La luz de la mañana entraba en la mansión como un intruso educado, dorada,

silenciosa, sin pedir permiso. Mariana Cruz pasaba el trapeador por el pasillo

principal cuando escuchó a lo lejos el eco seco de unos tacones sobre mármol.

Tac, tac, tac. Ese sonido siempre llegaba antes que las palabras. siempre

anunciaba algo. Mariana bajó la mirada. El piso brillaba tanto que podía verse

reflejada en él, pero no se reconocía. Nadie se reconoce cuando limpia casas

que no son suyas. Dentro del bolsillo del delantal llevaba una hoja doblada en

cuatro. El papel ya estaba tibio por el contacto con su piel. La había leído

tantas veces que podía recitarla de memoria. Pero aún así la tocaba de vez

en cuando, como si necesitara confirmar que seguía ahí. Carta de renuncia. 3

años. 3 años levantándose antes del amanecer, tomando dos camiones desde

Istapalapa, llegando con los dedos fríos y el estómago vacío.

3 años escuchando órdenes sin nombre, reclamos sin rostro, silencios que

pesaban más que los gritos. Ese día algo era distinto. No había lágrimas en sus

ojos, tampoco rabia, solo una decisión. Ya, hasta aquí, pensó, apretando el

mango del trapeador. El olor a madera pulida y limpiador industrial llenaba el

aire. Todo en esa casa olía caro y distante. Los cuadros, las lámparas, los

sillones donde nunca se sentaba. Mariana conocía cada rincón, cada mancha

escondida bajo la alfombra, pero seguía siendo invisible. “Mariana”, dijo una

voz desde el fondo del pasillo. “¿Ya terminaste?” Era Verónica Beltrán. No

gritaba, nunca lo hacía, no lo necesitaba. Mariana levantó la cabeza.

“Sí, señora.” Verónica la miró de arriba a abajo, como quien revisa un objeto antes de

guardarlo. Después entra al despacho. El señor Ricardo está ahí. El corazón de

Mariana dio un golpe seco. Ahora asintió sin decir nada, guardó el trapeador, se

quitó los guantes amarillos y los dejó perfectamente alineados junto al

fregadero. Se secó las manos con una servilleta de tela blanca. Bordada con

las iniciales RB, la dobló con cuidado. Siempre había aprendido a no dejar

rastros. Caminó hasta el despacho. La puerta estaba entreabierta.

Desde adentro llegaba el sonido familiar de hojas pasando, el click de una pluma

cara, el murmullo lejano de la ciudad que nunca entraba del todo a esa casa.

Ricardo Beltrán estaba sentado tras el escritorio de madera oscura. No levantó

la vista cuando ella tocó. ¿Qué pasó ahora?, preguntó con voz cansada. Otra

queja de mi esposa. Mariana tragó saliva. Sintió como la hoja en su

bolsillo parecía pesar más de lo normal. No, señor”, dijo yo. Yo vengo a entregar

esto. Sacó la carta, la sostuvo con la mano derecha. La mano temblaba. Ricardo

estiró la suya para tomar el papel, pero se detuvo a medio camino. No miró la

carta, miró la mano. La palma abierta de Mariana, pálida por los productos de

limpieza, tenía una mancha rojiza, irregular, como una pequeña estrella.

apagada. Ella la conocía de memoria, la había escondido desde niña en la

escuela, en los trabajos, en la vida. Siempre había sido motivo de preguntas

incómodas, pero nunca había provocado silencio. Ricardo se quedó inmóvil. La

carta cayó de sus dedos y aterrizó sin ruido sobre la alfombra persa. ¿Dónde?

Murmuró. ¿Dónde naciste? Mariana frunció el seño. Perdón, ¿dónde naciste? Repitió

él con la voz quebrada, sin dejar de mirar la mancha. Ella bajó la mano

instintivamente. No lo sé, señor. Crecí en una casa hogar

en Puebla. Ricardo se levantó despacio, como si temiera que cualquier movimiento

brusco pudiera borrar lo que estaba viendo. ¿Puedo ver tu mano otra vez?

Mariana dio un paso atrás. Durante años su cuerpo había aprendido a reaccionar

antes que su mente. “Señor, yo solo vine a renunciar”, dijo. “No quiero causar

problemas.” “Por favor”, insistió él. Solo un momento. Había algo en su tono

que Mariana nunca había escuchado antes. No era autoridad, no era fastidio, era

miedo, dudó. Luego extendió la mano. Ricardo la tomó con cuidado, como si

fuera de cristal. Observó la mancha de cerca. Sus ojos se humedecieron.

Dios mío susurró. Señor Ricardo”, dijo Mariana nerviosa.

“me está asustando.” Él alzó la mirada como despertando de un sueño. “No te

vayas”, dijo de pronto. “Te lo ruego, dame unos días, solo unos días.” “No

quiero dinero”, respondió ella, retirando la mano. “Quiero dignidad.”

La puerta del despacho se abrió de golpe. “¿Qué está pasando aquí?” Verónica entró como una ráfaga.

Se detuvo al ver a su esposo tan cerca de la empleada. Ricardo exclamó.

¿Qué significa esto? Luego vio la mano de Mariana, la mancha roja. El color se

le fue del rostro. No susurró. No puede ser. Ricardo la miró con una

mezcla de confusión y furia. ¿Tú lo sabías?

No sé de qué hablas”, mintió ella demasiado rápido. “Yo solo vine a

entregar mi carta”, intervino Mariana, sintiéndose de pronto fuera de lugar.

“No quiero problemas entre ustedes. Eso es exactamente lo que estás causando,

escupió Verónica. Lárgate de mi casa ahora mismo. Ella no

va a ningún lado”, dijo Ricardo con firmeza. El silencio cayó como una losa. Mariana