
Compadres, ¿ustedes creen que ya conocen historias de la revolución, verdad? Piensan que ya oyeron de todo sobre
bandoleros y federales. Pues acomódense ahí, que hoy les voy a hablar de un tiempo en que la sierra tembló. No fue
de terremoto, fue de miedo. Era 1918,
año en que el sol pegaba tan fuerte que hasta los nopales lloraban espinas. Año
en que la revolución todavía echaba lumbre. Año en que no se sabía quién
mandaba de verdad, si villas y carranzas y el mismo. La guerra había
dejado el norte más seco que hueso de perro y la gente vivía con un ojo al gato y otro al garabato, esperando a ver
de dónde venía la siguiente desgracia. Santa Rita del Cañón era uno de esos
pueblitos que Dios puso en el mapa noás porque necesitaba llenar el desierto. un
puñado de casas de adobe blanqueadas con cal, una capillita con la puerta pintada
de azul cielo, la tienda de don Macario, donde vendían de todo un poco, desde
Piloncillo hasta Herradura, y un salón de baile que solo abría cuando la luna
aparecía llena en el cielo como tortilla recién hecha. Las calles eran de tierra
polvorienta, que se levantaba con cualquier ráfaga de viento y los perros flacos dormían a la sombra de los
mezquites, soñando con tiempos mejores que nunca llegaban. En ese tiempo el
ascendado mandaba, el padre bendecía y la mujer obedecía. Así funcionaban las
cosas en ese pedazo olvidado del mundo. Y hay del que quisiera cambiar el orden.
Los federales llegaban y echaban plomo grueso sin ni siquiera preguntar el
nombre. Los rurales pasaban y dejaban un rastro de sangre detrás, como si fueran
marcando camino para el infierno. La vida valía menos que un cartucho de bala
y la justicia era lo que el que tenía más fierro decía que era. Fue un
miércoles por la tarde cuando el sol ya se iba escondiendo detrás de la sierra
de San Miguel, pintando el cielo de naranja y morado, que se levantó la polvareda en el camino de la cañada. La
gente luego luego pensó que era ganado o recua de burros de algún arriero que
venía del norte cargado de mercancía, pero no. Lo que se acercaba era nás una
montura, una mula blanca de esas que parece que las lavaron con jabón de
ceniza, tan limpia que hasta brillaba con los últimos rayos del sol poniente.
Y arriba de ella una figura que nadie iba a olvidar jamás. Dicen que el
primero en verla fue Chullito, chamaco flaco como palo de mezquite, con las
costillas marcadas y los ojos grandes de quien pasa más hambre que trabajo. Cuidaba unas cabras famélicas que apenas
encontraban qué comer entre las piedras a la entrada del pueblo. Viene una
vieja”, gritó con su voz delgada de muchacho asustado y salió corriendo
descalzo por las calles polvorientas a avisar a todo el que quisiera oír. Era
mujer, sí, pero no era cualquier mujer, compadre. Era ángela. Venía sentada de
lado en la mula, como si hubiera nacido así, montada. El vestido le cubría las
piernas, pero el viento terco del desierto levantaba la falda de vez en cuando, dejando ver un pedazo de muslo
moreno que hizo a Chullito tragar saliva y santiguarse al mismo tiempo, sin saber
bien si lo que sentía era pecado o milagro. En la cabeza, un sombrero de
palma con listón negro de esos que hacen sombra en la cara y misterio en la mirada. Los labios los traía pintados de
un rojo de granada madura que parecía gritar en un desierto de colores
apagados por el polvo y el abandono. Y en los pies, ay pies, calzaba un par de
zapatos rojos de tacón alto, cosa que nadie nunca había visto por esos rumbos,
ni en las procesiones de Semana Santa, ni en las fiestas del Santo Patrón, ni
en las bodas de hija de ascendado rico. La mula se paró enfrente del salón de
Trinidad Ochoa. Era un caserón de adobe con portal ancho y vigas de mequite
carcomido por el tiempo, donde los fines de semana el acordeón gemía corridos
revolucionarios y los pies golpeaban el piso de tierra hasta que salía el sol y
los gallos cantaban roncos de tanto anunciar el día. Pero ese día no era día
de fiesta. Estaba cerrado, con las ventanas entornadas y una escoba de
palma de sotol recargada en la pared, como esperando barrer algo que todavía no había pasado, pero que ya se sentía
venir en el aire. Ángela bajó de la mula en un solo movimiento, sin prisa, sin
miedo. El tacón rojo golpeó el suelo de tierra
y hizo un ruido que jurarían después las beatas persignándose tres veces, sonó
como un aviso de desgracia. Cosa del otro mundo, sonido de herradura del
caballo del cuando viene a cobrar las almas que le deben. ¿Hay algún cristiano por aquí que pueda darme un
vaso de agua?, preguntó con una voz que no era de súplica, como sería de
esperarse de quien llega con set después de un largo camino bajo el sol que
quema. Era la voz de quien sabe que le van a hacer caso. Voz de mujer
acostumbrada a mandar, aunque lo hiciera con palabras suaves como miel, pero con
un filo escondido como navaja en la bota. Doña Soledad, mujer de Trinidad
Ochoa, flaca como las vacas en tiempo de sequía, abrió una rendija de la ventana,
espió a la forastera de arriba a abajo con ojos desconfiados y se persignó en
el pecho seco. “Santa madre de Dios”, susurró con voz quebrada y volvió a
persignarse, esta vez tres veces seguidas. Esa no era mujer de bien. Eso
lo sabía cualquiera con ojos en la cara y miedo de Dios en el corazón. En la
tienda de enfrente, el viejo don Casimiro, que vendía de todo un poco desde tabaco de hoja hasta herradura de
caballo, dejó caer el piloncillo que estaba partiendo con el machete oxidado
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