LA ESCLAVA parió al hijo del hacendado… su destino fue peor que la muerte

En el año de 1738, en una hacienda azucarera cerca de Shalapa, en la Nueva España, el aire espeso olía a melaza quemada y a tierra mojada por las lluvias de junio. Allí, bajo el silencio de los confesionarios y el ruido constante de los trapiches que molían la caña día y noche, una esclava mulata llamada Josefa había parido un hijo del hacendado don Rodrigo de Santibáñez, y ese niño, de piel clara y ojos azules, como el cielo despejado de Veracruz, fue arrancado de sus brazos antes de que ella pudiera verle el
rostro completo o sentir el peso de su cuerpecito contra su pecho. Lo que vino después no fue la muerte rápida y misericordiosa que tantas veces había rogado en sus oraciones nocturnas, sino algo más lento, más cruel, más parecido a un castigo eterno diseñado específicamente para quebrar su espíritu que a un final definitivo.
Josefa había llegado a la hacienda de San Miguel del Monte cuando tenía apenas 11 años, comprada en el bullicioso mercado de Veracruz, junto a otros 15 esclavos traídos en barco desde Cuba, todos marcados con hierro candente en el hombro derecho, con las iniciales de la familia Santibáñez. Sus manos, a una hora después de tantos años llevaban las cicatrices profundas de las quemaduras del trapiche, líneas rojas y brillantes que subían desde las muñecas hasta casi los codos como ríos de dolor solidificado. Tenía la
costumbre arraigada de esconderlas bajo las mangas largas de su camisa de manta. Incluso en los días más calurosos de julio, cuando el sudor le empapaba la espalda, como si quisiera borrar la memoria física de aquel día terrible en que su brazo derecho quedó atrapado entre los pesados rodillos de madera del trapiche.
Había gritado tanto aquel día que perdió completamente la voz durante una semana entera, comunicándose solo con gestos desesperados y lágrimas silenciosas. Don Rodrigo, entonces un joven de 25 años recién llegado de Sevilla para tomar las riendas de la cuantiosa herencia de su padre muerto, ordenó que la curaran con urgencia, no por compasión cristiana ni por bondad de corazón, sino porque una esclava muerta representaba una pérdida considerable de inversión, dinero tirado al fuego.
Pero algo extraño e inesperado ocurrió en aquellas largas semanas de recuperación dolorosa. Don Rodrigo comenzó a visitarla con frecuencia en el cuarto de enfermos, un cobertizo pequeño con techo de palma y paredes de adobe ubicado detrás de la casa principal, separado de las barracas de los esclavos.
Al principio decía con voz formal que solo quería asegurarse personalmente de que el tratamiento con las hierbas medicinales y los ungüentos importados funcionara correctamente. Luego, sin explicación aparente, empezó a llevarle pequeños regalos: frutas frescas que venían desde el puerto, pan dulce elaborado por las monjas del convento de la ciudad, un rosario de cuentas negras bendecido personalmente por el cura párroco del pueblo.
Josefa, que desde niña había aprendido a sobrevivir en un mundo hostil, sin esperar absolutamente nada de nadie, recibía aquellos regalos extraños con la mirada baja, sin hablar más de lo necesario, sin preguntar jamás. Sabía por instinto y experiencia que los hombres poderosos como don Rodrigo nunca daban nada sin esperar algo valioso a cambio.
La primera vez que él la tocó con intención, Josefa tenía exactamente 17 años recién cumplidos. No hubo violencia explícita en el sentido tradicional del grito desgarrador o del golpe brutal que deja marcas visibles en la piel. Pero tampoco hubo elección real ni consentimiento libre. Él entró al cobertizo una noche calurosa de agosto, cerró la puerta de madera con el cerrojo oxidado y se quedó allí hasta que el amanecer pintó el cielo de naranja y rosa.
Cuando finalmente salió con paso apresurado ajustándose la camisa arrugada, ella se quedó tendida inmóvil en el petate áspero, mirando fijamente el techo de palma seca, contando las vigas una por una de manera obsesiva, tratando desesperadamente de no sentir nada, de convertirse en piedra, en aire, en nada. Esa noche terrible marcó el comienzo de algo que duraría cinco largos años.
una relación secreta absolutamente prohibida por todas las leyes divinas y humanas, construida completamente sobre el poder absoluto e incuestionable de él y la impotencia total y devastadora de ella. Don Rodrigo estaba legalmente casado con doña Inés de Orozco, una mujer criolla de abolengo impecable venida directamente de Puebla, hija única de un prestigioso oidor de la real audiencia que había servido al virrey durante dos décadas.
