El hijo del millonario oyó a los guardias hablar en chino y advirtió una niña que no subiera el auto. No lo

hagas. Si pones un pie dentro de ese auto, jamás volverás a ver a tu madre.
El grito no sonó como el berrinche de un niño malcriado, sino como una sentencia de muerte. La voz de Santiago de apenas
6 años se quebró por la fuerza de la desesperación, resonando contra los inmensos cristales azules del edificio
corporativo de su padre. El viento soplaba fuerte esa mañana, despeinando
su cabello castaño perfectamente peinado, pero él ni siquiera parpadeó.
Estaba plantado con las piernas separadas y los brazos abiertos en cruz,
bloqueando físicamente el acceso a la puerta trasera de la imponente camioneta blindada negra que esperaba con el motor
encendido. Frente a él, Valentina se quedó petrificada.
La niña, con sus grandes ojos color miel llenos de confusión, dio un paso atrás,
abrazándose a sí misma. Llevaba un overall de pana verde desgastado por los lavados y una camiseta blanca que le
quedaba un poco grande. Sus zapatos marrones raspados en las puntas contrastaban violentamente con los
mocacines de cuero italiano inmaculados que calzaba Santiago. Eran dos mundos
colisionando en la acera, el heredero del imperio y la hija de la mujer que limpiaba los pisos de ese mismo imperio.
“¿Qué? ¿Qué dices?”, susurró Valentina con la voz temblorosa.
Su mano pequeña todavía estaba extendida hacia la manija del auto, tentada por la curiosidad, pero el terror en la cara
del niño rico la paralizó. Santiago respiraba con dificultad. Su pecho subía
y bajaba bajo la camisa azul de botones. Sentía el sudor frío recorriendo su
espalda. No era solo miedo, era la certeza absoluta de un peligro que nadie
más podía ver. Segundos antes, mientras jugaba con su tablet en la entrada esperando a su
padre, el mundo se había detenido para él. Los sonidos de la ciudad, el tráfico
y las sirenas lejanas se habían apagado cuando escuchó a los hombres de seguridad hablar entre ellos. Eran los
hombres de confianza de su padre. Rogelio, el jefe de escoltas, un hombre
alto con una cicatriz en la ceja que siempre olía a tabaco mentolado, y el
chino, un nuevo guardaespaldas de origen asiático que siempre sonreía, pero cuyos
ojos nunca mostraban alegría. Santiago los había visto muchas veces. Su padre,
el gran don Augusto, le había dicho mil veces, Santiago, estos hombres darían la
vida por nosotros. Son tu sombra. Confía en ellos. Pero la confianza se había
roto hacía 30 segundos. Santiago los había oído. No hablaban en español.
Hablaban en un mandarín rápido y cortante, asumiendo con arrogancia que un niño latino de 6 años solo sabría
hablar de videojuegos y dibujos animados. Lo que nadie sabía, ni siquiera el poderoso don Augusto, era
que Santiago pasaba sus noches de insomnio y soledad devorando cursos de idiomas en internet. Su mente brillante,
aburrida de los juguetes caros y la ausencia de sus padres, había encontrado
refugio en aprender códigos y lenguas extrañas. “La mercancía es perfecta”,
había dicho el chino en su idioma natal, mirando de reojo a Valentina. Pequeña,
sin marcas, fácil de sacar del país. Nadie extrañará a la hija de una
sirvienta. Esas palabras habían golpeado a Santiago como un puñetazo en el estómago.
