El viento del desierto arrastraba algo más que polvo aquella noche de octubre de 1915.

arrastraba gritos, gritos de mujer vieja, gritos que salían de una garganta

seca como hueso de animal muerto, gritos que rebotaban contra las piedras de la

sierra de Chihuahua y se perdían en la oscuridad sin que nadie, absolutamente

nadie, se atreviera a responder. Porque en el pueblo de San Isidro del

Refugio responder significaba morir. Y en el centro de todo ese horror, fumando

un puro importado, mientras sus botas de cuero fino se manchaban de sangre ajena,

estaba él, el coronel Mauricio Estrada, un hombre que no había nacido cruel, se

había convertido en cruel. Un federal de ojos pequeños y hundidos

como pozos secos, con un bigote recortado a la pruana que escondía una boca torcida por el desprecio.

Medía apenas 1,65, pero caminaba como si midiera 3 m.

Porque el poder, compadre, el poder hace crecer a los cobardes y Estrada era el

hombre más poderoso en 100 km a la redonda. Tenía bajo su mando a 200

federales armados hasta los dientes con rifles nuevecitos que el gobierno de

Huerta le había enviado para pacificar la sierra. Pero Estrada no pacificaba.

Estrada jugaba y su juego favorito, su juego favorito era algo que ni el

mismísimo [ __ ] hubiera imaginado. Atar ancianas a los mezquites como carnada

para los pecaríes. Órale, compadre. Ya sé lo que estás pensando. Ya sé que sientes esa rabia

subiéndote por el pecho como lumbre de ocote. Ya sé que quieres saber cómo terminó este desgraciado y te lo voy a

contar. Pero primero necesito que hagas algo por mí. Si quieres conocer la historia completa de como Pancho Villa

le enseñó a este coronel del infierno lo que significa la verdadera justicia,

dale like a este video ahorita mismo. Suscríbete al canal si todavía no lo has

hecho y déjame un comentario diciéndome desde qué ciudad me estás viendo, porque

esta comunidad de hombres que todavía creen en el honor y la justicia crece

cada día más. Ya le diste like. Bien, porque lo que

viene está bien cabrón. Lo que te voy a contar esta noche no viene en los libros

de historia. No lo vas a encontrar en ninguna escuela ni en ningún museo. Esta

es una leyenda que se cuenta en voz baja alrededor de fogatas, en los ranchos más

alejados de Chihuahua. Una historia que los viejos se niegan a olvidar porque

saben que olvidarla sería traicionar a los muertos. Esta es la historia de cómo

el coronel Mauricio Estrada, el demonio de charreteras, conoció el verdadero

miedo. Esta es la historia de cómo una madre muerta gritó desde el más allá

hasta que su grito llegó a oídos del único hombre que podía hacer justicia.

Esta es la historia de como Pancho Villa demostró una vez más que en el norte de

México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo

y con mauser en la mano. Bienvenido a la deuda del desierto. Cuentan los viejos

de la sierra que el mal llegó a San Isidro del Refugio un martes de cuaresma. llegó en forma de polvareda

una columna de 200 jinetes federales que emergió del horizonte como plaga de

langostas, levantando una nube de tierra tan espesa que tapó el sol por casi una

hora. Los campesinos dejaron sus yuntas en medio del surco. Las mujeres

recogieron a sus hijos y los metieron a las casas. Los perros, esos animales que

todo lo presienten, comenzaron aullar como si ya supieran lo que venía. Al

frente de la columna, montado en un caballo negro que parecía sacado del mismísimo infierno, venía el coronel

Mauricio Estrada. Tenía 38 años en aquel entonces, pero

aparentaba 50. La crueldad envejece, compadre, envejece

por fuera y pudre por dentro. Su rostro estaba marcado por una cicatriz que le

cruzaba la mejilla izquierda. Decían que se la había hecho él mismo borracho, una

noche que perdió en el juego de cartas y decidió castigar a su propio reflejo en

el espejo. Pero los ojos, los ojos eran lo peor. Eran ojos de serpiente de

cascabel, ojos que no parpadeaban, ojos que te miraban como si ya

estuvieras muerto y él solo estuviera calculando dóe enterrarte. El coronel

desmontó en la plaza principal del pueblo frente a la iglesia de San Isidro. El padre Benjamín, un cura viejo

de barba blanca que llevaba 40 años bautizando y enterrando a la gente del pueblo, salió a recibirlo con las manos

extendidas en señal de paz. Bienvenido sea, señor coronel. Este humilde pueblo

está a sus órdenes. ¿En qué podemos servirle? Estrada no contestó de inmediato.

Primero escupió en el suelo, justo frente a los pies del padre. Luego se

quitó los guantes de cuero despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y finalmente habló con una voz

que sonaba como piedras arrastrándose. Necesito tres cosas, padrecito. Comida

para mis hombres, agua para mis caballos y mujeres para mi diversión. El padre

Benjamín sintió que el alma se le caía a los pies. Señor coronel, con todo respeto, este es

un pueblo de gente humilde, gente de Dios. Las mujeres aquí son madres,

esposas, hijas. ¿Y eso qué? Interrumpió Estrada con una sonrisa que no tenía

nada de humana. ¿Cree usted que a mí me importa lo que son? A mí solo me importa lo que sirven.

Esa primera noche, los federales tomaron el pueblo como si fuera territorio

conquistado. Se instalaron en las mejores casas, sacando a las familias a

patadas. Vaciaron las bodegas de maíz y frijol que los campesinos habían

guardado para el invierno. Sacrificaron las pocas reces que quedaban. Y cuando