¿Qué haría si le dan 7 días de vida a tu esposa? Sebastián estaba destruido hasta
que un niño pobre le arrojó agua bendita y desde esa noche nada volvió a ser igual. El hospital olía a desinfectante

y a silencio caro. No era el mismo olor de los pasillos comunes donde la gente
espera sentada en el piso. Aquí, en el área VIP, el aire parecía filtrado, la
luz era blanca y fría, y hasta los pasos sonaban suaves, como si el dinero pidiera que el dolor no hiciera
escándalo. Sebastián Aldama caminaba con el saco puesto, pero el cuerpo no le
seguía el ritmo. Tenía 41 y aún así se veía más viejo en los ojos. La mandíbula
tensa, el cabello oscuro peinado hacia atrás, la barba recortada como quien se arregla para no desmoronarse. Al final
del pasillo, frente a una puerta con placa dorada, lo esperaban tres personas: Dr. Fabián Quiroga, impecable,
sonrisa entrenada, una residente que no levantaba la vista y una enfermera humilde, Elena Ríos, que sostenía una
carpeta como si pesara más que ella. Quiroga habló primero con voz tranquila,
demasiado tranquila. Señor Aldama, hicimos todo lo que estaba en nuestras
manos. Sebastián lo miró fijo. No me hable como si yo fuera un cliente
satisfecho dijo seco. Dígame cuánto tiempo. La residente tragó saliva. Elena
apretó los dedos en la carpeta. Quiroga no perdió la sonrisa. 7 días, dijo,
“puede ser menos. El cuerpo ya no responde. Las palabras no sonaron
fuertes, pero golpearon como metal contra piso. Sebastián se quedó quieto.
No se llevó la mano al rostro. No se permitió un gesto. Solo parpadeó una vez
como si su mente buscara dónde acomodar el mundo. Siete. Repitió y su voz se
quebró por debajo sin romperse del todo. Quiroga asintió compasivo de vitrina. Lo
mejor es que se preper, añadió, y que no se ilusione con alternativas.
Alternativas. Sebastián sintió rabia, no contra la
muerte, contra la forma en que se la entregaban como un documento firmado.
“Mi esposa está consciente”, preguntó. “No, respondió Kiroga.
Está sedada. Es mejor así.” Elena bajó la mirada incómoda, como si esa frase le
pesara. Sebastián giró hacia la enfermera. ¿Mejor para quién?, preguntó
directo. Elena levantó la vista un segundo. Sus ojos eran honestos,
cansados, pero no dijo nada. No hay. Quiroga dio un paso cortando el filo.
Señor Aldama, entiendo su dolor, pero necesito su firma para continuar el protocolo. Le extendió una hoja.
Sebastián miró la hoja, miró el bolígrafo, luego miró a Kiroga.
Protocolo de qué? Preguntó Kiroga. Sonríó. De cuidados paliativos y de
autorización de procedimientos. Es rutina. Sebastián firmó.
No porque confiara, porque no sabía cómo no firmar cuando la vida se le estaba deshaciendo. Al abrir la puerta de la
habitación VIP, el sonido lo golpeó. pitidos suaves, aire acondicionado, el
susurro de máquinas que no sienten. Camila Aldama, 36 estaba dormida en la
cama como si estuviera en un cuarto ajeno. Cabello oscuro sobre la almohada, piel pálida bajo luz fría, una cánula de
oxígeno, una vía en el brazo. La bata celeste le quedaba grande, como si la
enfermedad le hubiera robado talla y fuerza. Sebastián se acercó despacio, se
quedó mirando su rostro. La mujer que en otro tiempo le discutía con fuego, ahora
parecía una vela apagada. Cami, susurró, no hubo respuesta, solo el monitor
marcando números. Sebastián se sentó al borde de la cama y tomó su mano. La
sintió fría. Le apretó los dedos, desesperado por sentir algo de vuelta.
“Si días”, murmuró, como si repetirlo lo hiciera menos real. La puerta se cerró
sola con un click suave. Sebastián se quedó un rato en silencio. Luego apoyó
la frente en la mano de Camila y por primera vez lloró sin ruido. Como llora
un hombre acostumbrado a mandar hacia adentro. Del otro lado del vidrio, en el
pasillo, alguien observaba. Un niño. Mateo, 9 años, ropa vieja, sudadera
gastada, tenis rotos, ojos grandes, como si todo le doliera más rápido. No estaba
allí por curiosidad, estaba allí porque conocía el hospital como se conoce una
calle por necesidad. Elena lo vio y se acercó con prisa contenida. ¿Qué haces
aquí? Susurró severa, pero no cruel. No puedes estar en esta área. Mateo
señaló la puerta con la barbilla. El señor está llorando, dijo bajito. Los
ricos también lloran. Elena apretó los labios. Vete, Mateo insistió. Hoy no.
Mateo no se movió. Le dijeron 7 días, ¿verdad?, preguntó Elena. Se quedó
helada. lo miró como si acabara de escuchar una palabra prohibida. ¿Quién
te dijo eso?, susurró. Mateo bajó la voz aún más. Lo escuché en el pasillo dijo.
Cuando el doctor dijo siete días y luego dijo otra cosa, una cosa fea. Elena
tragó saliva. ¿Qué cosa?, preguntó Mateo. Miró hacia el fondo del pasillo,
donde estaba el control de enfermería. dijo que no despierte, susurró. Y
alguien se rió. Elena sintió un frío por la espalda, no porque fuera imposible,
sino porque sonaba demasiado preciso. ¿Quién se ríó?, preguntó. Mateo negó con
la cabeza. No vi”, dijo. Solo escuché zapatos y olía a perfume caro. Elena
miró la puerta de Camila, luego miró a Mateo. Se notaba que luchaba entre su
trabajo y su conciencia. “Vete ahora”, dijo al fin, pero su voz ya no era
amenaza. “Y no repitas eso con nadie. ¿Me oíste?” Mateo asintió, pero antes de
irse metió la mano en el bolsillo y sacó una botellita pequeña de plástico con agua transparente. Elena lo vio y
frunció el ceño. ¿Qué es eso? Mateo la miró serio. Agua bendita dijo. De la
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