de huérfano y pobre, le dio un anillo y dijo, “Me casaré contigo cuando sea grande.” Eran solo dos niños en el mismo

orfanato, prometiéndose un futuro. Los años pasaron y él se convirtió en

millonario. Ahora, padre soltero, contrató a una nueva niñera para cuidar de su hija y cuando la vio con el anillo

en su mano, se quedó completamente helado. El anillo brilló bajo la luz de la oficina y Sebastián Ruiz sintió que

el aire se le escapaba de los pulmones. Era imposible. Tenía que estar viendo mal, pero ahí estaba, pequeño,

desgastado, con una piedra azul turquesa que había perdido brillo con el tiempo,

en el dedo anular de la mujer que acababa de entrar para la entrevista de niñera. La mujer que lo miraba ahora con

ojos grandes y oscuros, esperando que dijera algo. La mujer cuyo nombre en el

currículum había leído sin pensarlo dos veces, Joana de Luz. Su mano derecha se

cerró en puño sobre el escritorio. La izquierda temblaba sosteniendo la hoja con su información. 30 años. Experiencia

en cuidado infantil. Referencias verificables. Nada en ese papel le había dicho que era ella, que después de 18

años de buscarla, de recordarla, de cargar con la culpa de no haber cumplido su promesa, el destino la ponía frente a

él solicitando trabajo. Señor Ruiz, la voz de ella lo sacó del shock, suave.

insegura, exactamente como la recordaba, Sebastián levantó la mirada de su mano, de ese maldito anillo que él mismo le

había dado cuando tenían 13 y 12 años, cuando eran dos niños rotos en un orfanato, prometiéndose un futuro

imposible. Sus ojos se encontraron y supo que ella también lo había reconocido. Lo vio en la forma en que su

respiración se aceleró, en cómo sus dedos se aferraron al bolso que llevaba, en el temblor casi imperceptible de sus

labios. Sebastián. Su nombre salió como un suspiro, como una pregunta y una

respuesta. Al mismo tiempo, él se puso de pie tan bruscamente que la silla rodó

hacia atrás golpeando contra la pared. Patricia, su asistente, que todavía estaba junto a la puerta, los miró

confundida. ¿Se conocen?, preguntó. Ninguno respondió. El silencio se

extendió denso y cargado de 18 años de ausencia, 18 años de preguntas sin

responder, de promesas rotas, de vidas que tomaron caminos diferentes.

Sebastián rodeó el escritorio con pasos lentos, sin apartar la mirada de ella. Joana retrocedió instintivamente hasta

que su espalda chocó contra la pared junto a la puerta. “Déjanos solos”, ordenó Sebastián sin voltear hacia

Patricia. Su asistente dudó. Señor Ruiz tiene una reunión en cancélala, cancela

todo. El tono no admitía discusión. Patricia salió cerrando la puerta trás de sí con un clic suave que resonó como

un disparo en el silencio. Sebastián se detuvo a un metro de distancia, lo

suficientemente cerca para ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, las marcas del tiempo que los había

convertido en adultos, lo suficientemente lejos para no hacer una estupidez como abrazarla o sacudirla o

preguntarle por qué diablos había desaparecido sin despedirse. El anillo dijo finalmente. Su voz salió más ronca

de lo que pretendía. Todavía lo usas. Joana bajó la mirada hacia su mano.

Hacia esa banda de plata desgastada que había usado todos los días durante 18 años. Nunca me lo quité. ¿Por qué? La

pregunta salió cargada de dolor, de rabia, de algo que Sebastián no podía nombrar. Johana levantó la barbilla.

Había lágrimas acumulándose en sus ojos, pero su voz salió firme. “¿Por qué me hiciste una promesa?” Las palabras lo

golpearon como un puñetazo. Sebastián cerró los ojos intentando controlar la oleada de emociones que amenazaba con

ahogarlo. Y sin quererlo, sin poder evitarlo, regresó a ese lugar, a ese

momento, al orfanato San José de Monterrey, 18 años atrás. Tenía 13 años

y estaba sentado bajo el árbol de bugambilias con Joana a su lado. Ella acababa de cumplir 12. Habían pasado 2

años desde que se conocieron. 2 años compartiendo pan duro, jugando en el patio polvoriento, durmiendo en literas

que crujían. 2 años siendo la familia que ninguno tenía. “Toma”, le había

dicho sacando algo de su bolsillo. Un anillo pequeño con una piedra azul turquesa que había encontrado en una

caja de juguetes donados. Lo había limpiado durante días hasta que brilló. Johana lo miró confundida. ¿Qué es? Es

para ti. Algún día voy a salir de aquí. Voy a trabajar duro. Voy a ganar dinero

y voy a regresar por ti. Había tomado su mano y deslizado el anillo en su dedo.

Me voy a casar contigo, Joana de Luz. Te lo prometo. Ella había llorado, pero no

de tristeza, de esperanza. Y si te olvidas de mí, nunca. La palabra había

salido con tanta certeza que Johana le creyó. Le creyó con cada fibra de su

ser. Se abrazaron bajo ese árbol mientras el cielo se teñía de naranja. Y en ese momento ambos creyeron que nada

podría separarlos. Pero tres semanas después Joanna desapareció. Una familia

la adoptó. Se la llevaron sin darle tiempo de despedirse y Sebastián se quedó solo otra vez. La voz de Johana lo

trajo de vuelta al presente. “¿Me buscaste?”, dijo. No era una pregunta. Sebastián abrió los ojos. Durante años

pregunté en el orfanato cientos de veces, pero nunca me dijeron quién te adoptó. Dijeron que era confidencial. Lo

sé. Yo también te busqué. Su voz se quebró. La familia que me adoptó se mudó a Guadalajara. Y cuando tuve edad

suficiente, cuando ahorré lo necesario para regresar a Monterrey, fuiste tú quien había desaparecido. Nadie en el

orfanato sabía dónde estabas. Sebastián sintió que algo se quebraba dentro de su

pecho. Pasé años buscándote. Incluso cuando salí del orfanato, incluso cuando

empecé a trabajar, cada mujer que veía en la calle, cada nombre que escuchaba,

siempre pensaba que podrías ser tú, pero te casaste con otra. Las palabras

cayeron entre ellos como piedras. Sebastián apretó la mandíbula. Me casé, tuve una hija, pero no funcionó. Ella se

fue hace 6 meses. Dijo que no quería ser madre, que se había equivocado y me dejó

solo con Sofía. Johana parpadeó sorprendida. No sabía cómo ibas a saber.

Llevaba tu nombre en mi cabeza desde que tenía 13 años, pero no tenía forma de encontrarte. Y cuando finalmente dejé de

buscar, cuando me convencí de que nunca te volvería a ver, apareces aquí. Dio un

paso más cerca, solicitando trabajo como niñera. Ella lo miró directamente.

Necesito el trabajo, Sebastián. Llevo tres meses en Monterrey viviendo en un departamento que apenas puedo pagar. He

trabajado en cinco casas diferentes y en todas me trataron como si fuera invisible. Cuando vi tu anuncio, cuando

leí tu nombre, se detuvo. Respiró hondo. Investigué, vi las fotos de tu empresa,

de tu boda, de tu vida y supe que eras tú el niño del orfanato, que me prometió

que regresaría. Entonces sabías. Sebastián sintió algo parecido a la