Amarrada y condenada a morir entre las llamas, mientras todo el pueblo solo

observaba, una mujer esperaba el final hasta que un apache solitario entró al

infierno de fuego para salvarla. Él no sabía que acababa de rescatar a la

heredera más poderosa de la región, y ninguno de los dos imaginaba que ese acto de valentía cambiaría sus destinos

para siempre y sacudiría los cimientos de un mundo construido sobre el odio.

Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños y

destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame

desde qué ciudad nos estás viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia.

Taza había aprendido a leer rastros que otros no veían. No buscaba caza ni rutas

de agua. Buscaba a su hija. Nalin había desaparecido hacía 6 meses arrancada de

la vida como arranca una flor antes de que florezca. Tasa no tenía pruebas de quién la había llevado, pero tenía

señales, marcas de bota donde solo pasaban pies descalzos,

huellas de caballo en senderos que su gente nunca usaba y rumores, susurros

compartidos entre pueblos apache, niños desapareciendo cerca de las rutas

comerciales, siempre en las mismas fechas, siempre sin rescate posible. La

cabaña donde vivía Tasa estaba limpia como un templo. Cada objeto en su lugar,

cada herramienta colgada con precisión, no por vanidad, sino por necesidad.

El orden era lo único que podía controlar desde que Nalin se fue. El

desorden le recordaba el caos del día en que regresó de cazar y encontró solo

silencio. Mantenía la disciplina porque si perdía eso, perdería también la

capacidad de pensar con claridad. Y pensar era lo único que le quedaba. Cada

mañana salía a seguir pistas que lo acercaban un poco más a la ciudad. No

quería estar cerca de ese lugar. La ciudad era donde los apaches morían por

existir, donde las miradas eran armas y las palabras, sentencias, pero las

pistas lo llevaban allí porque allí estaba el dinero, y donde había dinero,

había gente dispuesta a comprar lo que otros habían robado. Aza observaba desde

las colinas estudiando los patrones de movimiento, las caras que se repetían en

ciertos lugares, las casas que tenían más vigilancia de la necesaria. Llevaba

semanas así, invisible como el viento cuando vio el humo. No era humo de

cocina ni de hogar, era humo oscuro, espeso, alimentado con algo más que

madera seca. Tasa frunció el ceño. Los incendios en la ciudad no eran raros,

pero este estaba demasiado controlado. Las llamas crecían rápido en un solo

punto, sin extenderse a las casas vecinas, como si alguien hubiera preparado el terreno. Se acercó sin

pensarlo dos veces, no por heroísmo, sino porque algo no cuadraba. Los

vecinos estaban lejos observando, pero sin moverse. Nadie gritaba pidiendo

ayuda. Nadie corría con cubetas de agua. Era como si el fuego tuviera permiso de

existir. Entonces vio la sombra dentro. No era un bulto de muebles ni un animal

atrapado. Era una persona quieta, demasiado quieta. Taza sintió un frío

que no venía del viento. Conocía esa quietud. Era la quietud de quien no

puede moverse. Entró antes de que su mente pudiera detenerlo. El calor golpeó su rostro

como un puño, pero había cruzado incendios forestales antes. Sabía

respirar bajo, proteger los ojos, moverse rápido. La estructura de la casa

era sólida todavía. Las vigas no habían cedido. Tenía minutos, tal vez segundos.

La encontró en una habitación trasera. Atada a una silla con cuerdas gruesas.

No estaba desmayada por el humo, estaba desmayada por el golpe que tenía en la 100. Alguien se había tomado el tiempo

de amarrarla bien, de asegurarse de que no pudiera gritar ni escapar. Esto no

era un accidente, era asesinato. Tasa cortó las cuerdas con el cuchillo

que siempre llevaba al cinto. Ella no pesaba mucho, pero el humo ya estaba

espeso y la salida parecía más lejos de lo que recordaba. Cargó el cuerpo sobre

sus hombros y caminó hacia donde había entrado, guiándose más por instinto que por vista. Las llamas lamían las paredes

a su izquierda, pero aún no habían bloqueado el camino. Salió justo cuando

la viga principal crujió detrás de él. No miró atrás, no se detuvo a ver si

alguien lo había visto. Solo corrió hacia las sombras, llevando a la mujer

lejos de las miradas, lejos del fuego, lejos de quienes habían planeado que muriera allí. Cuando estuvo lo

suficientemente lejos, se detuvo para revisar el pulso, débil, pero presente.

Respiraba con dificultad, pero respiraba. Tasa limpió la herida de la

cabeza con agua de su cantimplora y presionó con un trapo para detener el sangrado. Tenía moretones en las muñecas

donde las cuerdas habían apretado, y quemaduras leves en los brazos, pero

viviría. La llevó a su cabaña porque no tenía otro lugar. Dejarla en la ciudad

era entregarla a quien quiso matarla. Llevarla con otros apaches era ponerlos

en peligro también. Así que la llevó a su refugio, ese lugar limpio y ordenado

donde guardaba el collar quemado de Nalin como único recuerdo. Colocó a la

mujer en el catre que él usaba. preparó una infusión de hierbas que su abuela le

había enseñado a hacer y esperó. No sabía quién era ella ni por qué alguien

quería verla muerta. Solo sabía que no podía dejarla morir. No cuando había

señales tan claras de que alguien había planeado su muerte con cuidado. Mientras

ella dormía, Tasa puso el collar de Nalin junto a la puerta. Un recordatorio silencioso de que no podía quedarse