La Macabra Historia de Doña Feliciana — Cuidaba muñecas vestidas con el velo de su hija desaparecida

El aullido del viento entre las calles estrechas de Asunción era el único sonido que acompañaba a doña Feliciana aquella tarde lluviosa de otoño. Las gotas de agua golpeaban contra el tejado de su pequeña casa en el barrio San Roque, una vivienda antigua con paredes de adobe que había pertenecido a su familia por generaciones.
El paso del tiempo se evidenciaba en las grietas que decoraban las paredes y en el crujido constante de la madera del piso, pero para Feliciana esos sonidos eran parte del hogar que compartía con sus preciadas muñecas. A sus 70 años, doña Feliciana vivía sola. Su cabello plateado, siempre recogido en un moño perfecto, enmarcaba un rostro donde las arrugas contaban historias de dolor.
Vestía invariablemente de negro, como si el luto fuera una segunda piel que había decidido no abandonar. Los vecinos la veían apenas cuando salía a comprar víveres o a la misa dominical, caminando erguida y con la mirada fija en algún punto del horizonte que solo ella podía ver. Lo que nadie sabía era que doña Feliciana no estaba realmente sola.
En el interior de su casa, específicamente en una habitación al final del pasillo, vivían sus hijas. Docenas de muñecas de porcelana, de trapo y de plástico, cuidadosamente dispuestas en estantes, sillas diminutas y una cama infantil. Todas vestidas con retazos del mismo velo blanco, todas con nombres bordados en sus vestidos, todas mirando hacia la puerta como esperando a alguien.
Elena volverá”, murmuraba Feliciana mientras cepillaba el cabello de una de las muñecas más grandes. “Mi niña regresará y encontrará a sus hermanas esperándola. Tengo que mantenerlas hermosas para cuando ella vuelva.” La historia de doña Feliciana era conocida a medias en el barrio. 15 años atrás, su única hija Elena había desaparecido sin dejar rastro.
Se dijo que había huído con un novio, que había emigrado al extranjero buscando un futuro mejor o simplemente que se había marchado para escapar de la asfixiante sobreprotección de su madre. Las autoridades investigaron durante un tiempo, pero sin pruebas concretas, el caso fue archivado, convirtiéndose en uno más de los tantos expedientes de personas desaparecidas en Paraguay.
Pero Feliciana nunca dejó de esperar y mientras esperaba comenzó a coleccionar muñecas. Todo empezó con una pequeña muñeca de porcelana que encontró abandonada en la plaza. La recogió como quien recoge a un bebé abandonado, la limpió con ternura y le puso el nombre de Elena. Luego vinieron más regalos de vecinos compasivos, hallazgos en tiendas de segunda mano, donaciones de familias que no sabían qué hacer con los juguetes viejos de sus hijas.
Pronto la colección creció tanto que Feliciana decidió dedicarle la habitación que había sido de Elena. La habitación permanecía exactamente igual a como la había dejado su hija el día que desapareció, con la única diferencia de que ahora estaba poblada por decenas de ojos vidriosos y sonrisas pintadas. Aquella tarde lluviosa, Feliciana se encontraba realizando su ritual diario.
Entraba a la habitación con una bandeja de té y galletitas. Servía en tacitas diminutas para sus hijas y les hablaba como si pudieran escucharla. Hoy hace frío, mis niñas. El invierno se acerca y debemos estar preparadas. ¿Les gustaría que les tejiera nuevos abrigos? Elena siempre prefería el color azul, así que haremos uno azul para ella.
Mientras hablaba, sus dedos ajustaban el velo blanco que cubría el cabello de cada muñeca. Ese velo, el mismo que había adornado su propia cabeza el día de su boda y el mismo que Elena debería haber usado en la suya. Feliciana lo había cortado en pequeños trozos para que alcanzara para todas sus hijas.
A veces, en la quietud de la noche, cuando el silencio se volvía demasiado pesado, Feliciana juraba que podía escucharlas susurrar entre ellas. Pequeñas voces infantiles que cantaban o contaban secretos. En esos momentos sonreía y se sentía menos sola. El sonido del timbre la sacó de su ensimismamiento. Rara vez recibía visitas y las pocas veces que alguien llamaba a su puerta solían ser vendedores ambulantes o testigos de alguna religión buscando conversos.
con desgano, dejó la muñeca que sostenía cuidadosamente sobre la cama y se dirigió a la puerta. Al abrirla se encontró con una mujer joven de unos 30 años, cabello castaño recogido en una coleta y ojos grandes e inquisitivos. Vestía un traje formal y llevaba una carpeta bajo el brazo. “Buenas tardes. ¿Es usted Feliciana Rojas?”, preguntó la desconocida con una sonrisa profesional.
“Sí, soy yo,”, respondió Feliciana con cautela. “¿En qué puedo ayudarla? Mi nombre es Carmen Villalobos. Soy periodista de investigación. Estoy realizando un reportaje sobre personas desaparecidas en Paraguay y me gustaría hablar con usted sobre el caso de su hija Elena.” Feliciana sintió que el mundo se detenía por un instante.
Hacía años que nadie mencionaba a Elena, que nadie mostraba interés en su caso. El corazón le latió con fuerza mientras evaluaba a la mujer frente a ella. ¿Ha encontrado algo?, preguntó finalmente, su voz apenas un susurro. No exactamente, respondió Carmen, pero estoy revisando casos antiguos, buscando patrones, conexiones.
Me gustaría hacerle algunas preguntas si no le importa. Después de un momento de duda, Feliciana se apartó para dejarla entrar. La periodista pasó al pequeño salón notando de inmediato las fotografías de Elena que decoraban las paredes. Imágenes congeladas. en el tiempo de una adolescente sonriente con toda la vida por delante.
“Hermosa chica”, comentó Carmen mientras tomaba asiento en el sofá desgastado. “Era mi todo”, respondió Feliciana con sencillez, sentándose frente a ella. “Mi única hija, mi razón para vivir.” Carmen sacó una pequeña grabadora y la colocó sobre la mesa entre ellas. Le importa si grabo nuestra conversación.
Es solo para asegurarme de no perder detalles. Feliciana asintió distraídamente. Sus ojos no dejaban de moverse hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada de la habitación de las muñecas. “¿Podría contarme cómo fue el día que Elena desapareció?”, comenzó Carmen. Feliciana cerró los ojos por un momento, como si estuviera reuniendo fuerzas para revivir ese día terrible.
Era domingo, comenzó. Elena tenía 17 años. Se estaba preparando para asistir a la universidad el año siguiente. Quería estudiar medicina. Siempre fue muy inteligente mi niña. La anciana hizo una pausa, su mirada perdida en los recuerdos. Esa mañana discutimos, no recuerdo por qué exactamente, creo que por un vestido que consideré demasiado revelador, cosas sin importancia.
Elena salió enfadada diciendo que iría a casa de una amiga y regresaría para la cena. Feliciana apretó los labios. Nunca volvió. reportó su desaparición inmediatamente, preguntó Carmen. No, esperé hasta el día siguiente. Pensé que tal vez se había quedado a dormir en casa de su amiga, pero cuando la llamé me dijo que Elena nunca había llegado allí.
Carmen tomó algunas notas en su libreta y la policía, ¿qué hicieron? Una sombra de amargura cruzó el rostro de Feliciana. Lo mínimo indispensable. Preguntaron por aquí y por allá, pero pronto sugirieron que simplemente se había fugado. Una adolescente rebelde, dijeron, ya aparecería cuando se le acabara el dinero o se cansara de su aventura.
Pero usted no lo creyó, afirmó Carmen más que preguntar. Elena jamás habría hecho algo así. respondió Feliciana con firmeza. Éramos solo ella y yo desde que su padre murió cuando tenía 5 años. nos apoyábamos mutuamente. Sí, a veces discutíamos como cualquier madre e hija, pero ella no habría desaparecido voluntariamente sin dejar ni una nota, sin llevarse sus cosas más preciadas.
Carmen asintió comprensivamente. ¿Hubo algún sospechoso, alguien que pudiera querer hacerle daño? Feliciana negó con la cabeza. Elena era querida por todos, buena estudiante, respetuosa, ayudaba en la iglesia los fines de semana. Su voz se quebró ligeramente. Aunque había un muchacho, un vecino que vivía unas casas más abajo, siempre la miraba con insistencia, pero se mudó poco después de la desaparición de Elena.
La policía lo interrogó, pero no encontraron nada sospechoso. Un ruido proveniente del pasillo interrumpió la conversación, como el suave golpeteo de algo cayendo al suelo. ¿Hay alguien más en la casa? Preguntó Carmen ligeramente alarmada. Feliciana sonrió. Una sonrisa que no llegó a sus ojos. Solo mis niñas.