Era pálida como la cera derretida de las velas de la iglesia, delgada como un junto mecido por el viento y profundamente devota hasta rayar en el fanatismo religioso. Pasaba las mañanas enteras encerrada en la capilla privada de la hacienda, rezando el rosario completo con las cuentas de Nácar Blanco, que su madre difunta le había regaladoceremoniosamente el día de su boda.
no podía tener hijos propios y esa incapacidad la carcomía por dentro como un cáncer del alma. Tres embarazos consecutivos habían terminado trágicamente en abortos espontáneos antes del cuarto mes y el último casi la mata, dejándola postrada en cama durante seis meses completos. El médico más reputado de Shalapa le había dicho confidencialmente a don Rodrigo en el despacho con la puerta cerrada que doña Inés nunca podría llevar un hijo a término, que su útero estaba permanentemente dañado.
El linaje antiguo y orgulloso de los antibáñes, una de las familias más ricas e influyentes de toda la región de Veracruz, corría el riesgo real de extinguirse para siempre. Y entonces, como una cruel ironía del destino, Josefa quedó embarazada. Fue durante el invierno frío de 1737. Ella intentó desesperadamente ocultarlo todo lo que humanamente pudo, apretándose dolorosamente el vientre creciente con fajas gruesas de tela áspera, trabajando incluso más duro que antes en los campos y la cocina, para que absolutamente nadie pudiera
sospechar nada. Pero a los 5co meses inevitables, la barriga redonda ya no podía esconderse bajo ninguna ropa. Fue Petrona, la cocinera principal, una mujer indígena, vieja y sabia que había visto todo en sus 60 años de vida, quien la descubrió vomitando violentamente detrás de la cocina una mañana temprano y supo de inmediato la verdad.
No dijo absolutamente nada en voz alta, pero sus ojos oscuros y cansados lo decían todo sin necesidad de palabras. Esto no terminará bien para ti, hija. Don Rodrigo, al enterarse por boca de su capaz de confianza, no mostró ni alegría paternal ni sorpresa genuina. Su rostro moreno se endureció como el barro reseco bajo el sol inclemente del verano.
Esa misma noche, después de la cena formal, la mandó llamar urgentemente al despacho principal de la casa, un lugar sagrado y temido al que los esclavos solo entraban para recibir castigos ejemplares o noticias terribles. Josefa subió lentamente las escaleras anchas de piedra labrada con las piernas temblando incontrolablemente, oyendo el crujir inquietante de sus propios pasos descalzos sobre el piso de madera encerada.
Dentro del despacho iluminado por velas, don Rodrigo estaba sentado con autoridad detrás de un escritorio macizo de caos oscura, importada, con una vela grande encendida que proyectaba sombras largas. y deformadas sobre su rostro serio. “Ese niño es mío”, dijo él de manera atajante, sin siquiera dignarse a mirarla a los ojos.
“De mi sangre y mi apellido.” “Sí, señor”, respondió ella con la voz apenas audible, más suspiro que palabra. “Asolutamente nadie puede saberlo jamás, ni doña Inés, ni el cura párroco, ni ningún alma viviente en esta hacienda o en toda la región. Lo entiendes perfectamente. Sí, Señor. Cuando ese niño nazca, se lo llevarán inmediatamente.
Tú no lo verás más allá de un instante. No lo tocarás con tus manos sucias. No hablarás de él nunca en tu vida. Si desobedeces, si dices una sola palabra a cualquier persona, te vendo al sur, a las minas mortales de Tasco, donde las mujeres esclavas duran menos de 2 años antes de morir de agotamiento o enfermedad, ¿entiendes perfectamente lo que te digo.
Sí, Señor. Josefa salió de allí caminando como sonámbula, con las manos apretadas instintivamente contra el vientre hinchado, como si pudiera proteger milagrosamente a la criatura que llevaba dentro, solo con la fuerza desesperada de su abrazo maternal. Esa noche interminable lloró en completo silencio con la cara hundida en el petate áspero, mordiéndose los nudillos ensangrentados para no hacer ningún ruido que pudiera alertar a los demás esclavos que dormían cerca.
El parto terrible llegó finalmente en mayo, en plena temporada de lluvias torrenciales. Josefa había sido trasladada a un cuarto apartado y secreto, lejos de los barracones ruidos donde dormían asinados los demás esclavos de la plantación. Solo Petrona, que conocía el secreto, y una partera experimentada del pueblo cercano, estuvieron presentes como testigos.
