La noche cubría la ciudad con su manto

oscuro, salpicado por luces amarillas y

rojas que titilaban entre el tráfico.

Las calles solían a lluvia reciente y a

concreto húmedo. Un viento frío recorría

los pasillos del estacionamiento del

centro comercial, haciendo que los

anuncios publicitarios vibraran

suavemente. Daniel, un padre soltero de

38 años, subía las escaleras

apresuradamente, con el corazón latiendo

con fuerza, pensando en Sofi, su hija de

8 años, que seguramente lo esperaba en

casa para cenar. Él no era de llegar

tarde, pero aquel día el trabajo lo

había retenido más de lo previsto. Sin

embargo, a mitad de camino, un sonido

extraño lo hizo detenerse. No era el

ruido de los autos ni el eco de sus

pasos. Era un soyoso apenas audible

mezclado con el silvido del viento. Un

escalofrío recorrió su espalda y Daniel

se detuvo conteniendo la respiración.

Dio unos pasos cautelosos hacia la

dirección del sonido y su instinto le

dijo que siguiera. Al llegar al último

nivel del estacionamiento, la vio. Una

joven no mayor de 20 años estaba parada

en el borde del muro con los pies

colgando sobre el vacío que parecía

tragarse la ciudad debajo de ella. Su

cabello oscuro ondeaba con el viento

frío y sus manos temblaban mientras

sostenía un teléfono apagado como si

fuera un amuleto. La luz de los faroles

reflejaba su rostro pálido, sus ojos

enrojecidos y su expresión de

desesperación. Daniel se quedó

paralizado por un instante. Su corazón

se aceleró y un miedo profundo lo

invadió. Cada fibre de su ser le decía

que tenía que hacer algo, que no podía

quedarse de brazos cruzados. “Oye,

espera”, dijo con voz suave. tratando de

no asustarla. No quiero hacerte daño,

solo quiero hablar. La joven no

respondió de inmediato. Su mirada estaba

fija en el vacío, como si el mundo

entero hubiera dejado de existir para

ella. Luego, con un hilo de voz

quebrado, susurró, “No te acerques, por

favor.” Daniel levantó las manos

tratando de mostrar que no era una

amenaza. No voy a tocarte, solo quiero

que escuches algo. Hizo una pausa

tragando saliva. Sé que tal vez no me

creas, pero sé lo que es sentir que todo

se derrumba a tu alrededor. Sé lo que es

pensar que nadie se preocupa por ti.

Ella respiró con dificultad,

balanceándose ligeramente sobre el

borde, y Daniel sintió que cada segundo

podía ser el último. dio un paso más

hacia ella, manteniendo una distancia

segura. Y continuó. Tal vez pienses que

nadie te comprende, pero a veces la vida

nos coloca personas en el camino por una