El sonido no fue un grito, no fue una carrera, fue solo un bip, un bip seco,

corto y después nada. Mariana Cruz se quedó inmóvil en medio del pasillo con

las dos manos apretadas alrededor del palo de la jerga. El agua sucia goteó lentamente y cayó sobre el piso blanco

del hospital, rompiendo el silencio con un plasi imperceptible.

Nadie pareció notarlo, nadie, excepto ella. El hospital a las 3 de la mañana

tenía un olor particular, cloro viejo, café recalentado y cansancio humano. Las

luces fluorescentes zumbaban como insectos atrapados, lanzando una

claridad fría que hacía ver todo más pálido de lo que ya era. Las paredes

parecían sudar historias que nadie quería escuchar. Hora de defunción, dijo

una voz masculina al fondo del pasillo. No gritó, no lloró, lo dijo como se

dicen las cosas inevitables. Mariana sintió como el aire se le detenía en el pecho. No necesitó ver el

reloj ni preguntar nada más. Sabía exactamente de qué sala venía esa frase.

Sabía quién estaba del otro lado de esa puerta cerrada. Un bebé. Sus dedos se

cerraron con fuerza alrededor del palo de la jerga. La goma chirrió contra el

plástico. En su cabeza, sin permiso, apareció otra imagen. Otra noche, otro

piso frío. La cocina de su casa en Istapalapa, su hermana Sofía tendida en

el suelo, los labios morados, los ojos abiertos mirando a ningún lado. “Ya

viene la ambulancia”, le habían dicho. Entonces, llegó tarde. No, murmuró

Mariana sin darse cuenta. Nadie la escuchó. A unos metros, el pasillo se

abrió hacia el área de maternidad. Ahí todo era distinto, más limpio, más

silencioso, más caro. Incluso Mariana lo sabía por experiencia. Los pisos

brillaban más, las puertas eran más gruesas, las voces se bajaban solas como

si el dinero también tuviera volumen propio. Desde donde estaba, Mariana

alcanzó a ver a un hombre alto, bien vestido, caminando de un lado a otro frente a una sala privada. Tenía el saco

desabrochado y el nudo de la corbata flojo. Se pasaba la mano por el cabello

una y otra vez, como si pudiera ordenar el caos con ese gesto repetido. Leonardo

Salgado. Mariana no sabía su nombre completo, solo sabía que era el

empresario, el importante, el del cuarto especial. Lo había escuchado en

murmullos durante el turno de la tarde, cuando las enfermeras comentaban entre ellas mientras ella trapeaba sin

levantar la vista. Dentro de la habitación, una mujer yacía sobre la

camilla. Tenía el rostro empapado de sudor y lágrimas, pero aún así sonreía

con una sonrisa frágil, cansada, de esas que solo salen cuando el cuerpo ya no da

más, pero el corazón todavía insiste. Valeria. Mariana la había visto horas

antes, respirando hondo entre contracciones, aferrada a una mano que prometía que todo iba a salir bien.

Había escuchado el primer llanto del bebé, un sonido breve, agudo, lleno de

vida. Y ahora ese bip. El empresario dejó de caminar de golpe. Un médico

salió de la sala, se quitó los guantes con movimientos lentos, mecánicos.

No miró a los ojos. Nunca miraban a los ojos cuando traían malas noticias. “Lo

siento mucho”, dijo. Leonardo no respondió. Dio un paso atrás como si

alguien le hubiera empujado el pecho desde adentro. Sus rodillas se dieron y

cayó sentado en una silla de plástico que crujió bajo su peso. Todo el dinero

del mundo no hizo ningún ruido cuando tocó el suelo. Desde la camilla, Valeria

giró el rostro apenas. Sus ojos estaban abiertos, pero no enfocaban nada. No

gritó, no lloró. se quedó quieta como si su cuerpo hubiera decidido desconectarse

para no romperse del todo. Mariana observaba la escena desde lejos con la

jerga todavía en las manos. No se acercó, no podía. Nadie la había

invitado a ese dolor. Ella era solo la de limpieza, invisible. Había aprendido

a hacerlo, a moverse sin estorbar, a escuchar sin que notaran que escuchaba,

a existir en los bordes del hospital, donde las historias grandes pasaban sin

tocarla. Pero esa noche algo dentro de ella empezó a arder. Bajó la mirada

hacia su uniforme verde gastado en los codos. En el bolsillo izquierdo sentía

el borde familiar de su libreta pequeña. Notas había escrito en la portada con

pluma azul. Ahí guardaba palabras que no eran suyas, pero que se había apropiado

con paciencia. Asfixia, RCP, temperatura, segundos. Si el corazón se

detiene, cada segundo cuenta. La frase le volvió con una claridad cruel. La

había escuchado meses atrás cuando dos médicos discutían apresurados frente al

elevador. Mariana había fingido limpiar una mancha inexistente en la pared para

quedarse ahí grabando cada palabra como si fuera oro. Ella no había estudiado

medicina, no tenía título, no tenía permiso para estar en esa parte del

hospital, pero tenía algo que nadie podía quitarle, memoria y culpa. Sofía

había muerto esperando ayuda. Mariana se había quedado con las manos vacías sin

saber qué hacer, repitiéndose que no era su culpa. Pero por dentro algo se había

quebrado para siempre. Desde entonces, cada pasillo del hospital era una clase,

cada conversación ajena, una lección robada. El sonido de un llanto ahogado

llegó desde la habitación contigua. No era el llanto del bebé, era el de una

mujer adulta intentando no gritar. Mariana cerró los ojos un segundo,

sintió el nudo en la garganta. El corazón le latía demasiado fuerte, como