Mercancía. Así habían llamado a la niña que le había sonreído tímidamente en el
vestíbulo minutos antes. No era un secuestro por dinero, era algo mucho más
oscuro, algo definitivo. “Aléjate de ellos, Valentina”, volvió a gritar
Santiago, dando un paso hacia ella y tomándola bruscamente de la muñeca. Su
agarre fue tan fuerte que la niña soltó un pequeño gemido de dolor, pero él no
la soltó. “Son malos. Ellos no te van a llevar a ningún lado. Bueno. La escena
atrajo miradas. Ejecutivos con trajes oscuros que entraban y salían del edificio se detuvieron frunciendo el
ceño. Para ellos, aquello no parecía un acto heroico. Desde fuera solo se veía
al hijo consentido y problemático del dueño haciendo una escena, gritándole a una pobre niña humilde y estorbando el
trabajo de los escoltas. El prejuicio era un velo espeso. Veían a un niño rico
siendo agresivo, no a un salvador desesperado. Valentina miró a Santiago a
los ojos. Buscaba una explicación, pero solo encontró un abismo de pánico. Luego
miró hacia el auto. Los vidrios eran tan oscuros que parecían agujeros negros. El
motor ronroneaba como una bestia esperando ser alimentada. Su inocencia le decía que los señores de trajes solo
querían ser amables, pero su instinto, ese que desarrollan los niños que crecen con carencias, empezó a zumbar en sus
oídos como una alarma. “Pero el Señor dijo que mi mamá estaba adentro”,
balbuceó Valentina con lágrimas asomando en sus ojos. dijo que me tenían una
sorpresa. Es mentira, bramó Santiago, girándose para enfrentar a los tres
hombres que ahora se acercaban con pasos rápidos y calculados. La tensión en el aire se volvió irrespirable. El sol de
mediodía caía a plomo sobre la escena, iluminando la crueldad oculta bajo la
elegancia corporativa. Santiago se colocó completamente delante de Valentina, usándose a sí mismo como
escudo humano. Sabía que era pequeño, sabía que era débil comparado con esos
gigantes armados. Pero en ese momento, una furia antigua, heredada quizás de
algún ancestro guerrero, se encendió en su sangre. No la iban a tocar, no
mientras él respirara. Rogelio, el jefe de seguridad, se detuvo a 2 metros de
los niños. Su rostro, habitualmente una máscara de profesionalismo inexpresivo,
se contorsionó en una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos. Era la
sonrisa del lobo que intenta convencer al cordero de que abra la puerta. Se
ajustó el saco del traje, ocultando sutilmente el bulto del arma en su cintura, y adoptó un tono de voz en
palagoso, ese tono condescendiente que los adultos crueles usan para manipular
News
La llevó a París solo para cargar sus bolsas, creyéndola inferior. Pero cuando ella abrió la boca en la boutique de lujo, el millonario quedó paralizado.
Héctor Vidal no necesitaba compañía, o al menos eso se repetía a sí mismo mientras ajustaba su reloj de platino…
“Llevó a su amante a la gala, pero su esposa acaparó todas las miradas.”
La venganza de Elena. Prepárense porque cuando Elena Silveira decidió revelar la verdad, nadie salió ileso. Imaginen la escena. La…
Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.
Laura Mendoza siempre creyó que el mundo funcionaba como sus edificios: recto, limpio, predecible… y, sobre todo, bajo control. Era…
LA MADRASTRA LES DEJÓ UN CACAOTAL SIN HOJAS… AÑOS DESPUÉS SU FÁBRICA DE CHOCOLATE FACTURABA MILLONES
Cuando Estela Vega vio a Santiago Ramírez en la televisión elegante, millonario, dueño de un imperio de chocolate, sintió terror…
Cuando un Abogado Tocó su Puerta, SE LE HELÓ LA SANGRE…
Cuando un Abogado Tocó su Puerta, SE LE HELÓ LA SANGRE… Una mujer obliga a su suegra a cargar agua…
MILLONARIO ABRE LA CAJA FUERTE… Y CASI SE INFARTA CON LO QUE VE DENTRO
MILLONARIO ABRE LA CAJA FUERTE… Y CASI SE INFARTA CON LO QUE VE DENTRO El corazón de Adrián Valdés dio…
End of content
No more pages to load






