Fuera!” gritaba satisfecho al despedir a cada empleada. Desde su silla de ruedas

ninguna satisfacía sus crueles exigencias. Pero cuando una humilde sirvienta comenzó a bailar en el gran

salón, él reveló un secreto que había ocultado durante años. El grito retumbó

por los pasillos de mármol de la mansión Montalbán como un trueno que anuncia tormenta. “Fuera de mi casa. No quiero

volver a ver tu rostro jamás.” Lorenzo Montalbán señalaba la puerta con furia

mientras su silla de ruedas temblaba por la intensidad de sus movimientos. Frente

a él, una joven empleada soyosaba sin control, sosteniendo apenas una pequeña

maleta con sus pertenencias. “Señor, por favor, solo le pedí un día libre para

ver a mi madre enferma. ¿Y crees que me importa tu madre?” Lorenzo escupió las

palabras con desprecio. Aquí se viene a trabajar, no a pedir favores. Patricia,

asegúrate de que esta incompetente no reciba ni un centavo de liquidación. La joven salió corriendo, sus lágrimas

dejando un rastro invisible de humillación y dolor. Era la empleada número 47 que Lorenzo despedía ese año.

47 personas que habían cometido el imperdonable error de mostrar humanidad frente a un hombre que parecía haberla

perdido por completo. Doña Carmela observaba la escena desde el umbral de la cocina, sus manos arrugadas apretando

un trapo de cocina con impotencia. Llevaba décadas trabajando en esa mansión. Había visto nacer a Lorenzo, lo

había visto crecer, convertirse en un joven brillante y prometedor, y lo había visto transformarse en este ser

irreconocible después del accidente. “Don Lorenzo”, se atrevió a hablar la

anciana con voz suave. Esa muchacha tenía a su madre muriendo de cáncer.

Solo pedía un día. “¿Y tú también vas a cuestionar mis decisiones, Carmela?” Lorenzo giró su silla bruscamente hacia

ella. ¿Quieres ser la número 48? Carmela bajó la mirada, pero no retrocedió. No,

señor. Solo le recuerdo que alguna vez usted fue diferente. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier

grito. Lorenzo apretó los brazos de su silla hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Por un momento, algo

pareció quebrarse en su mirada. Un destello de dolor tan profundo que Carmela sintió escalofríos, pero duró

apenas un segundo. Diferente. Lorenzo repitió la palabra como si fuera veneno.

Sí, Carmela. Alguna vez fui diferente. Alguna vez caminé. Alguna vez confié en

las personas. Alguna vez creí en la bondad humana. ¿Y de qué me sirvió? ¿De qué me sirvió ser bueno cuando el mundo

me quitó todo? No esperó respuesta. Giró su silla y desapareció por el pasillo

hacia su estudio privado, el único lugar de la mansión donde nadie tenía permitido entrar. Carmela suspiró

profundamente, caminó hacia la ventana y observó como el chóer llevaba a la empleada despedida hacia la salida de la

propiedad. Otra vida destrozada por la amargura de un hombre que alguna vez había sido capaz de iluminar

habitaciones enteras con su sonrisa. Ay, mi niño Lorenzo”, susurró al cristal

empañado por su aliento. “Si tan solo pudieras ver lo que te estás haciendo a ti mismo.” El teléfono de la mansión

interrumpió sus pensamientos. Carmela caminó lentamente hacia él y contestó,

“Residencia Montalbán. Carmela. Soy Renata. ¿Cómo está mi hermano hoy?” La

anciana dudó antes de responder. Despidió a otra empleada, señora Renata, la muchacha nueva, la que apenas llevaba

dos semanas. Un suspiro largo atravesó la línea telefónica. Era de esperarse.

Escucha, necesito que prepares todo. Voy a organizar una recepción en la mansión este fin de semana. Socios importantes

del consorcio estarán presentes. Una recepción, señora Renata, con todo respeto, su hermano no va a permitir. Mi

hermano no tiene opción. La voz de Renata se endureció. Los inversionistas están nerviosos. Necesitan ver que

Lorenzo sigue al frente, que el Imperio Montalbán no se derrumba. Si él no aparece en esa recepción luciendo

presentable y en control, perderemos contratos millonarios. Pero, señora, no

tenemos suficiente personal. Con la última empleada que despidió, entonces

contrata más, haz lo que sea necesario. Y Carmela, asegúrate de que esta vez

encuentres a alguien que pueda sobrevivir el temperamento de mi hermano, alguien especial. La llamada

terminó dejando a Carmela con una tarea imposible entre manos, alguien especial,

quien en su sano juicio querría trabajar para Lorenzo Montalbán después de que su reputación como empleador se había

extendido por toda la ciudad. Días después, Carmela estaba sentada en el pequeño despacho de servicio revisando

currículos que nadie quería enviar. La agencia de empleos había sido clara. Encontrar personal dispuesto a trabajar

en la mansión Montalbán era casi imposible. La fama de ese señor llega

hasta los pueblos más lejanos, le había dicho la encargada de la agencia. Nadie

quiere ser humillada por un millonario amargado sin importar cuánto pague.

Carmela estaba a punto de rendirse cuando escuchó un golpe suave en la puerta de servicio. Al abrir se encontró

con una joven que la miraba con ojos grandes llenos de determinación. Buenos días, señora. Me dijeron que aquí están

buscando personal de servicio. Vengo a ofrecer mis servicios. Carmela observó a

la recién llegada con curiosidad. Había algo diferente en ella, una luz que parecía brillar desde adentro a pesar de

la humildad evidente de su vestimenta. Pasa, hija. ¿Cómo te llamas? Milagros,

señora. Milagros, Vega. Milagros. Carmela repitió el nombre con una sonrisa triste. Qué apropiado. Porque lo

que necesitamos aquí es exactamente eso, un milagro. La joven sonrió, pero había

una sombra de algo más profundo detrás de esa sonrisa. He trabajado en casas difíciles antes, señora. No me asusto

fácilmente. ¿Sabes quién vive aquí, verdad? ¿Sabes la reputación que tiene el señor de esta casa? Milagros asintió

lentamente. Lo sé, por eso estoy aquí. Carmela frunció el ceño intrigada. ¿Qué

quieres decir con eso? La joven dudó un momento como si estuviera decidiendo cuánto revelar. Digamos que tengo mis

razones para querer trabajar específicamente en esta casa, razones que van más allá del salario. Antes de

que Carmela pudiera preguntar más, el sonido inconfundible de la silla de ruedas de Lorenzo resonó en el pasillo.

La anciana palideció. Rápido, sal por la puerta de atrás. Si te ve aquí sin

autorización, armará un escándalo. Pero Milagros no se movió. En cambio, giró

hacia el pasillo justo cuando Lorenzo aparecía en el umbral. El tiempo pareció detenerse. Lorenzo miró a la desconocida