Las horribles prácticas sexuales de las hermanas Mondragón: se convirtieron en las..

Antes de que nos adentremos en los oscuros secretos de esta historia, si estás listo para ser cómplice en cada misterio que desenterremos, suscríbete al canal para encender nuestra linterna y pulsa el botón de me gusta inmediatamente. Comencemos. En la tarde del 14 de agosto de 1920, mientras los tonos á del atardecer proyectaban largas sombras sobre las calles empedradas y empinadas de Real del Monte, un silencio sepulcral se instaló en la casona de la familia Mondragón.

La construcción de adobe y vigas de madera, con su fachada blanca descascarada por la humedad de la montaña, era un símbolo de respetabilidad en la calle principal. Sin embargo, esa noche algo no encajaba. Las ventanas permanecieron oscuras y los secos habituales de los rezos del rosario y los cánticos que los vecinos solían escuchar estaban ausentes.

México vivía un año de transición. La revolución mexicana comenzaba a ceder paso a una frágil estabilidad bajo el gobierno de Álvaro Obregón y en los pueblos mineros como este. La fe y la tradición eran el único refugio contra la incertidumbre. Las hermanas Mondragón, Elena y Consuelo, de 22 y 20 años eran consideradas el orgullo del pueblo.

Elena, la mayor, acababa de titularse como maestra de primaria, mientras que Consuelo de Espíritu soñador, pasaba sus días capturando la neblina del pueblo con una vieja cámara de cajón que su padre le había regalado. Esa tarde ambas habían asistido a la vigilia en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario.

Se les vio salir exactamente a las 8:45 de la noche. Rechazaron la oferta del padre Julián Valdespino de enviar al sacristán para acompañarlas, insistiendo en que la caminata bajo la luna sería agradable. A la medianoche, su padre, Ton Hipólito Mondragón, el boticario del pueblo y hombre de una severidad inquebrantable, perdió su estoicismo.

Al ver que sus hijas no volvían, acudió a la oficina del comisario Roberto Leiva. Comisario, algo les pasó a mis muchachas, dijo don Hipólito con la voz rota. Nunca han llegado tarde. El sereno no las ha visto pasar. Al amanecer, el pavor se apoderó de Real del Monte. El comisario Leiva organizó una búsqueda con 50 mineros voluntarios.

El bullicio de los mercados y el sonido de las mulas fue reemplazado por gritos desesperados que llamaban a Elena y Consuelo a través de los bosques de Oyamel. Fue Pancho, un joven mozo de las caballerizas, quien hizo el macabro descubrimiento al anochecer del 15 de agosto. En un barranco cerca del camino a Pachuca, vio un reboso de seda blanco enganchado en unas espinas.

Cerca, la tierra estaba removida. El comisario Leiva y su ayudante bajaron al claro del bosque. Allí, entre los pinos y la niebla, encontraron lo que perseguiría al pueblo por décadas. Los cuerpos de Elena y Consuelo yacían uno al lado del otro, con las manos entrelazadas como si estuvieran rezando. Sus vestidos de domingo estaban perfectamente acomodados.

Ambas tenían múltiples heridas de puñal en el pecho. Sobre ellas, el asesino había colocado cruces hechas con ramas de pino atadas con hilos de seda. Lo más aterrador, en la boca de cada hermana había una hoja arrancada de una Biblia antigua. En la de Elena, el pasaje de Levítico 2016. En la de Consuelo, Levítico 18:23.

El pueblo quedó paralizado. Era el primer crimen de esa magnitud en años. El Dr. Zúñiga, el médico local, determinó que el arma fue un cuchillo de hoja fina, manejado con una fuerza brutal. Durante las pesquisas, una vecina anciana, doña Gertrudis, mencionó algo inquietante. El padre Valdespino las miraba mucho durante el sermón comisario.

No era una mirada de pastor a sus ovejas, era algo más oscuro. Predicaba sobre los pecados de la carne mientras no les quitaba el ojo de encima. El comisario entrevistó al padre Julián Valdespino, un hombre de 35 años, de ojos azules penetrantes y modales refinados. Él alegó que esa noche se quedó solo en la sacristía, redactando su homilía.

“Eran almas puras”, dijo el cura secándose las lágrimas con un pañuelo de lino. “Solo Dios sabe por qué permitió esta atrocidad. Pasaron los años. Don Hipólito, consumido por la pena, cerró la botica y se fue del pueblo. El padre Valdespino continuó siendo el pilar espiritual de Real del Monte, convirtiéndose en el párroco con más años de servicio.

Sus sermones anuales en el aniversario de las muertes eran famosos. Aunque la justicia de los hombres falle, la justicia divina es ineludible”, clamaba desde el púlpito. Fue hasta 1946, 26 años después, cuando el nuevo comisario, hijo de Leiva, reabrió el caso. Una anciana exorganista de la iglesia, doña Marta, le entregó una nota que había encontrado escondida en un misal hace décadas.

Mi querido Julián, Consuelo y yo nos reuniremos contigo en el lugar de siempre después de la misa. Mi padre no sospecha nada. Rezamos para que nadie descubra nuestro acuerdo. Con devoción, Elena. Las piezas finalmente encajaban.Los pasajes bíblicos en las bocas de las jóvenes no eran acusaciones contra ellas, sino el desvarío de un hombre religioso que, atormentado por su propia lujuria y el pecado que compartía con las hermanas, decidió purificarlas a través de la muerte para salvar sus almas y su reputación.

