Bienvenido a Cuentos del Tiempo. Aquí no solo escuchas historias, aquí viajas a

épocas donde una decisión podía cambiar un destino para siempre.

Antes de

empezar, dime algo en los comentarios. ¿Desde qué ciudad y país nos estás

viendo hoy? Ponte cómodo, respira profundo y deja que esta historia te

atrape, porque lo que vas a escuchar ni no es ficción cualquiera, es tiempo

convertido en relato. Y si te gustan las historias que empiezan suaves pero

terminan dejándote sin aliento, suscríbete ahora, activa la campanita y

acompáñanos en cada viaje para que no te pierdas ninguno de los relatos que el

tiempo aún guarda. Ahora sí, compadre, empecemos. El primer grito no salió de

la boca, salió del alma. reventó el silencio del mediodía como si el

desierto mismo se hubiera partido en dos. El hierro oxidado de unos alicates

se cerró sobre un diente de oro y al jalar arrancó algo más que metal.

arrancó dignidad, memoria y futuro. La sangre caliente bajó por la barbilla de

Ana Ramírez y empapó el vestido negro que aún vestía por su marido, fusilado 8

meses antes por los mismos hombres que ahora la miraban sufrir. Tenía 32 años,

las manos atadas, el cuerpo forzado contra una silla vieja dentro de su casa

de adobe en San Miguel de Oro, Chihuahua. En el rincón, amarrados con

mecate áspero, sus hijos miraban sin poder parpadear. Pedro, de 12, apretaba

los dientes hasta sangrar. Rosa de nueve lloraba en silencio por miedo a que la

mataran si gritaba. Juanito, con solo 6 años no entendía del todo lo que pasaba,

pero sabía que su mundo se estaba rompiendo frente a sus ojos. Ramón

Salazar, delegado municipal, sonreía mientras trabajaba con paciencia cruel,

como carnicero acostumbrado al dolor ajeno. “Así aprenden a obedecer”,

murmuró escupiendo al suelo antes de volver a meter los alicates en la boca

destrozada de la viuda. Era abril de 1916 y el sol caía como castigo divino sobre

el desierto chihuahuense. Nadie acudió a ayudar, nadie tocó la puerta. En ese

pueblo pequeño, el miedo había aprendido a callar. Lo que Salazar ignoraba, lo

que su soberbia de funcionario carrancista nunca consideró, era que

cada grito cruzaba kilómetros de polvo, mezquites y silencio, cargado de rabia y

promesas rotas. Cada aliento sangrante era un aviso, un mensaje que no

necesitaba papel ni sello, porque en el norte hay cosas que no se perdonan y

cuando ese mensaje llegó a los hombres correctos, la historia cambió para siempre. No te vayas. Lo que ocurrió

después convirtió este crimen en una deuda y los dorados de Pancho Villa

jamás dejaron una deuda sin cobrar. Déjame pintarte completo al demonio con

traje de autoridad, porque los monstruos más peligrosos no llevan colmillos,

llevan sellos oficiales. Ramón Salazar tenía 42 años y el cuerpo hinchado de

quien se alimenta del miedo ajeno, mientras los niños del pueblo se duermen

con el estómago vacío. No era gordura de abundancia honrada, sino de abuso

constante. Su bigote grasiento caía siempre torcido hacia abajo, como si el

asco se le hubiera quedado pegado a la cara desde hacía años. Los ojos,

pequeños y hundidos, tenían un color indefinido entre marrón oscuro y verde

sucio, semejante al lodo podrido que queda tras una lluvia breve en el

desierto. Jamás miraban con humanidad, solo medían debilidad. Sobre la cabeza

llevaba un sombrero de fieltro caro importado, que nunca ganó con trabajo

limpio, sino arrancándolo peso a peso a viudas, campesinos y mineros sin

defensa. Las manos de Salazar eran gruesas, siempre sudorosas, y en cada

dedo brillaba un anillo de oro distinto. Ninguno comprado, todos robados. Cada

pieza tenía detrás una historia de llanto, de amenazas. de rodillas

dobladas, suplicando misericordia. Vestía un traje gris que parecía

elegante a la distancia, pero de cerca apestaba a sudor rancio y whisky barato.

Cuando sonreía, que era siempre que causaba dolor, mostraba dientes

amarillentos manchados por tabaco mascado y alcohol constante. Esa sonrisa

no buscaba simpatía, buscaba su misión. Llegó a San Miguel del Oro en enero de

1914 con una credencial carrancista bien plastificada y un discurso lleno de

palabras grandes. Se autoproclamó delegado de Hacienda y justicia

municipal. Justicia, una palabra noble que en su boca se volvía insulto. Su

encargo oficial era recaudar impuestos para la causa revolucionaria. Al menos

eso decía en los papeles. En la práctica, todo el pueblo sabía que la mitad de lo recaudado desaparecía en sus

bolsillos y la otra mitad viajaba hasta Chihuahua capital para alimentar la

complicidad del coronel federal Manuel Torres. Juntos formaban una cadena de

rapiña que nadie podía romper. Salazar inventaba impuestos con creatividad

enfermiza por tener burro, por sacar agua del pozo, por usar el arado, por

vender huevos, por enviudar, por respirar el aire seco del desierto. Cada

mes aparecía una nueva cuota, cada semana una nueva amenaza. Quien no

pagaba perdía su casa. Primero llegaba el aviso, luego los hombres armados,

después el desalojo. Las pocas pertenencias quedaban tiradas en la calle a merced del polvo y los curiosos.

Los hombres que protestaban no duraban mucho. Amanecían colgados del mesquite