El amanecer apenas había tocado los tejados de Istapalapa cuando Clara Álvarez abrió los ojos. El cuarto olía a

jabón barato y café recalentado. Afuera alguien gritaba tamales oaxaqueños

calientitos y una microbús rugía entre las calles dormidas. Clara se levantó en

silencio, acostumbrada a que el mundo despertara sin verla. dobló una servilleta blanca que llevaba años

guardando. Tenía bordadas dos letras pequeñas, casi descoloridas, D y S, las

iniciales de los gemelos. La tocó con las yemas de los dedos, como si fueran la piel de los niños. En el buró había

una foto polaroid, ella en medio, Diego y Santiago a los lados, los tres

riéndose con el pastel chueco que ella misma horneó. Esa risa era su hogar y

esa mañana, sin saberlo, estaba a punto de perderlo todo. El aire de la ciudad

se sentía pesado. Clara se amarró el cabello, se puso el uniforme azul pálido

y salió con paso rápido hacia el paradero. El sol apenas nacía y los

vidrios empañados del metrobús devolvían su reflejo cansado. una mujer común, con

los ojos rojos de tanto cuidar, con las manos agrietadas de tanto amor. Mientras

el vehículo avanzaba hacia el norte, el paisaje cambiaba de los puestos de

garnachas y murales gastados de Istapalapa a los muros altos y silenciosos de Lomas de Chapultepec. Ahí

estaba la casa del señor Ricardo Jale, una mansión tan grande y fría que hasta

el viento parecía pedir permiso para entrar. El guardia abrió la reja automática.

Clara respiró hondo antes de cruzar. El jardín olía a pasto recién cortado, pero

no a vida. Todo dentro de esa casa tenía un brillo que no calentaba. Subió al

segundo piso y empujó la puerta del cuarto de los gemelos. El sonido de las máquinas la recibió como cada mañana. El

zumbido del respirador, el click del monitor. Santiago en su silla de ruedas

eléctrica, sonreía con los ojos medio abiertos. Diego, con su caminador de

metal, intentaba incorporarse. “Buenos días, mis amores”, susurró

Clara, su voz llenando el espacio estéril como un abrazo invisible. Les

acomodó las cobijas, verificó la dosis de los medicamentos, ajustó los tubos

del respirador. Sus movimientos eran precisos, suaves, casi rituales. Sabía

el ritmo de cada respiración, el temblor de cada mano. “¿Hoy vas a leer, Capitán

Calavera?”, preguntó Diego jadeando un poco. Si llegamos al final, dijo ella

sonriendo. Hay chocolate. Santiago soltó una risa débil, el sonido más bonito del

mundo. Bajó a la cocina para preparar el desayuno, avena con miel, como a ellos

les gustaba. El reloj marcaba las 7:30. La cocinera no había llegado. El

silencio era tan grande que podía escuchar el tic tac de su propio corazón.

De pronto, el teléfono de pared sonó. La voz del mayordomo seca, sin saludo. El

señor Hale la espera en su despacho ahora mismo. Clara parpadeó. Miró el

tazón de avena humeante. Algo en su pecho se encogió. Nunca la llamaba a esa

hora. dejó el mandil sobre la mesa y se secó las manos con la servilleta que siempre

llevaba en el bolsillo, la misma del bordado. Subió las escaleras paso a paso con el

estómago apretado. El despacho era un templo del silencio. Una ventana inmensa

dejaba entrar la luz gris del amanecer. Detrás del escritorio, Ricardo Heale

observaba la ciudad como si le perteneciera. Ni siquiera volteó cuando ella entró. ¿Me llamó, señor?”, preguntó

Clara de pie, sin atreverse a sentarse. Ricardo se giró despacio. Su mirada era

una hoja afilada. Sobre el escritorio, un sobre manila y una llave pequeña.

“¿Siénes?” Clara obedeció. El sillón era demasiado blando. Sentía que se hundía

en algo que no era suyo. Ricardo habló sin levantar la voz. Faltan tres dosis

del medicamento. El más caro, el que mantiene vivos a mis hijos. Clara lo

miró confundida. ¿Cómo dice? No me obligue a repetirlo. Faltan. Y tú eras

la única que tenía acceso. El aire se volvió espeso. Clara sintió que el mundo

se movía bajo sus pies. Negó con la cabeza, los labios temblando. No, señor.

Yo jamás. Yo nunca tocaría algo de ellos. No me mientas. Ricardo se levantó, rodeó

el escritorio y se acercó hasta quedar a medio metro de ella. Olía a colonia cara

y a desconfianza. ¿Sabes cuánto vale cada dosis clara? Su

voz era un susurro venenoso. Más de lo que ganarás en toda tu vida.

Ella intentó responder, pero el nudo en la garganta no la dejó. Yo yo solo los

cuido, señor. Son como mis hijos. Precisamente por eso me duele más tu

traición. Se inclinó un poco. Nadie te va a creer. Soy Ricardo Hale. Tú solo

eres la niñera. Clara sintió que algo dentro de ella se rompía. Las palabras

caían como piedras, una por una. Voy a llamar a mis abogados. Ricardo tomó la

llave del sobre y la guardó en su bolsillo. Prepárate para lo que viene. Cuando él se dio la vuelta, Clara

permaneció inmóvil. El reloj marcaba los segundos con crueldad. Quiso hablar,

explicar, gritar, pero solo salió un suspiro roto. Salió del despacho con

pasos torpes. El pasillo estaba lleno de retratos. Los gemelos sonriendo. Ricardo

estrechando manos en eventos, trofeos dorados. Ella caminó despacio,

recordando cada noche sin dormir, cada fiebre, cada sonrisa. Todo eso se

borraba así con una acusación. Al pasar frente a la escalera que llevaba al

cuarto de los niños se detuvo. Podía escuchar sus voces débiles, llamando su

nombre, Clara, ya desayunamos. No tuvo el valor de subir. Sabía que si

los miraba se quebraría. bajó la vista y siguió hasta la puerta principal. El

guardia la observó con una mezcla de lástima y sospecha. Ella no dijo nada.

El sol ya estaba alto cuando cruzó el umbral. El ruido de la ciudad la golpeó.

Claxones, vendedores, un perro ladrando. La calle olía a gasolina y a injusticia.