Las Hermanas Degeneradas de Huayapam — Mantuvieron a su Madre Encadenada en el Pozo (1887)


Las hermanas degeneradas de Guayapam mantuvieron a su madre encadenada en el pozo. 1887. En el año de nuestro Señor de 1887, el pequeño y polvoriento pueblo de Guayapam, en el corazón de Oaxaca, México, era un remanso de paz aparente, un lugar donde el tiempo parecía discurrir con la lentitud de las nubes que se arrastraban perezosamente sobre las cimas de las montañas de la sierra norte.
Sus casas de adobe, con techos de teja roja y paredes blanqueadas con cal, se aferraban a la tierra rojiza como si hubieran brotado de ella, ofreciendo un mosaico de tonos terrosos bajo el sol inclemente. La vida transcurría marcada por el ritmo ancestral de las campanas de la Iglesia de San Andrés Apóstol, que anunciaban el alba y el crepúsculo, las misas y los duelos, y por el murmullo constante del río que serpenteaba cerca, alimentando los campos de maíz y las parcelas de agabe.
días se ilvanaban con la monotonía productiva de las labores agrícolas, el bullicio del mercado dominical, donde los aromas a chiles secos, frutas frescas y tortillas recién hechas se mezclaban en un aire pesado y vibrante, y las tertulias vespertinas en los portales, donde los vecinos compartían las noticias del día, los chismes y las preocupaciones.
En Guayapam todos se conocían, o al menos eso creían. Las vidas se entrelazaban en una red de parentesco, amistad y vecindad, donde los secretos eran difíciles de guardar y las ausencias notables. Sin embargo, incluso en un lugar tan íntimo y aparentemente transparente, la oscuridad podía anidar en los rincones más insospechados, oculta tras fachadas de normalidad y silencio.
En la periferia del pueblo, donde los caminos de tierra se desdibujaban en veredas. y la vegetación se volvía más densa y salvaje. Se alzaba una vivienda que, aunque no particularmente imponente, siempre había suscitado una curiosidad silenciosa entre los vecinos. Era una casa de adobe como las demás, pero su patio solía estar más descuidado.
Sus ventanas rara vez se abrían de par en par dejar entrar la luz del sol, y un aura de reclusión parecía envolverla como una mortaja invisible. Era la morada de las hermanas Peralta, Ramona y Benita, dos mujeres que, a pesar de su avanzada edad, ambas rondaban los 60 años y parecían mucho mayores, con la piel curtida por el sol y los años de trabajo, mantenían una distancia casi impenetrable con el resto de la comunidad.
Ramona, la mayor, era una mujer de facciones duras, con una mirada penetrante y unos labios finos que rara vez se curvaban en una sonrisa. Sus cabellos, antes negros como el ébano, ahora estaban salpicados de hebras grises y siempre recogidos en un apretado moño que acuaba la rigidez de su cuello. Benita, por su parte, era más menuda, de movimientos nerviosos y ojos inquietos que parecían espiar desde las sombras.
Su voz era un murmullo constante, casi un susurro, y su figura encorbada le daba un aire de perpetua sumisión o quizás de secreta astucia. Ambas hermanas vestían ropas oscuras y sencillas, casi siempre las mismas, y su presencia en el pueblo era esporádica, limitada a las compras más esenciales en el mercado o a alguna visita fugaz a la iglesia donde se sentaban en los últimos bancos. evitando el contacto visual.
La gente de Guayapam las consideraba excéntricas, urañas, quizás un poco amargadas por la vida. Se decía que nunca se habían casado, que habían dedicado su existencia a cuidar de su madre, doña Elena, una mujer que en su juventud había sido conocida por su belleza y su carácter fuerte, pero que con el paso de los años se había vuelto cada vez más frágil y dependiente.
Doña Elena había sido una figura conocida en el pueblo, una anciana respetada que, a pesar de su temperamento, participaba en las misas y en las reuniones de mujeres. Sin embargo, su presencia había comenzado a desvanecerse gradualmente como una fotografía antigua que se borra con el tiempo.
El principio, su ausencia del mercado, de la misa dominical, de las tertulias vespertinas en el portal de Doña Remedios, la vecina más cercana y una mujer de lengua afilada y corazón de oro, fue un cambio que pasó casi desapercibido. Las hermanas Peralta solían ofrecer explicaciones concisas y en su momento creíbles. La madre estaba indispuesta, decían con un tono de voz que no admitía réplica.
Prefería el calor de su lecho. Argumentaban con un gesto de resignación. Su vejez la había vuelto uraña y no quería ver a nadie. Sentenciaban con una brusquedad que desalentaba cualquier pregunta adicional. Estas excusas repetidas con monótona regularidad fueron aceptadas por la comunidad que atribuía la reclusión de doña Elena a los achaques de la edad y al carácter reservado de sus hijas.
Pero los meses se convirtieron en años y doña Elena no volvió a ser vista. Ni un solo rayo de sol pareció tocar su rostro arrugado, ni una sola palabra suya se escuchó más allá de los muros de su casa. Su figurase convirtió en un fantasma en la memoria colectiva. Una mención ocasional en conversaciones que rápidamente se desviaban hacia temas menos incómodos.
Sin embargo, el tiempo es un desvelador inclemente y la ausencia prolongada de doña Elena comenzó a tejerse en los murmullos de las cocinas y los patios. ¿Por qué las hermanas siempre se negaban a dejar entrar a nadie? ¿Por qué la casa de la Peralta, incluso en los días más caluros parecía exhalar un frío antinatural, un silencio que no era de paz, sino de ausencia? Y lo más inquietante de todo, ¿por qué el aire alrededor de su propiedad en ciertas noches y especialmente en los días de mayor calor parecía llevar un edor
peculiar, pesado y dulzón a la vez, que recordaba a algo que se descomponía lentamente. Doña Remedios, la vecina, fue la primera en sentir que algo andaba terriblemente mal. Su casa, separada de la de la Peralta por un pequeño huerto de nopales y maguelles, le permitía escuchar los sonidos que se filtraban del otro lado del muro de Adobe.
Al principio eran solo impresiones vagas, un silencio demasiado profundo, la ausencia de la voz de doña Elena, que antes, incluso en su vejez, solía quejarse o dar órdenes. Luego comenzaron los ruidos extraños, un arrastrar de cadenas que al principio Doña Remedios atribuyó a algún animal en el patio o a la imaginación, pero el sonido se repitió débil y espaciado, siempre en las horas más profundas de la noche, cuando el pueblo entero dormía bajo el manto estrellado de Oaxaca.
Una tarde, mientras regaba sus macetas de geranios, doña Remedios notó una nube de moscas inusualmente densa revoloteando sobre el techo de la casa de la esperalta y un edor más pronunciado que el habitual que le hizo fruncir el ceño con asco. Intentó ignorarlo, atribuyéndolo a un animal muerto en el campo cercano, pero la inquietud ya se había sembrado en su corazón.
En los días siguientes, el edor se intensificó, volviéndose nauseabundo, inconfundible, y las moscas parecían haber establecido una colonia permanente sobre la vivienda de las hermanas. Los murmullos en el pueblo se volvieron más insistentes, las miradas furtivas, más frecuentes. Nadie se atrevía a preguntar directamente a la esperalta, cuyo semblante se había vuelto aún más pétrireo y sus miradas más esquivas.