Sus niñas, repitió Carmen confundida. Mis muñecas”, aclaró Feliciana, a veces se caen de sus estantes. La casa es vieja, el piso no está nivelado. Carmen asintió, aunque un escalofrío involuntario recorrió su espalda. Había algo inquietante en la forma en que la anciana hablaba de sus muñecas. “¿Puedo usar su baño?”, preguntó, sintiendo la repentina necesidad de moverse, de alejarse un momento del aire cargado de tristeza del salón.
“Por supuesto”, respondió Feliciana. “Segunda puerta a la derecha del pasillo.” Carmen se levantó y se dirigió hacia el pasillo. Al pasar frente a la puerta cerrada al final del corredor, sintió una extraña sensación, como si alguien la observara a través de la cerradura. sacudió la cabeza, reprochándose por su imaginación desbordada y continuó hacia el baño.
Dentro del pequeño baño con azulejos antiguos, Carmen se tomó un momento para respirar. La entrevista estaba resultando más intensa de lo que esperaba. Se lavó las manos y el rostro con agua fría, intentando ordenar sus pensamientos. Al salir, su curiosidad pudo más. En vez de regresar directamente al salón, se detuvo frente a la puerta misteriosa del final del pasillo.
Miró hacia atrás para asegurarse de que Feliciana seguía en el salón y entonces con cuidado giró el pomo de la puerta. Lo que vio la dejó momentáneamente sin aliento. Decenas de muñecas, quizás más de 100, dispuestas meticulosamente por toda la habitación. Sentadas en sillas diminutas alrededor de mesas de té, acostadas en pequeñas camas, de pie en estantes que cubrían las paredes, todas vestidas con fragmentos del mismo velo blanco, todas con nombres bordados en sus vestidos.
Pero lo que realmente heló la sangre de Carmen fue la fotografía enmarcada sobre la mesita de noche. Elena, sonriente, rodeada de lo que parecían ser las mismas muñecas, aunque en la imagen eran mucho menos numerosas. Les gusta tener visitas”, dijo la voz de Feliciana detrás de ella, provocándole un sobresalto. Carmen se giró encontrándose con la anciana en la puerta, su figura recortada contra la luz del pasillo.
“Lo siento”, se disculpó Carmen. “No debí entrar sin permiso.” “No importa”, respondió Feliciana con una calma inquietante. “Ellas saben que estás aquí para ayudarnos a encontrar a su hermana.” Carmen sintió un nudo en la garganta. Había algo profundamente perturbador en toda la situación, pero también algo terriblemente triste.
Esta mujer había convertido su dolor en una obsesión, poblando su soledad con estos sustitutos silenciosos de su hija perdida. Son muchas, comentó buscando algo que decir. Cada una tiene una historia, explicó Feliciana entrando a la habitación y acariciando la cabeza de una muñeca cercana. Esta es Sofía.
La encontré en la misma plaza donde Elena solía jugar de niña. Y aquella de allí, la del vestido azul, es Lucía. Me la regaló la señora del mercado cuando le conté sobre Elena. Carmen observaba fascinada y horrorizada a partes iguales, mientras Feliciana iba de muñeca en muñeca relatando cómo había llegado cada una a su colección, cómo había confeccionado sus vestidos con retazos del velo de novia, cómo las cuidaba y les hablaba cada día.
Y esta, preguntó Carmen señalando una muñeca particularmente grande de porcelana fina que ocupaba un lugar privilegiado en la cama principal. El rostro de Feliciana se iluminó con una sonrisa. Ella es especial. Es la primera. La llamo Elena como mi hija. A veces cuando hablo con ella siento que me responde.
Carmen sintió un escalofrío. Señora Feliciana, entiendo su dolor, pero no cree que esta colección podría ser una forma de evitar aceptar lo que pasó. Han pasado 15 años. La sonrisa se borró del rostro de la anciana. “¿Sugieres que mi hija está muerta?” “No necesariamente”, respondió Carmen con cautela. “Pero tal vez sea hora de considerar otras posibilidades, de buscar algún tipo de cierre.
” Feliciana se acercó a Carmen, sus ojos repentinamente duros. “Cierre. ¿Cómo podría tener cierre sin saber qué le pasó a mi niña?” No, periodista. Elena volverá y cuando lo haga encontrará a sus hermanas esperándola. La habitación pareció enfriarse varios grados. Carmen sintió la urgente necesidad de salir de allí, de alejarse de esas docenas de ojos de vidrio que parecían seguir cada uno de sus movimientos.
“Debería irme”, dijo retrocediendo hacia la puerta. “Se hace tarde y tengo otros compromisos. Le agradezco su tiempo, señora Feliciana”. La anciana no hizo ningún intento por detenerla, simplemente se quedó allí de pie entre sus muñecas, observando a Carmen con una mirada indescifrable. Carmen recogió rápidamente su grabadora y su libreta del salón y se dirigió a la puerta principal, sintiendo todo el tiempo como si docenas de ojos la siguieran a través de las paredes.
“Volveré si descubro algo sobre Elena.” Prometió antes de salir, más por cortesía que por verdadera intención. Ellas te estarán esperando”, respondió Feliciana, su voz extrañamente melodiosa. Una vez fuera, bajo la lluvia que seguía cayendo, Carmen respiró profundamente el aire fresco, intentando deshacerse de la sensación opresiva que la visita le había dejado.
Mientras se alejaba por la calle, no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez. Le pareció ver a Feliciana en la ventana del piso superior la habitación de las muñecas y junto a ella brevemente la silueta de una joven. Pero cuando parpadeó, solo estaba la anciana sola, observándola marcharse bajo la lluvia. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto por un manto gris que prometía más precipitaciones.
Carmen condujo de regreso a su pequeño apartamento en el centro de Asunción, con la mente aún llena de imágenes de muñecas vestidas de blanco y la mirada perdida de doña Feliciana. Aunque había visitado a decenas de familiares de desaparecidos en las últimas semanas para su reportaje, ninguno la había impactado tanto como la anciana y su extraña colección.
Había algo profundamente perturbador en aquella habitación, repleta de ojos vidriosos que parecían seguirla, algo que iba más allá del dolor comprensible de una madre que ha perdido a su hija. Al llegar a su apartamento, Carmen encendió su computadora portátil y conectó la grabadora para transcribir la entrevista.
Mientras escuchaba la grabación, notó algo que no había percibido durante la conversación. En los momentos de silencio, cuando solo debería escucharse el tic tac del viejo reloj de pared de Feliciana, había susurros, susurros tenues, como voces infantiles lejanas, demasiado bajos para distinguir palabras, pero inconfundiblemente presentes.
Es mi imaginación, se dijo Carmen frotándose los ojos cansados. El estrés de todas estas historias trágicas me está afectando. Aún así, decidió aumentar el volumen y reproducir esos silencios nuevamente. Ahora los susurros eran más claros, aunque seguían siendo incomprensibles. Un escalofrío recorrió su espalda.
Dejando la grabación de lado, Carmen abrió el archivo del caso de Elena Rojas. La fotografía de una adolescente sonriente le devolvió la mirada desde la pantalla. Tenía el mismo tipo de belleza serena que caracterizaba a muchas jóvenes paraguayas. Cabello negro azabache, ojoscos expresivos, sonrisa radiante, nada que sugiriera el destino trágico que le esperaba.
Según el informe policial, Elena había desaparecido un domingo de mayo de 2010. Lo último que se sabía era que había salido de casa tras discutir con su madre, supuestamente para visitar a una amiga. Nunca llegó a su destino. No hubo testigos que la vieran después de que salió de casa. No hubo señales de secuestro, no hubo pistas que seguir.
La policía había investigado a varios conocidos, incluido el vecino que Feliciana había mencionado, un tal Raúl Mendoza, de 25 años en aquel entonces, pero sin pruebas concretas que lo vincularan con la desaparición. Y dado que se mudó poco después, por razones aparentemente legítimas, un nuevo trabajo en Ciudad del Este, no pudieron mantenerlo como sospechoso.
El caso se enfrió rápidamente. Sin nuevas pistas y con recursos limitados, la investigación pasó a un segundo plano. Elena Rojas se convirtió en una estadística más en la lista de desaparecidos del país. Carmen anotó el nombre de Raúl Mendoza. Quizás valía la pena intentar localizarlo, ver qué había sido de él en estos 15 años.
También anotó el nombre de la mejor amiga de Elena, Mariana Jiménez, la persona a cuya casa supuestamente se dirigía el día de su desaparición. Mientras revisaba el informe, un detalle llamó su atención. Entre las pertenencias que Elena dejó atrás se mencionaba una colección de muñecas antiguas. Carmen frunció el ceño.
¿Serían esas las primeras muñecas que ahora formaban parte de la extensa colección de Feliciana? ¿O había algo más en esa obsesión de la anciana? El sonido de su teléfono la sobresaltó. Era un mensaje de su editor preguntando por los avances del reportaje. Carmen respondió brevemente prometiendo un borrador para la próxima semana y volvió a concentrarse en el caso.
