Se rieron porque parecía un juguete. Un avión de madera sin torretas, sin

artilleros, asomando por cada ángulo, volando solo sobre territorio enemigo, como si no entendiera que estaba

condenado. Para los pilotos alemanes, aquello no era una amenaza, era una broma. Hasta que la broma empezó a volar

más rápido que cualquier caza que tuvieran y a sobrevivir donde otros caían hechos pedazos. A comienzos de la

guerra, el cielo europeo era un matadero. Los bombarderos aliados avanzaban lentos. pesados, cargados de

blindaje y ametralladoras, y aún así eran derribados por cientos. Las cifras eran brutales. Miles de tripulantes no

regresaban, cada misión era una ruleta y cuanto más protegidos estaban esos aviones, más lentos se volvían y cuanto

más lentos, más fáciles de cazar. Era un círculo vicioso que nadie parecía capaz de romper hasta que alguien propuso

hacer exactamente lo contrario. En una oficina británica, años antes de que el mundo ardiera por completo, un ingeniero

insistía en una idea que sonaba absurda, incluso en tiempos de paz. Quitar el blindaje, quitar las torretas, quitar

las armas defensivas, construir un bombardero ligero, tan rápido que no necesitara pelear porque

simplemente no podrían alcanzarlo. Y hacerlo además de madera, no como parche

improvisado, sino como decisión central de diseño. Madera laminada, moldeada,

pegada con precisión casi artesanal. Para muchos oficiales, aquello no era innovación, era una locura peligrosa. La

lógica militar de la época decía que un bombardero debía resistir golpes, no esquivarlos, que debía devolver el

fuego, no huir. Que debía volar en grandes formaciones, no en solitario.

Esa lógica había costado miles de vidas, pero seguía siendo dogma. Por eso,

cuando el proyecto avanzó, lo hizo rodeado de escepticismo, burlas internas y una sensación constante de que aquello

acabaría mal. Y cuando el enemigo se enteró, la reacción fue todavía peor.

Los servicios de inteligencia alemanes detectaron algo extraño en las fábricas aliadas. No parecían hangares

aeronáuticos normales. Había carpinterías, talleres de muebles, fábricas de pianos, obreros que no

trabajaban con metal, sino con madera clara, lijada y curvada. La conclusión fue inmediata y cómoda. Los británicos

se estaban quedando sin materiales. Aquello era un signo de debilidad. La propaganda hizo el resto. Se habló de

aviones hechos con restos de muebles, de aparatos que se romperían al primer impacto, de tripulaciones desesperadas

volando en ataúdes voladores. En los informes para pilotos de caza el mensaje era tranquilizador. Si veías uno de esos

aparatos, no era una amenaza. Bastaban unos segundos de fuego de cañón para convertirlo en astillas. Pero el primer

encuentro real no ocurrió en un despacho ni en un folleto, sino en el aire a gran altura, con el frío mordiendo los huesos

y el oxígeno escaseando. Un piloto alemán vio algo adelantado en el cielo, con insignias británicas, sin torretas

visibles, con un fuselaje demasiado limpio. Lo identificó de inmediato. Era

uno de esos mosquitos de madera de los que tanto se reían. Avisó a su compañero y ambos se lanzaron a la caza con total

confianza. Desde su punto de vista, aquello no era un combate, era una ejecución. Dos cazas metálicos rápidos

armados hasta los dientes, contra un bombardero supuestamente indefenso. La distancia se reducía. El objetivo no

maniobraba, no parecía huir. Todo encajaba con la idea de una presa fácil. Los dedos se tensaron sobre los

gatillos, los cañones estaban listos y la sonrisa se adivinaba incluso detrás de la máscara de oxígeno. Lo que no

encajaba era la velocidad. Cuanto más empujaban sus motores, más evidente se

volvía que algo no iba bien. El avión de madera no solo no era lento, estaba

empezando a alejarse. No en picado, no aprovechando gravedad, sino en vuelo recto, limpio, como si el aire le

perteneciera. Los cazas se esforzaron, exprimieron sus motores, pero el espacio

entre ellos y el objetivo no se cerraba, al contrario, crecía. Para un piloto

entrenado, ese momento es devastador. No porque haya disparos, sino porque todo lo que te enseñaron deja de funcionar.

El enemigo que debía caer primero es ahora el que decide cuándo termina el encuentro. Y cuando finalmente

desaparece en la distancia, sin un solo impacto, sin un solo gesto de pánico, lo único que queda es una pregunta

incómoda. Y si no era una broma, ese fue el principio del problema, porque no se

trató de un caso aislado. Una y otra vez esos aviones aparecían, cumplían su misión y se iban. Fotografían

instalaciones secretas, bombardeaban con precisión quirúrgica, volvían a casa solos, sin escolta, sin pérdidas. Los

informes empezaron a acumularse y ya no sonaban tan confiados. Hablaban de un bombardero que volaba más rápido que los

cazas, que parecía absorber daños de formas extrañas, que no se comportaba como ningún avión conocido. Y ahí

aparece el detalle que casi nadie esperaba. La madera no se comportaba como el metal bajo el fuego enemigo,

donde el aluminio se rasgaba y transmitía la energía del impacto, la estructura laminada absorbía el daño de

forma localizada. Algunos proyectiles incluso atravesaban sin detonar correctamente. El avión quedaba herido,

pero seguía volando. No era indestructible, pero tampoco era frágil, como se había prometido. Mientras los

pilotos alemanes intentaban adaptarse, el avión seguía evolucionando, porque aquel mosquito no solo iba a ser rápido.

Pronto, algunos de ellos dejarían de huir y empezarían a cazar. Pero lo realmente inquietante vino cuando los

encuentros dejaron de terminar con un avión escapando y comenzaron a terminar con cazas alemanes cayendo del cielo,

abatidos por algo que, según toda lógica, jamás debió existir. La sorpresa

inicial dio paso a algo más incómodo, incredulidad. En los informes de la Luz Buffe

empezaron a aparecer frases cautelosas, casi defensivas, escritas por pilotos veteranos que no solían equivocarse.

Hablaban de un bombardero británico que no podían alcanzar en vuelo nivelado, de persecuciones que comenzaban con ventaja

y terminaban con el objetivo perdiéndose en el horizonte. Para un cuerpo aéreo construido sobre la idea de superioridad

técnica, aquello era una anomalía peligrosa. El problema no era solo la velocidad, era la forma en que ese avión

se movía en el aire. No cargaba con torretas, no tenía abultamientos, no ofrecía resistencia innecesaria. Su

fuselaje de madera, pulido como una pieza de evanistería fina, cortaba el aire con una limpieza que los remaches

metálicos no podían igualar. Cada detalle que parecía primitivo en tierra se convertía en una ventaja brutal a

gran altura. Mientras tanto, del lado aliado, las tripulaciones empezaban a entender lo que tenían entre manos.

Volar aquel aparato no se sentía como manejar un bombardero pesado, sino como llevar un avión deportivo con dos

motores enormes empujando sin descanso. La respuesta a los mandos era inmediata.

Si algo aparecía en el cielo que no debía estar ahí, bastaba adelantar las palancas y dejar que la velocidad