La hija del jefe se quedó paralizada al oír a la limpiadora tocar la canción de su hermana perdida. La tarde caía sobre

la mansión baldés como un velo dorado, tiñiendo de ámbar los corredores de mármol que Isabela recorría sin rumbo

fijo. Había algo en el aire de aquel jueves que la inquietaba, aunque no sabría decir que tal vez era el calor

pegajoso de octubre o quizás la sensación de que algo estaba a punto de cambiar para siempre. se detuvo frente a

la ventana del pasillo principal, observando los jardines impecables que se extendían hacia el horizonte.

Jazmines, siempre jazmines. Su padre insistía en que los jardineros los mantuvieran. Aunque ya nadie salía a

disfrutarlos, era como si la mansión entera se hubiera quedado congelada en el tiempo, atrapada en un momento que

nunca terminaría de pasar. Isabela tenía 23 años, pero a veces se sentía mucho

mayor. Crecer en aquella casa era como vivir en un museo dedicado a la ausencia. Las fotografías en las paredes

lo confirmaban. Dos niñas idénticas, de ojos castaños y sonrisas radiantes,

abrazadas bajo un cielo azul que parecía prometer un futuro lleno de risas. Pero

ese futuro nunca llegó. Sofía. El nombre resonaba en su mente como un eco que

nunca se extinguía del todo. Su hermana gemela, la otra mitad de su alma,

arrancada de su vida cuando apenas tenían 5 años. Isabela recordaba vagamente aquel día en

el mercado, el bullicio de la gente, los puestos de frutas coloridas, la mano de

su padre sosteniendo firmemente la suya y luego el grito, el caos, la mano de

Sofía soltándose de la de su padre y el silencio que siguió, un silencio que duraría 18 años. Isabela suspiró

apartando esos pensamientos como quien aparta una cortina pesada. No servía de nada remover el pasado. Su padre se lo

había repetido mil veces con esa voz ronca que usaba cuando trataba de esconder el dolor. Hay que seguir

adelante, mija, es lo único que podemos hacer. Pero seguir adelante era más difícil de lo que sonaba cuando vivías

en una casa donde cada rincón te recordaba lo que habías perdido. Fue entonces cuando lo escuchó.

Al principio creyó que era su imaginación, esa costumbre cruel que tenía su mente de inventarle melodías

fantasmas en los momentos de silencio. Pero no, era real. Alguien estaba

tocando el piano. Sus pies se detuvieron en seco. El corazón le dio un vuelco tan

violento que tuvo que llevarse la mano al pecho. No puede ser, pensó. Nadie

toca ese piano, nadie desde la música flotaba por los corredores como un

susurro imposible, una melodía suave, melancólica, que le erizó la piel de los

brazos. Nocturno de Luna. La canción que su padre había compuesto para ellas

cuando eran niñas, la misma que tocaba cada noche antes de dormir, sentándolas a ambas en el banco del piano, una a

cada lado, mientras sus dedos volaban sobre las teclas como pájaros blancos.

La misma canción que nadie había vuelto a tocar desde aquella tarde Isabela caminó despacio hacia la sala de

estar, como si temiera que cualquier movimiento brusco rompiera el hechizo. Sus piernas temblaban. La música se

hacía más clara con cada paso, más nítida, más imposible. No era una

grabación, era alguien tocando en vivo, cada nota con una precisión que le

cortaba la respiración. La puerta de la sala estaba entreabierta. Isabela se asomó con cuidado, conteniendo el

aliento, y lo que vio le eló la sangre. Una joven estaba sentada al piano Steinway negro, el mismo que llevaba 18

años cubierto con una funda de tercio pelo. Sus dedos se deslizaban sobre las teclas con una familiaridad que parecía

imposible en alguien que vestía el uniforme gris de las empleadas domésticas. tenía el cabello negro

recogido en un chongo sencillo, las manos ásperas de quien trabajaba duro y la espalda ligeramente encorbada, como

si cargara el peso del mundo sobre los hombros. Pero cuando la joven giró levemente la cabeza buscando una nota

más aguda, Isabela sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Dios mío, era

como mirarse en un espejo, los mismos ojos castaños, profundos como pozos

antiguos, la misma curva delicada de la nariz, los mismos labios finos que ella

veía cada mañana en el reflejo, hasta la forma en que fruncía levemente el ceño al concentrarse era idéntica. La música

se detuvo de golpe. La joven se giró completamente, sobresaltada al darse

cuenta de que no estaba sola. Sus ojos se encontraron con los de Isabela y por

un segundo, un segundo eterno, ninguna de las dos pudo moverse. Disculpe,

señorita Isabela. La voz de la joven temblaba, quebrada por el miedo. Yo no

debería, perdón, yo solo. Isabela no respondió. No podía. Las palabras se le

habían atascado en algún lugar entre el pecho y la garganta. solo podía mirar

paralizada mientras su cerebro intentaba procesar lo imposible. La joven se puso

de pie rápidamente, casi tropezándose con el banco del piano. De verdad, lo siento mucho. No volveré a tocar nada.

Se lo prometo. Es que no sé, me salió así no más. Yo, ¿cómo te llamas? Isabela

logró articular por fin, aunque su voz sonaba extraña, como si viniera de muy

lejos. Daniela, señorita Daniela Herrera. Empecé a trabajar aquí hace

como tres semanas. Doña Verónica me contrató para dónde aprendiste esa canción. Daniela parpadeó confundida.

¿Cuál canción? La que estabas tocando. Nocturno de Luna. ¿Dónde la aprendiste?

Yo. Daniela bajó la mirada retorciendo las manos. No sé, señorita, de verdad

que no sé. Siempre la he sabido tocar desde que tengo memoria. Mi mamá, bueno,

la señora que me crió, decía que cuando era chiquita yo tocaba esa melodía en mi sueño, así con los dedos en el aire,

como si hubiera un piano invisible. Nunca supe de dónde salió. Isabela sintió que las rodillas le flaqueaban.

Se aferró al marco de la puerta. Tu mamá. ¿Quién es tu mamá? Se llamaba Rosa. Señorita Rosa Herrera. murió hace

dos años. ¿Y tu papá? No lo conocí. Doña Rosa me adoptó cuando tenía como 7 años.

Antes de eso estuve en un orfanato, pero no me acuerdo mucho de esa época. Todo está muy borroso, ¿sab? Como si fuera un

sueño que no termino de recordar bien. Isabela retrocedió un paso, luego otro.

La habitación daba vueltas. “Quédate aquí”, logró decir. No te muevas. No te

vayas. Regreso enseguida. Y antes de que Daniela pudiera responder, Isabela salió