Échenles más tierra, quiero que se callen de una vez. La voz de don Aurelio cortó el aire
mientras sus hombres enterraban a los niños vivos. Uno por uno, la tierra sobre las cabezas, el polvo llenando las

bocas. Montemayor sonríó. Que sirva de elección. Así aprenden los muertos de
hambre a no tocar lo ajeno. Cinco chamacos desaparecieron bajo tierra esa
noche, pero el desgraciado cometió un error. No contó con que un guardia tenía
alma. No contó con que un chamaco iba a escapar. Y sobre todo, no contó con que
el padre de ese niño, antes de morir había cabalgado junto al centauro del
norte. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué
ciudad nos estás oyendo. Dale like al video. Y ahora sí, vamos a comenzar. El
hambre tiene un sonido. No es el gruñido del estómago ni el llanto de un niño
pidiendo comida. Es el silencio. Ese silencio espeso que cae sobre un jacal
cuando ya no queda nada que decir, cuando las ollas llevan días vacías y
hasta las moscas se han ido buscando algo que comer en otra parte. Tomasito
Morales, 12 años recién cumplidos, conocía bien ese silencio. Lo escuchaba
cada noche desde que su padre cayó en la batalla de Celaya, peleando bajo las
órdenes del mismísimo Pancho Villa. Su madre le había dicho antes de morir de
fiebres, “Tú eres el hombre ahora. Cuida a tu hermana, cuida a tus primos.”
Eso fue hace tr meses. Tr meses mascando raíces de nopal y tomando agua de
charcos donde antes abrevaba el ganado. Tres meses viendo a los más pequeños
adelgazar hasta que los huesos se les marcaban bajo la piel como costillas de perro callejero. La sequía llevaba 8
meses castigando el norte de Chihuahua. Los pozos se habían secado, los cultivos
se convirtieron en polvo y mientras las familias campesinas morían de hambre,
los graneros de don Aurelio Montemayor reventaban de maíz y frijol, el asendado
más rico de la región, el hombre que se creía dueño no solo de la tierra, sino
de las vidas que la pisaban. Esa tarde, cuando el sol comenzaba a caer como
brasa sobre el horizonte, Tomasito reunió a los cinco. Su hermana Lucía, de
11 años, con esos ojos que se parecían tanto a los de su madre. Rosalva, su
prima de 10, siempre callada, siempre presintiendo desgracias antes de que
llegaran. Carlitos de nueve, flaquito, pero leal, y los gemelos Esperanza y
Miguelito, de 8 años. hijos de la tía Consuelo, seis chamacos flacos como
varas de Wisache, seis pares de ojos hundidos mirando a Tomasito, esperando
que él tuviera una respuesta, porque él era el mayor, porque su padre había sido
un hombre valiente, porque alguien tenía que hacer algo o iban a morirse todos.
Tomasito tragó saliva. Tenía un plan. Llevaba días observando la hacienda de
Montemayor, escondido entre los mezquites, contando guardias midiendo
tiempos. Al caer la noche, cuando los guardias blancas hacían el cambio de turno, había una ventana, 10 minutos
donde el granero quedaba sin vigilancia directa, un costal pequeño, solo eso,
suficiente maíz para una semana. Entre tantos costales apilados, nadie lo
notaría. Si nos agarran, nos matan susurró Rosalba temblando. Si no comemos
nos morimos igual, respondió Tomasito. Yo prefiero morir intentando. Lucía le
apretó la mano. No dijo nada. Ella iría donde él fuera. Esperaron a que el cielo
se tiñiera de rojo y naranja. Caminaron en silencio entre los mesquites y
uisches, evitando el camino principal, usando las veredas que solo los chamacos
del pueblo conocían. El corazón de Tomasito latía tan fuerte que temía que
los guardias pudieran escucharlo desde la hacienda. La casa grande apareció
como una fortaleza de adobe y piedra, muros altos, portón de madera gruesa y
más allá, la residencia donde don Aurelio vivía como rey, mientras su
gente moría como perros. El granero estaba al costado norte junto a un
corral vacío. “Rosalva y Carlitos, vigilen”, ordenó Tomasito en voz baja.
“Si ven algo, el silvido del Sensontle lucía conmigo adentro. Los gemelos
cargan el costal rápido y callado. Cinco cabezas asintieron en la penumbra. La
puerta del granero tenía un candado viejo que Tomasito forzó con un alambre.
Adentro, el olor del maíz seco le golpeó como una promesa del cielo. Costales
apilados hasta el techo, cientos de ellos. Comida suficiente para alimentar
al pueblo entero durante un año. Tomasito agarró un costal pequeño, lo
arrastró hacia donde esperaban los gemelos. Miguelito lo tomó de un lado, esperanza del otro. Casi lo habían
logrado. El silvido del cenzontle cortó el aire, pero llegó tarde. Una mano
enorme agarró a Tomasito por el cuello y lo levantó del suelo. La cara de un guardia blanca apareció frente a la
suya. Atrás, otros tres hombres rodeaban a los demás niños. Carlitos lloraba.
Rosalva gritaba. Lucía abrazaba a los gemelos como si sus brazos flacos
pudieran protegerlos. Miren nomás, dijo una voz desde las sombras. Rateros,
rateros de cuna. Tomasito reconoció la silueta antes de ver el rostro, el
sombrero ancho, las botas de cuero fino, el brillo de la pistola plateada en el
cinto. Don Aurelio Montemayor caminó hacia ellos con la calma de quien tiene
todo el tiempo del mundo. Sus ojos pequeños, hundidos en una cara redonda y
sudorosa, recorrieron a los seis niños como quien examina ganado enfermo. Y
entonces sonró. Esa sonrisa le heló la sangre a Tomasito más que cualquier
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