Espere un momento, dijo el comisario Leiva, hijo, procesando la revelación de la nota. Usted mencionó a la esposa de Valdespino, pero en la Iglesia Católica los sacerdotes no se casan. Él siempre dijo que su única esposa era la fe. Doña Marta asintió con una mirada de profunda tristeza. Eso fue lo que nos hizo creer a todos.

Pero Julián Valdespino no llegó solo a Real del Monte en 1917. venía con una mujer llamada Sara. Nos dijo que era su hermana, una mujer pálida y tísica que rara vez salía de la casa parroquial. Murió al año de llegar. Nunca vimos un acta de defunción y el entierro fue privado en el jardín de la parroquia bajo el pretexto de evitar el contagio de la tuberculosis.

 Esta discrepancia llevó al comisario a investigar los registros en la ciudad de México y en la diócesis de donde provenía Valdespino. Los resultados fueron inquietantes. No había registros de una hermana, pero sí rumores de una mujer que lo seguía a todas sus misiones anteriores. El 12 de febrero de 1946, armado con una orden judicial, el comisario llegó a la casa parroquial.

El padre Valdespino, ahora un hombre de 61 años, todavía imponente y con una calma que elaba la sangre, los recibió sin resistencia. “Entiendo que tengan dudas, comisario”, dijo el cura con una voz suave. Mi vida ha sido un libro abierto para este pueblo. Sin embargo, el registro reveló lo contrario. En el ático oculto tras un pesado ropero de Caoba, los agentes encontraron un baúl de madera de cedro.

 Al abrirlo, el horror se hizo presente. Docenas de fotografías. No eran imágenes de la iglesia, eran retratos de mujeres jóvenes del pueblo, algunas en poses íntimas y otras claramente desprevenidas. Entre ellas los rostros inconfundibles de Elena y Consuelo Mondragón. Tras un panel falso en la pared el ático encontraron una celda pequeña pero impecable.

Había una cama estrecha, un escritorio y las paredes estaban tapizadas con páginas arrancadas de la Biblia, subrayadas con tinta roja en versículos que hablaban de la purificación por la sangre. Debajo de una tabla suelta del piso hallaron un diario encuadernado en cuero. La caligrafía era elegante y precisa.

En él, Valdespino detallaba lo que llamaba sus matrimonios espirituales. Había manipulado a Elena y Consuelo durante años, usando su posición de autoridad moral para convencerlas de que su relación era un mandato divino que trascendía las leyes humanas. La entrada del 14 de agosto de 1920 revelaba la verdad final.

 El Señor me ha mostrado la mancha en mi rebaño. Elena amenazó con confesarle todo a don Hipólito. Decía que el peso del engaño le quemaba el alma. Consuelo, siempre la más débil, estaba dispuesta a seguirla. La cité en el barranco bajo la promesa de una bendición final. El cuchillo fue el instrumento de la voluntad de Dios.

Su sangre lavó mi pecado y el de ellas. He colocado las escrituras en sus bocas para que quien las encuentre entienda que el castigo fue justo. Mañana lloraré con el pueblo, pero mi alma está limpia. El comisario Leiva cerró el diario con las manos temblorosas. Padre Julián Valdespino, queda usted arrestado por el asesinato de las hermanas Mondragón.

El Cura no mostró sorpresa, se levantó con parsimonia y dijo, “He vivido con el perdón de Dios por 26 años. Supongo que ahora debo enfrentar el juicio de los hombres.” El juicio celebrado en Pachuca en abril de 1946 conmocionó a todo Hidalgo. La Fiscalía presentó el diario, las fotos y el arma del crimen, un cuchillo de casa que Valdespino había escondido en el ático y que coincidía perfectamente con las heridas de las víctimas.

El momento más dramático fue cuando un anciano y frágil don Hipólito Mondragón confrontó al asesino desde el banquillo. Le confié la pureza de mis hijas. susurró el Boticario. Y usted usó esa fe para devorarlas. Julián Valdespino fue condenado a la pena máxima. Fue fusilado en noviembre de 1947. Sus últimas palabras, según los testigos, fueron un salmo sobre el arrepentimiento, aunque sus ojos nunca mostraron remordimiento real.

La resolución del caso trajo paz a Real del Monte, pero también una cicatriz que nunca cerró del todo. La parroquia de Nuestra Señora del Rosario perdió a muchos fieles y la casona de los Mondragón fue demolida años después. Hoy en día, en el Panteón Inglés de Real del Monte o en el cementerio municipal, las tumbas de Elena y Consuelo siempre tienen flores frescas.

Se dice que cada 14 de agosto una neblina especialmente espesa baja desde la montaña y cubre sus lápidas, como si el pueblo mismo quisiera proteger el recuerdo de las dos jóvenes que fueron víctimas de quien debía cuidarlas.La justicia puede tardar décadas, pero como hemos visto hoy en la historia de las hermanas Mondragón, la verdad siempre encuentra una grieta por donde salir a la luz.

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