Decidió que su próximo paso sería visitar a Mariana Jiménez. Si alguien conocía los secretos de Elena, sería su mejor amiga. Quizás ella podría arrojar algo de luz sobre lo que realmente ocurrió aquel domingo de mayo. La mañana siguiente amaneció gris y húmeda. Carmen se dirigió a la dirección que había conseguido de Mariana Jiménez, ahora una mujer adulta de 32 años que trabajaba como profesora en una escuela primaria en las afueras de Asunción.
esperó pacientemente a que terminaran las clases, observando a los niños salir en tropel, riendo y gritando ajenos a las tragedias del mundo adulto. Finalmente divisó a Mariana saliendo del edificio escolar, reconociéndola por la fotografía que había encontrado en redes sociales.
Una mujera, de cabello corto y expresión amable. Mariana Jiménez, se acercó Carmen mostrando su identificación de periodista. Mi nombre es Carmen Villalobos. Estoy realizando un reportaje sobre personas desaparecidas y me gustaría hablarle sobre Elena Rojas. La sonrisa cordial de Mariana se congeló. Elena repitió en voz baja como si el nombre evocara fantasmas largamente enterrados.
Hace años que nadie me pregunta por ella. ¿Podríamos hablar un momento? insistió Carmen. Prometo no quitarle mucho tiempo. Mariana dudó, pero finalmente asintió. Hay una cafetería cerca. Podemos hablar allí. Una vez sentadas en una mesa discreta del café con dos tazas humeantes frente a ellas, Carmen activó su grabadora con el permiso de Mariana.
“Eras la mejor amiga de Elena”, comenzó. Desde la infancia”, confirmó Mariana revolviendo distraídamente su café. Crecimos juntas, íbamos a la misma escuela, compartíamos todo. El día que desapareció, según el informe policial, Elena iba a visitarte después de discutir con su madre. Mariana asintió. Eso dijo doña Feliciana, pero Elena nunca me llamó ni me avisó que vendría.
La primera noticia que tuve fue cuando su madre me llamó al día siguiente preguntando por ella. Era común que Elena te visitara después de discutir con su madre. A veces, respondió Mariana. Doña Feliciana era complicada, muy protectora, obsesiva incluso. Elena a menudo se sentía asfixiada. hizo una pausa, pero también la quería profundamente.
Es complicado, ¿sabes? Las relaciones entre madres e hijas adolescentes siempre lo son. Carmen asintió comprensivamente. Alguna vez Elena mencionó la posibilidad de irse e de escapar. Mariana la miró directamente como evaluando cuánto podía confiar en ella. Una vez admitió finalmente, un par de meses antes de desaparecer, dijo que a veces fantaseaba con empezar de nuevo en otro lugar donde nadie la conociera, donde pudiera ser quien quisiera ser. Suspiró.
Pero no era un plan concreto, solo el tipo de cosas que las adolescentes dicen cuando están frustradas. ¿Conocías a Raúl Mendoza, el vecino?”, preguntó Carmen cambiando ligeramente de dirección. Una sombra cruzó el rostro de Mariana. “Sí, lo conocía. Vivía a unas casas de Elena. Era bastante mayor que nosotras y siempre la miraba de una forma que nos incomodaba.
¿Crees que podría haber estado involucrado en su desaparición?” Mariana pareció considerar la pregunta cuidadosamente. No lo sé. Es fácil sospechar de él porque era extraño, solitario, pero de ahí a hacerle daño a alguien dejó la frase sin terminar. Lo que sí recuerdo es que empezó a comportarse de manera diferente después de que Elena desapareciera, más retraído aún evitando a la gente, y luego se mudó tan repentinamente Carmen tomó notas.
¿Hay algo más que recuerdes de aquel tiempo? ¿Algo que quizás no le contaste a la policía? Mariana desvió la mirada como si estuviera debatiendo internamente. “Hay algo”, dijo finalmente, “Algo que nunca le dije a nadie porque parecía irrelevante y porque no quería causar más dolor a doña Feliciana.” Carmen esperó pacientemente, dándole espacio para continuar.
La última vez que vi a Elena unos días antes de su desaparición estaba asustada”, reveló Mariana. No de la forma obvia, no como si temiera por su vida o algo así. Era más sutil. Dijo que había estado teniendo pesadillas, siempre la misma. Estaba en su habitación rodeada por sus muñecas y todas ellas comenzaban a susurrar al mismo tiempo.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Carmen, recordando los susurros en su grabación. En el sueño continuó Mariana, las muñecas le decían que nunca la dejarían ir, que siempre sería una de ellas. Y luego su madre entraba en la habitación, pero ya no era su madre. Era como una versión más antigua y siniestra de ella. Elena coleccionaba muñecas, preguntó Carmen recordando el detalle del informe policial.
Unas pocas, respondió Mariana. Herencias familiares en su mayoría, pero no era una gran colección ni mucho menos una obsesión. De hecho, creo que le incomodaban un poco. Había intentado guardarlas varias veces, pero doña Feliciana insistía en mantenerlas expuestas. Decía que eran parte de su historia familiar, que algún día Elena las pasaría a sus propias hijas.
Carmen sintió que estaba empezando a vislumbrar un patrón, una imagen más oscura de la relación entre madre e hija. ¿Crees que Elena podría haberse ido voluntariamente para escapar? Mariana suspiró profundamente. Durante mucho tiempo me negué a creerlo. Elena era mi amiga. Me habría dicho algo. Me habría dejado alguna señal.
Pero con el paso de los años, a veces pienso que quizás fue lo que hizo. Quizás se fue para escapar de una situación que se había vuelto insostenible. Hizo una pausa. O quizás le pasó algo terrible. No lo sé. Y esa incertidumbre me ha perseguido durante 15 años. Cuando terminaron la entrevista, Carmen tenía más preguntas que respuestas.
La imagen de Elena que estaba emergiendo era la de una joven atrapada entre su amor por su madre y su necesidad de independencia. Habría sido capaz de desaparecer sin dejar rastro, sabiendo el dolor que causaría, o había algo más siniestro en su desaparición. El siguiente paso era claro. Tenía que encontrar a Raúl Mendoza.
Tras varios días de investigación, Carmen localizó a Raúl en un pequeño pueblo cercano a Ciudad del Este. Ya no era el joven solitario de 25 años, sino un hombre maduro de 40 que trabajaba como contable en una empresa de importación. Cuando Carmen llamó a su puerta, la sorpresa en su rostro fue genuina. ¿Quién es usted?, preguntó con recelo.
Después de explicar el propósito de su visita, Raúl dejó entrar con evidente incomodidad. Su casa era modesta, pero ordenada, sin ningún indicio de la extrañeza que Mariana había descrito. “Han pasado muchos años”, comentó Raúl que se sentaron en la pequeña sala de estar. “¿Por qué revivir todo ahora?” Porque el caso sigue sin resolverse”, respondió Carmen simplemente.
Porque una madre sigue esperando coleccionando muñecas vestidas con el velo de novia que su hija nunca usó. Algo cambió en la expresión de Raúl. “¿Sigue con eso? Con las muñecas.” Carmen asintió. Tiene una habitación llena de ellas. Habla con ellas como si fueran personas. Raúl se pasó una mano por el rostro, visiblemente perturbado.
No me sorprende, siempre hubo algo no está bien con ella. ¿A qué te refieres? Preguntó Carmen encendiendo su grabadora con el permiso de Raúl. Vivía cerca de ellas, ¿sabes? podía ver parte de lo que sucedía, cómo controlaba cada aspecto de la vida de Elena, cómo la vigilaba constantemente. Hizo una pausa como si estuviera ordenando sus recuerdos.
La gente pensaba que yo era el extraño, el tipo raro que miraba demasiado a la chica guapa del barrio, pero no era así. Yo me preocupaba por ella. ¿Te preocupaba? ¿Por qué? Porque a veces la veía llorar en su ventana, porque a veces escuchaba los gritos, porque a veces ella venía a mi jardín solo para sentarse un rato en silencio lejos de su madre.
“¿Tuviste algo que ver con su desaparición?”, preguntó Carmen directamente. Raúl la miró con una mezcla de indignación y tristeza. No, nunca le habría hecho daño, pero sí sé algo que nunca le dije a la policía. Carmen esperó sintiendo que estaba a punto de escuchar algo crucial. El día que desapareció, la vi”, confesó Raúl.
No se dirigía a casa de su amiga como todos pensaban. La vi subir a un taxi con una pequeña maleta. Parecía asustada, pero también decidida. “¿Por qué no lo dijiste entonces?”, preguntó Carmen sorprendida. “Porque pensé que merecía escapar”, respondió Raúl con sencillez. Porque temía que si decía algo, la obligarían a volver a esa casa con esa mujer que la estaba asfixiando.
Pero permitiste que una madre sufriera durante 15 años pensando que algo terrible le había ocurrido a su hija. Raúl desvió la mirada. Quizás fue egoísta o quizás no quería involucrarme más. ya era sospechoso por el simple hecho de ser un hombre solitario que vivía cerca. Y luego, cuando conseguí el trabajo en Ciudad del Este, me pareció la oportunidad perfecta para dejar todo atrás.