Finalmente fue el sacerdote del pueblo, el padre Eusebio, un hombre de edad avanzada y de una paciencia casi infinita, quien sintió la obligación moral de intervenir. Doña Remedios, con el rostro pálido y los ojos llenos de una mezcla de miedo y determinación, le había relatado sus sospechas, los ruidos nocturnos, el edor insoportable, la ausencia prolongada de doña Elena.
El padre Eusebio, aunque reacio a inmiscuirse en los asuntos privados de sus feligreses, no pudo ignorar la gravedad de las acusaciones. La vida de una anciana estaba en juego, o al menos su bienestar. Así, una mañana sofocante de agosto, el padre Eusebio acompañado por el alcalde del pueblo, don Genaro, un hombre corpulento y de pocas palabras, y dos de sus alguaciles se dirigieron a la casa de la esperalta.
Doña Remedios, con un rebozo apretado sobre su cabeza y sus manos temblorosas, lo siguió a cierta distancia, observando desde la relativa seguridad de su propio portal. La tensión era palpable en el aire quieto y polvoriento. El sonido de sus pasos levantaba pequeñas nubes de tierra rojiza que se disipaban lentamente bajo el sol abrasador.
Cuando llegaron a la puerta de Adobe, que se alzaba como una barrera impenetrable, llamaron con firmeza. El silencio que siguió fue denso, opresivo, roto solo por el zumbido de las moscas y el canto lejano de algún pájaro. Después de varios golpes, la puerta se abrió apenas una rendija, revelando el rostro adusto de Ramona.
Sus ojos, pequeños y oscuros, se posaron en el grupo con una expresión de desconfianza y desafío. ¿Qué se les ofrece, padre, alcalde? preguntó Ramona con una voz seca, sin un ápice de bienvenida. El padre Eusebio, con su voz suave, pero firme explicó el motivo de su visita. Hemos venido a ver a doña Elena, hija.
Nos preocupa su salud, su ausencia prolongada del pueblo, los vecinos, los rumores. Antes de que pudiera terminar, Benita apareció detrás de su hermana, su figura encorbada y sus ojos inquietos escudriñando a los visitantes. Nuestra madre está bien, padre. Simplemente no desea ser molestada. Su enfermedad la ha vuelto muy delicada.
Don Genaro, el alcalde dio un paso adelante, su presencia imponente. Con todo respeto, hermanas, pero la ley me obliga a asegurar el bienestar de todos los habitantes de Guayapam. Debemos ver a doña Elena con nuestros propios ojos. Las hermanas intercambiaron una mirada rápida, un entendimiento silencioso y ominoso.
Por un instante, pareció que se negarían rotundamente, que defenderían su reclusión con uñas y dientes, pero la autoridad del alcalde y la presencia del padre Eusebio eran demasiado grandespara desafiar abiertamente. Con un suspiro de derrota que sonó más a resentimiento que a resignación, Ramona abrió la puerta un poco más, permitiendo un estrecho paso.
El interior de la casa era un laberinto de sombras y polvo, un reflejo de las almas que lo habitaban. El aire estaba viciado y pesado, con un olor rancio y una humedad extraña que calaba hasta los huesos. Telarañas gigantes colgaban de las vigas del techo como sudarios grises, y los pocos muebles que se veían estaban cubiertos por una capa gruesa de mugre.
La luz del sol apenas penetraba por las ventanas pequeñas y sucias, creando un ambiente lúgubre y opresivo. Los pasos resonaban huecos sobre el suelo de tierra apisonada y cada crujido de la madera parecía amplificarse en el silencio sofocante. Las hermanas guiaron al grupo a través de un pasillo oscuro, sus movimientos furtivos y sus miradas de reojo.
Edor que doña Remedios había percibido desde su casa era mucho más intenso aquí, una mezcla repulsiva de putrefacción, humedad y algo indescriptiblemente agrio. El padre Eusebio sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y don Genaro frunció el seño, el asco evidente en su rostro. Buscaron en las recámaras, en la pequeña cocina, en el diminuto comedor, pero no encontraron rastro de doña Elena.
Cada rincón estaba vacío, salvo por el desorden y la suciedad. “¿Dónde está su madre?”, preguntó el alcalde, su voz endureciéndose con cada paso en falso. Ramona señaló hacia el patio trasero con un gesto vago. “En el patio le gusta tomar el aire.” El patio trasero era un cuadro de desolación. La maleza crecía sin control, ahogando lo que alguna vez pudo haber sido un pequeño jardín.
Los restos de utensilios de labranza, oxidados y cacharros rotos yacían esparcidos, devorados por la vegetación. Y luego en el centro de ese caos, casi oculto por la profusión de hierbas altas y secas, encontraron el pozo. Era un pozo de piedra antiguo, con un brocal agrietado y un cubo de madera podrida que colgaba de una cuerda desilachada, un pozo que en cualquier otra circunstancia habría pasado desapercibido, pero que ahora irradiaba una presencia ominosa.
Edor era abrumador aquí, casi insoportable, y de las profundidades oscuras del pozo parecía emanar una corriente de aire frío y pestilente. Un zumbido constante de moscas se elevaba del brocal como una macabra melodía. Don Genaro se acercó con cautela, su mano en la boca para contener el vómito.
Las hermanas peraltas se quedaron atrás. sus rostros impasibles, sus ojos fijos en el suelo. El alcalde se inclinó sobre el borde del pozo, su corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La oscuridad en el interior era casi absoluta, pero sus ojos, acostumbrados a la penumbra comenzaron a distinguir formas y luego escuchó un sonido, un sonido débil, casi un gemido, que se elevaba desde las profundidades, acompañado por el metálico y lúgubre tintineo de unas cadenas.
El alcalde, don Genaro, se inclinó sobre el borde del pozo, su corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La oscuridad en el interior era casi absoluta, pero sus ojos, acostumbrados a la penumbra comenzaron a distinguir formas y luego escuchó un sonido, un sonido débil, casi un gemido que se elevaba desde las profundidades acompañado por el metálico y lúgubre tintineo de unas cadenas.
El aire helado que emergía del pozo le erizó los vellos de la nuca. Un escalofrío de puro terror, más frío que el mismo aire, le recorrió la espina dorsal. No era el miedo a lo desconocido, sino el horror de lo que empezaba a comprender. Se apartó bruscamente el rostro lívido y, por un instante, su corpulenta figura pareció tambalearse.
“¡Madre de Dios!”, exclamó con la voz apenas un susurro ahogado por el asco y la incredulidad, señalando hacia el abismo oscuro. El padre Eusebio, pálido hasta los labios, se acercó con cautela. Los alguaciles, con sus rostros curtidos por el sol y acostumbrados a las crudezas de la vida, se quedaron inmóviles, la sangre helada en sus venas.
