Lucía apretó la bolsa de plástico contra su pecho mientras Canelo tiraba de la

cuerda que usaba como correa. El perro, un callejero color canela con una oreja

doblada, ladraba sin parar hacia un montón de tierra en el terreno valdío.

Era el mismo terreno donde Lucía buscaba latas y botellas para vender cada tarde,

pero Canelo nunca se había comportado así. ¿Qué pasa, Canelo? Lucía soltó la

cuerda y el perro corrió directo al montículo de tierra, escarvando con

desesperación. Sus patas delanteras volaban, lanzando tierra en todas

direcciones. Ladraba, escarvaba, ladraba más. Lucía tenía 15 años y había

aprendido a confiar en su perro más que en cualquier persona. Canelo la había

salvado de ser asaltada dos veces. La alertaba cuando alguien se acercaba mientras dormía. Era su familia, su

guardián, su único amigo en este mundo cruel. Está bien, está bien. Voy.

Lucía se arrodilló junto al perro y comenzó a apartar tierra con las manos. El sol de la tarde pegaba fuerte, sus

dedos se llenaron de mugre, pero siguió cabando porque Canelo no dejaba de ladrar, cada vez más insistente. Sus

dedos tocaron algo duro, metal. Lucía acabó más rápido, con el corazón

comenzando a latir más fuerte. Emergió una esquina de metal oxidado, luego

otra, una caja. Había una caja enterrada ahí. Lucía miró alrededor. El terreno

valdío estaba vacío. Eran las 4 de la tarde y la mayoría de la gente estaba

trabajando o en sus casas. Nadie la veía, solo Canelo, que ahora se había

sentado jadeando, mirándola con esos ojos cafés que parecían decir, “Te lo

dije.” Lucía sacó la caja completamente. Era del tamaño de una caja de zapatos

pesada con un candado oxidado que se rompió con un jalón fuerte. Sus manos

temblaban mientras abría la tapa. Adentro, envueltas en tela encerada,

había cosas que brillaban, joyas, monedas de oro y papeles amarillentos

que parecían muy viejos. Lucía sintió que el mundo daba vueltas porque esto no

podía ser real. Las cosas así no le pasaban a niñas huérfanas, que dormían

detrás de tortillerías y comían una vez al día. Un año antes, Lucía tenía una

vida diferente, no fácil. Nunca había sido fácil, pero tenía a sus padres.

Vivían en un cuarto pequeño en Tequisquiapán, un pueblo mágico de Querétaro conocido por sus aguas

termales y sus calles empedradas. Su padre trabajaba como albañil. Su madre

vendía gelatinas en el mercado. Ganaban lo justo para comer y pagar la renta.

Entonces llegó aquel sábado de marzo. Sus padres habían ido a San Juan del Río

a comprar material para las gelatinas. El autobús en el que viajaban se salió

de la carretera en una curva. 20 personas murieron, entre ellas Manuel y

Rosa Herrera. Los padres de Lucía. A los 14 años, Lucía se quedó sola, sin

familia extendida, sin ahorros, sin nadie que la reclamara.

Pasó dos semanas en un albergue del dif hasta que se escapó una noche. Prefería

la calle a un orfanato donde la separaran de Canelo, el cachorro que

había encontrado tiritando junto a un bote de basura tres meses antes del accidente. Desde entonces, Lucía y

Canelo sobrevivían juntos. Ella vendía dulces que compraba al mayoreo con el

dinero de reciclar latas. dormía en un cuartito abandonado detrás de la

tortillería La Guadalupana, cuyo dueño don Tomás hacía la vista gorda. Se

bañaba cuando podía en los baños públicos del mercado. Comía tacos cuando le iba bien, pan dulce cuando no, Canelo

comía lo que Lucía comía. Si ella pasaba hambre, él también. Si ella encontraba

comida, compartían. eran un equipo. Lucía hablaba con Canelo como si

entendiera cada palabra y a veces sentía que realmente la entendía. Ahora,

arrodillada frente a una caja llena de tesoros, Lucía acarició la cabeza de su

perro. encontraste algo increíble, amigo, pero no sé si es bueno o malo.

Lucía cerró la caja rápidamente y la metió en su bolsa de plástico, cubriéndola con las latas que había

recolectado. Su instinto le decía que no debía dejar que nadie viera lo que había

encontrado. No todavía. No hasta que supiera qué hacer. Caminó de regreso a

su cuartito con Canelo pegado a su pierna. Cada persona que pasaba le parecía sospechosa. Cada mirada se

sentía como si supieran lo que llevaba, pero nadie le prestaba atención. Para la

gente de Tequisquiapan, Lucía era solo otra niña de la calle, invisible, no

importante. El cuartito detrás de la tortillería era diminuto, apenas 3 m por do. Había sido

una bodega que ya no se usaba. No tenía ventanas, solo una puerta de metal con

un candado que Lucía había instalado ella misma. Dentro guardaba sus pocas

pertenencias. Dos cobijas, un colchón delgado que había rescatado de la basura, una mochila con ropa, tres

libros que había encontrado en un contenedor y una foto arrugada de sus padres. Cerró la puerta con llave y

encendió una vela. La electricidad no llegaba al cuartito, así que la vela era

su única luz cuando oscurecía. Canelo se echó en su esquina habitual mientras Lucía sacaba la caja y la colocaba sobre

el colchón. A la luz parpade de la vela, examinó el contenido con más cuidado.

Había seis collares de oro con piedras de colores, 10 anillos, algunos con

diamantes pequeños, tres pulseras gruesas y monedas, al menos 30 monedas

de oro con fechas que Lucía apenas podía leer, 1930,

1940, 1950. Pero lo que más llamó su atención fueron

los papeles. Eran documentos viejos escritos a máquina en papel tan delgado

que parecía que se desintegraría al tocarlo. Lucía los leyó lentamente,