Carmen intentó procesar esta nueva información. Si Elena se había ido voluntariamente, ¿dónde había estado todos estos años? ¿Por qué nunca contactó a su madre o al menos a su amiga Mariana? Y si Raúl estaba diciendo la verdad, ¿por qué Elena había tenido tanto miedo como para huir sin decirle nada a nadie? ¿Notaste algo extraño en doña Feliciana antes de la desaparición de Elena? Preguntó Carmen.
¿Algo que pudiera explicar por qué Elena sentía la necesidad de escapar de esa manera? Raúl pareció considerar la pregunta cuidadosamente. Hubo un incidente unas semanas antes, recordó. Escuché gritos más fuertes de lo habitual. Luego vi a Elena salir corriendo de la casa llorando. Cuando regresó, horas después, doña Feliciana la esperaba en la puerta.
No gritó ni pareció enfadada, solo la abrazó y la llevó dentro. Pero había algo en ese abrazo, como si estuviera sujetando a un prisionero, no consolando a su hija. ¿Sabes qué causó esa discusión particular? Raúl negó con la cabeza. Elena nunca me lo dijo directamente, pero la escuché hablar con su amiga por teléfono al día siguiente.
Algo sobre haber encontrado cosas inquietantes en el ático, papeles viejos o fotografías. No estoy seguro. Mencionó que su madre no era quien ella pensaba. Esta nueva pieza del rompecabezas intrigó a Carmen. ¿Qué habría descubierto Elena sobre su madre? y cómo se relacionaba eso con las muñecas, con los susurros, con la atmósfera de inquietante obsesión que había sentido en aquella casa.
Al salir de la casa de Raúl, Carmen sentía que estaba cada vez más cerca de la verdad, pero que esa verdad podría ser más perturbadora de lo que había imaginado inicialmente. De regreso en Asunción decidió que era hora de visitar nuevamente a doña Feliciana, esta vez con preguntas más directas, más incisivas, porque ahora sospechaba que la anciana guardaba secretos más oscuros.
que su simple obsesión con las muñecas vestidas de blanco. La lluvia había regresado más intensa que antes cuando Carmen aparcó frente a la casa de doña Feliciana. El lugar parecía aún más sombrío bajo el cielo tormentoso, como si la propia casa se encogiera ante la furia de los elementos. Tocó el timbre varias veces, pero no obtuvo respuesta.
Estaba a punto de marcharse cuando notó que la puerta principal estaba ligeramente entreabierta. Un escalofrío de aprensión recorrió su cuerpo. “Señora Feliciana”, llamó empujando suavemente la puerta. “Soy Carmen, la periodista. He vuelto para hacerle algunas preguntas más.” Solo el silencio le respondió.
Y sin embargo, Carmen sentía una presencia como si la casa misma estuviera observándola, evaluándola. con cautela entró en el recibidor. Todo parecía igual que durante su visita anterior. Las mismas fotografías de Elena en las paredes, el mismo aire cargado de nostalgia y dolor, pero había algo diferente, algo que no podía definir exactamente.
“Señora Feliciana”, llamó de nuevo avanzando hacia el salón. Fue entonces cuando lo notó, la puerta de la habitación de las muñecas al final del pasillo estaba abierta de par en par y desde dentro, como un susurro llevado por el viento, le pareció escuchar voces infantiles cantando una nana. Carmen se detuvo con el corazón latiendo aceleradamente.
La parte racional de su mente le decía que diera media vuelta y saliera de allí, que llamara a la policía quizás. Pero la periodista en ella, la que había seguido este caso durante semanas, la impulsaba a seguir adelante, a descubrir la verdad que se escondía en aquella habitación llena de ojos de vidrio. Con pasos lentos y deliberados se dirigió hacia la habitación de las muñecas.
Lo que encontró allí cambiaría para siempre su comprensión del caso de Elena Rojas y de la verdadera naturaleza de la obsesión de doña Feliciana. El olor fue lo primero que golpeó a Carmen, una mezcla de polvo, humedad y algo más, algo dulzón que no pudo identificar de inmediato. La habitación estaba sumida en una penumbra inquietante, apenas iluminada por la luz grisácea que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas.
Las muñecas seguían en sus lugares, observándola con sus ojos vacíos desde cada rincón, pero ahora parecían distintas, como si hubieran cambiado ligeramente de posición desde su última visita. En el centro de la habitación, sentada en una mecedora antigua, estaba doña Feliciana. Sostenía en su regazo a la muñeca más grande, la que llamaba Elena, y la mecía suavemente mientras tarareaba una nana.
No pareció notar la presencia de Carmen, o si lo hizo, no le importó. Señora Feliciana”, llamó Carmen suavemente, sin atreverse a entrar completamente en la habitación. La anciana levantó la mirada lentamente. Sus ojos, usualmente apagados por la tristeza, ahora brillaban con una intensidad febril.
“Has vuelto”, dijo con una sonrisa extraña. Ellas dijeron que volverías. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Carmen. ¿Quiénes dijeron eso? Mis niñas, por supuesto. Feliciana acarició el cabello de la muñeca en su regazo. Son muy perceptivas. Sienten cosas que los adultos no pueden. Carmen tragó saliva intentando mantener la compostura.
Señora Feliciana, he estado investigando el caso de Elena y he descubierto algunas cosas. Me gustaría hablar con usted al respecto. La sonrisa de Feliciana se desvaneció. ¿Qué cosas? Preguntó con recelo. Hablé con Raúl Mendoza, respondió Carmen decidiendo ir directo al grano. Me dijo que vio a Elena el día que desapareció.
La vio subiendo a un taxi con una maleta pequeña. Feliciana se quedó inmóvil durante un largo momento. Luego, con una calma inquietante, colocó la muñeca cuidadosamente en la mecedora y se levantó. Raúl siempre fue un mentiroso”, dijo finalmente su voz peligrosamente controlada. “Un hombre enfermo que espiaba a mi hija.
No deberías creer nada de lo que dice.” “También hablé con Mariana”, continuó Carmen. Me contó sobre las pesadillas de Elena, sobre las muñecas que susurraban en sus sueños y sobre un descubrimiento que hizo en el ático algo que la perturbó. Ahora la expresión de Feliciana cambió completamente. Una sombra cruzó su rostro y por un instante Carmen vio algo que le heló la sangre.
Odio puro y ardiente brillando en los ojos de la anciana. “Deberías irte”, dijo Feliciana. Su voz apenas un susurro. Ahora, pero Carmen había llegado demasiado lejos para retroceder. ¿Qué encontró Elena en el ático, señora Feliciana? ¿Qué descubrió sobre usted que la asustó tanto como para huir sin mirar atrás? La anciana dio un paso hacia ella, sus manos temblando ligeramente.
No sabes de lo que hablas, no entiendes nada. Entonces explíquemelo”, insistió Carmen, aunque una voz en su interior le gritaba que se marchara. Ayúdeme a entender por qué una hija abandonaría a su madre sin una palabra, porque nunca intentaría contactar con ella en 15 años. Algo cambió en Feliciana.
Su postura se enderezó y cuando habló nuevamente, su voz sonaba más joven, más fuerte. Elena no me abandonó, declaró con firmeza. Ella nunca me dejaría. Somos familia. La sangre llama a la sangre. Si no la abandonó, ¿dónde está? Preguntó Carmen. ¿Qué le pasó realmente a Elena? Feliciana sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
está aquí, por supuesto, siempre ha estado aquí con sus hermanas. Un temor frío se instaló en el pecho de Carmen. Las palabras de Mariana resonaron en su mente. Había algo no está bien con ella. Señora Feliciana, dijo Carmen intentando mantener la calma. está diciendo que Elena nunca se fue, que ha estado aquí todo este tiempo.
La anciana soltó una risita que sonó como cristales rotos. No exactamente, se fue por un tiempo. Sí, tenía que aprender su lección, pero luego volvió a mí. Todas vuelven eventualmente. Carmen sintió que las piezas comenzaban a encajar, formando una imagen tan perturbadora que su mente se resistía a aceptarla.
Todas, repitió su voz apenas audible. Mis hijas, respondió Feliciana con sencillez, las que vinieron antes de Elena, las que vendrán después, todas regresan a mí de una forma u otra. Sin apartar la mirada de la anciana, Carmen retrocedió hacia la puerta. Creo que debería irme”, dijo intentando mantener un tono neutral a pesar del miedo que crecía en su interior.
“Es demasiado tarde para eso, querida”, dijo Feliciana y su voz sonó extrañamente joven. “Ya has visto demasiado, ya sabes demasiado.” Con un movimiento sorprendentemente ágil para alguien de su edad, Feliciana cerró la puerta de la habitación. El chasquido de la cerradura resonó como una sentencia en el silencio.