El zumbido de las moscas se hizo más intenso, un coro macabro que parecía celebrar la abominación. El padre Eusebio se arrodilló, persignándose con mano temblorosa y asomó la cabeza al pozo. Lo que vio en la penumbra le heló el alma. Allí, en el fondo, en lo que parecía ser un lecho de fango y agua estancada, yacía una figura, una figura humana.
esquelética, cubierta de mugre y lo que parecían ser llagas abiertas. Su cabello, antes cano y bien peinado, era ahora una maraña enredada y sucia. Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, se abrieron lentamente, revelando una mirada de terror antiguo y una desesperación tan profunda que el padre sintió que se le desgarraba el corazón.
unas cadenas gruesas oxidadas por la humedad la sujetaban por los tobillos a una argolla incrustada en la pared del pozo. La mujer o lo que quedaba de ella, intentó levantar una mano, pero sus fuerzas la abandonaron y un gemidogutural, apenas audible escapó de sus labios agrietados. Era doña Elena, viva. Un grito ahogado escapó de doña Remedios, que había avanzado unos pasos.
la curiosidad y el terror venciéndola. Al ver la escena, se llevó las manos a la boca, sus ojos desorbitados, incapaz de articular palabra, su mente negándose a aceptar la visión de su antigua amiga en semejante estado. Las hermanas peraltas seguían inmóviles como estatuas de piedra, sus rostros impasibles, sus miradas vacías fijas en el horizonte lejano, como si la escena que se desarrollaba ante ellas no tuviera nada que ver con su realidad.
Por el amor de Dios, está viva”, exclamó el padre Eusebio, su voz quebrada por la emoción, levantándose con brusquedad. “Hay que sacarla de ahí de inmediato. Algo así les traigan cuerdas, una escalera, lo que sea.” Don Genaro, recuperándose del shock inicial, se recompuso. Su rostro adoptó una expresión de furia contenida, sus ojos clavados en Ramona y Benita.
Ustedes”, rugió su voz resonando en el patio silencioso. ¿Qué han hecho? ¿Cómo han podido hacer esto a su propia madre? Ramona, la mayor finalmente movió la cabeza. Sus labios finos apenas se abrieron para emitir una voz seca y áspera, desprovista de emoción. Ella, Ella se puso muy terca, padre, muy difícil. No nos dejaba en paz.
Gritaba, se negaba a comer. Tuvimos que controlarla por su propio bien. Benita, a su lado, asintió con la cabeza, sus ojos inquietos revoloteando de un rostro a otro. Sí, padre. Era para que no se escapara, para que no se hiciera daño. La cuidábamos, le bajábamos la comida, agua, lo necesario. Su voz era un susurro monótono, casi una letanía, como si repitieran una justificación que se habían contado a sí mismas mil veces.
La crudeza de sus palabras, la absoluta falta de remordimiento en sus voces fue tan chocante como la visión de doña Elena en el pozo. El padre Eusebio sintió una náusea profunda, un escalofrío moral que superaba cualquier horror físico. Era la maldad más pura disfrazada de una retorcida lógica filial. Los alguaciles, finalmente saliendo de su estupor, corrieron a buscar ayuda y herramientas.
Uno de ellos fue al pueblo para traer una escalera larga y robusta, mientras el otro se apresuraba a unirse a los vecinos que ya se acercaban, atraídos por el alboroto y los gritos ahogados de doña Remedios. La noticia como un reguero de pólvora comenzó a extenderse por Guayapam, transformando los murmullos en un clamor de indignación y espanto.
Mientras esperaban, el padre Eusebio se acercó de nuevo al pozo intentando hablar con doña Elena, ofrecerle una palabra de consuelo, aunque sabía que en su estado poco podría entender. Doña Elena, estamos aquí, va a estar bien. sacaremos de aquí. La anciana solo respondió con un gemido, sus ojos fijos en un punto distante, su mente quizás ya muy lejos de la realidad.
El edor a putrefacción y humedad era tan intenso que era difícil respirar cerca del brocal. Don Genaro, con el rostro endurecido, ordenó a los alguaciles que regresaron que ataran a las hermanas Peralta. No se muevan de aquí. Están bajo arresto por el delito más abominable que he visto en mis años como alcalde. Ramona y Benita no ofrecieron resistencia.
Sus manos, nudosas y curtidas fueron atadas con una cuerda gruesa y se quedaron de pie una al lado de la otra. La misma expresión vacía en sus rostros como si estuvieran presenciando un evento ajeno a ellas. Minutos después, que parecieron una eternidad, llegó la ayuda. Un grupo de hombres del pueblo, con sus rostros marcados por la consternación y la furia, trajeron una escalera larga y pesada, cuerdas y linternas.
Entre ellos estaban algunos de los vecinos más respetados, como don Emilio el carpintero y Pedro el herrero, con sus rostros contraídos por la ira y el horror. La noticia ya había llegado a sus oídos y la incredulidad se mezclaba con una sed de justicia. Con sumo cuidado, la escalera fue bajada al pozo. El alguacil más joven, un hombre ágil y fuerte, se ofreció voluntario para descender.
Atado con una cuerda de seguridad, comenzó el descenso, iluminando con una linterna el fondo del pozo. La escena que se reveló con la luz fue aún más impactante de lo que habían podido vislumbrar en la oscuridad. Doña Elena estaba sentada en el fango, apoyada contra la pared de piedra. su cuerpo cubierto de excrementos y llagas purulentas.
Sus ropas eran arapos podridos que apenas cubrían su piel y su cabello enmarañado estaba infestado de insectos. Sus huesos se marcaban bajo la piel como si fuera un esqueleto andante. Sus ojos, aunque abiertos, parecían no registrar la presencia del alguacil. La cadena de hierro, gruesa y pesada, estaba firmemente soldada al tobillo de la anciana, dejando una herida profunda y supurante.
El olor era insoportable, una mezcla de descomposición, orina y desesperación. El alguacil con una arcada de náusea se cubrió la boca y la nariz con unpañuelo. Con la voz entrecortada informó a los de arriba: “Está encadenada, don Genaro, y la cadena está soldada al tobillo. Necesitamos herramientas para cortarla.” El horror se profundizó.
No era solo un abandono, era una tortura premeditada. Las miradas de los hombres se dirigieron a las hermanas Peralta, ahora con un odio frío y palpable. Algunos comenzaron a murmurar amenazas, sus puños apretados. Don Emilio el carpintero tuvo que ser sujetado por Pedro el herrero, para que no se abalanzara sobre las mujeres.
Traigan herramientas, un cincel, un martillo, lo que sea. Ordenó don Genaro su voz ronca de indignación. Pedro, el herrero, se apresuró a su taller cercano para buscar sus herramientas más robustas. Mientras esperaban, el alguacil en el pozo intentó limpiar un poco a doña Elena, hablándole suavemente, intentando reanimarla. le ofreció un poco de agua de una cantimplora, pero la anciana apenas pudo tragar su garganta reseca y su cuerpo en un estado de shock profundo.
