Don Evaristo Molina observó a las tres vacas con desprecio. Eran flacas,

caminaban lento y ya no daban leche. Para él solo ocupaban espacio y consumían alimento inútilmente.

Cuando vio llegar al anciano don Aurelio Reyes, supo que había una oportunidad,

no de ayudar, sino de deshacerse de un problema sin perder dinero. Don Aurelio

miró a los animales con atención. No sabía mucho de ganado, pero creyó en

la palabra del patrón. Evaristo habló rápido, minimizó los defectos y exageró

el valor. Dijo que solo estaban cansadas y que con cuidado volverían a producir.

El anciano dudó, pero sacó una pequeña bolsa con monedas y billetes gastados. Eran todos sus ahorros reunidos durante

años. Evaristo los tomó sin mirarlo a los ojos. Para él trato era perfecto.

Vacas inútiles a cambio de dinero limpio. No sintió culpa, solo alivio.

Don Aurelio se llevó a las vacas creyendo haber hecho una buena compra. Caminó despacio, guiándolas con

paciencia. No sabía que ese momento marcaría el inicio de algo mucho más grande que una simple estafa. Esa noche,

don Evaristo durmió tranquilo. Comentó con orgullo que había sido listo. Dijo

que el anciano no necesitaba tanto dinero y que las vacas ya no servían para nada. Para él, el asunto estaba

cerrado. Había ganado y punto. Pero mientras el patrón celebraba su astucia,

en el pequeño corral del anciano comenzaba una lucha silenciosa que cambiaría el destino de ambos. Don

Aurelio acomodó a las vacas con cuidado, les dio agua limpia y las cubrió del frío. Observó sus costillas marcadas y

entendió que estaban más enfermas de lo que le dijeron. No maldijo, no reclamó,

solo decidió cuidarlas lo mejor que pudiera. Sin saberlo, ese gesto sencillo

iba a revelar una verdad que Don Evaristo jamás quiso enfrentar. Y cuando esa verdad saliera a la luz, el patrón

descubriría que no todas las pérdidas se miden en dinero. Don Evaristo Molina se

apoyó en la cerca y miró al anciano de arriba a abajo. “Mírelas bien, don Aurelio”, dijo con tono seguro. No están

malas, solo cansadas. Con buena comida vuelven a dar leche. Don Aurelio pasó la

mano por el lomo huesudo de una vaca. Las veo flacas”, respondió despacio.

“¿Seguro que todavía sirven?” “Claro que sirven”, contestó el patrón sin dudar.

“Si no, cree que se las estaría ofreciendo”. El anciano bajó la mirada.

“No tengo mucho dinero, solo lo que ahorré en estos años.” Don Evaristoó de

lado. “Precisamente por eso se las dejo baratas. Tres vacas por todo eso es un

regalo. Yo podría venderlas más caro, pero quiero ayudarlo. Don Aurelio dudó

unos segundos más. Confío en su palabra, patrón. Haga bien, respondió Evaristo.

No se va a arrepentir. Cuando el anciano entregó la bolsa con dinero, don Evaristo la contó rápido. Está completo.

Dijo. Trato hecho. Gracias. Ojalá Dios se lo pague”, murmuró don Aurelio. El

patrón soltó una risa corta. “No se preocupe por mí, preocúpese por ordeñar

pronto.” Las vacas fueron llevadas una a una fuera del corral, caminando lento,

sin fuerza. Don Aurelio se despidió con respeto. “Que esté bien, don Evaristo.”

“Igualmente”, respondió el patrón, dándose vuelta antes de que el anciano se alejara. Cuando quedó solo, don

Evaristo habló en voz alta, sin pudor. Vacas inútiles y todavía me dejaron

dinero. No sabía que esas mismas vacas a las que acababa de despreciar serían el

inicio de la peor pérdida de su vida. Al amanecer, don Aurelio Reyes intentó

ordeñar a la primera vaca. Esperó con paciencia, pero no salió ni una gota.

Probó con la segunda y luego con la tercera. El resultado fue el mismo. El

anciano suspiró y acarició el cuello del animal. Dijo en voz baja que no pasaba

nada, que quizá necesitaban descanso. Sin embargo, al observarlas con más

atención, notó llagas, respiración pesada y un cansancio que no era normal.

Aquellas vacas no estaban solo flacas, estaban enfermas desde hacía tiempo. Don

Aurelio habló solo, como si las vacas pudieran escucharlo. Dijo que nadie

merece ser tratado así, ni siquiera un animal. Recordó las palabras del patrón y sintió

un nudo en el pecho. Algo no encajaba. Decidió buscar a un veterinario del

pueblo vecino, aunque eso significara gastar lo poco que le quedaba. Mientras tanto, les dio agua limpia y

las cubrió del frío. No las había comprado para explotarlas. Las había

comprado creyendo en una palabra que ahora empezaba a romperse. Esa tarde el veterinario confirmó lo que

don Aurelio ya temía. Explicó con calma que las vacas llevaban meses enfermas y

que jamás volverían a dar leche. Dijo que venderlas así no era un error, era una falta grave. El anciano escuchó en

silencio, apretando el sombrero entre las manos. Preguntó si podían salvarse.

La respuesta fue honesta, solo con cuidados, y aún así no producirían nada.

Don Aurelio agradeció y acompañó al hombre hasta la salida, con la certeza de haber sido engañado.

Esa noche, sentado frente al corral, don Aurelio habló en voz alta. Dijo que iría

a ver al patrón, no para gritarle. sino para decirle la verdad a la cara. No

buscaba su dinero de vuelta, buscaba que asumiera lo que había hecho. Las vacas respiraban lento detrás de él. Don

Aurelio no lo sabía aún, pero ese encuentro iba a ser el primero de muchos y con cada palabra que pronunciara, el

engaño del patrón empezaría a desmoronarse. Don Aurelio Reyes llegó a la finca

temprano. Don Evaristo Molina estaba revisando cuentas cuando lo vio acercarse. Levantó la vista con fastidio

y preguntó qué se le ofrecía. El anciano respondió que venía a hablar de las vacas. dijo que no daban leche y que

estaban enfermas desde antes del trato. El patrón soltó una risa breve y respondió que eso no era asunto suyo.

Afirmó que el trato ya estaba hecho y que cada quien debía hacerse cargo de lo que compraba. Don Aurelio lo miró fijo y

le dijo que él había confiado en su palabra. Don Evaristo respondió que nadie lo obligó a comprar. Dijo que las

vacas estaban viejas y que eso se notaba a simple vista. El anciano respiró hondo y explicó que