forma en que sostenía su mano cuando le ayudaba a bajar del camión, en el tono de voz que usaba cuando le decía que era una joven brillante, le generaba un vértigo que no sabía nombrar.
se arrodilló frente a la imagen del sagrado corazón que colgaba en la pared y rezó un Padre Nuestro, como si el rezo pudiera ordenar lo que en su interior comenzaba a desordenarse. Las semanas siguientes, las visitas al museo se repitieron siempre con permiso, siempre de día, siempre con la aprobación tácita de Raquel, que veía en esas salidas una oportunidad para que Mariana cultivara su sensibilidad artística.
Pero lo que comenzó como una relación de tío y sobrina, de mentor y aprendiz, fue mutando en algo más turbio, más peligroso. Ernesto empezó a escribirle notas que dejaba entre las páginas de los libros que le prestaba. Notas breves, aparentemente inocentes, pero cargadas de una ambigüedad que Mariana no sabía cómo manejar. “Eres la única persona en esta casa que entiende la belleza,” decía una.
Tu inteligencia me recuerda por qué vale la pena vivir”, decía otra. Mariana no respondía las notas, pero tampoco las destruía. Las guardaba en un cajón de su escritorio junto con las estampitas de su primera comunión y las fotografías de la secundaria. A veces las releía en la noche tratando de descifrar qué significaban realmente.
Era admiración, era afecto familiar o era algo que no debía ser. No se atrevía a preguntarle a nadie. No podía hablar con su madre, que veneraba a Ernesto como al hermano menor de su marido, mucho menos con doña Carmela, cuya moral era tan rígida como los corsés que usaba en su juventud, y sus amigas de la universidad no entenderían.
Ellas hablaban de novios, de bailes, de besos furtivos en el cine, no de tíos que escribían notas crípticas y miraban demasiado. En abril, durante la Semana Santa, la familia completa asistió a las procesiones del viernes santo. Caminaron detrás del Cristo de la buena muerte, desde la catedral hasta la Iglesia de San Francisco, en medio de una multitud que cantaba alabanzas y portaba velas.
Mariana iba entre su madre y su tío, apretujada por la gente. En algún momento sintió la mano de Ernesto en su cintura, guiándola entre el tumulto. Fue un contacto breve, pero suficiente para que Mariana sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda. volteó a mirarlo. Ernesto tenía los ojos fijos en la procesión, la expresión serena, como si nada hubiera pasado.
Pero Mariana supo que había pasado. Algo había pasado. Esa noche, en la cena de viernes santo, con bacalao a la bizcaína y capirotada de postre, doña Carmela observó a Mariana con más atención de la habitual. La muchacha comía en silencio, la mirada perdida en el mantel bordado, respondiendo con monosílabos cuando le preguntaban algo.
Joaquín atribuyó su distracción al cansancio de la procesión. Raquel pensó que quizá tenía exámenes pendientes, pero doña Carmela, que había criado tres hijos y sobrevivido dos guerras, sabía reconocer cuando una mujer llevaba un peso secreto en el pecho. Mayo llegó con calor y con las fiestas del barrio de la luz. La casa Belarde estaba a pocas cuadras de la parroquia y desde el balcón se escuchaban los cohetes, la música de la banda, los gritos de los vendedores de churros y algodón de azúcar.
Mariana tenía exámenes finales y pasaba largas horas estudiando en su habitación. Ernesto, que había encontrado trabajo como asesor fiscal en un despacho del centro, llegaba tarde en las noches, subía directo a su cuarto. La distanciaparecía haberse instalado de nuevo entre ellos. Mariana se sintió aliviada. Tal vez todo había sido producto de su imaginación.
Tal vez las notas no significaban nada. Tal vez el rose en la procesión había sido accidental. Pero el sábado 26 de mayo, cuando la familia salió a las fiestas del barrio, Mariana se quedó en casa con el pretexto de terminar un proyecto final. Ernesto también se quedó argumentando un dolor de cabeza. Raquel y Joaquín se fueron con doña Carmela, que a pesar de sus 80 años no se perdía las fiestas patronales por nada del mundo.