Su respiración era superficial y errática y su pulso débil. Con la llegada de las herramientas, Pedro el herrero, descendió al pozo. El trabajo fue arduo y doloroso. Cada golpe de martillo en el cincel resonaba en el pozo. Un eco sombrío de la crueldad humana. Doña Elena, a pesar de su estado catatónico, se estremeció con cada impacto, emitiendo pequeños gemidos de dolor.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la cadena se dio con un chasquido metálico y liberador. Con extremo cuidado, doña Elena fue alzada del pozo, envuelto en mantas limpias que doña Remedios había traído. Su cuerpo frágil y demacrado fue subido lentamente mano sobre mano por los hombres del pueblo.
Cuando su rostro pálido y sus ojos hundidos emergieron del brocal, un silencio sepulcral cayó sobre la multitud que se había congregado. Algunos sollozaron, otros se persignaron y muchos simplemente miraron con una mezcla de horror y piedad. Doña Elena fue colocada suavemente en una camilla improvisada. Su piel estaba cubierta de llagas, sus huesos prominentes bajo la piel y un olor fétido aún emanaba de su cuerpo.
El padre Eusebio se arrodilló a su lado, administrándole la extrema unción, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Doña Remedios, con el corazón destrozado, tomó la mano fría y huesuda de su amiga, lamentando en silencio los años de ausencia y el terrible destino que había sufrido. Las hermanas Peralta fueron llevadas por los alguaciles, sus brazos atados a la espalda, sus rostros aún impasibles.
La multitud, hasta entonces contenida por la solemnidad del momento, estalló en un coro de gritos, insultos y amenazas. Asesinas, degeneradas, monstruos. Piedras y trozos de tierra fueron lanzados en su dirección, pero los alguaciles lograron protegerlas y alejarlas de la turba enfurecida, llevándolas a la pequeña cárcel del pueblo.
El médico del pueblo, don Ricardo, un hombre de pocas palabras y mucha experiencia, examinó a doña Elena. Su diagnóstico fue sombrío. La anciana sufría de desnutrición severa, deshidratación, infecciones múltiples en las llagas de su cuerpo y lo más preocupante, un estado de shock traumático que la había sumido en una especie de letargo.
“No sé si sobrevivirá, padre”, dijo don Ricardo con gravedad, limpiándose el sudor de la frente. Su cuerpo está destrozado y su espíritu me temo aún más. La casa de la Esperalta fue sellada, declarada escena de un crimen. La noticia de lo ocurrido en Guayapam se extendió rápidamente más allá de las montañas de la sierra norte, llegando a la capital del estado Oaxaca de Juárez.
La prensa, ábida de historias sensacionalistas, pronto envió a sus corresponsales para cubrir el macabro suceso. La historia de las dos hermanas, que habían mantenido a su propia madre encadenada en un pozo durante años, se convirtió en el tema de conversación de todo el estado, un relato de deprabación y crueldad inaudita que desafiaba la comprensión.
En los días siguientes, el pueblo de Guayapam se vio invadido por la curiosidad y la indignación. Las hermanas Peralta fueron interrogadas, pero sus respuestas eran vagas, evasivas y a menudo contradictorias. Ramona, la más dominante, insistía en que todo era por el bien de su madre para controlarla y evitar que hiciera locuras.
Benita, por su parte, se limitaba a asentir y a repetir las palabras de su hermana con una mirada perdida y un murmullo constante que nadie lograba descifrar. La policía y los jueces locales se encontraron ante un enigma de crueldad y locura, incapaces de comprender la magnitud del desvarío que había llevado a dos hijas a cometer semejante atrocidad contra la mujer que les dio la vida.
El caso de las hermanas degeneradas de Guayapam apenas comenzaba a desentrañarse y sus oscuros secretos prometían perturbar la aparente paz de Oaxaca por mucho tiempo más. El cuerpo de doña Elena, frágil como un pajarillocaído del nido, fue trasladado con la urgencia que requería su estado a la humilde botica del pueblo, convertida por necesidad en una improvisada enfermería.
Don Ricardo, el médico, trabajó sin descanso bajo la luz parpade de una lámpara de aceite, su rostro surcado por el cansancio y una profunda consternación. Lavó las llagas purulentas, desinfectó la herida abierta por la cadena en el tobillo y administró sueros y caldos nutritivos gota a gota, con la esperanza de reanimar el espíritu casi extinguido de la anciana.
La tarea era monumental. El cuerpo de doña Elena era un testimonio viviente de años de abandono y tortura. La desnutrición había consumido su masa muscular hasta dejarla en huesos. Sus ojos hundidos miraban fijamente, sin aparente reconocimiento, y su mente parecía haberse retirado a un lugar inaccesible, lejos del horror que había padecido.
Doña Remedios, con el corazón desgarrado por la culpa y la pena, no se separó de la cabecera de su amiga. limpiaba su frente con paños húmedos, le susurraba palabras de consuelo y rezaba en voz baja, aferrándose a la esperanza de que un milagro pudiera devolverle a la doña Elena, que una vez conoció. El padre Eusebio, por su parte, alternaba sus visitas a la botica con sus deberes en la iglesia, donde los feligreses acudían en masa, no solo para rezar por la anciana, sino para buscar consuelo y respuestas. ante la atrocidad
que había sacudido los cimientos de su fe y su comunidad. ¿Cómo podía la maldad anidar de forma tan profunda en el corazón de dos hijas? La pregunta flotaba en el aire denso de la iglesia, sin encontrar una respuesta satisfactoria. Mientras tanto, en la pequeña y rudimentaria cárcel del pueblo, Ramona y Benita Peralta permanecían recluidas, ajenas al clamor y la indignación que su crimen había desatado.
Su celda, un cuarto oscuro y húmedo, con barrotes de madera y una puerta de hierro, no parecía perturbar su imperturbable calma. Durante los primeros interrogatorios dirigidos por don Genaro y un joven escribano llegado de Oaxaca, las hermanas mantuvieron una actitud sorprendentemente fría y evasiva. Ramona, la mayor, respondía con monosílabos, sus ojos pequeños y penetrantes, fijos en un punto distante, como si la conversación no la implicara directamente.
repetía con la misma voz seca y áspera que su madre era difícil, rebelde, y que la habían encadenado por su propio bien para evitar que se escapara o se hiciera daño. No mostraba un ápice de remordimiento ni una pisca de emoción. Su lógica era retorcida, pero para ella inquebrantable. Benita, la menor, era aún más enigmática.
se limitaba a sentir con la cabeza a las palabras de su hermana, su mirada huidiza y sus movimientos nerviosos. Cuando se le presionaba para que hablara, susurraba frases inconexas, a menudo repitiendo las justificaciones de Ramona como un eco débil y perturbador. Los interrogadores se encontraron ante un muro de indiferencia y una aparente incapacidad para comprender la magnitud de su crimen.
No eran las lágrimas de arrepentimiento lo que esperaban, sino al menos una señal de que comprendían la gravedad de sus actos. Pero no había nada, solo un vacío que helaba la sangre. La noticia del rescate de doña Elena y el arresto de sus hijas se esparció como un incendio por todo Oaxaca. Los periódicos de la capital publicaron titulares sensacionalistas.
El horror de Guayapam. Hijas encadenan a su madre en un pozo. Crueldad inaudita en la sierra norte. La historia se convirtió en el tema principal de conversación en las plazas, los mercados y los salones de la alta sociedad. La gente horrorizada exigía justicia. La presión pública sobre las autoridades locales era inmensa.
