El estruendoso reír de Armando del Valle resonaba en su majestuosa oficina. “Les

doy toda mi fortuna si logran descifrar esto”, proclamó Elara. La discreta

guardiana del espacio, tomó el papel con manos temblorosas. Lo que salió de sus

labios hizo que la risa de Armando se congelara para siempre. Armando del

Valle estaba recostado en su lujoso sillón de cuero italiano en el piso 47,

contemplando el frenecí de las calles de la Ciudad de México, una metrópolis que

en la práctica le pertenecía. A sus 45 años había construido un imperio

inmobiliario que lo había convertido en el hombre más rico y también en el más

despiadado del país. Su oficina era un monumento a su ego, paredes de mármol

negro, obras de arte que valían más que casas enteras y una vista panorámica que

le recordaba constantemente su superioridad. Pero lo que Armando más

apreciaba no era su fortuna, sino el poder que le confería para humillar a

quienes consideraba inferiores. Señor del Valle. La voz vacilante de su

secretaria interrumpió sus pensamientos por el intercomunicador. “Los

traductores han llegado. Que pasen”, respondió él con una sonrisa cruel. Es

hora del espectáculo. Durante la última semana, Armando había difundido por la

Ciudad de México un reto que él consideraba imposible. había recibido un

documento misterioso, parte de una herencia familiar, escrito en múltiples

idiomas que nadie había podido descifrar por completo. Era un texto antiguo con

caracteres que parecían mezclar árabe, mandarín, sánscrito y otras lenguas que

ni siquiera los mayores expertos lograban identificar. Pero Armando lo había convertido en su juego favorito de

humillación pública. “Señoras y señores”, exclamó cuando los cinco traductores más prestigiosos de México

entraron nerviosamente en su sala. Bienvenidos al desafío que los

transformará en millonarios o en los mayores fracasados de sus carreras. Los

traductores se miraron con inquietud. Entre ellos estaban el Dr. Ricardo

Fuentes, especialista en lenguas antiguas, la profesora Sofía Chen,

renombrada sinóloga, Hassán Al Rashid, traductor de árabe y persa, la doctora

Elena Petrova, lingüista de lenguas muertas, y Roberto Silva, quien se

jactaba de dominar más de 20 idiomas. Aquí tienen el documento. Armando agitó

los papeles antiguos como si fueran un trapo. Si alguno de ustedes, esos

supuestos genios de los idiomas, logra traducir por completo este texto, les

daré toda mi fortuna, toda. Estamos hablando de 500 millones de dólares. El

silencio en la sala era ensordecedor. Los traductores se quedaron sin aliento ante la magnitud de la oferta, pero

continuó armando con una sonrisa sádica, “Cuando fallen miserablemente, como

estoy seguro que lo harán, cada uno de ustedes me pagará un millón de dólares

por hacerme perder mi tiempo y además tendrán que admitir públicamente que son

unos charlatanes.” “Señor del Valle”, balbuceó el doctor Fuentes. cantidad es excesiva. Ninguno

de nosotros tiene Exacto. Armando se levantó bruscamente golpeando la mesa.

Ninguno de ustedes tiene un millón de dólares porque ninguno de ustedes vale un millón de dólares. Pero yo sí tengo

500 millones porque soy superior a todos ustedes. La tensión en la sala era

palpable. Los traductores intercambiaban miradas de horror y humillación. ¿Qué

pasó? Armando empezó a caminar alrededor de ellos como un depredador al acecho.

Ya no se sienten tan seguros de sus habilidades, ya no quieren demostrar su

inteligencia. En ese momento, la puerta se abrió silenciosamente.

El ara Mendoza, de 52 años, entró con su carrito de limpieza. Llevaba 15 años

trabajando en ese edificio de la Ciudad de México, siempre invisible para hombres como Armando. Su uniforme azul

marino estaba impecable a pesar de haber comenzado su turno a las 5 de la mañana.

“Con permiso, señor”, murmuró el con la cabeza gacha. No sabía que tenía una

reunión. Volveré más tarde. No, no. Armando la detuvo con una carcajada.

Quédese. Esto va a ser divertido. Miren todos, aquí tenemos a Elara, nuestra

querida señora de la limpieza. Elara, diles a estos expertos cuál es tu nivel

educativo. Elara sintió que el calor le subía a las mejillas. Señor, solo

terminé la primaria. Primaria. Armando aplaudió sarcásticamente. Y aquí tenemos

a cinco doctores y profesores que probablemente no pueden hacer lo que el ara hace todos los días. limpiar mis

zapatos correctamente. Los traductores miraron al suelo, avergonzados, no solo

por su humillación, sino por ser testigos de cómo Armando trataba a Elara. De hecho, a Armando se le ocurrió

una idea que le pareció hilarante. Elara, acérquese. Quiero que vea esto.

Elara se acercó lentamente, sus manos apretando el mango del carrito. Mire

este documento. Armando colocó los papeles frente a sus ojos. Estos cinco

genios no pueden traducirlo. ¿Puede usted? Era una pregunta retórica, una

broma cruel destinada a humillar tanto a Elara como a los traductores

profesionales. Elara miró los papeles y algo extraño cruzó por sus ojos. Por un

instante que pasó desapercibido para todos, excepto para la profesora Chen,

elara pareció reconocer algo en el texto. “Yo yo no sé leer estas cosas,

señor”, respondió en voz baja. “Claro que no.” Armando estalló en carcajadas,

una mujer de la limpieza que apenas terminó la primaria, mientras que estos supuestos expertos universitarios

tampoco pueden. Se dirigió a los traductores, su voz envolviéndose