La casa quedó en silencio. Mariana estaba en el comedor, rodeada de cartulinas y marcadores, cuando escuchó los pasos de Ernesto bajando la escalera. Se tensó. Él entró a la sala con un libro en la mano. Te traje esto dijo extendiéndole un ejemplar de poemas de Sor Juana Inés de la Cruz. Pensé que te gustaría. Mariana tomó el libro sin mirarlo a los ojos. Gracias.
Su voz sonó más fría de lo que pretendía. Ernesto se sentó en el sofá frente a ella, cruzó las piernas, la observó en silencio durante un momento que se hizo eterno. ¿Te pasa algo?, preguntó finalmente. Últimamente estás distante. Mariana sintió que el corazón le latía en las cienes. Estoy ocupada con la escuela. No es eso, insistió Ernesto.
Siento que me evitas. Hubo un silencio. Desde la calle llegaba el eco de una banda tocando una marcha festiva. Cohetes estallaban en el cielo oscuro. Mariana respiró hondo y se atrevió a decir lo que llevaba semanas callando. Tus notas me confunden. Ernesto se inclinó hacia adelante apoyando los codos en las rodillas.
Solo quería que supieras lo especial que eres. En esta familia nadie valora tu talento. Eres mi tío. Soy tu tío, sí, pero también soy alguien que te entiende, que te ve como nadie más te ve. Mariana sintió que algo se quebraba dentro de ella. Las palabras de Ernesto eran seductoras y aterradoras al mismo tiempo.
Le ofrecían validación, reconocimiento, pero a un precio que ella no estaba segura de querer pagar. Se puso de pie bruscamente, recogiendo sus cosas. Tengo que terminar mi proyecto. Subió corriendo a su habitación, cerró la puerta con seguro, se dejó caer en la cama, lloró en silencio, tapándose la boca con la almohada para que nadie la escuchara.
No sabía exactamente por qué lloraba, por miedo, por confusión, por culpa o quizá porque una parte de ella, pequeña y vergonzosa, había deseado que Ernesto dijera algo más, que cruzara la línea que ambos sabían que existía, y eso era lo que más la asustaba. Cuando la familia regresó de las fiestas, pasada la medianoche, encontraron la casa a oscuras.
Mariana fingió estar dormida. Ernesto estaba en su cuarto con la luz apagada. Nadie sospechó nada. Pero doña Carmela, al pasar frente a la puerta de Mariana, se detuvo un instante, escuchando la respiración irregular de su nieta al otro lado de la madera y supo que algo estaba mal. Los días siguientes transcurrieron en una tensión silenciosa.
Mariana evitaba quedarse sola con Ernesto. Cuando él bajaba, ella subía. Cuando él entraba a una habitación, ella salía. Ernesto no insistió. se mantuvo distante, cortés, como si nada hubiera pasado. Pero por las noches, Mariana escuchaba sus pasos en el piso superior, caminando de un lado a otro, inquieto, como un animal enjaulado.
En junio, con el fin de semestre, Mariana presentó su proyecto final, un portafolio de ilustraciones inspiradas en leyendas poblanas. Sus profesores la felicitaron. obtuvo la calificación más alta del grupo. Llegó a casa radiante, con ganas de compartir su triunfo. Raquel la abrazó. Joaquín le dio unas palmadas en el hombro, incómodo con las demostraciones de afecto.
Doña Carmela le regaló un rosario bendecido y Ernesto, que estaba en la sala leyendo el periódico, la miró con esos ojos grises que parecían contener todas las palabras que no podía decir. Esa noche, durante la cena, Joaquín anunció que tenía que viajar a Veracruz por trabajo. Raquel aprovecharía para visitar a su hermana en Tlaxcala.
Estarían fuera una semana. Mariana podía quedarse con la abuela y el tío Ernesto, ¿verdad? Mariana sintió que el tenedor se le resbalaba de las manos. Asintió sin decir nada. Doña Carmela la observó desde la cabecera de la mesa con esa mirada que todo lo veía. Los padres de Mariana partieron un lunes por la mañana.
