
El frío aquí no es como el de los cuentos. Llevo horas sentado sobre este
bloque de hielo y ya no siento los pies. Tengo un agujero frente a mí, un pozo
negro que no me ha dado ni una sola espina en tres días. Mientras tanto, mi
madre espera postrada en la cama de nuestra cabaña destartalada.
Mm. Sus pulmones ya no soportan este frío. Si no le llevo algo de comer hoy, sé que
no pasará de esta noche.
El hambre no me deja pensar. He raspado el fondo de cada saco de grano en la
casa y solo queda polvo. Estoy aquí fuera porque ya no sé qué
hacer. Prefiero que me mate el hielo a quedarme sentado mirando cómo se apaga ella.
Aquí nada parece vivo, nada se mueve. Agarré el hacha y golpeé el borde del
agujero para ver si conseguía despertar a algo, pero en lugar de un pez,
desperté a otra cosa.
El agua empezó a moverse, una mancha oscura. Pasó por debajo de mis pies algo pesado
que hizo vibrar el suelo donde estaba apoyado.
El hielo reventó con un ruido seco. Me tiré hacia atrás mientras el agua me
salpicaba la cara y me quemaba la piel. De ese pozo salió una criatura que no
podía existir, agarrándose con manos de garras al borde congelado.
No es un animal, no es una mujer azul llena de escamas que me mira como si
fuera su presa. Se quedó quieta con esos ojos fijos que parecían ver mi alma. Yo
no podía quitarle los ojos de encima. Entonces ella sacó una mano y me enseñó
un pez dorado que soltaba una luz fuerte, una luz que te calienta solo con
mirarla. Ese pez era la vida de mi madre. El miedo se me fue a un rincón y conseguí
tartamudear. Por favor, dame el pez. Necesito llevar
algo a casa. No esperaba que hablara. Solo tenía la esperanza de que me lo
tirase para salir corriendo de allí. Pero ella habló, “Yo también necesito
algo. Necesito tu calor.” No se movió, se quedó allí esperando a
que yo diera el primer paso. Me señaló el pecho y luego la ropa. Entendí lo que
quería. Me quité la túnica de lana y me quedé con el torso desnudo frente al viento
que me golpeaba la piel. Ella extendió sus manos azules y las apoyó
directamente sobre mi carne. No fue un rose. Clavó sus garras lo justo para que
no pudiera moverme. Sentí un hachazo de frío que me vació los pulmones y me dejó sin aire.
Me estaba robando la vida para calentarse. Ella me dolió tanto que estuve a punto de
desmayarme, pero no me solté. Acepté el dolor porque el brillo de ese pez es lo
único que hoy nos va a librar de acabar a todos bajo tierra.
Ella retiró sus garras y caí de rodillas sobre la nieve.
El frío ya no me atacaba desde fuera, ahora lo tenía dentro, instalado en el
pecho como una piedra. Agarré el pez dorado del suelo. Su piel ardía tanto
que casi me quema los dedos entumecidos. Me puse la túnica a toda prisa, con las
manos torpes que no respondían y eché a correr hacia la orilla sin mirar atrás.
Solo pensaba en que tenía que llegar a la cabaña antes de que mi propio cuerpo
se rindiera.
Entré en la cabaña y cerré la puerta de un golpe. Mi madre seguía en el mismo
sitio, respirando con ese silvido roto que me ponía los nervios de punta. Fui
directo a las brasas. No limpié el pescado, lo tiré a la sartén caliente
tal cual estaba. La grasa saltó y el olor a carne asada llenó el cuarto en
segundos. El estómago me dolió del hambre, pero agarré la sartén y fui hacia el catre.
La sacudí por el hombro para que abriera los ojos. Ella abrió los ojos. Le metí el primer
trozo en la boca con mis propios dedos porque no tenía fuerzas ni para levantar
la cabeza. Tragó sin masticar. Al segundo bocado, el color le volvió a
la cara. Se incorporó en el catre con una fuerza que no tenía hace semanas y me arrebató
la sartén de las manos para comerse el resto. Me quedé allí parado viendo cómo
devoraba aquello, asustado por la velocidad a la que desaparecía la
enfermedad. Ella cayó rendida al momento, durmiendo
como no lo hacía en años. Yo me senté frente al fuego para intentar entrar en calor. Metí las manos
casi dentro de las llamas. Veía la leña arder y la piel
enrojecerse, pero no sentía nada. El calor no me
entraba. Me froté los brazos y miré alrededor. Me quedé allí sentado viendo
cómo dormía. Al amanecer, ella se levantó y parecía
curada. Se movía por la casa como si nunca hubiera estado enferma.
Pero a mediodía, mientras barría, soltó el primer golpe de tos. se dobló sobre
la escoba y cuando fui a sujetarla noté que la fiebre había vuelto. Me miró con
pánico. La medicina se había acabado. No
tuve que pensarlo. Agarré el palo y salí otra vez hacia el hielo.
Llegué al mismo agujero. El agua se había vuelto a congelar. Por la noche
usé el palo para romper la capa de hielo, golpeando con fuerza hasta que el
agua negra asomó otra vez. No tuve que esperar. La superficie se
rompió y ella salió apoyando los codos en el borde como si me estuviera
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