En el enorme tiradero conocido como el

palacio del reciclaje, un desierto de
metal oxidado y montones interminables
de basura que se extendían hasta donde
la vista alcanzaba. Luna. Una chica de
16 años de piel morena y cabello
amarrado con un listón viejo. Caminaba
entre los escombros con una bolsa raída
al hombro y un gancho de metal que usaba
para separar pedazos útiles. El sol caía
directo sobre ella, quemando sin piedad,
mientras los camiones recolectores
pasaban uno tras otro dejando una nube
de polvo que la hacía toser. Aún así,
ella seguía concentrada buscando pedazos
de cobre o aluminio que luego vendería
por unas cuantas monedas con las que
ayudaría a su madre enferma. Cada paso
que daba se hundía ligeramente en la
tierra suave mezclada con restos de
comida, plásticos rotos y pedazos de
muebles que ya nadie quería. A lo lejos
se escuchaban los gritos de otros
pepenadores discutiendo por un pedazo de
metal grande y epitido lejano de una
máquina compactadora. Luna, acostumbrada
a ese caos, trabajaba en silencio con
una determinación que no coincidía con
su corta edad. De repente, mientras
movía un montón de bolsas negras para
revisar lo que había debajo, escuchó un
quejido débil, casi como el susurro de
alguien a punto de rendirse, un sonido
tan fuera de lugar entre el ruido
metálico que la obligó a detenerse en
seco. Se quedó quieta, agusó el oído y
volvió a escucharlo. Con cautela comenzó
a caminar hacia un viejo contenedor
volteado, oxidado, cubierto de tierra y
graffiti. Cada paso quedaba así a crujir
vidrios rotos bajo sus sandalias
desgastadas. El corazón latía fuerte,
pero no por miedo, sino por esa
curiosidad que siempre la había
acompañado desde niña. “Hola”, susurró
con la voz entrecortada. “¿Hay alguien
ahí?” No obtuvo respuesta, solo otro
gemido aún más débil. Luna respiró
hondo, se armó de valor y dio la vuelta
al contenedor. Lo que encontró la dejó
paralizada por un instante. Tendido
entre bolsas reventadas y pedazos de
cartón, había un hombre adulto cubierto
de tierra, con un traje caro
completamente rasgado, un reloj elegante
manchado y la cabeza apoyada sobre el
suelo sucio, donde se notaba la marca de
un fuerte golpe que le había abierto la
frente. Sus manos temblaban y sus labios
estaban resecos. Era Alejandro Calderón,
uno de los empresarios más conocidos de
la ciudad, desaparecido desde hacía 48
horas, aunque Luna no lo reconoció. Para
ella solo era un extraño herido en un
lugar a que nadie debería haber llegado
en esas condiciones. El hombre abrió
levemente los ojos y con voz casi
extinguida murmuró, “Agua, por favor.”
Luna sintió un nudo en la garganta. Miró
la botella de agua que llevaba colgada
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