En pocos días, un juez de distrito, don Porfirio Gómez, un hombre de leyes de reputación intachable y semblante severo, llegó a Guayapam, acompañado de un fiscal y varios oficiales. La tranquilidad del pueblo se vio alterada por la presencia de forasteros, la constante entrada y salida de reporteros ávidos de detalles y el ir y venir de los curiosos que se acercaban a la casa sellada de la esperalta, como si esperaran encontrar una explicación tangible para el horror.
El proceso judicial se inició formalmente. La casa de la Peralta fue inspeccionada de nuevo, esta vez con mayor rigor. Los oficiales encontraron el interior en un estado de abandono y suciedad indescriptibles, un reflejo del caos que había reinado en la vida de sus habitantes. Cada rincón olía a miseria y olvido.
El pozo, ahora vacío, se erigía como un monumento mudo a la depravación humana. Los alguaciles tomaron fotografías rudimentarias y levantaron un acta detallada de la escena. El juez Gómez, con su voz grave y autoritaria dirigió el proceso con una mezcla de indignación y profesionalismo. Los testimonios se sucedieron. El padre Eusebio relató su intervención.
Don Genaro describió el hallazgo. Doña Remedios entre soyozos. Contó losextraños ruidos y heledor. Y el Dr. Ricardo presentó un informe médico desgarrador sobre el estado de doña Elena. La evidencia era abrumadora. Las circunstancias atroces. Las hermanas Peralta fueron presentadas ante el tribunal improvisado en la escuela del pueblo.
La sala estaba abarrotada de vecinos, sus rostros contraídos por la ira y el asco. Ramona y Benita, con sus ropas oscuras y gastadas, se sentaron en el banquillo de los acusados, sus miradas vacías, como si el drama que se desarrollaba ante ellas fuera una obra de teatro sin relación con sus propias vidas. El fiscal, un joven abogado ambicioso y elocuente, presentó el caso con una pasión que conmovió a los presentes.
Describió la maldad fría y calculada, la tortura prolongada, la absoluta falta de humanidad. Cuando se les dio la oportunidad de hablar, Ramona se irguió ligeramente, su voz monótona llenando el silencio expectante de la sala. Mi madre siempre fue una mujer difícil. Comenzó sin un rastro de emoción.
Desde joven su carácter era fuerte, dominante. Nosotras, sus hijas, siempre estuvimos bajo su yugo. Nos exigía todo. No nos permitía casarnos. Nos quería solo para ella. Con la edad, su temperamento empeoró. Se volvió incontrolable. Gritaba, tiraba cosas. Intentamos cuidarla, padre, lo juro, pero era imposible. Se negaba a comer.
A veces quería escapar. Tuvimos que tomar medidas para asegurarnos de que no se dañara a sí misma o a nosotras. La encadenamos para su propio bien, para protegerla. Le bajábamos comida y agua, no la abandonamos, simplemente la mantuvimos segura. La defensa de Ramona, aunque absurda en su crueldad, revelaba una posible dinámica familiar retorcida, una vida de resentimiento y control mutuo. La sala murmuró.
Algunos vecinos recordaban la fuerte personalidad de doña Elena en su juventud, aunque nadie habría imaginado que eso justificara semejante barbarie. Benita, por su parte, se limitó a asentir. Su mirada perdida susurraba a un sí y así fue que apenas se escuchaba. Parecía más una autómata que una persona con voluntad propia.
El juez Gómez escuchaba con atención su seño fruncido. La falta de remordimiento de las hermanas era tan impactante como el crimen mismo. Se preguntó si estaban locas o si una perversión tan profunda podía nacer de la convivencia y el resentimiento acumulado. Los médicos locales habían sido incapaces de ofrecer un diagnóstico de locura en los términos legales de la época, limitándose a señalar una anomalía de carácter y una frialdad emocional.
Mientras el juicio avanzaba, el estado de doña Elena permanecía crítico. Había logrado sobrevivir a las primeras y más duras horas. un testimonio de su increíble resistencia, pero su recuperación era lenta y dolorosa. Físicamente era un espectro y mentalmente un enigma. No hablaba, no respondía a los estímulos.
Sus ojos seguían fijos en la nada. El Dr. Ricardo había informado al juez que era imposible obtener un testimonio de ella. Su mente, si es que alguna vez regresaba, probablemente estaría demasiado traumatizada para ofrecer una narrativa coherente. Esta incapacidad para testificar era un golpe para la fiscalía, que esperaba una confirmación de la tortura de boca de la propia víctima.
Doña Remedios, a pesar de su dolor, se convirtió en una voz incansable en el pueblo, exigiendo que se hiciera justicia. Recordaba a la doña Elena de años atrás. Una mujer con defectos, sí, pero también con una vitalidad que ahora parecía imposible. Lamentaba no haber insistido más, no haber roto el muro de silencio que las hermanas habían construido alrededor de su hogar.
Su culpa se mezclaba con una furia implacable contra la esperalta. El fiscal, al no poder contar con el testimonio de la víctima, se centró en la abrumadora evidencia física y circunstancial. Los testimonios del padre Eusebio, don Genaro, doña Remedios y don Ricardo pintaban un cuadro innegable de abandono, tortura y crueldad. La cadena oxidada, presentada como prueba material era un objeto mudo, pero elocuente, de la barbarie.
Sin embargo, a medida que el juicio se prolongaba, surgieron algunas voces en la comunidad que, aunque no justificaban el acto de las hermanas, intentaban ofrecer una perspectiva diferente sobre la vida en la casa Peralta. Una anciana vecina, doña Chonita, testificó que doña Elena, en su juventud y madurez había sido una mujer de temperamento volátil, conocida por sus arranques de ira y su control férreo sobre sus hijas.
“Las muchachas nunca tuvieron una vida propia”, murmuró doña Chonita, encorbada por los años, siempre bajo la mirada de la madre. No se les permitía nada. Era una vida de servidumbre. aunque fuera a su propia sangre. Este testimonio, aunque no eximía a las hermanas de su culpa, añadió una capa de complejidad al caso.
No se trataba solo de maldad pura, sino quizás de un resentimiento acumulado durante décadas, de una dinámica familiar tóxica que habíaestallado de la manera más horrible. El juez Gómez se enfrentaba a un dilema moral y legal. Las hermanas Peralta habían cometido un crimen atroz, pero eran simplemente monstruos o víctimas de su propia historia familiar y de una perversión psicológica que las había consumido.
La pregunta flotaba en el aire, pesada y sin respuesta. El fiscal, anticipando que la defensa podría intentar argumentar alguna forma de locura o atenuante por maltrato previo, se apresuró a llamar a más testigos. Estos, sin embargo, solo confirmaron la aparente normalidad de la familia Peralta desde fuera antes de la reclusión de doña Elena.
Nadie en el pueblo había sospechado la profundidad de la oscuridad que se gestaba tras los muros de Adobe. La historia de las hermanas degeneradas de Guayapam. Lejos de concluir, apenas comenzaba a desvelar las capas de un horror que desafiaba la comprensión humana, dejando a la comunidad y a la justicia de Oaxaca en una encrucijada de dolor y perplejidad.
