Chihuahua 1913 El polvo del desierto se levantaba como

fantasmas en la plaza principal era mediodía y el sol caía vertical sin

piedad como yunque de fuego sobre la tierra agrietada del norte. En esa plaza

donde generaciones enteras habían celebrado bodas, bautizos y fiestas patronales, se erguía un poste de madera

carcomida por el tiempo y manchada por la sangre de otros castigos. Ese poste

sería testigo de un crimen tan atroz que su memoria atravesaría décadas, cruzaría

sierras y desiertos y llegaría hasta los oídos del mismísimo Pancho Villa. El

coronel Sebastián Gutiérrez era un hombre que parecía haber nacido para ser odiado, alto, de complexión robusta, con

bigote engomado que se retorcía hacia arriba en las puntas como cuernos del

diablo. Sus ojos eran dos pozos negros donde no habitaba ni una gota de

compasión. Llevaba el uniforme federal impecable. Cada botón dorado brillaba

bajo el sol como monedas de oro robadas al pueblo. Sus botas de cuero fino

importadas de la capital pisaban la tierra chihuahuense con el desprecio de

quien se cree dueño de vidas y destinos. Gutiérrez no era simplemente un militar,

era un tirano con papel oficial, un verdugo con placa del gobierno, un

demonio con licencia para matar. Durante do años había gobernado aquel pueblo con

puño de hierro y corazón de piedra. fusilaba por la mañana, torturaba por la

tarde y cenaba por la noche como si nada hubiera pasado. Para él los campesinos

eran menos que animales, menos que el polvo que barría el viento del desierto.

Decían que había llegado de Veracruz condenes directas de Victoriano Huerta,

pacificar el norte a cualquier costo. Y pacificar en el lenguaje de Gutiérrez

significaba ahogar en sangre cualquier murmullo de rebeldía. Había quemado

ranchos enteros porque sospechaba que daban comida a los revolucionarios.

Había colgado a ancianos de los árboles porque se negaron a revelar dónde

escondían sus hijos. Había violado mujeres en plena calle mientras sus

soldados sujetaban a los esposos, obligándolos a mirar. Pero lo que haría ese día de julio no

tendría comparación con nada anterior. Aquel día Gutiérrez cruzaría la línea

que separa al hombre cruel del monstruo absoluto. Ese día sembraría la semilla

de su propia destrucción porque en el norte de México, compadre, existía una

ley no escrita, pero más poderosa que todas las leyes del gobierno. toca a una

madre firma su sentencia de muerte. En el norte de México la justicia no

llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con Mauser en la

mano. Y ese día, sin saberlo, el coronel Gutiérrez acababa de invocar la furia

del centauro del norte. Antes de continuar con esta historia que teará la sangre, compadre, necesito que hagas

tres cosas ahorita mismo. Dale like a este video para que YouTube sepa que

esta historia merece ser contada. Suscríbete al canal porque tenemos más

leyendas revolucionarias que el gobierno intentó borrar. y comenta desde qué

ciudad nos está viendo porque quiero saber dónde están los verdaderos mexicanos que no han olvidado lo que

significa honor y justicia dale compadreo

Margarita López tenía 24 años y estaba embarazada de 8 meses su vientre

abultado era promesa de vida en medio de tanta muerte pero la vida de Margarita

era un calvario antes de aquel día maldit meses El mismo coronel Gutiérrez había

fusilado a su esposo Miguel acusándolo de ser simpatizante villista. No había

pruebas, no hubo juicio, solo una pared, seis soldados y una descarga de plomo

que destrozó el pecho del hombre que amaba. Margarita quedó viuda con tres hijos pequeños. Pablito de 7 años,

Rosita de C y el bebé Juanito que apenas cumplía dos.

cuatro bocas que alimentar en tiempos donde el maíz costaba más que el oro y los frijoles eran artículo de lujo. El

rancho familiar había sido confiscado por los federales, la milpa, quemada, el

ganado, robado. No les quedaba nada, excepto una choza de adobe a las afueras

del pueblo y la voluntad inquebrantable de una madre de mantener vivos a sus

hijos. Cada mañana Margarita salía a buscar trabajo, lavaba ropa en el río

por unos centavos. cosía uniformes para los mismos soldados federales que habían

asesinado a su esposo. Limpiaba pisos en las casas de los ricos que colaboraban

con Gutiérrez, todo por unas monedas que apenas alcanzaban para un puño de

tortillas duras y un poco de atole aguado. Pero ese mes de julio había sido

especialmente cruel. Una sequía terrible había secado los pozos. Las cosechas se

perdieron. Los comerciantes, aprovechando la desesperación triplicaron los precios y los hijos de

Margarita lloraban de hambre cada noche. Pablito el mayor dejó de ser niño aquel

verano. Sus ojos perdieron el brillo de la infancia y ganaron la dureza del

desierto. Veía a su madre cada día más delgada, más pálida, consumiéndose para

darles a ellos las pocas tortillas que conseguía. La veía llorar en silencio

cuando pensaba que dormían. La escuchaba rezar a la Virgen de Guadalupe pidiendo un milagro que nunca llegaba hasta que

llegó el día en que ya no había nada, ni una tortilla, ni un grano de maíz, ni

siquiera agua limpia para beber. Era 15 de julio de 191,

un martes que el infierno marcó en su calendario. Margarita despertó al amanecer con un dolor agudo en el

vientre. El bebé se movía inquieto como si sintiera el hambre que devoraba a su

madre. Los tres niños la miraban con ojos enormes, esperando el desayuno que