El sonido de la cremallera de la maleta

cerrándose fue el único ruido que rompió
el silencio tenso de la habitación
principal. No era una maleta louison ni
Gucci, como las que solía usar Julián
para sus viajes de negocios. Era una
maleta vieja, desgastada, con una rueda
rota, la misma maleta con la que había
llegado a esa mansión hacía 5 años. ¿Ya
terminaste?, preguntó Julián desde el
umbral de la puerta. Estaba apoyado en
el marco, sosteniendo un vaso de whisky
de malta con esa sonrisa arrogante que
alguna vez confundí con seguridad. Me
enderecé sintiendo el dolor en mi
espalda baja, no por el esfuerzo físico,
sino por el peso de la traición que
cargaba sobre mis hombros. Ya casi,
respondí. Mi voz no tembló. Me prometí a
mí misma que no le daría el gusto de
verme llorar. No, hoy Julián soltó una
risa seca y entró en la habitación
caminando con sus zapatos de piel
italiana sobre la alfombra persa que yo
misma había elegido. No sé por qué te
tomas tanto tiempo, Elena. No es como si
tuvieras mucho que llevarte. Recuerda el
acuerdo prenupsial. Lo que compraste con
mi dinero se queda. Lo que traías cuando
llegaste, esa basura te la puedes
llevar. Miré alrededor de la habitación.
Las joyas en el tocador, los vestidos de
seda en el armario, los cuadros en las
paredes, todo eso se quedaba. Pero él no
entendía que lo más valioso que yo había
traído a esta casa no cabía en una
maleta. “No me llevo nada tuyo, Julián”,
dije cerrando el broche de la maleta.
“No quiero nada que huela a ti. Mejor
así”, dijo él dando un sorbo a su
bebida. “Sofía llegará en una hora.
Quiero que el aire esté limpio de tú
mediocridad. Ella tiene un olfato muy
sensible. Es una mujer de clase, Elena,
algo que tú nunca pudiste ser por más
dinero que invertí en ti. Sofía, la hija
del socio mayoritario de su competencia,
la mujer por la que me estaba echando a
la calle. Julián había decidido que para
cerrar el trato de fusión, que lo
convertiría en el billonario más joven
del país, necesitaba una esposa trofeo
con apellido, no a una huérfana con
suerte como yo. ¿De verdad crees que
ella te ama?, pregunté. Mirándolo a los
ojos por última vez, Julián se acercó a
mí, invadiendo mi espacio personal. Olía
a alcohol caro y a egoísmo. El amor es
para los pobres. Elena, Sofía y yo somos
socios. Ella aporta capital y prestigio.
Tú, tú solo aportabas gastos. Fuiste un
pasatiempo, una obra de caridad. Te
saqué de la biblioteca donde trabajabas
y te di una vida de reina. Deberías
besarme los pies antes de irte. En ese
momento entró doña Mercedes, mi suegra,
una mujer que siempre me había mirado
como si yo fuera una mancha en su sofá
blanco. ¿Todavía sigue aquí?, preguntó
Mercedes abanicándose con la mano.
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