¿Alguna

vez has guardado un secreto tan grande

que sientes que te va a destruir la

vida? Pe agarite, porque lo que estás a

punto de escuchar te va a dejar helado.

Esa noche la mansión estaba tan

silenciosa que daba escalofríos. Cada

paso que daba María resonaba en los

pasillos de mármol, como si alguien la

estuviera siguiendo. Llevaba su canasta

de ropa limpia entre las manos, pero su

corazón latía tan fuerte que sentía que

se le iba a salir del pecho. No sabía

por qué estaba tan nerviosa eno. Sí

sabía, pero no quería pensarlo. El dueño

de toda esa mansión enorme, un tipo

llamado Adrian Blackwood, se había ido

temprano esa tarde, o eso creía ella.

Por primera vez en meses. María pensó

que finalmente estaba sola en esa casa

gigantesca. sola con su secreto, un

secreto que vivía escondido en el

cuartito de servicio al final de un

pasillo olvidado. Su bebé, al su razón

de vivir, había conseguido ese trabajo

de empleada doméstica usando un nombre

falso. Estaba desesperada, asustada, sin

opciones. Sabía perfectamente que si

alguien descubría la verdad por Daria

Tod, su trabajo, su hogar, tal vez hasta

su hijo. Adrián Blackwood no era

cualquier patrón, era de esos hombres

ricos y poderosos de los que hablan en

las noticias. Frío como el hielo en

intocable en despiadado en los negocios

y distante con todo el mundo. Corrían

rumores de que corría a la gente sin

piedad, sin pensarlo dos veces. María

apenas lo había visto de lejos. Nunca

había cruzado más de dos palabras con él

y así quería que siguiera. Mejor pasar

desapercibida. Esa noche, después de

terminar toda su chamba, caminó rápido

hacia su cuarto. Moría de ganas de

abrazar a su bebé, de sentir ese

calorcito que le recordaba por aguantaba

todo. El cansancio, las humillaciones,

el miedo constante, todo valía la pena

cuando lo tenía en sus brazos. Pero

cuando pasó frente al estudio principal,

algo la detuvo en seco. La puerta estaba

entreabierta y desde adentro salía un

sonido que le heló la sangre en el

llanto de un bebé. El corazón de María

dejó de latir por un segundo. Su bebé

debería estar en su cuarto anormidito,

tan seguro, protegido. El pánico le

explotó en el pecho como una bomba.

Soltó la canasta sin pensar y corrió

hacia ese sonido. Con las manos

temblando y la respiración entrecortada,

empujó la puerta con fuerza y lo que vio

la dejó paralizada. Ahí, en medio de ese

estudio lujoso, debajo del candelabro

dorado que parecía salido de una

película, estaba el Anrian Blackwood, el

mismísimo millonario, An su jefe, y en