Mis manos temblaban cuando abrí el sobre

amarillento. Estaba sellado con cinta

vieja y olía a papel guardado durante

años. Dentro encontré una llave oxidada

y un papel doblado con una letra

insegura escrita con tinta azul

deslavada. “Mi niña querida, te he

esperado durante 14 años. Ya no puedo

esperar más, pero hay algo para ti en el

granero. No dejes que nadie lo tome

antes de que llegues.

Era la primera vez en mi vida que

alguien me llamaba mi niña querida. Lo

más extraño era que mi abuela había

muerto hacía tres meses cuando esa carta

llegó a mis manos. Recuerdo con claridad

esa mañana el sabor del atole

instantáneo ya frío, la leche en polvo

mal disuelta y el pan duro del día

anterior, el mismo desayuno que había

comido durante años en el hogar Santa

Rosalía para menores en las afueras de

Morelia.

Pero ese martes de marzo era distinto.

Yo lo sabía. Iba a ser mi última mañana

ahí. Me llamo Josefina Morales, aunque

casi todos me dicen fina. La verdad es

que casi nadie me llamaba de ninguna

forma. Tenía 21 años y eso significaba

que el sistema ya no tenía razones

legales para quedarse conmigo.

Cuando cumples 21, te vas. No importa si

estás lista o no, yo no lo estaba. Me

senté en la orilla de mi cama angosta y

miré mis pocas pertenencias. dos maletas

viejas y una mochila. Ahí cabía toda mi

vida. Un par de mudas de ropa, la

mayoría donada, algunos libros que había

rescatado de ventas de segunda mano y

una fotografía gastada de mis padres

doblada en 1900 las esquinas de tanto

tocarla. En la foto estaban jóvenes y

sonrientes parados frente a una casa de

adobe blanco que no reconocía. Mi mamá

tenía el cabello negro como el mío,

recogido en una trenza. Mi papá la

abrazaba por la cintura y ambos parecían

felices, tan felices que dolía mirarlos.

murieron cuando yo tenía 7 años en un

accidente en una carretera mojada rumbo

a Patscuaro. Un día tenía familia, casa,

sentido. Al siguiente solo esa foto y

una trabajadora social explicándome que

iría a un lugar seguro. Seguro resultó

ser muchos lugares distintos. Casas de

acogida que no funcionaron, albergues

llenos, rostros que iban y venían.

Aprendí pronto a no desempacar del todo,

a no encariñarme, a no esperar nada que

durara. A las 8 en punto, la licenciada

Ramírez tocó la puerta. Era la

trabajadora social asignada a mi caso,

una mujer cansada, de unos 50 años, con

ojos buenos pero agotados. me dedicó esa

sonrisa triste que anuncia noticias

envueltas como oportunidades. Lista,

fina, tenemos que revisar unas cosas