“No tengas miedo”, continuó la anciana avanzando lentamente hacia Carmen. “Pronto lo entenderás. Pronto serás parte de nuestra familia también.” Carmen buscó frenéticamente una salida, pero la única puerta estaba ahora cerrada y Feliciana se interponía entre ella y la ventana. “No quiero hacerle daño”, dijo intentando razonar con la anciana.
“Solo quiero saber la verdad sobre Elena”. “La verdad”, repitió Feliciana como saboreando la palabra. La verdad es que Elena era ingrata, como todas las hijas ingratas que olvidan a sus madres, que las abandonan, que las traicionan. Su voz se elevó llena de una ira antigua. Después de todo lo que hacemos por ellas, las alimentamos, las vestimos, las protegemos del mundo y cómo nos pagan.
con desprecio, con rechazo. Mientras hablaba, Feliciana se movía entre las muñecas, acariciando sus cabezas, enderezando sus vestidos. “Pero yo encontré una solución”, continuó con una sonrisa perturbadora, una forma de asegurarme de que nunca me abandonaran, de que siempre estuvieran conmigo seguras, protegidas. Carmen sintió que su corazón se aceleraba aún más.
¿Qué les hizo?, preguntó temiendo la respuesta. Las convertí en arte, respondió Feliciana con orgullo. Les di belleza eterna, juventud eterna. Las liberé del dolor de crecer, de cambiar, de alejarse de su madre. Con manos temblorosas, Feliciana tomó una de las muñecas más pequeñas y se la ofreció a Carmen. No es hermosa.
Tiene los mismos ojos de su madre, los mismos labios. Carmen retrocedió hasta que su espalda tocó la pared. Las implicaciones de lo que estaba escuchando eran tan horribles que su mente se negaba a procesarlas completamente. “Usted usted las mató”, susurró incapaz de ocultar el horror en su voz. Feliciana pareció ofendida.
“¿Matarlas? No, no, no las preservé, las salvé. Ahora son eternas, perfectas. mis preciosas muñecas. Carmen observó la habitación con nuevos ojos, viendo más allá de la superficie, las muñecas con sus vestidos blancos, sus ojos vidriosos, sus sonrisas pintadas. ¿Cuántas de ellas habían sido personas reales? ¿Cuántas jóvenes habían caído en las manos de esta mujer? Elena encontró su diario en el ático, dijo Carmen comprendiendo finalmente.
Descubrió lo que usted había hecho antes a las otras, por eso huyó. Una sombra de tristeza cruzó el rostro de Feliciana. Mi pobre Elena siempre fue demasiado curiosa. Encontró mi libro de recuerdos, mis técnicas de preservación. Se asustó. No entendió que todo era por amor. Suspiró, pero al final volvió a mí. Todas lo hacen.
¿Qué le hizo a Elena cuando volvió? Preguntó Carmen, aunque una parte de ella conocía la respuesta. Feliciana sonrió con dulzura maternal. y señaló hacia la muñeca sentada en la mecedora, la más grande, la más hermosa, la que llamaba Elena. Un horror helado se extendió por el cuerpo de Carmen. Esa muñeca con su perfección inquietante, sus ojos demasiado reales, su cabello que parecía genuino, no era una muñeca en absoluto.
“La hice perfecta”, dijo Feliciana con orgullo. “Mi obra maestra, mi Elena, para siempre joven, para siempre mía.” Carmen sintió que iba a desmayarse el olor dulzón. que había notado al entrar. Podría ser, ¿no? Su mente se negaba a completar ese pensamiento. “Tú también serías una hermosa muñeca”, continuó Feliciana, acercándose a ella con pasos lentos y deliberados.
Tienes unos ojos preciosos y tu cabello casi del mismo color que el de Elena. Con un sobresalto de terror, Carmen notó que Feliciana sostenía algo en su mano, algo que brillaba en la penumbra, un escalpelo. El instinto de supervivencia se impuso. Carmen se lanzó hacia la ventana derribando muñecas a su paso. Escuchó el grito furioso de Feliciana detrás de ella, pero no se detuvo.
con un golpe desesperado rompió el cristal de la ventana y se asomó evaluando la caída. Estaban en el segundo piso, pero había un pequeño tejado debajo que podría amortiguar su caída. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia el exterior, justo cuando sentía que las manos de Feliciana rozaban su espalda. La caída fue brutal.
Carmen aterrizó sobre el tejado, rodó y finalmente cayó sobre un arbusto que afortunadamente amortiguó parte del impacto. Sintió un dolor agudo en el tobillo y varias cortadas por los cristales rotos, pero estaba viva. Desde la ventana rota escuchó el aullido furioso de Feliciana. Vuelve. ¿No has conocido a todas mis hijas todavía? Sin mirar atrás, Carmen se levantó y cogió lo más rápido que pudo hacia su coche.
Sus manos temblaban tanto que apenas pudo introducir la llave en el contacto, pero finalmente logró arrancar y alejarse de aquella casa de pesadilla. Mientras conducía hacia la comisaría más cercana, las lágrimas nublaban su visión. No eran lágrimas de miedo, sino de horror y de pena. Horror por lo que había descubierto, por la monstruosidad que se escondía tras la fachada de madre afligida.
Y pena por Elena, por todas las hijas de Feliciana, atrapadas para siempre en aquella habitación de susurros y miradas vacías. La lluvia caía con fuerza cuando Carmen estacionó frente a la comisaría. Con el tobillo pulsando de dolor y el corazón aún acelerado, entró en el edificio lista para contar una historia que cambiaría para siempre la tranquila vida del barrio San Roque.
“Necesito hablar con alguien”, dijo al oficial de guardia. Su voz temblorosa pero decidida. Es sobre doña Feliciana Rojas y su colección de muñecas. Creo que he descubierto dónde está su hija desaparecida y creo que no es la única. El oficial la miró con curiosidad, sin comprender aún la magnitud de lo que estaba a punto de escuchar.
¿Qué quiere decir exactamente? Carmen respiró hondo, preparándose para revelar el horror que había presenciado. Quiero decir que doña Feliciana no colecciona muñecas, crea muñecas a partir de personas reales. Más tarde, bajo la lluvia incesante que parecía querer lavar los pecados de la ciudad, varios coches patrulla y una furgoneta forense estacionaron frente a la casa de Feliciana.
Los vecinos observaban desde sus ventanas intrigados por el repentino despliegue policial. Carmen esperaba en uno de los coches patrulla, envuelta en una manta que le habían dado después de que un paramédico atendiera sus heridas. Observaba la casa con una mezcla de temor y tristeza, preguntándose cuántos secretos oscuros quedarían al descubierto en las próximas horas.
El inspector jefe, un hombre de mediana edad con expresión grave, se acercó a su ventanilla. “La casa está vacía”, informó. “No hay rastro de las señoras rojas.” “¿Y las muñecas?”, preguntó Carmen sintiendo un nudo en la garganta. El inspector desvió la mirada. Están allí todas ellas. Los forenses están evaluando la situación.
Carmen asintió comprendiendo lo que no se atrevía a decir. Necesitarían tiempo expertos para determinar cuántas de esas muñecas habían sido personas reales, cuántas jóvenes habían caído en las manos de Feliciana a lo largo de los años. ¿Alguna idea de dónde pudo haber ido?, preguntó pensando en la anciana suelta en la ciudad, quizás buscando una nueva hija para su colección.
Estamos revisando todas las propiedades a su nombre”, respondió el inspector. “y hemos emitido una alerta. La encontraremos.” Carmen no estaba tan segura. Había algo en Feliciana, una astucia, una determinación que la hacía dudar de que fuera fácil capturarla. Deberíamos llevarla al hospital para una revisión más completa”, continuó el inspector.
“Y mañana necesitaremos una declaración formal.” Carmen asintió distraídamente, su mirada aún fija en la casa. Por un instante le pareció ver una figura en la ventana de la habitación de las muñecas, una silueta oscura observando. Parpadeó y la visión desapareció. Mientras el coche patrulla se alejaba, Carmen no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez.
La casa de doña Feliciana se alzaba sombría bajo la lluvia, guardando aún sus terribles secretos. Y en algún lugar de la noche, pensó Carmen con un escalofrío, doña Feliciana seguía acechando, buscando quizás a su próxima hija para añadir a su macabra colección. La búsqueda de doña Feliciana se extendió durante días, luego semanas.
Su rostro aparecía en los noticieros, en los periódicos, en carteles por toda la ciudad. La historia de la hacedora de muñecas, como pronto la apodaron los medios, conmocionó a la nación entera. Los forenses confirmaron los peores temores. Varias de las muñecas contenían restos humanos preservados mediante técnicas de momificación y taxidermia.
Elena fue identificada, así como otras cinco jóvenes que habían desaparecido en diferentes partes del país a lo largo de los años. Casos que nunca se habían conectado hasta ahora. Carmen escribió su reportaje, el más difícil de su carrera. No glorificó el horror, ni se regodeó en los detalles macabros.
