Un retrato retocado y un puñado de cartas dulces torcieron el destino de un vaquero joven que soñaba con una novia

de rostro fino. Nadie en el pueblo de Paso de Piedra imaginaba que cuando se abrió la portezuela del carro de
diligencias saldría una mujer, el doble de grande que él, con la mirada serena de quien ha cruzado más desiertos que
cancioneros y con unas manos capaces de levantar un saco de maíz como si fuera una jarra de agua.
Desde ese primer segundo, todo lo que Mateo Carabajal creía cierto comenzó a cambiar de sitio. La plaza hervía de
curiosos. El sol de la tarde, largo y oblicuo, encendía los vidrios de la
tienda de Abelardo y hacía brillar los cascos del caballo Vallo de Mateo. Él
sostenía, arrugadas por los nervios, las cartas que lo habían sostenido durante meses de sequía y arreos, firmas con una
M curvada, descripciones de una risa tímida y de dedos de costura, un perfume
leve a flor de azaar que parecía salir del papel. Luz marina, se repetía, se
llama Luz Marina. Había aprendido de memoria las oraciones, los giros, incluso las faltas de ortografía que a
él le parecían encantos. Mateo Carabajal, preguntó la mujer bajando del
carro con el cuidado de quien mide la tierra antes de confiarle el peso. Su voz no era áspera ni dulce, era limpia.
Mateo tragó saliva. Tuvo la sensación de que todo el pueblo contenía la respiración detrás de él. Sí, soy yo. La
mujer sonrió apenas y sin pedir permiso se acercó dos pasos. Era alta de verdad,
amplia de hombros, con un vestido azul que le quedaba corto de mangas por la fuerza de los brazos. Los hombres se
miraron unos a otros con la cuchara de curiosidad totémica. Las mujeres con esa evaluación silenciosa que pesa lo que un
corazón tolera y lo que no. Soy Magdalena Paz, dijo. En las cartas firmaba con m. Vine por usted. La
palabra vine dio un pequeño salto en el pecho de Mateo, como un potro que ensaya la fuga. No era el nombre que esperaba,
ni la figura, ni la estampa. Su primera idea fue que la agencia de correspondencia lo había engañado. La
segunda, que quizá el engañado era él mismo por su manía de imaginar rostros que caben en cajitas. Yo, balbució. Creí
que en fin. Bienvenida a Paso de Piedra, señora. Paz. Dígame, Magda, respondió
ella. Señora, me queda grande. Y eso que a mí no me quedan grandes muchas cosas.
La plaza rió por lo bajo. Mateo sintió cómo le ardían las orejas, pero Magda no
rió para humillarlo, sino para hacerlo respirar. Y él, sin saber por qué, respiró. se hicieron a un lado, lejos
del murmullo. El polvo se elevaba con los pasos de los curiosos y al fondo, junto a la oficina del correo, doña
Úrsula, la encargada de las cartas, los miraba con una ceja en alto y un abanico inmóvil. Tomó una juez que no quiere
emitir sentencia, pero que ya tiene el veredicto en el alma. “Trae equipaje”, dijo Mateo, señalando un baúl oscuro y
otro más pequeño con esquinas golpeadas. “Traigo historia”, respondió Magda. Lo
demás es ropa. La llevó a la espuela. El rancho que Mateo heredó a medias de su padre y a medias del suelo. El camino
era un hilo de polvo que iba dejando atrás el pueblo y el rumor, y delante la llanura abierta. Magda Montura sin
bamboleos, con una soltura que a él le sorprendió. No era torpe ni pesada, sino
sólida, como una puerta bien hecha. Esperaba a otra. Se atrevió Mateo por fin, con ese valor de quien teme más al
silencio que a la verdad. a alguien llamado Luz Marina. “La agencia me mostró un retrato.” “Lo sé”, dijo Magna
sin huir la mirada. “También yo vi retratos y no me reconocí en ninguno. Le escribí desde el nombre que me hicieron
usar en otro tiempo. M. No quise mentirle, Mateo, pero tampoco quise llegar con una campana que anunciara mi
tamaño antes de mi palabra. En sus cartas hablaba de hilos, de telas, de
una ventana que daba a una plaza con naranjos. Todo eso es mío”, replicó. “Coso bien, y mi ventana da a una plaza
con naranjos, pero los naranjos no adelgazan a nadie. Hubo un silencio que no pesó, sino que se acomodó, como
cuando se entiende por fin que una cosa es como es.” Mateo notó que su caballo se relajaba, que el vallo soltaba el
cuello. Al llegar al corral, Gaspar Lazo, el capataz viejo, salió a su encuentro. “Así que llegó la novia de