El veredicto final y el destino de Ramona y Benita aún estaban por escribirse, pero la sombra de su crimen ya se había cernido sobre el pequeño pueblo de Guayapam para siempre. El tribunal improvisado en la escuela de Guayapam continuó su labor bajo el peso de una atmósfera cargada de horror y expectación. Cada día los bancos de madera estaban abarrotados de vecinos, sus rostros tensos.
sus ojos fijos en Ramona y Benita Peralta, quienes permanecían sentadas con una inquietante serenidad, como si la vorágine de acusaciones y testimonios no les concerniera. La sala olía a sudor, a polvo y a la indignación latente de un pueblo que luchaba por comprender la oscuridad que había anidado entre ellos. El juez don Porfirio Gómez, con su semblante grave, se esforzaba por mantener la compostura y la imparcialidad, pero la atrocidad del caso carcomía su espíritu.
Los testimonios se sucedían, cada uno añadiendo una capa más de miseria al ya espantoso relato. El fiscal don Rafael Solís, un hombre joven pero con una elocuencia sorprendente, presentaba sus argumentos con una pasión que encendía la furia de los presentes. escribía la vida de doña Elena en el pozo con detalles gráficos, pintando un cuadro de sufrimiento inimaginable, el hambre, la sed, las llagas, el frío de las noches y el edor insoportable de sus propios excrementos.
Todo ello bajo la mirada impasible de sus propias hijas. Las hermanas, sin embargo, se mantenían herméticas. Ramona, con su voz seca y sin inflexiones, repetía su versión de los hechos. Doña Elena era una mujer difícil, incontrolable, y ellas habían actuado por su bien, para protegerla de sí misma y de los peligros de la vejez. Su lógica era infranqueable para ella, una justificación tan retorcida que resultaba casi incomprensible para la mente común.
Benita, a su lado asentía con la cabeza sus ojos de ratón revoloteando por la sala, pero sin fijarse en nadie, como si buscara una salida invisible. Su silencio, salvo por ocasionales susurros que confirmaban las palabras de Ramona, era tan perturbador como la frialdad de su hermana.
El médico don Ricardo, en su segundo testimonio, explicó con detalle el estado de doña Elena. La anciana había sobrevivido un milagro en sí mismo, pero su recuperación era incierta. Había logrado alimentarse un poco y beber agua, pero su cuerpo era una ruina. Las llagas comenzaban a cicatrizar, pero la herida del tobillo, donde la cadena había estado soldada era profunda y tardaría meses en sanar, si es que lo hacía por completo.
Lo más grave, sin embargo, era su estado mental. Permanecía en un mutismo casi total, sus ojos fijos en el vacío, sin reconocer a nadie, ni siquiera a doña Remedios, quien con devoción la atendía en la botica. Parecía que su mente se había refugiado en algún rincón oscuro, lejos del horror que había vivido. “Su espíritu está quebrado, señor juez.
” Había dictaminado don Ricardo con un suspiro de impotencia. Ha sido torturada no solo en cuerpo, sino en alma. La imposibilidad de doña Elena de testificar era un punto crucial para la defensa, aunque solo fuera para las hermanas mismas. El fiscal argumentaba que la víctima no podía hablar precisamente por el trauma infligido por sus hijas, lo cual era una prueba más de su culpabilidad.
La defensa. Un abogado de oficio enviado desde Oaxaca, que parecía incómodo con el caso y la hostilidad del pueblo, apenas podía construir un argumento sólido. Se limitaba a cuestionar la falta de testigos directos de la tortura y a enfatizar la difícil personalidad de doña Elena, intentando pintar un cuadro de hijas abrumadas por una madre tiránica que se había vuelto senil y peligrosa.
Este argumento, aunque impopular, resonó débilmente en la memoria de algunos de los vecinos más ancianos. Doña Chonita, aquella anciana que ya había testificado, fue llamada de nuevo. Con voz temblorosa recordó como doña Elena, en sus años mozos, había sido una mujerde gran belleza y voluntad férrea, pero también de un carácter implacable.
Era una mujer que no se dejaba mandar, señor juez, dijo doña Chonita con la mirada perdida en el pasado. Y a sus hijas las tenía cortas, muy cortas. Nunca les permitió amores, nunca las dejó ir muy lejos de su falda. Decía que eran suyas para cuidarla en su vejez. Era su forma de querer, yo creo, a su manera torcida.
Su testimonio, aunque no justificaba la barbarie, sí introducía la idea de una dinámica familiar enfermiza, de un control materno asfixiante que podría haber sembrado la semilla del resentimiento en el corazón de las hermanas. La sala se llenó de un murmullo de voces. Algunos recordaban las miradas esquivas de Ramona y Benita, cuando eran jóvenes, su constante sumisión a la voluntad de su madre.
Podría ser que el monstruo no fuera solo la hija, sino también la madre que las había moldeado. La pregunta era incómoda, perturbadora. El juez Gómez, sin embargo, no encontraba consuelo en estas especulaciones. La brutalidad del encadenamiento y el abandono superaban cualquier posible justificación de resentimiento filial.
ordenó la presencia de un par de médicos de la capital, más versados en las enfermedades de la mente, para intentar evaluar a las hermanas Peralta. Su llegada a Guayapam, dos hombres vestidos de traje y con gafas, causó un revuelo aún mayor. Pasaron horas en la cárcel del pueblo hablando con Ramona y Benita, intentando penetrar el muro de su indiferencia.
Sus informes presentados ante el tribunal fueron complejos y en cierto modo insatisfactorios. El Dr. Manuel Espinoza, un psiquiatra joven y prometedor, habló de una psicopatía marcada en Ramona, una incapacidad para la empatía y un profundo trastorno de la personalidad que la hacía incapaz de sentir culpa o remordimiento.
No es locura en el sentido tradicional, señor juez, explicó con seriedad. No deliran, no tienen alucinaciones, simplemente carecen de la capacidad moral que distingue al ser humano. Para Ramona, su madre era un estorbo, un objeto que debía ser controlado. Su lógica es egoísta y cruel, pero internamente coherente para ella.
Sobre Benita, el diagnóstico fue aún más sombrío. El doctor Espinoza la describió como una personalidad dependiente extrema, subsumida por completo bajo la voluntad de su hermana mayor. Benita carece de una voluntad propia. Es un eco de Ramona, susurros, asentimientos, una mente que ha sido moldeada y oprimida hasta perder su propia identidad.
no es cómplice activa por iniciativa propia, sino por una sumisión patológica, una incapacidad de oponerse a la figura dominante de su hermana. Estos diagnósticos, más allá de la comprensión común de la época, generaron confusión y debate. Para muchos eran simplemente excusas. “Están locas, sí, pero de maldad!”, gritó una mujer desde el público. El fiscal D.
Rafael Solís aprovechó para argumentar que incluso si existían tales anomalías de carácter, estas no eximían a las acusadas de su responsabilidad penal. La ley protegía a los débiles y doña Elena había sido la más débil y la más brutalmente desprotegida por quienes debían amarla. Mientras tanto, en la botica, doña Elena seguía batallando por su vida.