Don Rodrigo esperaba afuera bajo el alero del techo, paseándose nerviosamente de un lado a otro como animal enjaulado, fumando tabaco negro y mirando obsesivamente la tormenta violenta que se desataba sobre los cañaverales inundados. Cuando el niño nació después de horas de dolor indescriptible, fue un varón fuerte y saludable, de piel sorprendentemente clara, con los ojos aún cerrados.
Pero ya con el cabello rubio y fino característico de su padre español, Josef alcanzó a verlo solo un instante fugaz, pero eterno. La partera india lo levantó con manos expertas, lo limpió rápidamente con un trapo húmedo y tibio y se lo mostró brevemente antes de envolverlo con cuidado en una manta blanca de lana suave.
Josefa extendió los brazos temblorosos hacia él con desesperación, pero Petrona la sujetó firmemente por los hombros, susurrándolecon voz quebrada al oído, “No, hijita querida, no lo hagas más difícil para ti misma.” El niño fue llevado afuera inmediatamente, donde don Rodrigo lo esperaba ansioso bajo la lluvia. Lo tomó en sus brazos con cuidado inusual.
lo miró fijamente durante un largo momento, como memorizando cada detalle de su carita, y luego se lo entregó ceremoniosamente a un hombre que esperaba en silencio en un carruaje negro, un fraile robusto de la orden religiosa de los franciscanos, enviado discretamente desde el convento principal de Shalapa.
El niño sería criado en secreto en el convento bajo el cuidado estricto de las monjas educadoras, con el nombre inventado de Francisco de Santibáñez, supuestamente hijo legítimo de una familia noble venida a menos, entregado por una tía viuda empobrecida, que no podía mantenerlo económicamente. Nadie cuestionaría jamás la historia oficial.
Los conventos coloniales estaban repletos de niños abandonados, bastardos indeseados, huérfanos de epidemias y guerras. Uno más no haría ninguna diferencia estadística. Josefa quedó tendida inmóvil en el cuarto húmedo, sangrando abundantemente sobre las sábanas empapadas, con los brazos vacíos y dolorosamente inútiles, y el pecho hinchado, lleno de leche nutritiva que nadie bebería jamás.
Petrona le puso paños fríos en la frente ardiente, le dio infusiones amargas de hierbas medicinales para detener la hemorragia peligrosa, pero no existía en el mundo medicina alguna para el dolor punzante que Josefa sentía en el centro exacto del pecho, como si le hubieran arrancado el corazón palpitante con las manos desnudas.
Lo que vino después fue infinitamente peor que cualquier castigo físico imaginable. Don Rodrigo, cumpliendo su palabra amenazante, no la vendió inmediatamente, pero tampoco la dejó en paz ni por un momento. La mantuvo en la hacienda, trabajando arduamente en los campos bajo el sol abrasador, en la cocina hirviente, en la casa principal, limpiando y sirviendo, siempre a plena vista, siempre cerca de él.
Era una forma refinada de tortura silenciosa y psicológica. Cada vez que ella pasaba cerca de don Rodrigo durante las tareas cotidianas, sentía físicamente la mirada pesada de él clavada en su espalda como hierros candentes, como un recordatorio constante y cruel de lo que había perdido para siempre. Y cada noche solitaria, cuando finalmente cerraba los ojos agotados, veía con claridad perfecta la cara del niño, aquel instante fugaz, pero imborrable, en que lo había visto antes de que se lo llevaran para siempre.
Pasaron dos años completos. Josefa envejeció con rapidez antinatural. Su cabello, antes negro como la noche y brillante como seda, se llenó completamente de canas prematuras. Sus manos, ya marcadas permanentemente por las quemaduras antiguas del trapiche, se volvieron ásperas como corteza de árbol y agrietadas hasta sangrar.
dejó de hablar casi por completo, convirtiéndose en una sombra silenciosa y fantasmal que se movía por la hacienda sin hacer ningún ruido, sin levantar jamás la mirada del suelo, sin preguntar absolutamente nada a nadie. Si te interesa conocer historias olvidadas como esta, suscríbete al canal y comenta de qué país nos ves para seguir rescatando estos relatos enterrados por el tiempo y la injusticia.
Pero el silencio profundo de Josefa no era resignación pasiva ni aceptación cobarde. Era un silencio denso, lleno de planes secretos y esperanza desesperada. En las noches oscuras, cuando todos dormían profundamente, ella rezaba arrodillada frente a una pequeña cruz rudimentaria de madera que había tallado pacientemente con sus propias manos lastimadas.
