El barco era tan pequeño que en otra guerra nadie habría apostado ni un minuto de atención por él, porque en el

mar las reglas parecen simples y crueles. Los grandes aplastan a los

pequeños, el acero pesado impone su voluntad y una nave ligera con pocas

armas y sin blindaje real debería desaparecer en cuanto una escuadra enemiga la mire de frente. Sin embargo,

aquella noche en el ejeo, un diminuto torpedero italiano demostró algo que suena imposible, incluso cuando está

documentado, que un barco pequeño, si se mueve como un lobo en la oscuridad, puede negarse a hundirse cuando todo el

mundo ya lo da por muerto. El capitán Francesco Minelli observaba el horizonte

como si estuviera mirando una trampa cerrándose lentamente. no tenía delante un enemigo cualquiera, sino tres

cruceros británicos y cuatro destructores. Tiene una fuerza tan superior que el simple cálculo de

tonelaje era humillante, porque el más pequeño de esos barcos pesaba varias veces más que el suyo. Y detrás de él,

como un rebaño torpe e indefenso, avanzaban 21 barcos de pesca cargados

con miles de soldados alemanes. una flotilla improvisada que se arrastraba hacia Creta a una velocidad

desesperantemente lenta intentando llegar antes del amanecer. El problema

era evidente. En cuanto los británicos encendieran sus reflectores [música] y abrieran fuego, aquellos barcos de

pesca no sobrevivirían ni a la primera salva. No eran transportes militares, no

tenían armamento serio, no tenían radios, no [música] tenían forma de coordinar una huida ordenada, eran

hombres sobre madera, cruzando un mar patrullado por la marina más poderosa del Mediterráneo.

Y el único escudo entre ellos y la aniquilación era Lupo, lobo en italiano,

un torpedero de apenas 1000 toneladas armado con tres cañones de 100 mm y

cuatro tubos lanzatorpedos. Era un barco diseñado para actuar junto a fuerzas mayores, para escoltar, para

hostigar, para correr, no para enfrentarse solo a una escuadra completa. Pelear de frente, en teoría,

era impensable. Pero la teoría no sirve cuando la noche se llena de siluetas enemigas. La situación venía gestándose

desde días antes. Alemania había invadido Grecia y Creta era el siguiente

objetivo, una pieza estratégica en el Mediterráneo. Los paracaidistas alemanes

ya estaban cayendo sobre la isla, pero necesitaban refuerzos urgentes. Y como

no había tiempo ni medios suficientes, la solución fue tan arriesgada como improvisada. enviar tropas de montaña en

pequeños barcos locales escoltados por unidades italianas que apenas podían considerarse una fuerza naval seria en

aquella zona. El alto mando italiano, Supermarina tenía recursos limitados en

el ejeo, apenas algunos torpederos, dragaminas y submarinos, pero aún así se

le asignó la tarea de escoltar aquella travesía imposible. El convoy era un conjunto desordenado de caíques y

veleros que avanzaban como podían. sin instrumentos de navegación, sin

comunicación, dependiendo de señales a gritos y banderas en la oscuridad.

Mimbeli pasó horas reuniendo rezagados, organizando aquel caos flotante como un

pastor desesperado, intentando mantenerlos juntos mientras las órdenes desde Atenas cambiaban cada poco tiempo.

Primero le decían que se detuviera y es luego que retrocediera, luego que avanzara de nuevo, porque los informes

sobre la posición británica eran confusos. La guerra, incluso antes del

combate, ya era un laberinto. Lo que Mimbeli no sabía era que el almirante

Andrew Conningham, comandante británico en el Mediterráneo, estaba decidido a impedir cualquier desembarco por mar en

Creta. La Royal Navy aún dominaba la superficie y había enviado fuerzas poderosas para interceptar cualquier

intento de refuerzo del eje. Una de esas fuerzas, conocida como Force D,

patrullaba al norte de Creta bajo el mando del contraalmirante Irbine Glenny. Era un grupo enorme comparado con

cualquier cosa que Italia pudiera oponer en la zona. Tres cruceros ligeros, Ajax,

Orion y Dido, acompañados por cuatro destructores. Y lo más importante,

llevaban radar, lo que significaba que podían encontrar objetivos en la noche como si la oscuridad no existiera. Lupo

no tenía radar, solo tenía ojos humanos, intuición y torpedos. Poco antes de la

medianoche, los vigías italianos vieron sombras que no pertenecían al convoy. La oscuridad se tensó. A las 11:33, un

grito atravesó la cubierta. Un destructor británico estaba a corta distancia girando para abrir fuego. En

ese instante, Mimbeli tuvo que elegir entre dos opciones igual de terribles. Si intentaba huir, sería alcanzado,

porque un torpedero no puede escapar de destructores modernos. Si se quedaba protegiendo el convoy sin atacar, los

barcos de pesca serían masacrados en minutos. La única posibilidad, la única

era hacer algo que parecía suicida, atacar sin vacilar. Lo ordenó máxima

velocidad y giró lupo hacia el enemigo como si estuviera lanzando un cuchillo contra un gigante. Señaló a los

transportes que se dispersaran y dieran media vuelta, intentando escapar hacia

Grecia. Y mientras el rebaño se desordenaba en pánico, el lobo se lanzó directo hacia la boca del monstruo. A

las 11:34, a quemarropa, Lupo disparó dos torpedos desde sus tubos de popa

contra el destructoros. Los británicos no esperaban una agresión así. Por un segundo, el ataque los

desconcertó. Janus maniobró con rapidez y los torpedos pasaron de largo, perdiéndose en la oscuridad. Pero

entonces apareció una silueta mucho mayor. Un crucero emergía más allá,

enorme, cargado de cañones capaces de pulverizar al torpedero en segundos.

Minbelli sabía que le quedaban solo dos torpedos en los tubos delanteros. Dos oportunidades finales. Calculó

velocidad y rumbo en la oscuridad sin radar, solo con experiencia y coraje, y ordenó disparar. Los torpedos se

deslizaron hacia el crucero, probablemente el Dido, el buque insignia británico. Pasaron cerca, demasiado

cerca, pero el crucero iba más rápido de lo que Mimbeli estimó y los proyectiles

corrieron justo por detrás. Entonces el mar estalló. Los británicos abrieron

fuego con una violencia aplastante, trazadoras, bengalas, salvas que

iluminaban la noche como un amanecer artificial. El pequeño lupo era el centro de un huracán de acero. Minbly

desplegó una cortina de humo para cubrir la retirada del convoy, envolviendo todo en una confusión densa donde distinguir