“Te Doy $500,000 Si Me Ganas” Se Burló El Ciclista Profesional… Segundos Después, Dejó De Reír
Te doy $00,000 si me ganas. El ciclista profesional se burló del
niño en silla de ruedas y lanzó el desafío de 500,000

seguro de su victoria. No sabía que pocos segundos después su risa se
convertiría en desesperación. Mateo tenía 12 años, pero su cuerpo
cargaba un cansancio demasiado antiguo para un niño. Incluso antes de aprender a pedir comida, ya sabía nombres de
ciclistas, tiempos de competencia, historias de victorias improbables. El
ciclismo no era un pasatiempo, era una obsesión silenciosa, casi una religión
personal. La silla de ruedas rechinaba con cada impulso, recordándole a cada momento que la calle no perdona la
fragilidad. Dormía bajo marquesinas frías, con el
olor a orina y lluvia vieja pegado a la ropa, despertando sobresaltado al menor
ruido, pero siempre pensando en bicicletas. El hambre era una compañera
constante, de esas que ya no gritan, solo aprietan por dentro. Aún así,
cuando pasaba frente a vitrinas con televisores encendidos, algo cambiaba por completo. Mateo se detení. Olvidaba
el estómago vacío y se quedaba ahí inmóvil, hipnotizado por las carreras.
Sabía nombres, fechas, estrategias, cada detalle de la carrera de Pascual, el
mejor ciclista del país, el mejor de todos. Para ese niño, Pascual no se
equivocaba, no caía, no fallaba. Él es el más fuerte, nunca se rinde, pensaba,
repitiéndolo como un mantra. Nunca había montado una bicicleta, una ironía demasiado dura incluso para él.
Aún así, cerraba los ojos y se veía pedaleando junto a su ídolo, sintiendo
el viento en el rostro, escuchando a la multitud gritar, si pudiera solo una
vez. A veces pensaba en silencio, si tuviera
control sobre mis piernas sería diferente. Pero enseguida empujaba ese pensamiento lejos, porque el sueño
hablaba más fuerte. El niño se aferraba a la imagen de Pascual, como quien se
aferra a la última esperanza. Cuando supo que Pascual correría en su ciudad,
el corazón se le aceleró de una manera distinta. No fue alegría pura, fue miedo
mezclado con euforia, esa sensación de que el mundo por fin se había acercado a
él. Mateo pasó días organizándose en silencio, observando mapas arrugados,
memorizando calles, horarios, entradas y salidas. contaba monedas encontradas en
el suelo una por una, como si fueran escalones rumbo al encuentro con su
héroe. “Solo necesito acercarme, solo escuchar que me hable”, se repetía,
intentando convencerse de que era posible. La víspera de la carrera casi no durmió.
El cuerpo le dolía, los brazos le ardían de tanto empujar la silla durante el día, pero la mente giraba alrededor de
una sola imagen. Pascual. Imaginaba su rostro, su voz firme, quizá
una sonrisa rápida. Isy me reconoce como fan. Luego venía el miedo. Is se burla
de mí. Aún así, al amanecer salió antes de que saliera el sol, cruzando barrios
peligrosos, esquivando miradas duras. Cada calle superada era un riesgo real,
pero también una prueba de que ese niño estaba dispuesto a todo.
Llegar al lugar de la carrera parecía una misión suicida. vallas, guardias, multitudes, demasiado ruido. Mateo
observaba todo con atención obsesiva, sudando frío hasta encontrar un pequeño
hueco. Pasó rápido, con el corazón casi saliéndose del pecho. A lo lejos vio las
bicicletas brillando, los fotógrafos, el movimiento intenso y entonces lo vio a
él. Es él. Es el mejor del país. Es él de verdad, pensó sintiendo las manos
temblar tanto que apenas podía empujar la silla.
Cuando por fin estuvo frente a su ídolo, los nervios lo dominaron, las palabras
se le enredaron, la boca se le secó, el sudor le corría por las cienes y yo veo
todas sus carreras, todas de verdad. Empezó el niño tartamudeando.
Usted es el mejor. Yo sueño con pedalear como usted, completó casi sin voz.
Pascual lo miró de arriba a abajo, impaciente, como quien observa algo desechable. Estás estorbando, quítate,
respondió frío sin bajar el tono. Mateo intentó insistir con el corazón
desbocado. Dijo que nunca había subido a una bicicleta, pero que sabía todo sobre
él, cada victoria, cada sacrificio. La risa llegó pesada, cortante, cruel. La
admiración no cambia nada, chico. Mírate. Este no es un lugar para gente como tú. dijo Pascual en voz alta.
Algunas risas surgieron alrededor, otras personas desviaron la mirada.
Soñar no te hace menos esto”, añadió señalándolo con desprecio.
Mateo sintió algo romperse por dentro, un quiebre silencioso y definitivo. Sin
fuerzas para responder, se alejó llorando, llevándose consigo a su héroe hecho pedazos y un vacío profundo que
aún no sabía a dónde lo llevaría. Mateo se quedó inmóvil después de la
humillación inicial, como si los pies no existieran y la silla hubiera echado raíces en el suelo. El pecho subía y
bajaba rápido y repetía en su mente casi como una súplica. No es verdad. No puede
ser verdad. Durante años ese niño había construido a
Pascual como alguien más grande que el propio dolor, alguien que demostraba que ganar era posible. Incluso cuando todo
parecía estar en contra, aceptar que ese hombre fuera cruel parecía traicionar la
única cosa bonita que tenía. Mientras los ciclistas se alineaban para la salida, Mateo observaba cada gesto de
Pascual con atención obsesiva. “Así se comporta un campeón antes de una
carrera”, se susurró intentando aferrarse a la imagen conocida.
El cuerpo erguido, la mirada firme, la respiración controlada. Era el mismo
hombre de las vitrinas, de las transmisiones, de las noches en las que olvidaba el frío de la calle para soñar.