Le pedía insistentemente a Dios que le diera una señal clara, una oportunidad única, una forma milagrosa de ver a su hijo, aunque fuera una sola vez antes de morir. Y Dios, o el destino caprichoso o la simple casualidad le respondió finalmente de la forma más inesperada posible.
En el verano sofocante de 1740 llegó a la hacienda un nuevo capellán joven. El anterior, un hombre viejo y casi completamente ciego, había muerto repentinamente de fiebre amarilla durante la última epidemia. El nuevo se llamaba Fray Antonio de la Cruz, un franciscano relativamente joven, de apenas 30 años, de ojos oscuros, penetrantes y mirada inteligente, que había sido enviado discretamente desde el convento principal de Shalapa.
Josefa lo vio por primera vez durante la misa dominical obligatoria cuando él subió con solemnidad al púlpito tallado y comenzó a hablar con una voz sorprendentemente clara y firme sobre el pecado mortal, la redención cristiana y la justicia divina que eventualmente llegaba para todos. Algo indefible en su forma particular de hablar, en el ritmo cadencioso de sus palabras cuidadosamente elegidas, le recordó poderosamente a alguien que no podía identificar.
Cuando terminó la misa larga, Josefa se acercó tímidamente a Petrona y le preguntó con voz quebradapor el desuso, ¿de dónde viene exactamente ese fraile nuevo? Del convento grande de Shalapa. Mi hijita, ¿por qué preguntas? Nada importante, solo curiosidad. Pero Josefa sabía profundamente que no era simple curiosidad sin importancia.
Esa noche interminable no pudo dormir absolutamente nada. se quedó completamente despierta, mirando fijamente el techo de palma, sintiendo con cada fibra de su ser que algo importante estaba a punto de cambiar definitivamente. Fray Antonio resultó ser un hombre completamente diferente a todos los curas y frailes que Josefa había conocido durante su vida miserable.
no se quedaba cómodamente encerrado en la capilla, contando monedas de limosna o escribiendo cartas burocráticas a la diócesis. Salía regularmente a los campos embarrados, hablaba respetuosamente con los esclavos, los indígenas jornaleros, los trabajadores libres contratados. Preguntaba genuinamente por sus nombres completos, sus familias lejanas, sus dolores cotidianos.
Y cuando confesaba semanalmente, no solo escuchaba mecánicamente los pecados beniales, sino también las injusticias terribles y los sufrimientos ocultos. Era un hombre que parecía buscar algo más profundo allá de las oraciones vacías y las misas obligatorias. Un día de otoño, Josefa finalmente se atrevió a acercarse a él. Fue después de la misa matutina, cuando Fray Antonio estaba guardando cuidadosamente los ornamentos sagrados en la sacristía pequeña.
Ella entró con pasos inaudibles, con la cabeza completamente baja, las manos entrelazadas fuertemente frente al pecho y dijo con voz temblorosa, “Padre, quisiera confesarme si es posible.” Fray Antonio la miró directamente con aquellos ojos oscuros que parecían ver más allá de la piel y los huesos y asintió gravemente.
“Ven, hija mía, siéntate aquí.” Josefa se arrodilló lentamente frente al reclinatorio improvisado, separados únicamente por una cortina gastada de tela basta. Y entonces, por primera vez, en dos años eternos, habló libremente. Le contó absolutamente todo, sin omitir ningún detalle. El embarazo forzado, el parto doloroso, el niño arrancado cruelmente de sus brazos, la promesa amenazante de don Rodrigo, el silencio impuesto bajo pena de muerte, el dolor insoportable que la carcomía cada noche.
Habló sin parar durante casi una hora, como si las palabras hubieran estado atrapadas dentro de ella todo ese tiempo horrible, esperando desesperadamente el momento preciso de salir. Cuando finalmente terminó agotada, Fray Antonio guardó silencio por un momento que pareció eterno. Josefa podía oírlo respirar pausadamente del otro lado de la cortina, un sonido lento y controlado.
Finalmente, él habló con voz grave. ¿Sabes exactamente dónde está tu hijo ahora? En el convento grande de Shalapa. Padre, lo sé porque vi claramente al fraile que vino a buscarlo aquella noche terrible. Llevaba el hábito característico de los franciscanos. Y don Rodrigo sabe que tú sabes eso. No lo creo, padre. Nunca he hablado de esto con ningún alma viviente, excepto contigo ahora. Otro silencio denso.