Lentamente, dolorosamente, su cuerpo respondía a los cuidados. Sus ojos, antes vacíos, comenzaron a mostrar destellos de conciencia, aunque fugaces. Un día, mientras Doña Remedios le limpiaba la frente, la anciana murmuró una palabra apenas un suspiro. Agua. Fue la primera palabra que pronunció en años y para doña Remedios sonó como un milagro.
Corrió a contárselo al padre Eusebio y a don Ricardo, quienes vieron en este pequeño signo una chispa de esperanza. La noticia de que doña Elena había hablado, por muy brevemente que fuera, llegó al tribunal y causó un gran revuelo. El fiscal, viendo una oportunidad de oro, solicitó al juez que se intentara tomar el testimonio de la anciana, aunque fuera en su lecho de enferma.
El juez Gómez accedió con la condición de que los médicos certificaran que doña Elena estaba en condiciones de comprender y responder, por mínima que fuera su capacidad. Unos días después, una pequeña comitiva se dirigió a la botica. El juez, el fiscal, el abogado de la defensa y los dos médicos especialistas. Doña Remedios y el padre Eusebio estaban presentes con el corazón en un puño.
Doña Elena yacía en su lecho, más lúcida que antes, aunque su mirada seguía siendo distante. Su cuerpo, aunque recuperado de lo más grave, era aún frágil. El juez Gómez se acercó a la cama, su voz suave y respetuosa. Doña Elena, somos aquí para escucharla. Si puede, queremos saber qué le sucedió. La anciana parpadeó lentamente.
Sus ojos se posaron en el juez, luego en doñar remedios y un temblor recorrió su cuerpo. Un gemido, un sonido gutural de profundo dolor escapó de su garganta. El doctor Espinoza se inclinó observando sus reacciones. “¿Fueron sus hijas, doñaElena?”, preguntó el fiscal con cautela. intentando no presionarla demasiado.
Ramona y Benita. Doña Elena cerró los ojos y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla arrugada. Su boca se abrió y con un esfuerzo inmenso, apenas audible, murmuró una palabra que heló la sangre de todos los presentes. Perdón. No era una acusación, sino una súplica, una absolución o quizás una confesión de su propio tormento interno.
La sala quedó en silencio, roto solo por el llanto de doña Remedios. Los médicos intercambiaron miradas. No puede testificar, señor juez, dijo el Dr. Ricardo con tristeza. Su mente está demasiado afectada. Esa palabra puede significar muchas cosas. Quizás pidiendo perdón por su propia vida o perdonando a sus hijas o pidiendo perdón a Dios por lo que le hicieron.
El fiscal, visiblemente frustrado, no pudo objetar. El testimonio de doña Elena, si es que podía llamarse así, era inútil para la acusación y quizás incluso perjudicial. La defensa, por su parte, intentó usarlo como un signo de la confusión de la anciana o incluso de un posible arrepentimiento por su mal carácter pasado.
La complejidad del caso se volvía cada vez más densa. La comunidad de Guayapam, al conocer este último giro, se dividió aún más. Algunos veían en la palabra de doña Elena una prueba de su santidad, de su capacidad de perdón. incluso en el infierno. Otros, sin embargo, lo interpretaban como una señal de que la anciana estaba tan quebrada que ya no podía distinguir la justicia del amor filial o que su mente había regresado a un estado de sumisión a sus hijas.
La indignación inicial comenzó a mezclarse con una profunda melancolía y una sensación de impotencia. El juez Gómez, al observar la reacción de la multitud, notó como la línea entre la condena absoluta y la búsqueda de una explicación, por retorcida que fuera, se difuminaba. La visión de doña Elena, frágil y murmurando esa única palabra, había tocado una fibra sensible en el alma del pueblo, revelando la tragedia subyacente a la pura maldad.
El juez Gómez, enfrentado a la ambigüedad de la víctima y a la fría racionalidad de las hermanas, sabía que el veredicto no sería fácil. El caso de las hermanas degeneradas de Guayapam se había convertido en un espejo de la propia alma humana, reflejando tanto la maldad más profunda como la complejidad de las relaciones familiares, la locura disfrazada de lógica y el dolor que se arrastra por generaciones.
El juicio se acercaba a su fin, pero las preguntas que había desatado en el corazón de Guayapam y en el de sus habitantes estaban lejos de encontrar una respuesta. La sombra de la tragedia se cernía sobre el pueblo, prometiendo un legado de dolor y desconcierto que perduraría mucho más allá de cualquier sentencia judicial.
La historia de la casa del pozo y de las almas que allí se pudrieron estaba lejos de terminar. El veredicto final se cernía sobre Guayapam como una tormenta inminente. El juez don Porfirio Gómez, con un peso palpable en sus hombros, se retiró a deliberar la complejidad del caso, la frialdad de las acusadas, la ambigüedad de la víctima y la conmoción de la comunidad.
Todo ello se mezclaba en una maraña de dolor y perplejidad. Tras varios días de intensa reflexión y consulta con los médicos y el fiscal, el juez regresó a la escuela que una vez más se encontraba a rebosar. Un silencio sepulcral acogió su entrada. Los rostros de los vecinos, tensos y expectantes, se clavaron en él. Ramona y Benita fueron conducidas de nuevo al estrado.
Sus semblantes inalterables desafiaban la gravedad del momento. Ramona, con su espalda recta y su mirada inexpresiva, parecía desafiar al propio destino. Benita, encorbada, sus ojos huidizos, era como una sombra de su hermana. El juez Gómez se puso de pie, su voz grave y pausada resonando en la sala. Después de considerar todas las pruebas presentadas, los testimonios de los testigos, los informes médicos y las palabras de las acusadas, este tribunal ha llegado a una conclusión.
hizo una pausa y el aire pareció volverse más denso. El caso de doña Elena Peralta y sus hijas Ramona y Benita Peralta es uno de los más trágicos y depravados que este humilde servidor ha tenido el infortunio de presenciar en toda su carrera. La crueldad infligida a una madre por sus propias hijas, el abandono, la tortura prolongada y la negación de la dignidad humana son actos que claman al cielo y que no tienen cabida en una sociedad civilizada.
El juez continuó su voz adquiriendo un tono de profunda indignación. Las acusadas Ramona y Benita Peralta han mantenido a su madre, doña Elena, encadenada en el fondo de un pozo en condiciones infrahumanas durante años. han negado su existencia, han mentido a la comunidad y han mostrado una ausencia total de remordimiento por sus acciones.
Aunque se ha intentado argumentar una posible dinámica familiar viciada o una enfermedad mental, este tribunal noencuentra atenuantes suficientes para la magnitud de su crimen. La ley y la moral exigen justicia. Las miradas de la multitud se clavaron en las hermanas. que seguían impasibles. Por lo tanto, sentenció el juez su voz firme y resonante, “Este tribunal declara a Ramona Peralta y a Benita Peralta culpables del delito de intento de homicidio calificado, tortura y abandono de persona mayor. Se les condena a la
pena máxima permitida por la ley en estos casos, 30 años de prisión en el penal de Oaxaca de Juárez. Con esta sentencia se espera que paguen por sus abominables actos y que sirva de ejemplo para que semejante depravación nunca más vuelva a anidar en el corazón de nuestra gente. Un murmullo de alivio y una mezcla de indignación y satisfacción recorrió la sala.