En cambio, centró su narrativa en las víctimas, en sus vidas interrumpidas, en las familias que finalmente obtenían respuestas, aunque fueran devastadoras. Pero incluso mientras daba por concluido su trabajo, Carmen no podía dejar de pensar en Feliciana, en la anciana de apariencia frágil que escondía a un monstruo en su interior.
¿Dónde estaría? ¿Habría abandonado el país o estaría más cerca de lo que todos pensaban observando, esperando su oportunidad? Estas preguntas la perseguían en sueños, donde a menudo se veía a sí misma en aquella habitación llena de muñecas, con Feliciana acercándose, escalpelo en mano, prometiéndole belleza eterna. Un mes después del descubrimiento, Carmen recibió un paquete en su apartamento.
No tenía remitente, solo su nombre escrito con una caligrafía elegante y anticuada. con manos temblorosas lo abrió. Dentro había una pequeña muñeca de porcelana vestida con un retazo de velo blanco y una nota escrita a mano. Todavía serías una hermosa hija. Mamá te está esperando. Carmen dejó caer la caja como si quemara y retrocedió hasta golpear la pared.
El miedo que había comenzado a disminuir en las últimas semanas, regresó con toda su fuerza. Feliciana seguía ahí fuera y no había olvidado su promesa. La noche caía sobre Asunción cuando Carmen terminó de empacar lo esencial en una pequeña maleta. Después de recibir aquel perturbador paquete con la muñeca, había contactado inmediatamente con la policía.
Tomaron su declaración, recogieron el paquete como evidencia y prometieron reforzar la vigilancia en su edificio. Pero Carmen sabía que eso no sería suficiente. Feliciana había demostrado ser extremadamente hábil, evadiendo a las autoridades. Un mes de búsqueda intensiva y ni rastro de ella.
Era como si la tierra se la hubiera tragado o como si hubiera encontrado un nuevo rincón oscuro donde acechaba, paciente como una araña en su tela. Carmen había decidido abandonar temporalmente su apartamento. Iría a quedarse con su hermana en Ciudad del Este capturaran a Feliciana. Necesitaba distancia, un respiro del miedo constante que la acompañaba desde aquella tarde en la casa de las muñecas.
Mientras cerraba su maleta, sonó el timbre de su apartamento. Con el corazón acelerado, Carmen se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Era el inspector Romero, el oficial a cargo del caso. Con un suspiro de alivio, abrió la puerta. Inspector, no lo esperaba esta noche. Romero, un hombre corpulento de unos 50 años con ojos cansados que habían visto demasiado, le ofreció una sonrisa tensa.
Disculpe la visita sin anunciar, señorita Villalobos, pero tenemos novedades en el caso y pensé que querría saberlas de inmediato. Carmen lo invitó a pasar y le ofreció café que el inspector aceptó agradecido. Mientras servía dos tazas en la pequeña cocina, notó la maleta junto a la puerta. ¿Se marcha?, preguntó.
Por un tiempo, respondió Carmen entregándole su café. Voy a quedarme con mi hermana en Ciudad del Este después de recibir ese paquete. No me siento segura aquí. Romero asintió comprensivamente. La entiendo. De hecho, esa es una de las razones de mi visita. Queríamos ofrecerle protección policial, pero alejarse de la ciudad también es una buena idea.
Se sentaron en el pequeño salón. Carmen notó que el inspector parecía tenso, como si estuviera reuniendo fuerzas para decir algo difícil. Mencionó novedades en el caso, le recordó. Romero dio un sorbo a su café y asintió. Hemos estado investigando el pasado de Feliciana Rojas, buscando cualquier pista que pudiera conducirnos a su paradero actual.
hizo una pausa. Lo que hemos descubierto es inquietante, por decirlo menos. Carmen esperó sintiendo un nudo formándose en su estómago. Feliciana Rojas no es quien creíamos que era, continuó Romero. El nombre real de la mujer que conocimos es Feliciana Morales. Feliciana Rojas, la verdadera. Murió hace más de 40 años.
Carmen frunció el seño, confundida. No entiendo. Descubrimos registros antiguos, casos olvidados, explicó Romero. Feliciana Morales fue institutriz en la Casa de los Rojas, una familia adinerada de Asunción en los años 70. Los Rojas tenían una hija pequeña llamada Elena. Un día toda la familia apareció muerta en circunstancias sospechosas, envenenamiento, según el informe forense de la época, todos menos la niña Elena que desapareció.
“Y Feliciana”, añadió Carmen, comenzando a ver el patrón. “Y Feliciana”, confirmó Romero, quien también desapareció hasta que reapareció años después en otro barrio de la ciudad haciéndose pasar por Felicianas Rojas. viuda con una hija llamada Elena. Carmen sintió un escalofrío. Se robó la identidad de su empleadora y a la niña. Eso creemos, asintió Romero.
Pero hay más. Hemos estado revisando casos de mujeres desaparecidas en todo el país durante los últimos 40 años y encontramos un patrón. Cada pocos años jóvenes desaparecen sin dejar rastro. No muchas, una o dos cada vez espaciadas en el tiempo, y siempre coincidiendo con periodos en que Feliciana se mudaba a una nueva ciudad, un nuevo barrio.
¿Cuántas?, preguntó Carmen temiendo la respuesta. Estamos investigando 15 casos que podrían estar conectados”, respondió Romero gravemente, “Aunque sospechamos que podría haber más.” Carmen sintió náuseas al pensar en la magnitud del horror. 15 jóvenes transformadas en muñecas. 15 vidas truncadas por la obsesión enfermiza de una mujer.
“¿Y Elena, preguntó la Elena que conocimos, la que desapareció hace 15 años, ¿era realmente la niña de los Rojas?” Romero negó con la cabeza. No lo sabemos con certeza aún. El ADN que recuperamos de la muñeca de los restos no coincide con ningún familiar conocido de los Rojas originales.
Creemos que podría ser otra víctima, alguien a quien Feliciana secuestró siendo muy pequeña y crió como propia. Alguien que eventualmente descubrió la verdad y trató de escapar. Carmen recordó las palabras de Raúl sobre haber visto a Elena subir a un taxi con una maleta asustada. pero decidida y lo que Mariana había contado sobre el descubrimiento en el ático.
Elena encontró pruebas de lo que Feliciana había hecho. Dijo, intentó huir, pero de algún modo Feliciana la encontró y la trajo de vuelta para convertirla en su obra maestra, añadió Romero sombríamente. La muñeca más perfecta de su colección. permanecieron en silencio por un momento, cada uno procesando el horror de lo que habían descubierto.
“Hay algo más”, dijo finalmente Romero, dejando su taza vacía sobre la mesa. Algo que me preocupa especialmente dado el paquete que recibió. Carmen lo miró expectante. Los registros psiquiátricos que encontramos de Feliciana Morales de antes de que desapareciera y usurpara la identidad de los Rojas indican un trastorno obsesivo severo centrado en la idea de la familia perfecta de hijas que nunca crecen ni abandonan a su madre.
Romero la miró directamente y un patrón de comportamiento en el que fijaba su atención en una potencial hija mucho antes de actuar. Las observaba, las estudiaba, incluso las cortejaba con pequeños regalos. Como la muñeca que me envió”, murmuró Carmen. “Exactamente”, asintió Romero. Es su manera de decirle que la ha elegido como su próxima hija.
Carmen se estremeció, sintiendo como si una mano helada recorriera su espina dorsal. “Cree que intentará, creo que es extremadamente peligrosa y que la considera un objetivo”, respondió Romero sin rodeos. Por eso insisto en que acepte protección policial, al menos hasta que la capturemos. Carmen asintió lentamente, procesando todo lo que había escuchado.
¿Tienen alguna pista de dónde podría estar? Romero suspiró. Tenemos algunas teorías. Estamos investigando propiedades vinculadas a la familia Rojas original que Feliciana podría conocer. También estamos revisando avistamientos reportados, aunque muchos resultan ser falsos. Hizo una pausa, pero sí tenemos una preocupación particular.
En su apartamento encontramos documentos que sugieren que podría tener una propiedad oculta en las afueras de Ciudad del Este. Carmen sintió que se le helaba la sangre. Ciudad del Este, ¿dónde vive mi hermana? Sí, confirmó Romero. Por eso me preocupa especialmente su plan de ir allí. Podría ser exactamente lo que Feliciana espera.
Carmen se levantó y comenzó a caminar por la pequeña sala intentando ordenar sus pensamientos. No puedo quedarme aquí, dijo finalmente. Ya sabe dónde vivo. Me envió ese paquete, pero tampoco puedo poner en peligro a mi hermana. miró a Romero. ¿Qué sugiere que haga? Tenemos un programa de protección de testigos, respondió el inspector.
Podríamos ubicarla en un lugar seguro, con vigilancia constante hasta que capturemos a Feliciana. Carmen consideró la oferta. Significaría poner su vida en pausa, abandonar su trabajo, su hogar, su rutina. Pero la alternativa era vivir con el constante temor de convertirse en la próxima hija de aquella mujer perturbada.