Luego, Fray Antonio dijo algo que Josefa nunca esperó oír en toda su vida. Yo conozco personalmente a ese niño. Se llama Francisco. Tiene exactamente tu nariz, Josefa, y tus mismas manos. Josefa sintió que todo el mundo se detenía completamente. Su corazón latió tan fuerte y rápido que pensó seriamente que se le saldría del pecho.
Del otro lado de la cortina, Fray Antonio continuó con voz emocionada. Yo era uno de los frailes directamente encargados de su cuidado diario en el convento. Siempre me pregunté seriamente de dónde venía realmente, porque su historia oficial no tenía ningún sentido lógico. Ninguna familia noble entregaría voluntariamente a un niño tan sano y fuerte al convento sin razón convincente.
Ahora, finalmente entiendo todo. ¿Cómo está él? preguntó Josefa con la voz completamente ahogada por las lágrimas. Está bien. Es un niño inteligente, obediente, extraordinariamente curioso, pero está profundamente solo. Siempre ha estado completamente solo. Josefa se cubrió instintivamente la cara con las manos y lloró amargamente.
Lloró como no había llorado en dos años completos, con solozos profundos que le sacudían violentamente todo el cuerpo. Fray Antonio no la interrumpió. esperó pacientemente en silencio, dejando que todo el dolor acumulado saliera libremente. Cuando Josefa finalmente se calmó, Fray Antonio dijo con determinación, “No puedo prometerte absolutamente nada, pero voy a buscar alguna forma de que lo veas, aunque sea una sola vez, aunque sea de lejos.
” Gracias, Padre, muchas gracias. Pero aquella confesión, aparentemente inocente tuvo consecuencias graves que ninguno de los dos anticipó. Doña Inés, siempre obsesivamente atenta a todos los movimientos de la hacienda, había notado con suspicacia que Josefa pasaba más tiempo del normal cerca de la capilla. Un día después de la misa, le preguntódirectamente a Fray Antonio con aquella voz suave pero cargada de veneno.
Padre, esa esclava, la mulata viene muy seguido a confesarse solo lo estrictamente necesario, señora, como todos los fieles cristianos. Es extraño. Nunca la había visto tan devota. Me pregunto qué pecados terribles tendrá que confesar. Fray Antonio no respondió nada, pero sintió un escalofrío helado recorrerle completamente la espalda.
Sabía perfectamente que doña Inés no era ninguna tonta y sabía que en una hacienda como aquella, los secretos nunca permanecían enterrados por mucho tiempo. Pasaron exactamente dos semanas tensas. Fray Antonio cumplió su promesa solemnemente. Le dijo a don Rodrigo que necesitaba urgentemente llevar a algunos trabajadores al convento de Shalapa para ayudar con las reparaciones del techo dañado por las lluvias.
Don Rodrigo, que confiaba relativamente en el cura, no hizo preguntas incómodas. Entre los trabajadores cuidadosamente elegidos estaba Josefa, disfrazada con ropa de hombre. El cabello recogido completamente bajo un sombrero grande de paja. El viaje lento duró dos días completos. Josefa no durmió absolutamente nada.
se quedó completamente despierta toda la noche, mirando las estrellas brillantes, pensando obsesivamente en lo que diría si realmente podía hablar con su hijo, le diría la verdad completa, le diría que era su verdadera madre, o simplemente lo miraría de lejos guardando su rostro en la memoria para siempre.
Cuando finalmente llegaron al convento antiguo, Fray Antonio la llevó discretamente al patio trasero, donde los niños jugaban libremente después de las lecciones. Y allí estaba Francisco, un niño de exactamente 3 años con el cabello rubio brillando hermosamente bajo el sol de mediodía, corriendo alegremente detrás de una pelota de trapo, riendo con una risa clara y pura que partió el corazón de Josefa en dos pedazos.
Es él”, susurró Fray Antonio. Josefa no pudo hablar, solo pudo mirar fijamente con las lágrimas cayendo silenciosamente por sus mejillas. Francisco corrió cerca de donde estaban escondidos y, por un instante mágico, sus ojos se encontraron directamente. El niño se detuvo sorprendido, la miró con curiosidad infantil y luego sonrió.
Fue una sonrisa breve. completamente inocente, pero suficiente para que Josefa supiera que valía la pena haber vivido solo para ver ese momento preciso. Pero la felicidad fue brutalmente corta. Cuando regresaron a la hacienda, don Rodrigo los estaba esperando furiosamente en el patio principal.