30 años era una sentencia dura para la época, especialmente para mujeres de su edad. Algunos esperaban la orca, otros la consideraban justa. Las hermanas, sin embargo, no reaccionaron. Ramona apenas parpadeó y Benita mantuvo su mirada perdida. Los alguaciles se acercaron para conducirlas fuera de la sala y esta vez la multitud no lanzó piedras, sino que las despidió con un silencio cargado de repudio.
La noticia del veredicto se extendió por Guayapam y por todo Oaxaca. La prensa lo celebró como una victoria de la justicia. Pero la historia no terminaba con un veredicto. El destino de doña Elena y el alma de Guayapam seguían en juego. Mientras Ramona y Benita eran trasladadas a la capital para cumplir su condena, doña Elena continuaba su lenta y dolorosa recuperación en la botica.
Había logrado sobrevivir al trauma físico, pero las heridas de su espíritu eran más profundas. Su cuerpo, aunque ya no era el esqueleto andante, seguía siendo frágil. Sus ojos a veces mostraban un destello de reconocimiento, especialmente cuando doña Remedios o el padre Eusebio estaban cerca, pero su mente no regresaba del todo.
No hablaba, salvo por el ocasional agua o un murmullo incomprensible. Su perdón en el tribunal seguía siendo un enigma. Una palabra que resonaba en la conciencia del pueblo invitando a la reflexión. Doña Remedios, con una devoción inquebrantable se convirtió en la sombra de doña Elena. La alimentaba con caldos, le limpiaba las llagas, le peinaba el cabello, hablaba con ella suavemente, contándole los chismes del pueblo, las noticias de la cosecha, como si la anciana pudiera entenderlo todo.
En el fondo, doña Remedios sentía una culpa profunda por no haber insistido antes, por no haber roto el velo de silencio que las hermanas habían tejido. Esta culpa la impulsaba a cuidar a su amiga con una entrega total, buscando redención en cada pequeño gesto. El padre Eusebio visitaba a doña Elena casi a diario, rezaba a su lado, le leía pasajes de la Biblia y le ofrecía la comunión.
Aunque la anciana pocas veces parecía consciente de su presencia, el Padre reflexionaba sobre la palabra perdón. ¿Era un perdón para sus hijas, una absolución de su pecado? ¿O era una súplica, un ruego de perdón por su propia vida, quizás por la forma en que había tratado a sus hijas en el pasado? La ambigüedad era desgarradora, pero para el Padre era también un recordatorio de la compleja naturaleza del sufrimiento humano y de la gracia divina.
Unas semanas después del juicio, en una tarde tranquila de principios de otoño, mientras el sol se ponía tiñiendo el cielo de Oaxaca con tonos naranjas y morados, doña Elena exhaló su último aliento. Doña Remedios estaba a su lado, sosteniendo su mano fría. La anciana no se quejó, no luchó, simplemente dejó de respirar.
Su muerte fue tan silenciosa como su sufrimiento, un final pacífico para una vida que había conocido el horror más profundo. El padre Eusebio administró los últimos ritos. El funeral de doña Elena fue un evento que conmovió a todo Guayapam. El pueblo entero, unido en el dolor y en una nueva comprensión de la fragilidad humana, acompañó el féretro de su antigua vecina.
No fue un funeral de luto amargo, sino de una profunda melancolía y un sentido de liberación. Muchos sintieron que doña Elena finalmente había encontrado la paz que le había sido negada en vida. En su tumba, el padre Eusebio habló sobre la compasión, el perdón y la necesidad de permanecer vigilantes ante la oscuridad que puede anidar en los lugares más insospechados.
La palabra perdón de doña Elena resonó en el sermón del Padre, convirtiéndose en un símbolo de la redención y la esperanza para el pueblo. La casa de la Peralta, el escenario de la atrocidad, permaneció sellada, un monumento mudo al horror. Nadie quería vivir allí. Con el tiempo, la maleza creció aún más, cubriendo las paredes de adobe y el patio donde se encontraba el pozo.
El pozo, ahora vacío de su macabra carga, se convirtió en una leyenda susurrada, un recordatorio constante de la oscuridad que había acechado en el corazón de Guayapam. Los niños evitabanpasar cerca y los adultos cruzaban la calle persignándose al hacerlo. Ramona y Benita cumplieron su condena en la prisión de Oaxaca.
Ramona, la psicópata marcada, según el diagnóstico, nunca mostró arrepentimiento. Se mantuvo distante, fría, viviendo sus días en un silencio desafiante. Su mirada pétrea fija en un punto más allá de los muros de la prisión. Se decía que su presencia infundía un temor silencioso, incluso entre las reclusas más experimentadas.
Murió en prisión muchos años después, una anciana solitaria y olvidada, sin haber pronunciado una sola palabra de arrepentimiento o de amor por su madre o su hermana. Benita, por su parte, nunca se recuperó de la influencia de Ramona. En prisión, sin la presencia dominante de su hermana, se volvió aún más retraída, casi catatónica.
Vagaba por el patio de la cárcel, susurrando frases incomprensibles. Un eco fantasmagórico de la voz de Ramona, una sombra de la sombra. Los médicos de la prisión la diagnosticaron con un estado de melancolía profunda y demencia senil, acelerada por el trauma y la dependencia. Murió poco después que Ramona su vida un triste testimonio de una voluntad quebrada y una identidad perdida.
Ambas hermanas, en su propia forma fueron prisioneras de su crimen y de sus propias mentes. El caso de las hermanas degeneradas de Guayapam se grabó en la memoria colectiva del pueblo y de Oaxaca. se convirtió en una historia contada en voz baja, una lección sobre la vigilancia, la empatía y los peligros de los secretos familiares. Guayapam, aunque marcado por la tragedia, emergió con una nueva cohesión.
Los vecinos se volvieron más atentos los unos a los otros, más dispuestos a preguntar, a ofrecer ayuda, a no permitir que el silencio se convirtiera en un cómplice de la crueldad. Doña Remedios, con el tiempo encontró una paz relativa. Siguió cuidando el pequeño huerto de nopales y maguelles, pero ahora sus oídos estaban más atentos a los murmullos de sus vecinos, sus ojos más abiertos a las señales de dolor oculto.
El padre Eusebio hasta el final de sus días predicó sobre el amor y el perdón, usando la historia de doña Elena como una parábola de la resistencia del espíritu humano y la necesidad de la gracia. La palabra perdón pronunciada por la anciana desde el fondo del pozo de su tormento, se convirtió en un faro de esperanza, una invitación a la compasión y a la redención, incluso en los abismos más oscuros del alma humana.
La casa del pozo se desmoronó con el tiempo, sus adobes regresando a la tierra de la que una vez surgieron. Pero el recuerdo de lo que allí ocurrió perduraría. una cicatriz en el corazón de Guayapam, un testimonio de la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, y de la perenne esperanza de que, incluso en la más profunda de las tragedias, el espíritu humano pueda encontrar un camino hacia la paz. M.