La casa quedó habitada por tres personas que circulaban en órbitas cuidadosamente separadas. Doña Carmela pasaba las mañanas en misa, las tardes bordando en su mecedora, las noches rezando el rosario. Ernesto salía temprano al trabajo y regresaba tarde. Mariana asistía a un taller de verano en la universidad y volvía cuando el sol ya se ocultaba detrás de los volcanes.
El miércoles por la noche, doña Carmela sufrió un mareo después de la cena. Mariana la ayudó a subir a su habitación. le preparó una tila, le dio sus medicamentos.La anciana se durmió rápido, respirando con dificultad. Mariana se quedó un rato sentada en el borde de su cama, acariciándole la mano arrugada, sintiendo el peso de los años y las penas acumuladas en esa piel como pergamino.
Cuando bajó cerca de las 11 de la noche, encontró a Ernesto en la sala. había preparado té, le ofreció una taza. Mariana dudó, pero aceptó. Se sentaron en extremos opuestos del sofá. Hablaron de la salud de doña Carmela, del calor que no cedía, de la ciudad que crecía demasiado rápido. Conversación trivial, segura. Pero la tensión era palpable.
como un cable de alta tensión invisible que vibraba entre ellos. Ernesto rompió el silencio de golpe. Mariana, tengo que decirte algo. No puedo seguir callando. Ella sintió que el pecho se le apretaba. No digas nada, por favor. Tengo que decirlo. Llevo meses sintiéndolo y no puedo más. Sé que está mal, sé que es imperdonable, pero no puedo dejar de pensar en ti.
Mariana se puso de pie temblando. Eres mi tío. Esto no puede pasar. No elegí sentir esto. Créeme, he intentado ignorarlo, pero cada vez que te veo, cada vez que hablas, que ríes, que dibujas, siento que algo en mí cobra sentido, como si toda mi vida hubiera estado esperando conocerte. Las palabras cayeron sobre Mariana como piedras.
Parte de ella quería correr, gritar, llamar a alguien. Pero otra parte, la parte que había guardado sus notas, que había disfrutado sus conversaciones, que había sentido ese vértigo extraño cuando él la tocaba, se quedó paralizada. Ernesto se acercó. Ella no retrocedió. Él levantó la mano, le acarició la mejilla con los dedos.
Mariana cerró los ojos, sintió el aliento de Ernesto cerca de su boca y en el último segundo, cuando los labios de ambos estaban a punto de encontrarse, escuchó un ruido en la escalera. Doña Carmela estaba de pie en el descanso, apoyada en su bastón, mirándolos con una expresión que mezclaba horror y decepción. Los tres se quedaron inmóviles como figuras de un retablo.
El reloj de la pared marcaba las 11:30. Desde la calle llegaba el ladrido lejano de un perro. “Mariana, sube a tu cuarto”, dijo doña Carmela con voz temblorosa pero firme. “Ahora”. Mariana obedeció sin decir palabra, subiendo los escalones de dos en dos, encerrándose en su habitación. Abajo escuchó la voz de su abuela hablando en un tono que nunca le había oído.
No podía distinguir las palabras, pero el tono era de furia contenida, de vergüenza, de algo que se rompía para siempre. En la mañana siguiente, cuando Mariana bajó a desayunar, doña Carmela estaba en la cocina preparando café. No mencionó lo de la noche anterior. Actuó como si nada hubiera pasado. Pero cuando Mariana preguntó por el tío Ernesto, la anciana respondió con sequedad, “Se fue temprano. Tiene mucho trabajo.
Ernesto no regresó a dormir esa noche, ni la siguiente. El viernes, cuando Joaquín y Raquel volvieron de su viaje, doña Carmela les informó que Ernesto había decidido mudarse a un departamento en la colonia La Paz. Necesitaba independencia, había dicho. Joaquín se sorprendió, pero no objetó.
Raquel comentó que le parecía bien que un hombre de su edad debía tener su propio espacio. Mariana escuchó todo desde su habitación con la puerta cerrada, sintiendo que algo dentro de ella se desmoronaba. Durante las semanas siguientes, Ernesto dejó de asistir a las comidas dominicales. Mandaba excusas, trabajo, compromisos, una gripe que no se le quitaba. La familia lo extrañaba.