Su rostro estaba rojo de ira, las venas del cuello hinchadas, los puños apretados. Doña Inés estaba a su lado con una expresión triunfante en los labios. ¿Dónde estaban? Rugió don Rodrigo. En el convento, señor, respondió Fray Antonio con calma. Llevamos trabajadores para las reparaciones. Mentira! Gritó doña Inés. Esta esclava no es trabajadora.
Es una que parió un bastardo y ahora quiere reclamarlo. El silencio que siguió fue pesado como el plomo. Josefa sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Fray Antonio dio un paso adelante, pero don Rodrigo lo detuvo con una mirada. Tú, Fraile, vuelve a la capilla. Esto no es asunto tuyo, señor. Yo vuelve a la capilla.
Fray Antonio miró a Josefa con impotencia y luego se alejó. Josefa quedó sola frente a don Rodrigo y doña Inés. Don Rodrigo se acercó a ella tan cerca que Josefa podía sentir su aliento caliente en la cara. “Te advertí”, dijo él con la voz baja y peligrosa. “te advertí que si hablabas te vendería. Yo no hablé, Señor, solo quería verlo.
No me importa. Desobedeciste y ahora pagarás. Esa noche Josefa fue encerrada en el sótano de la casa principal, un lugar húmedo y oscuro donde guardaban las herramientas viejas y los sacos de grano podrido. No le dieron comida ni agua, solo oscuridad y silencio. Allí pasó tres días perdiendo la noción del tiempo, escuchando el goteo del agua filtrándose por las paredes de piedra.
Al tercer día la puerta se abrió. No era don Rodrigo quien entraba, sino doña Inés. Llevaba una vela en la mano y su rostro, usualmente pálido, estaba tenso de odio contenido. “Tú”, dijo ella con voz temblorosa, “tú me robaste lo único que yo quería, un hijo. Mi esposo me dice que no puedo darle herederos, pero tú sí.
Tú una esclava, una negra, una nada. ¿Cómo es posible?” Josefa no respondió, solo la miró con los ojos hundidos por el hambre y la sed. Doña Inés se arrodilló frente a ella, acercando la vela a su rostro. Quiero que sufras, dijo ella, quiero que cada día de tu vida sea un infierno. Y quiero que sepas que tu hijo nunca sabrá quién eres, nunca, porque yo voy a asegurarme de eso. Y cumplió su promesa.
Al día siguiente, Josefa fue vendida, pero no a las minas de Taxo, como había amenazado don Rodrigo. Doña Inés, en su crueldad calculada, la vendió a un convento de monjas clarizas en Oaxaca, un lugar famoso por su disciplina brutaly su régimen de silencio perpetuo. Allí, Josefa sería una sirvienta para el resto de su vida, sin derecho a hablar, sin derecho a salir, sin derecho a nada, excepto el trabajo y la oración.
Pero antes de enviarla, doña Inés hizo algo más. Le dio una carta a Josefa sellada con cera roja y le dijo, “Esto es para la madre superiora del convento de Shalapa. Se lo entregarás antes de irte a Oaxaca.” Josefa tomó la carta con manos temblorosas. Sabía que no podía leerla. Nunca había aprendido a leer, pero sabía que contenía algo terrible.
El viaje a Shalapa fue corto. Escoltada por dos guardias, Josefa llegó al convento al atardecer. Le entregó la carta a la madre superiora, una mujer anciana de ojos grises y manos nudosas. La monja leyó la carta en silencio, su expresión pasando de la neutralidad al horror. Cuando terminó, miró a Josefa con algo parecido a la lástima.
Que Dios te perdone”, dijo la monja y luego le ordenó a Josefa que esperara afuera. Josefa no supo qué decía la carta, pero sospechó lo peor y tenía razón. La carta escrita por doña Inés con su letra perfecta y educada acusaba a Josefa de haber intentado seducir a Fray Antonio, de haber difundido rumores sobre el origen del niño Francisco y de ser una amenaza moral para el convento.
La carta pedía que el niño fuera trasladado a otro lugar, lejos de cualquier influencia de su verdadera madre. Dos semanas después, Francisco fue enviado a un convento en la Ciudad de México, a cientos de kilómetros de distancia. Nunca supo por qué lo trasladaron. Solo le dijeron que era por su bien.
