Capítulo I – El día que el pasado volvió

El sonido del despertador rompió el silencio a las cinco de la mañana, como todos los días.


Emilia se incorporó de inmediato. Sin quejarse. Sin permitirse retrasos.
La debilidad no era una opción.

A su lado, la cama estaba fría. Vacía desde hacía años.
Aun así, seguía durmiendo del mismo lado, como si su esposo pudiera regresar en cualquier momento.

Se lavó el rostro con agua helada y se miró al espejo.
Sus ojos estaban cansados, pero firmes.
No había espacio para el llanto. No ahora. No con tres niños dependiendo de ella.

—Arriba, mis amores —susurró al entrar al pequeño cuarto.

Los trillizos tenían cinco años.
Mateo, serio y observador.
Lucas, curioso e inquieto.
Daniel, sensible, el que se despertaba con cualquier ruido.

Emilia los miró unos segundos más de lo normal.
Eran lo único que la mantenía de pie.

Mientras los vestía, el departamento parecía aún más pequeño:
dos habitaciones, muebles viejos, paredes descascaradas.
Nada que ver con la casa amplia que alguna vez soñó tener cuando se casó con Alejandro Herrera.

Ese nombre seguía doliendo.

Cuatro años atrás, Alejandro se había ido sin mirar atrás.
Sin explicaciones.
Sin despedidas.
Dejó deudas, promesas rotas y tres niños demasiado pequeños para entender por qué su padre nunca volvió.

Emilia nunca pidió ayuda.
Aprendió a sobrevivir sola.


Después de dejar a los niños en la escuela pública del barrio, caminó hasta el edificio donde trabajaba como limpiadora.
Un lugar enorme, elegante y frío.
Oficinas de vidrio, suelos brillantes, gente bien vestida que no la veía.

Para ellos, Emilia era invisible.

Ese día algo se sentía distinto.
Los murmullos corrían por los pasillos.

—Dicen que hoy habrá despidos —susurró una compañera—.
El dueño viene en persona.

El corazón de Emilia dio un salto.

No podía perder ese trabajo.
No con el alquiler atrasado.
No con tres niños creciendo demasiado rápido.

Horas después, el ambiente cambió por completo.

Y entonces él apareció.

Alto. Imponente.
Traje negro perfectamente ajustado.
Mirada dura.

Alejandro Herrera.

El mundo de Emilia se detuvo.
El trapo cayó de sus manos.
El aire se le escapó del pecho.

No podía ser.
Pero lo era.

Alejandro caminaba rodeado de ejecutivos, sin emoción alguna.
Como si el tiempo no hubiera pasado para él, mientras para Emilia había sido una guerra diaria.

Ella intentó desaparecer.
Pero el destino no se lo permitió.

—¿Usted? —dijo la voz fría de Alejandro frente a ella.

Sus miradas se cruzaron.
Por un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzó el rostro de él… y desapareció.

—Señor —respondió Emilia con respeto forzado.

—La he observado. Ha llegado tarde varias veces.

Mentira.

—Yo siempre cumplo mi horario —respondió ella, temblando pero firme.

Alejandro la miró como un objeto defectuoso.

—No tolero indisciplina. Está despedida.

Las palabras fueron un golpe seco.

—Por favor… —dio un paso adelante—. Tengo hijos. Tres. Necesito este trabajo.

—Las decisiones ya están tomadas —dijo él, girándose.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

Un niño pequeño corrió por el pasillo.

—¡Mamá!

Daniel se aferró a ella con fuerza.
Levantó el rostro y miró a Alejandro con ojos llenos de lágrimas.

—¿Usted es el jefe? —preguntó con la voz rota—.
¿Por qué quiere que mi mamá se quede sin trabajo?

El silencio cayó como una losa.

Alejandro miró al niño…
y algo dentro de él se resquebrajó.

Esos ojos eran demasiado familiares.

—No es justo —murmuró Daniel—.
Mi mamá trabaja mucho. Siempre llega cansada.

Emilia lo abrazó con desesperación.

—¿Cómo vamos a comer si la despide?

Alejandro sintió un nudo en el pecho.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó sin darse cuenta de que su voz ya no era fría.

—Cinco. Tengo dos hermanos. Mamá siempre nos cuida sola.

Sola.

Esa palabra quedó suspendida en el aire.

—¿Son mis hijos? —preguntó finalmente.

El trueno cayó.

—Ahora pregunta eso —respondió Emilia con furia contenida—.
Después de cuatro años.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Papá?

Alejandro se arrodilló frente a él.

—Hola… soy Alejandro.

Daniel no sonrió.
No lo abrazó.
Solo escondió el rostro en el pecho de Emilia.

—No lo conoce —dijo ella con firmeza—. Para ellos usted no existe.

Alejandro se levantó, derrotado.

—No puedo cambiar el pasado… pero quiero cambiar lo que viene.

—No queremos su dinero —respondió Emilia—. Queríamos dignidad.

El golpe fue certero.

—No está despedida —dijo él—. Mañana venga a mi oficina.

—No confío en usted.

—Lo sé. Y me lo merezco.

Daniel levantó la mirada.

—¿Ya no va a despedir a mi mamá?

—Nunca más —respondió Alejandro.


Esa noche, dos mundos no durmieron.

Emilia, atrapada entre el miedo y el pasado.
Alejandro, mirando una vieja foto de Emilia embarazada, entendiendo por primera vez la magnitud de su error.

Pero mientras ellos dudaban…
otras sombras se movían.

Valeria Montes, su exsocia, observaba desde lejos.
Rebeca, consumida por el rencor, tejía su venganza.
Documentos ocultos. Amenazas. Mensajes anónimos.

La guerra había comenzado.

Y esta vez, no se trataba solo de poder o dinero.
Se trataba de tres niños
y de quién estaría dispuesto a perderlo todo para protegerlos.

El coche negro sin placas se detuvo frente a la casa.

Emilia miró a Alejandro.

—Esto acaba de empezar —susurró.

Y nadie, absolutamente nadie, estaba a salvo.