Un vestido comprado sin medirse, un anillo empeñado para recomprarlo, una
invitación escrita con letra temblorosa. Bastó ese conjunto de decisiones para
que la plaza de la herradura hierba de cuchicheos. Nadie imaginaba que la frase
de una niña pronunciada con la naturalidad de quien señala el amanecer
iba a detener la burla como un disparo en seco. Es guapa, papi. Pero antes de
esa frase, antes del silencio, antes de los ojos abriéndose, hubo días de polvo,

pan caliente y orgullo herido. La herradura era un pueblo que olía a cuero
mojado y a madera recién cortada. A la hora de la siesta, los cascos golpeaban
flojo y los toldos proyectaban sombras como alas sobre la calle principal.
Mateo Luján, vaquero de hombros anchos, regresó de la última arriada con las
manos partidas por la soga y la mirada de hombre que ha sobrevivido a demasiados inviernos. Viudo desde hacía
tres años. Vivía en el rancho El South con su hija Luz, una criatura de 6 años
de risa franca y con un puñado de peones fieles. Desde la muerte de Estela, su
esposa, Mateo, había aprendido a hablar poco y a escuchar mucho. Necesitaba una
cocinera, decían algunos. Necesitaba una mujer, decían otros. Necesitaba olvidar.
Susurraban los que no sabían nada. La historia comenzó de veras en la panadería de Delfina Robles. El calor
del horno le enrojecía las mejillas y le perlaba la frente. Sus manos, grandes y
seguras daban forma a las hogazas con una gentileza que no se aprende en ningún libro. Delfina era robusta, de
andar pausado, con una sonrisa que se asomaba tímida como si pidiera permiso.
La llamaba novesa con una crueldad que siempre encontraba esquina para doblar.
Ella fingía no oír. Tenía un secreto guardado en una caja de lata sobre la
alacena, un recorte de periódico con el retrato de Mateo en un festival de doma,
sosteniendo a luz cuando era apenas un bulto envuelto. Había en ese recorte una
promesa hecha hacia adentro. Si alguna vez me llaman, iré de frente sin
esconderme. La llamaron por primera vez una mañana de mercado. Doña Honoria, la
costurera, entró a la panadería llevando bajo el brazo una tela de algodón crudo.
Delfina, dijo dejando el paquete sobre el mostrador. Necesito que me guardes
esto y que vengas después a mi taller. Hay un encargo para ti. Para mí. Delfín
asintió un latigazo de pudor. Se limpió las manos en el delantal que tenía
manchas de harina como pequeñas nubes. Un encargo de costura. Ya sabe que lo
mío son los panes. No de costura, de corazón, repuso la costurera y salió sin
explicar más. A la misma hora, Mateo llegaba a la tienda de telas con luz
para comprar cinta de cabello. La niña escogió una de color malva, la puso
sobre la cabeza y preguntó con la inocencia inconvenientemente sincera de
su edad. Papi, mamá tenía cintas así. Mateo tragó saliva. La voz se le puso
áspera como el borde de una botella rota. Sí, muñeca. tenía de todos los
colores. Entonces, cuando tengamos otra mamá, también usará. La vendedora fingió
acomodar cajas para dejar de mirar. Los hombres que estaban en la puerta, Teodoro Vaca entre ellos, capataz del
rancho vecino, sonrieron con esa media luna amarga que se toma por chanza y es
veneno. Otra mamá, repitió Teodoro arrugando la nariz. Mateo, el pueblo te
agradece que al fin pienses en rehacer tu vida, aunque puso voz de secreto.
Corren rumores de que la novia es la panadera. ¿Qué cosas ve uno? No. Mateo
no respondió. Echó unas monedas en el mostrador y se llevó a su hija. La frase
le había caído encima como una bolsa de arena. La panadera. Pensó en los panes
tibios que llegaban al rancho cuando Estela agonizaba. en la sombra discreta
que dejaba la canasta sobre el zaguán, recordó un pañuelo bordado que apareció
un día junto al lecho con un aroma a canela imposible de confundir, y sin
embargo, el rumor le supo a burla, a trampa. Esa tarde, en el taller de doña
Honoria, Delfina supo de qué encargo se trataba. La costurera abrió la tela de
algodón y luego, con dedos que temblaban un poco, sacó de una caja un sobre
amarillento. Esto me lo dio tu difunta, dijo mirando la puerta como si temiera
que el aire escuchara. Me lo dio Estela. Delfina se sentó sin pedir permiso. Sus
manos, las de amasar, quedaron suspendidas sobre el regazo. ¿Qué qué
dice? dice que si ella faltaba, yo debía llamar a la mujer que sabe a pan y
canela para que vista el vestido de casa, para que cuide a su niña, para
que, si el viudo la mira con verdad, le haga un sitio junto a él. El taller se
volvió de pronto una caja demasiado pequeña para tanta respiración. Delfina
apretó los párpados, no lloró. El llanto se decía. Enfría la masa. ¿Por qué yo?,
preguntó con la voz tan bajita que parecía venir desde las trenzas. Porque
tú trajiste pan cuando nadie quería arrimarse al rancho. Porque te quedabas detrás de la puerta escuchando a la niña
reírse dormida. Porque doña Honoria tragó. Porque Estela lo escribió. Y yo
cumplo lo que se me encarga. La gente Delfina miró su propio cuerpo. Esa
presencia que tanto estorbo parecía causar. La gente se reirá. La gente
siempre encuentra de qué reír, respondió la costurera. Pero una carta como esta
no se esconde. A la mañana siguiente, Mateo recibió un recado. Pásese por el
taller. Fue lo esperaba el olor a tiza y a tela lavada. Y también doña Honoria
con el sobre en la mano. No me mire así, Mateo dijo, si la carta no fuera de
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