Pero nadie insistió demasiado. Mariana volvió a su rutina de siempre, universidad, casa, misa, tareas, pero algo había cambiado en ella. Caminaba como sonámbula, respondía con monosílabos, se encerraba horas en su habitación. Raquel pensó que era el estrés de la escuela. Joaquín, que tal vez había terminado con algún novio que nunca mencionó, pero doña Carmela sabía la verdad y cada noche, antes de dormir rezaba por el alma de su nieta y por la de su hijo, rogando que Dios los perdonara por lo que casi hicieron.
En agosto, durante las fiestas patrias, Mariana asistió a un baile organizado por la universidad en el patio del Carolino. Bailó, bebió ponche, rió con sus compañeras, intentó sentirse normal, intentó olvidar. Pero a medianoche, cuando regresó a casa caminando por las calles iluminadas con banderines tricolores, encontró un sobre deslizado bajo la puerta principal.
Lo recogió con manos temblorosas, reconoció la letra de Ernesto. Subió a su habitación sin encender luces. Abrió el sobre. Dentro había una sola hoja escrita a mano. Perdóname, me voy de Puebla. No podemos seguir así. Te llevaré siempre en mi recuerdo. Cuídate. Eh. Mariana arrugó la carta en su puño. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.
Y luego, en un gesto que no comprendió del todo, alisó el papel, lo guardó en el cajón de su escritorio, junto con todas las notas anteriores. Ernesto se fue de Puebla en septiembre.Nadie supo exactamente a dónde. Joaquín recibió una llamada suya desde Monterrey, confirmando que había encontrado trabajo en un despacho de allá. Doña Carmela no hizo comentarios.
Raquel dijo que le parecía una buena oportunidad para él. La vida siguió, pero los rumores comenzaron en octubre. Nadie sabía cómo. Pero en una ciudad como Puebla, las paredes tienen oídos y las criadas tienen lenguas. Se murmuraba en el mercado de la victoria, en los portales, en las peluquerías del centro, que Ernesto Belarde se había ido huyendo, que algo impropio había pasado en esa casa, que la sobrina estaba rara desde el verano, que doña Carmela había dejado de ir a las reuniones del rosario. Los rumores
crecían como maleza, imposibles de controlar. En noviembre, Mariana dejó la universidad. Anunció que tomaría un semestre sabático. Raquel se preocupó, pero Mariana insistió en que necesitaba tiempo para pensar en su futuro. Joaquín, ocupado con la notaría, apenas se dio cuenta. Doña Carmela, en cambio, observaba a su nieta con una mezcla de compasión y vigilancia, como quien cuida a una enferma.
El 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, la familia asistió a la misa de Aurora en la catedral. Al salir en el atrio se encontraron con las hermanas Ochoa, vecinas de toda la vida. Una de ellas, doña Refugio, abrazó a Raquel con efusividad excesiva y luego murmuró bajando la voz, “¿Cómo está tu cuñado Ernesto? Hace meses que no lo vemos.
” Raquel respondió con naturalidad, “Está bien trabajando en Monterrey.” “Ah, qué bueno que se alejó un poco,”, dijo doña Refugio con una sonrisa ambigua. “A veces la distancia es lo mejor, ¿verdad?” Raquel no entendió la insinuación, pero doña Carmela sí. Y esa noche en la cena estalló. Puso las manos sobre la mesa con tanta fuerza que las copas temblaron. Hay rumores en la calle.
dijo con voz quebrada, rumores asquerosos sobre esta familia, sobre Ernesto y sobre Mariana. Joaquín dejó caer el tenedor. ¿Qué estás diciendo, mamá? Que la gente murmura, que dicen que pasó algo indebido entre ellos. Y aunque no pasó nada, aunque no pasó nada, el daño ya está hecho, el apellido ya está manchado.
Raquel miró a Mariana con horror. Eso no puede ser cierto. Dime que no es cierto. Mariana, pálida como el mantel, no respondió. Su silencio fue más elocuente que cualquier confesión. Joaquín se puso de pie furioso, pero no sabía contra quién dirigir su ira. contra Ernesto, que se había ido, contra Mariana, que era su hija, contra el mundo entero que se atrevía a juzgarlos.