¿De acuerdo? Dijo finalmente, “¿Cuándo empezamos?” “De inmediato”, respondió Romero, poniéndose de pie. “Empaque solo lo esencial. Un coche patrulla está esperando abajo. La llevaremos a un lugar seguro esta misma noche. Mientras Carmen terminaba de empacar, sintiendo una mezcla de miedo y alivio ante la perspectiva de esconderse, Romero recibió una llamada.
Por su expresión, Carmen supo inmediatamente que eran malas noticias. ¿Qué sucede?, preguntó cuando el inspector colgó. Han encontrado otro paquete”, dijo Romero gravemente en la puerta de la casa de su hermana en Ciudad del Este. Carmen sintió que las rodillas le fallaban. “¡Oh, Dios mío, ¿está ella bien?” “Está bien”, aseguró Romero rápidamente.
“Hemos enviado oficiales a su casa. El paquete contenía otra muñeca y una nota. El inspector dudó un momento antes de continuar. La nota decía, “Una hermana por otra, una hija por otra, el intercambio es justo.” Carmen se dejó caer en el sofá, sintiendo como si todo el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones. Feliciana no solo la había elegido a ella como próxima víctima, ahora también amenazaba a su hermana.
Necesitamos sacarla de aquí ahora mismo, dijo Romero, ayudándola a levantarse. Y necesitamos poner a su hermana bajo protección también. Carmen asintió mecánicamente, demasiado conmocionada para hablar. Mientras recogía su maleta y se preparaba para salir, una idea perturbadora cruzó su mente.
Y si nunca atrapaban a Feliciana, ¿cuánto tiempo tendría que vivir así? mirando sobre su hombro, temiendo cada sombra, cada ruido en la noche. El programa de protección de testigos resultó ser una pequeña casa en las afueras de encarnación, cerca de la frontera con Argentina. Un lugar tranquilo, apartado, con dos agentes de policía vigilando constantemente.
La hermana de Carmen, Silvia, también fue trasladada allí tras recibir el inquietante paquete. Los días se convirtieron en semanas. Carmen intentaba mantener cierta normalidad trabajando remotamente en nuevos artículos, aunque nada relacionado con el caso de Feliciana, siguiendo las recomendaciones del inspector Romero.
Silvia, profesora de matemáticas, había conseguido un permiso especial en su escuela, citando problemas familiares. Por las noches, cuando no podía dormir, Carmen revisaba obsesivamente toda la información que había recopilado sobre Feliciana. Buscaba patrones, conexiones, cualquier cosa que pudiera ayudar a la policía a encontrarla.
Sentía que de algún modo estaba en deuda con las víctimas, con todas esas jóvenes cuyas vidas habían sido robadas por aquella mujer perturbada. Una tarde, mientras revisaba antiguos recortes de periódicos sobre la familia Rojas original, Carmen notó algo que había pasado por alto anteriormente. En una fotografía descolorida de la mansión Rojas se podía ver un detalle arquitectónico peculiar, una pequeña torre en la parte posterior de la propiedad con ventanas estrechas y altas.
Ese detalle despertó un recuerdo en la casa de Feliciana en San Roque, aunque no tenía una torre, las ventanas de la habitación de las muñecas tenían el mismo diseño, estrechas y altas, con marcos ornamentados. Y ahora que lo pensaba, recordaba haber visto ventanas similares en algunas fotografías de escenas del crimen que Romero le había mostrado, de otras casas donde se sospechaba que Feliciana había vivido anteriormente.
Podría ser una coincidencia o había algo más profundo, algún tipo de patrón psicológico que hacía que Feliciana buscara o recreara ciertos elementos de la mansión Rojas original en cada uno de sus nuevos hogares. Carmen decidió compartir su descubrimiento con Romero durante su próxima visita.
Quizás este detalle aparentemente insignificante podría ser la clave para encontrar el escondite actual de Feliciana. Dos días después, Romero llegó a la casa segura con noticias. “Hemos estado siguiendo su intuición sobre las ventanas”, informó durante la cena con Carmen y Silvia. Y ha dado resultado. Hemos identificado tres propiedades en diferentes partes del país que comparten ese elemento arquitectónico y que podrían estar vinculadas a Feliciana o a la familia Rojas original.
¿Alguna en esta zona? Preguntó Carmen sintiendo una mezcla de esperanza y temor. Romero asintió. Una. Una casa abandonada en las afueras de encarnación, cerca del río. Según los registros, perteneció a una tía de la familia Rojas, que murió sin descendencia en los años 60. La propiedad quedó en un limbo legal y eventualmente fue olvidada.
¿Han inspeccionado el lugar?, preguntó Silvia, quien a pesar de su reticencia inicial se había involucrado cada vez más en el caso, quizás como forma de procesar el peligro en el que se encontraban. Estamos organizando un operativo para mañana, respondió Romero. Si Feliciana está allí, la atraparemos. Esa noche Carmen no pudo dormir.
La idea de que Feliciana pudiera estar tan cerca, quizás a solo kilómetros de distancia, hizo que cada crujido de la casa, cada sombra proyectada por la luz de la luna sobresaltara. Cerca de la medianoche escuchó un ruido en la parte trasera de la casa. Probablemente uno de los agentes haciendo su ronda pensó, pero cuando el ruido se repitió más cercano esta vez decidió investigar.
Con cautela se levantó de la cama y se acercó a la ventana. El jardín trasero estaba iluminado solo por la luz plateada de la luna, creando un paisaje de sombras y formas difusas. Al principio no vio nada fuera de lo ordinario, pero entonces lo notó. La puerta del pequeño cobertizo de herramientas estaba entreabierta, moviéndose ligeramente con la brisa nocturna. Carmen frunció el ceño.
Estaba segura de que esa puerta había estado cerrada cuando revisó el jardín antes de acostarse. ¿Habría sido el viento o uno de los agentes había entrado al cobertizo por alguna razón? debatió internamente si despertar a su hermana o alertar a los agentes, pero decidió primero asegurarse de que realmente había motivo para preocuparse.
No quería parecer paranoica. se puso una bata sobre su pijama y salió silenciosamente al pasillo. La casa estaba en completo silencio. Pasó por delante de la habitación de Silvia, escuchando su respiración tranquila a través de la puerta entreabierta. Luego se dirigió a la cocina desde donde podía ver el jardín trasero a través de la puerta de cristal.
Los dos agentes asignados a la vigilancia nocturna deberían estar patrullando, uno en el exterior de la casa y otro en la sala principal. Sin embargo, no vio a ninguno. Con una sensación creciente de inquietud, Carmen se acercó a la puerta de cristal y miró hacia el jardín. La puerta del cobertizo seguía entreabierta, pero ahora le pareció ver un movimiento en su interior, una sombra más densa que las otras.
“Agente Martínez”, llamó en voz baja, esperando ver aparecer al policía que debería estar vigilando el exterior. No hubo respuesta. Carmen retrocedió instintivamente. Algo no estaba bien. ¿Dónde estaban los agentes? decidió despertar a su hermana y luego buscar el teléfono para llamar a Romero. Pero antes de que pudiera moverse, la puerta de cristal se deslizó silenciosamente abriéndose desde el exterior.
Y allí, recortada contra la luz de la luna, estaba una figura que Carmen había esperado no volver a ver nunca. Doña Feliciana. La anciana parecía diferentes a como la recordaba. Su cabello, antes perfectamente recogido en un moño, ahora caía suelto sobre sus hombros en mechones grises. Su rostro parecía más delgado, más angular, con los ojos hundidos, brillando con una intensidad febril, y en su mano derecha sostenía algo que reflejaba la luz lunar, un escalpelo.
“Mis hijas”, dijo Feliciana, su voz apenas un susurro. “por fin las encuentro”. Carmen retrocedió buscando frenéticamente algo que pudiera usar como arma. “¿Qué les has hecho a los agentes?”, preguntó intentando ganar tiempo. Feliciana sonrió. Una sonrisa que no llegó a sus ojos. Están durmiendo.
Una infusión especial en su café. Estarán bien, aunque no despertarán a tiempo para salvarte. Silvia, gritó Carmen, abandonando toda pretensión de calma. Silvia, despierta. Corre. Escuchó movimiento en la habitación de su hermana, pero su atención estaba fija en Feliciana, que avanzaba hacia ella con pasos lentos y deliberados. “No tengas miedo, querida”, dijo la anciana, su voz extrañamente melodiosa.
“Será rápido y luego serás perfecta para siempre. Tú y tu hermana, mis nuevas hijas, juntas en la eternidad.” Carmen retrocedió hacia la encimera de la cocina, donde sabía que había un bloque de cuchillos. Sin apartar los ojos de Feliciana, extendió la mano hacia atrás buscando a tientas. “No tienes que hacer esto”, dijo intentando razonar con ella. “Podemos ayudarte.
