La sabana se extendía hasta donde

alcanzaba la vista, un océano dorado de

hierba alta que ondulaba con el viento

caliente del mediodía. El cielo era

inmenso, cruelmente hermoso, sin una

sola nube que ofreciera consuelo. En

medio de esa inmensidad avanzaba

lentamente un todo terreno negro

levantando una estela de polvo seco que

se perdía en el horizonte.

Dentro del vehículo, doña Elena

permanecía sentada en silencio. Su

cuerpo frágil, sostenido por el asiento,

sus manos huesudas apoyadas sobre un

bolso viejo que abrazaba como si fuera

lo único firme que le quedaba en el

mundo. Tenía más de 80 años y el

Alzheimer había comenzado a borrar los

contornos de su memoria, dejando

espacios vacíos donde antes vivían

nombres, rostros y recuerdos.

A su lado, Claudia, su nuera, miraba

constantemente el reloj del tablero. Sus

labios estaban apretados en una línea

fina, su expresión tensa. Cada minuto

que pasaba parecía aumentar su

irritación.

“Ya casi llegamos”, dijo sin mirarla.

“Necesito bajar un momento.” Elena no

respondió. observaba el paisaje con una

mezcla de asombro y desconcierto, como

una niña llevada por primera vez a un

lugar demasiado grande para

comprenderlo.

El vehículo se detuvo lejos de cualquier

sendero visible. No había árboles

cercanos, ni sombras, ni señales de vida

humana, solo el viento y el sonido

distante de insectos invisibles.

Claudia salió del coche, rodeó el

vehículo y abrió la puerta del lado de

Elena. Sin decir palabra, comenzó a

maniobrar la silla de ruedas, bajándola

con movimientos bruscos. “Espere aquí,

ordenó. Voy a buscar ayuda.” Elena

levantó la vista confundida. “Ayuda para

qué?”, preguntó con voz temblorosa.

Claudia no contestó, cerró el bolso de

Elena sobre su regazo, dio un paso atrás

y volvió al vehículo. Por un segundo

dudó con la mano en la puerta, pero

luego subió, encendió el motor y se

marchó. El polvo cubrió todo. Cuando el

ruido desapareció, Elena quedó

completamente sola. El silencio de la

sabana no era un silencio vacío, estaba

cargado de vida. de movimientos ocultos,

de ojos que observan sin ser vistos.

Elena comenzó a sentir el peso de ese

silencio, aunque no podía explicarlo con

palabras. “Hola, llamó. ¿Hay alguien?”

No hubo respuesta. El sol empezó a caer

lentamente, pero el calor seguía siendo

implacable. Y Elena intentó mover la

silla. Las ruedas se hundieron en la

tierra blanda. Su respiración se volvió

rápida. El miedo comenzó a abrirse paso

entre la confusión de su mente. Fue

entonces cuando los vio, primero uno,

luego otro, siluetas grandes moviéndose