
El tiro llegó por la espalda. Siempre llega por la espalda cuando quien lo
dispara es un cobarde. El sol de Chihuahua aún no había terminado de
levantarse sobre el desierto cuando el sonido seco del disparo rasgó el
silencio de la madrugada. No fue un trueno, no fue un [música] rayo cayendo
sobre la sierra, fue una bala, una sola bala disparada desde lejos, [música]
desde las sombras, desde el lugar donde se esconden los que no tienen el valor de mirar a los ojos al hombre que van a
matar. Y ese hombre que cayó al polvo con la bala en la espalda no era un soldado, no era un revolucionario, no
era alguien que hubiera [música] empuñado un arma en su vida, no era alguien que le debiera nada a nadie en
este mundo. Era Aurelio Fierros, un muchacho de 27 años que caminaba con
muletas [música] desde los 12, que jamás corrió por un campo ni galopó sobre un
caballo y aprendió a moverse por el mundo arrastrando el pie izquierdo, que
nació torcido y nunca [música] se enderezó, pero con la cabeza más derecha
que la mayoría de los hombres que caminaban sin problema. Aurelio Fierros, primo hermano de Rodolfo Fierros, el
brazo derecho de Pancho Villa, el hombre más leal al centauro del norte. El
coronel Damasourquisa lo mandó matar como se manda matar un perro, sin
juicio, sin razón, sin siquiera el respeto de hacerlo de frente, porque los
cobardes nunca miran a los ojos. ¿De qué estado de México son, compadres? Porque
lo que voy a contar esta noche es de esas historias que corren por el norte [música] como el viento entre los
nopales y llegan a cada rancho, a cada pueblo, a cada fogata donde los hombres
[música] se juntan a hablar de lo que es justo y lo que no tiene perdón de Dios.
Agárrense, compadres, que esta historia les va a hervir la sangre. Pero antes de
empezar, vamos a hacer un trato. Va. Dale like a este video para ayudar a
este contador de historias. a seguir trayendo las leyendas verdaderas de la Revolución Mexicana. Es rapidito, no
cuesta nada y hace toda la diferencia para que más raza conozca estas historias de nuestro norte bravo. Y la
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todos los días hay historia nueva con sangre, coraje y justicia [música]
del modo que solo México sabe hacer. El norte no olvida, compadres, y nosotros
tampoco olvidamos a quien acompaña estas pláticas. Ahora acomódense ahí que les
voy a contar derechito cómo fue que todo empezó. El año era 1913
y México ardía. El desierto de Chihuahua [música] no era solamente tierra seca y polvo
dorado bajo el sol que quemaba sin piedad. Era el escenario de una guerra
que no aparecía en los libros de los poderosos, pero que vivía grabada en la piel de cada campino, en las manos
callosas de cada vaquero, en el silencio de cada mujer que veía pasar a sus hijos
hacia la revolución y rezaba para que volvieran [música] con vida. El olor de
ese tiempo era el olor a pólvora y a tierra seca. El sonido de ese tiempo era
el galope de caballos y el [música] retumbar lejano de los cañones. El color
era el polvo dorado [música] del desierto teñido de rojo en ciertos caminos que nadie quería [música]
recordar. Pancho Villa ya era el nombre que hacía temblar al gobierno de Victoriano Huerta. Sus dorados, la
caballería más temida de México, galopaban por la sierra como el viento mismo, apareciendo [música] donde nadie
los esperaba y desapareciendo antes de que los federales pudieran reaccionar.
Cada pueblo del norte tenía su historia de villa. Cada rancho guardaba su propia
memoria del centauro. Las madres lo nombraban para calmar a los niños. Los
ascendados lo nombraban para asustarse ellos mismos. Y al lado de Villa siempre
estaba Rodolfo Fierros. No era un hombre de discursos, no era hombre de proclamas
[música] o de palabras largas. Rodolfo Fierros era el tipo de hombre al que Villa
miraba cuando la situación se ponía imposible y decía, sin palabras, con
solo un gesto de la cabeza, este problema tiene que desaparecer. Y
Rodolfo Fierros hacía desaparecer los problemas. Alto, de hombros anchos como
la Sierra Madre, con ojos color café oscuro que no parpadeaban cuando apuntaban, manos de campesino que habían
aprendido a arar la tierra antes de aprender a disparar un rifle, pero que
ya no distinguían bien entre una cosa y la otra. La piel curtida por años de sol
del desierto con una cicatriz delgada que cruzaba la ceja izquierda desde una
pelea en [música] Durango que nadie recordaba bien, pero que todos habían escuchado nombrar. Rodolfo era de los
hombres que la Revolución Mexicana moldeó con fuego y pólvora, de los que
entraron siendo humildes [música] y salieron siendo leyenda y tenía familia.
Eso es lo que los poderosos siempre olvidan. Siempre cometen el mismo error,
el error de creer que los hombres de villa son solo rifles y caballos, que no tienen raíces, que no tienen sangre,
[música] que los ate al mundo de los seres humanos comunes. Aurelio Fierros era esa sangre, ese recuerdo, esa raíz.
El único hijo del tío Ezequiel, hermano del padre de Rodolfo, ya fallecido hacía
3 años, de una fiebre que el desierto a veces manda sin previo aviso. Aurelio
había nacido con el pie izquierdo torcido hacia adentro y desde que tuvo uso de razón, aprendió a moverse con
muletas de madera [música] que él mismo tallaba en los mezquites del desierto, con un cuidado y una paciencia que pocos
hombres sanos hubieran tenido para [música] trabajar la madera así de bien. Nunca fue a la guerra, nunca cargó un
arma, nunca le pidió a nadie que peleara sus batallas, [música] pero tampoco se
quejó de su destino ni le pidió lástima a nadie. Eso era lo que más admiraba
Rodolfo de su primo, que Aurelio había tomado la vida que le tocó y la había
llenado de dignidad, sin amargura, sin resentimiento, con esa paz interior que
la gente sencilla del norte a veces alcanza y que ningún título [música] ni
ningún uniforme puede comprar. Aurelio Fierros vendía remedios de hierbas en
los mercados de los pueblos pequeños entre Parral y Chihuahua. Conocía cada
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