papel”, dijo limpiándose las manos en el pantalón. Buenas tardes, señora Magda”,
corrigió ella. “Y no soy de papel. ¿Tiene algo que cargar?” Gaspar midió a aquella mujer con ojos de hombre de
campo, no como quien mide un animal de feria, sino como quien calcula lluvias y distancias. Le mostró sin mucha
ceremonia un saco de maíz. Magda lo alzó de un envión y lo acomodó contra la cadera. Ni una queja, ni un chiste, solo
trabajo. Me sirve, admitió Gaspar. Mucho gusto. La tarde fue dejando colores de
cobre en los alambrados. Mateo, todavía dividido, no sabía si agradecer la fuerza o temer el chismorreo. Mientras
Magda lavaba sus manos en el abrevadero, él abrió por costumbre una de las cartas
que guardaba en el bolsillo. Cuando cierro los ojos, leía, “Imagino el sonido de tus espuelas como un reloj que
llega a arreglar el tiempo.” Alzó la vista. Magdad, sin espuelas, parecía,
sin embargo, traer una especie de orden a todo lo que tocaba. Esa noche cenaron
en la cocina cerca de la chimenea apagada por el calor. Gaspar se retiró pronto, con el pretexto de revisar el
candado del granero, dejando un espacio que parecía ensanchado a drede. Mateo sirvió frijoles y tortillas. Magda, con
naturalidad, partió una cebolla en dos y le quitó las venas con destreza de cocinera vieja. Quise llegar antes”,
dijo de pronto mirando el borde del plato. “Tuve que trabajar dos semanas más para pagarle al carretero un lugar
que no me dejara colgada en el último cruce. No saben lo que pesan las miradas cuando uno sube al carro. A veces pesan
más que un baúl.” “Aquí”, ensayó Mateo sin saber de dónde sacaba la frase.
“Aquí los baúles los cargamos entre dos.” Magda lo miró con una gratitud que no se regala. Se otorga cuando uno
percibe que la otra persona está tratando de ser decente sin saber del todo cómo. “Tengo que decirle algo”,
añadió ella. “Vengo con prisa, no con ansiedad, con prisa. Mi madre, que en
gloria esté”, corrigió, “quecanse donde la tierra es suave.” Dejó un rancho pequeño. La tordilla está lejos, pero no
tanto como para que Ciro Valtierra no le haya echado el ojo. Matea apretó el vaso. Valtierra echa el ojo a todo lo
que respira. Mi padrastro firmó hace años un papel maldito. Se detuvo. Un
papel torcido. Decía que si yo no casaba antes del verano de este año, el título
quedaba sin efecto y un prestamista podría reclamarlo. Y el prestamista, ya lo imaginas, no tienen nombre propio, es
Valtierra con otro sombrero. Por eso aceptó, por eso aceptaste escribirme,
porque leí tus cartas y no sonaban a trato, ni a compra, ni a orden. Son a
alguien que piensa en la tierra como en una criatura. No como en una vaca que se exprime. Y porque dijiste que te
gustaban las mujeres que no piden permiso para existir. No pensé que imaginaras un cuerpo distinto, Mateo.
Pensé que hablabas en serio. Aquella última frase se le clavó como una espuela. ¿Había hablado en serio? ¿Había
News
Una niña huérfana encuentra refugio en un campo minado … El final te dejará sin palabras
Una niña huérfana encuentra refugio en un campo minado. El final te dejará sin palabras. Deja un comentario indicando desde…
Un pastor alemán estuvo encadenado durante ocho años. Cuando le cortaron el candado, no corrió, sino
Un pastor alemán estuvo encadenado durante ocho años. Cuando le cortaron el candado, no corrió, sino EL PERRO QUE NUNCA…
EL POLICÍA SE RIÓ DEL LORO… CUANDO ENTENDIÓ SU PETICIÓN, QUEDÓ EN SHOCK…
Un loro implora a un policía. Lo que pide te va a impactar. El loro estaba solo. No había casas…
Niña huérfana cambió meses de trabajo por un refugio subterráneo — pero la puerta…
Niña huérfana cambió meses de trabajo por un refugio subterráneo — pero la puerta… Marina nunca imaginó que 8 meses…
Dos Niños Sin Hogar… Hasta Que un Ranchero Hizo lo Impensable
Dos Niños Sin Hogar… Hasta Que un Ranchero Hizo lo Impensable El viento azotaba las llanuras vacías mientras el sol…
“¿PUEDES SER MI MAMÁ HOY?” LA HIJA DEL MILLONARIO HIZO LLORAR A LA NUEVA EMPLEADA CON ESTA PETICIÓN
¿Qué harías si una niña de 7 años que ya había perdido la esperanza de tener a alguien que la…
End of content
No more pages to load