“No pasó nada”, dijo Mariana finalmente con voz débil. “No pasó nada, pero casi pasa”, intervino doña Carmela. Lo vi con mis propios ojos y aunque no llegó a pasar, el pecado estaba ahí en el pensamiento, en la intención. Y eso es suficiente para condenarnos ante Dios y ante los hombres. La cena terminó en un silencio sepulcral.
Cada uno se retiró a su habitación cargando el peso de la vergüenza. Y desde esa noche, la casa Belarde dejó de ser un hogar para convertirse en un mausoleo donde tres personas convivían sin hablarse, cada una encerrada en su propia culpa. Los rumores se extendieron como mancha de aceite. Enero de 1991, Mariana dejó definitivamente la universidad.
Pasaba los días encerrada en su cuarto dibujando rostro sin nombre. paisajes vacíos, adelgazó, dejó de arreglarse. Raquel la llevó con un médico que recetó vitaminas y reposo, pero el mal de Mariana no era del cuerpo. En marzo, Joaquín recibió una carta de Ernesto. Pedía disculpas por no haber mantenido contacto. informaba que se había casado con una mujer de Monterrey, viuda, 10 años mayor que él, que era feliz, que no pensaba volver a Puebla.
Joaquín rompió la carta y nunca se la mostró a nadie. Pero doña Carmela, que revisaba la correspondencia cada mañana, había leído una copia que Ernesto envió directamente a ella. La guardó en su misal entre las estampas de santos y las oraciones por los difuntos. En abril, durante la Semana Santa, Mariana pidió confesarse. Fue a la catedral un jueves santo, cuando los confesionarios estaban llenos de fieles, buscando absolución antes de viernes santo. Esperó su turno.
Cuando finalmente entró en la penumbra del confesionario, le costó encontrar las palabras. El padre Anselmo, un anciano que había confesado a tres generaciones de poblanos, escuchó en silencio, “Padre, pequé en pensamiento. Deseé algo que no debía desear. Sentí algo que no debía sentir por alguien que no debía.
” ¿Consumaste ese deseo, hija? No, pero casi. y eso me hace tan culpable como si lo hubiera hecho. Hubo un silencio. El padre Anselmo respiró hondo. El arrepentimiento es el primer paso hacia el perdón, pero también debes perdonarte a ti misma. Dios es misericordioso. Mariana salió del confesionario con 10 padres nuestros y 10 ave marías de penitencia.
Los rezó de rodillas frente al altar mayor, mientras las velas parpadeaban yel incienso flotaba en el aire. Pero la paz que buscaba no llegó. En junio de 1991, un año después de los hechos, doña Carmela enfermó gravemente. “Neumonía”, dijeron los médicos. Fue internada en el hospital universitario.
Joaquín y Raquel se turnaban para acompañarla. Mariana iba todas las tardes, se sentaba junto a su cama, le leía pasajes de la Biblia. Una tarde, cuando estaban solas, doña Carmela tomó la mano de Mariana con fuerza sorprendente. No quiero que cargues esto toda tu vida susurró. Lo que pasó, pasó. Lo que no pasó no pasó.
Pero tienes que seguir adelante. Tienes que vivir. Mariana lloró sobre la mano de su abuela. No sé cómo empiezas perdonándote, luego perdonando a Ernesto y después olvidando. El olvido es una misericordia que Dios nos da cuando el perdón no es suficiente. Doña Carmela murió tres días después, en la madrugada del 18 de junio, acompañada de su familia.
fue velada en la casa, en la sala que había sido testigo de tantas reuniones familiares, tantas cenas, tantas conversaciones. Mariana permaneció junto al féretro toda la noche, recordando las tardes de su infancia cuando su abuela le enseñaba a abordar, a rezar, a comportarse como señorita. El entierro fue multitudinario.
Toda la sociedad poblana desfiló frente a la tumba en el panteón francés. Las hermanas Ochoa, los socios del casino español, las señoras del patronato, los comerciantes de la calle 5 de mayo, todos ofrecían condolencias, palmadas en el hombro, promesas de rezar por el alma de doña Carmela. Pero Mariana notó las miradas de reojo, los cuchicheos, las sonrisas falsas.