Y Josefa fue enviada a Oaxaca, donde el resto de su historia sería escrito en silencio y dolor. El convento de Santa Clara en Oaxaca era un lugar de penitencia, no de redención. Las monjas que lo administraban eran conocidas por su rigor extremo. Las siervas, todas mujeres compradas o donadas, vivían en celdas sin ventanas. Trabajaban desde el amanecer hasta la medianoche y solo podían hablar durante la confesión semanal.
Las que desobedecían eran azotadas en el patio central frente a todas las demás. Como advertencia, Josefa llegó allí en el otoño de 1740. Le raparon la cabeza, le quitaron su ropa y le dieron un hábito áspero de lana gris. Le asignaron las tareas más duras, lavar las sábanas en el río helado, limpiar los pisos de piedra de la iglesia con las manos desnudas, cocinar para 100 monjas sin probar la comida.
Pero lo peor no era el trabajo físico, lo peor era el silencio. Josefa podía pasar semanas sin oír su propia voz y en ese silencio los recuerdos la consumían. Cada noche, antes de dormir, cerraba los ojos y veía a Francisco corriendo en el patio del convento, sonriendo, feliz, ajeno a su sufrimiento, y se preguntaba si él alguna vez pensaría en ella, si alguna vez sentiría el vacío que ella sentía cada día. Pasaron 5 años.
Josefa envejeció hasta parecer una mujer de 60, aunque apenas tenía 30. Su cuerpo, destrozado por el trabajo y la desnutrición se movía con lentitud. Sus manos, antes fuertes, temblaban constantemente. Su cabello, que nunca volvió a crecer del todo, era una pelusa gris y rala, pero había algo en ella que no había muerto, la esperanza.
Cada noche rezaba frente a la cruz de madera que había logrado esconder bajo su colchón, pidiéndole a Dios que protegiera a Francisco, que le diera una vida mejor que la suya, que nunca supiera la verdad sobre su origen, porque esa verdad solo le traería dolor. En 1745 llegó al convento una nueva monja. Se llamaba Sor Magdalena y era diferente a las demás.
Había sido enviada desde la ciudad de México después de que su familia cayera en desgracia. Era joven, apenas 20 años, pero ya tenía una mirada cansada, como si hubiera vivido demasiado en muy poco tiempo. S. Magdalena era amable con las siervas, algo raro en ese lugar. Les hablaba, les preguntaba por sus vidas, les daba pequeños favores cuando podía.
Un día, mientras Josefa lavaba sábanas en el río, Sor Magdalena se le acercó y le dijo, “¿Cómo te llamas?” Josefa la miró con desconfianza. No estaba acostumbrada a que las monjas le hablaran. Josefa, hermana. Josefa, qué bonito nombre. ¿De dónde vienes? De Shalapa, hermana, de la hacienda de San Miguel del Monte.
Sor Magdalena frunció el seño. Conozco esa hacienda. Mi familia tenía negocios con don Rodrigo de Santibáñez. Al oír ese nombre, Josefa sintió que se le helaba la sangre. Dejó caer la sábana que estaba lavando y se quedó inmóvil. ¿Estás bien?, preguntó Sor Magdalena. Sí, hermana, perdón. Pero Sor Magdalena no se dejó engañar.
Esa noche, después de las vísperas, fue a buscar a Josefa a su celda. Entró sin hacer ruido, cerró la puerta y se sentó junto a ella. “Quiero que me cuentes la verdad”, dijo Sor Magdalena. “¿Qué te hizo don Rodrigo?” Y Josefa, después de 5 años de silencio, habló por segunda vez. Le contó todo a Sor Magdalena.
El embarazo, el niño, laseparación, la venta, la carta de doña Inés, el traslado de Francisco. Habló con la voz rota por el llanto y Sor Magdalena escuchó sin interrumpir. Cuando Josefa terminó, sor Magdalena tomó sus manos entre las suyas y dijo, “Yo también tengo un hijo. Me obligaron a entregarlo cuando tenía 15 años. Sé lo que sientes. Aquella confesión creó un vínculo entre las dos mujeres.
A partir de ese día, Sor Magdalena se convirtió en la protectora de Josefa. Le daba comida extra, le asignaba tareas más ligeras, le permitía descansar cuando las demás siervas trabajaban. Pero lo más importante, le prometió que buscaría información sobre Francisco y lo hizo. A través de cartas secretas con monjas de otros conventos, Sor Magdalena averiguó que Francisco, ahora de 8 años, estaba en el colegio de San Juan de Letrán, en la Ciudad de México, siendo educado como hijo de familia noble.