Hay tratamientos, terapias.” Feliciana soltó una risita que sonó como cristales rotos. “¿Ayudarm? No soy yo quien necesita ayuda, querida. Son todas ustedes, todas mis hijas perdidas, buscando alejarse de su madre, buscando crecer y cambiar y eventualmente morir. Su rostro se endureció. Yo les ofrezco un regalo precioso, la inmortalidad, la juventud eterna, la belleza que nunca se marchita.
Los dedos de Carmen encontraron finalmente el mango de un cuchillo grande. Lo agarró firmemente, sin sacarlo aún del bloque. “Lo que ofreces es muerte, no inmortalidad”, respondió Carmen, sorprendida por la firmeza de su propia voz. “Has robado vidas, has destruido familias. Eso no es amor, Feliciana, es una obsesión enferma.
” Por un instante, algo cambió en la expresión de la anciana. una sombra de duda, quizás incluso de dolor, pero desapareció tan rápidamente como había aparecido. “No entiendes”, dijo Feliciana acercándose más. No puedes entender el amor de una madre, lo que haríamos para proteger a nuestros hijos del mundo cruel del tiempo que todo lo consume.
En ese momento, Silvia apareció en el pasillo aún aturdida por el sueño. Carmen, ¿qué ocurre? Al ver a Feliciana, sus ojos se abrieron desmesuradamente. “Corre, Silvia!”, gritó Carmen. “Sal de la casa!” Pero era demasiado tarde. Con una agilidad sorprendente para su edad, Feliciana se lanzó hacia Silvia, el escalpelo brillando en su mano.
Sin pensarlo dos veces, Carmen sacó el cuchillo del bloque y se interpuso entre su hermana y la anciana. Hubo un forcejeo confuso, un grito ahogado, el sonido metálico del escalpelo cayendo al suelo y luego, silencio. Carmen se encontró de rodillas jadeando con el cuchillo aún en su mano. Frente a ella, Feliciana yacía inmóvil en el suelo, un charco oscuro expandiéndose lentamente bajo su cuerpo menudo.
Oh, Dios mío, susurró Silvia paralizada en el pasillo. Está Carmen no podía apartar la mirada del rostro de Feliciana. Los ojos de la anciana seguían abiertos, pero la luz febril que los animaba se estaba apagando rápidamente. Sus labios se movían formando palabras sin sonido. Con cautela, Carmen se inclinó más cerca, intentando entender lo que Feliciana estaba tratando de decir.
“Mis hijas”, susurró la anciana, su voz apenas audible, “cuídalas por mí. están solas, asustadas y luego un último suspiro y la quietud final. Carmen dejó caer el cuchillo, sintiendo una mezcla confusa de emociones, alivio, horror, una tristeza inexplicable por esta mujer que había causado tanto dolor, pero que en algún nivel retorcido realmente creía estar actuando por amor.
Llamaré a Romero”, dijo Silvia saliendo de su estupor y revisaré a los agentes. Carmen asintió mecánicamente, sin poder apartar la mirada del rostro, ahora sereno de Feliciana. En la muerte parecía más pequeña, más frágil, más humana. “Lo siento”, murmuró, aunque no estaba segura de por qué se disculpaba ni con quién.
con Feliciana, con sus víctimas o quizás consigo misma por no haber podido salvar a nadie. El amanecer encontró la casa rodeada de coches patrulla y personal médico. Los dos agentes que efectivamente habían sido drogados, pero no heridos de gravedad, estaban siendo atendidos. Romero había llegado poco después de la llamada de Silvia y ahora estaba en la cocina con las hermanas tomando sus declaraciones.
Fue claramente defensa propia, aseguró el inspector cerrando su libreta. No habrá cargos. De hecho, han hecho un servicio al país poniendo fin a décadas de terror. Carmen apenas escuchaba. Su mente seguía reproduciendo aquellos últimos momentos. La vida abandonando los ojos de Feliciana sus últimas palabras. Cuídalas por mí.
¿Qué pasará con ellas? Preguntó finalmente con las muñecas. Romero la miró con comprensión. Los restos serán entregados a las familias cuando puedan ser identificados. Se les dará un entierro digno. Carmen asintió, sintiendo que de algún modo se cerraba un círculo. Las hijas de Feliciana finalmente descansarían en paz, liberadas de su macabra colección.
Hay algo más”, añadió Romero. Siguiendo su intuición sobre las ventanas, inspeccionamos la casa abandonada cerca del río. No encontramos a Feliciana obviamente, pero sí encontramos algo más, un diario. Carmen lo miró con renovado interés. Parece ser el diario original de Feliciana Morales de antes de convertirse en Feliciana Rojas, explicó Romero.
Está lleno de anotaciones, dibujos, recortes de periódico, una especie de crónica de su descenso a la locura. Explica por qué lo hizo, preguntó Silvia. ¿Qué la llevó a convertirse en lo que era? Romero suspiró. Es confuso, fragmentado, pero hay menciones recurrentes a una hija que perdió en su juventud. Una niña que, según sus escritos, fue robada por el tiempo y la enfermedad.
perdió a su hija y no pudo superarlo”, murmuró Carmen empezando a entender. Así que creó un mundo donde las hijas nunca crecen, nunca enferman, nunca mueren, donde puede mantenerlas perfectas y seguras para siempre. Eso parece, asintió Romero. Por supuesto, no justifica lo que hizo, pero quizás ayuda a entender cómo una persona puede transformarse en un monstruo.
Carmen pensó en las muñecas de Feliciana, en sus ojos vidriosos que parecían observar, en sus vestidos blancos hechos de retazos de un velo de novia que nunca se usó. pensó en Elena, la hija robada que intentó escapar y acabó convertida en la obra maestra de Feliciana y pensó en la anciana misma, en su retorcida concepción del amor maternal, en su desesperada necesidad de aferrarse a lo que había perdido.
El mayor horror, dijo finalmente, no es lo que hacemos a otros, es lo que el dolor puede hacernos a nosotros mismos. Semanas después, con el caso oficialmente cerrado y la amenaza finalmente neutralizada, Carmen se encontró frente a una lápida sencilla en el cementerio principal de Asunción. No tenía nombre, solo un número de identificación, ya que nadie había reclamado el cuerpo de Feliciana.
Junto a ella estaba Mariana, la mejor amiga de Elena, quien había querido acompañarla en este extraño ritual de cierre. ¿Por qué venimos aquí? preguntó Mariana claramente incómoda. Esta mujer era un monstruo. Mató a Elena, a todas esas chicas. Lo sé, respondió Carmen suavemente. Y nunca lo olvidaré ni lo perdonaré.
Pero también era una mujer rota, destruida por un dolor que no supo manejar. No vengo a honrarla, sino a recordar que el límite entre la humanidad y la monstruosidad es más fino de lo que queremos creer. Mariana asintió, aunque no parecía completamente convencida. Has decidido qué harás con la investigación. Publicarás todo. Carmen había estado luchando con esa decisión desde que el caso concluyó.
Su reportaje original sobre personas desaparecidas se había transformado en algo mucho más grande, más oscuro. Escribiré la historia, dijo finalmente, no para glorificar a Feliciana, sino para honrar a las víctimas, para que no sean olvidadas, para que ninguna otra Elena desaparezca sin que nadie conecte los puntos. Antes de marcharse, Carmen dejó algo sobre la tumba sin nombre, una pequeña muñeca de trapo hecha con sus propias manos, no como un tributo a Feliciana, sino como un recordatorio de todas las hijas que nunca pudieron vivir sus vidas
plenamente, que nunca pudieron crecer y cambiar y sí, eventualmente envejecer y morir, como es el curso natural de toda vida. Descansen en paz”, murmuró no a Feliciana, sino a Elena y a todas las demás. “Ya son libres.” Mientras se alejaba del cementerio con Mariana, Carmen sintió que dejaba atrás algo más que el caso que había cambiado su carrera y casi le cuesta la vida.
Dejaba atrás el miedo, la obsesión, la sombra de Feliciana que había pendido sobre ella durante meses. Afuera, el sol brillaba intensamente sobre Asunción. Las calles bullían de vida. Niños jugando, ancianos conversando en los bancos, jóvenes caminando con sus teléfonos, todos viviendo sus vidas imperfectas, cambiantes, mortales.
Y en ese momento Carmen comprendió que esa imperfección, esa mutabilidad constante era precisamente lo que hacía que la vida fuera preciosa. En algún lugar del más allá, pensó, Elena y las demás hijas de Feliciana finalmente tenían lo que se les había negado en vida, la libertad de ser, de cambiar, de crecer, de ser simplemente humanas con todas las alegrías y dolores que eso conlleva.
Y quizás, solo quizás, Feliciana también había encontrado algún tipo de paz, liberada al fin de la prisión de su propia obsesión. La vida continuaba imperfecta, impredecible, a veces dolorosa, pero real. Y eso concluyó Carmen mientras caminaba bajo la luz del sol. Era el mayor regalo de todos.
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