Vengan todos a ver cómo se acaba con los [ __ ] que creen en Dios. El hacendado acomodó el látigo entre sus

manos y empezó una secuencia cruel de chicotazos mientras la gente alrededor

miraba sin querer ver tanta maldad. Nadie podía hacer nada contra el hombre

más poderoso de la región. Pero ese ateo maldito no imaginaba que Dios escribe

derecho con líneas torcidas y que el hombre al que todos llamaban el demonio,

estaba por llegar a ese pueblo para hacer justicia. Tú estás escuchando el

canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like

al video. Y ahora sí, vamos a comenzar. En el norte de Chihuahua, donde el

desierto abraza la sierra con brazos de mezquite y ocotillo, se extendía la

hacienda más próspera y más [ __ ] de toda la región. Don Bedita [ __ ] había

transformado aquellas tierras fértiles en un reino de terror que sobrepasaba

cualquier pesadilla que la revolución hubiera parido. No era simplemente un

patrón cruel como tantos otros que la guerra había revelado. Era algo mucho más siniestro, algo que helaba la sangre

hasta de los hombres más duros del desierto. era un demonio vestido de hacendado que había declarado guerra

personal contra Dios mismo. La historia de don Vedita comenzó años atrás, cuando

aún conservaba algo parecido a un alma humana. Había sido un oficial respetable

del ejército porfirista, educado en la capital, con modales refinados y una

fortuna heredada que crecía como hierba después de la lluvia. Su hacienda San

Bartolomé era próspera, sus peones bien alimentados y hasta tenía fama de ser

justo en sus tratos. Pero todo cambió el día que encontró la carta de Lupita sobre su escritorio de Caoba, escrita

con la letra delicada que él mismo había pagado para que aprendiera en el convento de las monjas francesas.

“Papá”, decía la carta con palabras que se clavaron en su pecho como puñales

envenenados. No puedo seguir siendo hija de un hombre que usa su poder para

aplastar a los débiles. Me voy con la resistencia católica. Prefiero morir

luchando por los oprimidos que vivir con la sangre inocente que mancha nuestro

oro. La carta continuaba con denuncias que destrozan el corazón de cualquier padre, acusaciones de crueldad, de

explotación, de usar la religión como herramienta de control. Usted pervirtió

todo lo sagrado que me enseñó. No reconozco al hombre que me crió en el monstruo en que se convirtió. Esa noche,

don Vedita quemó la carta en la chimenea de su estudio, pero las palabras ya se

habían grabado a fuego en su memoria. Al día siguiente mandó buscar a Lupita por

todo el estado. Sus hombres la rastrearon durante meses, siguiendo pistas que los llevaban siempre a

iglesias quemadas, conventos abandonados y testimonios susurrados de una joven

hermosa que curaba heridos de guerra y organizaba la resistencia católica contra las fuerzas anticlericales, pero

nunca la encontraron. Era como si la tierra se la hubiera tragado o como si

Dios mismo la hubiera escondido de la furia paterna. La transformación fue gradual, pero inexorable, como el veneno

que se extiende por las venas. Primero vinieron las noches sin dormir, caminando por los pasillos de la casa

grande como alma en pena, maldiciendo el día que había permitido que las monjas

llenaran la cabeza de su hija con supersticiones de débiles. Después llegó

el odio, un odio que crecía cada vez que veía a un peón santiguándose antes de

comer, cada vez que escuchaba el repique de las campanas de la iglesia, cada vez

que alguien mencionaba a Dios en su presencia. Si Dios existiera, se repetía

don Vedita frente al espejo de su recámara, contemplando los ojos enrojecidos por el insomnio y el

alcohol, no habría permitido que mi propia hija me traicionara. Si fuera

todopoderoso, no habría dejado que usara su nombre para justificar su rebelión contra su padre. Las preguntas se

volvieron afirmaciones, las dudas se transformaron en certezas venenosas.

Dios es una invención de los débiles para soportar la opresión de los fuertes. Mi hija se fue porque prefirió

una mentira cómoda a la verdad dura del poder real. El primer acto de su nueva

cruzada personal fue despedir al padre Joaquín, el anciano sacerdote, que había

bautizado a Lupita y que había sido confesor de la familia durante décadas.

Su Dios me robó a mi hija”, le dijo mientras lo echaba de la hacienda.

“Ahora yo le voy a robar a sus fieles.” Cuando el padre intentó razonar con él,

recordándole los años de fe compartida, don Vedita lo interrumpió con una risa

que helaba la sangre. “La fe es para los tontos que no tienen el valor de reconocer que solo existe lo que pueden

tocar con sus manos.” Los cambios comenzaron sutilmente. Primero prohibió

las oraciones públicas durante las comidas de los peones. Después mandó cerrar la capilla de la hacienda

diciendo que era pérdida de tiempo productivo. Cuando algunos trabajadores se quejaron, los despidió sin pago, pero

los métodos sutiles no satisfacían la sed de venganza que crecía en su pecho

como un tumor maligno. Necesitaba algo más dramático, más definitivo.

Necesitaba demostrar que no había Dios alguno protegiendo a los fieles. La

primera crucifixión fue casi accidental. Había sorprendido a un joven peón

rezando el rosario escondido detrás de los establos, y la furia lo cegó

completamente. ¿Quieres hablar con tu Dios?, le gritó mientras sus hombres lo sujetaban. Pues vamos a ver si te

escucha desde más cerca. Lo que siguió fue una pesadilla que marcó para siempre

el alma de San Bartolomé. Don Vedita mandó construir un madero en la plaza

central y ahí, bajo el sol implacable del desierto chihuahuense, clavó al

muchacho como si fuera el mismísimo Cristo. Pero el joven murió rezando,

murió perdonando a sus verdugos. Murió con una sonrisa en los labios que llevó