Era un niño brillante, decían las cartas, con talento para las letras y la música. Estaba destinado a entrar al seminario cuando cumpliera 15 años. Cuando Sor Magdalena le contó esto a Josefa, ella lloró de alivio. “Está bien”, susurró. “Está bien, pero la felicidad fue breve. En el invierno de 1746, la madre superiora del convento descubrió las cartas de Sor Magdalena.
Fue una monja vieja y envidiosa, quien las encontró escondidas bajo el colchón de la celda de Sor Magdalena y las entregó a la superiora. La madre superiora, enfurecida, convocó a un tribunal interno. S. Magdalena fue acusada de desobediencia, de contacto inapropiado con siervas y de difundir información prohibida.
El castigo fue severo. Sería trasladada a un convento en Guatemala, un lugar aún más remoto y brutal. Y Josefa sería encerrada en una celda de penitencia, sin luz, sin contacto humano, con solo pan y agua durante un mes. La noche antes de su traslado, sor Magdalena logró escabullirse hasta la celda de penitencia, donde estaba Josefa.
Entró a través de una ventana pequeña con la ayuda de una cuerda. Josefa estaba acostada en el suelo de piedra, débil y hambrienta. “Vine a despedirme”, dijo sor Magdalena, arrodillándose junto a ella. “Gracias por todo, hermana. Escucha, Josefa, hay algo más que necesitas saber.” Francisco, él sabe.
Encontró una carta que su padre adoptivo guardaba. Una carta en la que mencionaban a una esclava de Shalapa. No sabe que eres tú, pero está buscando. Josefa abrió los ojos con sorpresa. Está buscando. Sí, y algún día te encontrará, estoy segura. Sor Magdalena la abrazó y luego se fue. Josefa nunca volvió a verla.
El mes de penitencia se convirtió en dos y luego en tres. Josefa salió de la celda más muerta que viva. Su cuerpo era un esqueleto cubierto de piel. Sus ojos estaban hundidos, su voz había desaparecido por completo. Las monjas la pusieron a trabajar de nuevo, pero era evidente que no duraría mucho. En la primavera de 1747, Josefa enfermó de fiebre.
No era grave al principio, pero sin tratamiento adecuado empeoró rápidamente. Las monjas la llevaron a la enfermería, un cuarto frío y húmedo donde ponían a las siervas moribundas a esperar la muerte. Allí Josefa pasó sus últimos días. Deliraba, hablaba sola, llamaba a Francisco en voz baja.
Una noche, en medio de la fiebre, tuvo una visión. vio a Francisco, ya adulto, vestido con el hábito de sacerdote, celebrando misa en una iglesia pequeña. Y en la primera fila había una mujer vieja de piel oscura, con las manos quemadas mirándolo con amor. Era ella. Josefa murió al amanecer del 10 de abril de 1747. Tenía 32 años.
Su cuerpo fue enterrado en una fosa común detrás del convento, sin lápida, sin nombre, sin ceremonia, solo otra esclava muerta. Pero la historia no terminó allí. 20 años después, en 1767, un sacerdote llamado Francisco de Santibáñez llegó a Oaxaca. Tenía 30 años. Era alto, de cabello rubio y ojos azules y llevaba consigo una carta que había encontrado años atrás.
La carta escrita por doña Inés de Orozco antes de su muerte confesaba la verdad sobre su origen, que era hijo de una esclava llamada Josefa, vendida al convento de Santa Clara. Francisco fue directamente al convento. Pidió hablar con la madre superiora, pero ella estaba muerta. Habló con las monjas más viejas.
Preguntó por Josefa, pero nadie recordaba su nombre. Finalmente, una monja anciana casi ciega le dijo, “Hubo una esclava con ese nombre. Murió hace muchos años. Está enterrada afuera en la fosa común. Francisco salió al cementerio. No había tumbas individuales, solo una cruz grande en el centro de un campo valdío. Se arrodilló allí sobre la tierra seca y lloró.
Lloró por la madre que nunca conoció, por la vida que ella nunca tuvo, por el amor que fue arrancado antes de nacer y juró que nunca olvidaría su nombre. Años después, Francisco construyó una pequeña capilla en el lugar donde había estado el campo de la fosa común. La dedicó a Nuestra Señora de los Desamparados y en lapuerta mandó grabar una placa con las palabras.
En memoria de Josefa, madre olvidada. Esclava silenciada, amor eterno. La capilla todavía existe, aunque pocos conocen su historia. Y en las noches, dicen algunos, se puede oír el llanto de una mujer que busca a su hijo en la oscuridad.
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