El escándalo seguía vivo, alimentándose de cada gesto, de cada silencio. Después del entierro, Joaquín decidió vender la casa. Era demasiado grande para tres personas, argumentó. Demasiados recuerdos. Raquel estuvo de acuerdo. Mariana no opinó. En agosto se mudaron a un departamento moderno en la colonia La Paz, lejos del centro, lejos de las miradas.
La casa Belarde fue adquirida por un empresario textil que la convirtió en oficinas. Los balcones de hierro forjado fueron retirados, los geranios arrancados, la cantera gris pintada de blanco. Mariana intentó retomar su vida. Volvió a la universidad en el semestre de otoño. Terminó la carrera en 1993 con honores, pero sin la pasión de antes.
Trabajó en una agencia de publicidad diseñando anuncios de productos que no le importaban. Salió con algunos muchachos que sus padres le presentaban, pero ninguna relación prosperó. Había algo en ella que se había cerrado, una puerta que no volvió a abrirse. Ernesto nunca regresó a Puebla, ni siquiera para el entierro de doña Carmela.
Mandó una corona de flores y un telegrama de condolencias. Joaquín juró no volver a hablar de él. Su nombre se convirtió en tabú en la familia, una palabra prohibida que invocaba fantasmas. Los años pasaron. Joaquín murió en 1998 de un infarto fulminante. Raquel se fue a vivir con su hermana Atlascala. Mariana se quedó en Puebla, sola en el departamento, trabajando, sobreviviendo.
A veces, en las noches, cuando no podía dormir, abría el cajón de su escritorio y sacaba las notas que Ernesto le había escrito. Las leía con la misma mezcla de nostalgia y repulsión que había sentido cuando las recibió. y luego las guardaba de nuevo, incapaz de destruirlas, incapaz de olvidar. En 2005, Mariana recibió una llamada desde Monterrey. Ernesto había muerto.
Cáncer de páncreas. Su viuda informaba por cortesía. No esperaba que asistieran al funeral. Mariana colgó el teléfono sin decir nada. se sentó en la sala del departamento, mirando por la ventana los edificios grises de la ciudad que crecía sin cesar. Sintió algo parecido al alivio, algo parecido a la tristeza, algo parecido a nada.
Esa noche tomó todas las notas de Ernesto y las quemó en el fregadero de la cocina. las vio convertirse en ceniza, en humo que subía hacia el techo. Pensó que con eso terminaría todo, que la historia quedaría enterrada. Pero al día siguiente, cuando caminaba por el centro histórico, pasó frente a lo que había sido la casa familiar.
Las oficinas estaban cerradas. En la fachada alguien había colgado un letrero, se renta. Mariana se detuvo en la acera mirando los balcones que ya no estaban, los geranios que ya no florecían. y supo que aunque quemara todas las cartas del mundo, aunque pasaran 100 años, la historia seguiría viva en los murmullos de las vecinas, en las miradas de las antiguas amigas de su abuela, en el silencio culpable que se instaló en su familia y nunca se fue.
Hoy, más de 30 años después, Mariana sigue viviendo en Puebla. Tiene 60 años, nunca se casó, nunca tuvo hijos. Trabaja desde casa diseñando portadas de libros para una editorial independiente. Cuando camina por el centro, nadie la reconoce. La ciudad ha cambiado demasiado, pero ella cada vez que pasa frente al edificio blanco, que alguna vez fue la casa Belarde, siente un nudoen el estómago.
ve fantasmas en las ventanas, escucha voces en los muros y sabe que el apellido que su abuela tanto cuidó quedó manchado para siempre, no por lo que pasó, sino por lo que estuvo a punto de pasar, por lo que pensaron, por lo que sintieron, por lo que nunca pudieron confesar del todo. En el cajón de su escritorio, donde antes guardaba las notas de Ernesto, ahora solo hay una fotografía vieja.
Tomada en 1989, antes de que todo comenzara. En ella aparece la familia completa, doña Carmela, Joaquín, Raquel, Mariana y Alfondo, un poco apartado, Ernesto. Todos sonríen, todos parecen felices, todos parecen inocentes, pero Mariana sabe que esa fotografía miente. Sí.
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