Cueste lo que cueste este, voy a vengar la muerte de mi padre,

el patrón, sus guardias, todos esos malditos van a arder en el infierno. Te lo juro, papá,

te lo juro. Parecía imposible. un niño paralítico de las piernas, solo en el desierto de

Chihuahua, arrastrando el cuerpo de su padre muerto, pero estaba decidido a llegar hasta las últimas consecuencias

para encontrar a Pancho Villa. Su única esperanza, que el desgraciado que

asesinó a su padre nunca volviera a matar gente inocente y que pagara con

sangre lo que hizo. Pero eso, compadre, no iba a ser tan fácil como el muchacho

pensaba. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué

ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.

Tres días antes, Xavier había visto morir a su padre. Esteban trabajaba como vaquero en la hacienda de don Aristeo

Valenzuela, uno de esos patrones que se creían dueños no solo de la tierra, sino

de las almas. Trabajo duro pero honesto. Xavier siempre lo acompañaba en su silla

de ruedas que su padre construyó con madera de álamo y ruedas reforzadas con

cuero. No podía caminar desde que la poliomielitis le quemó las piernas a los

5 años. Aquel martes regresaban temprano cuando escucharon gritos del cañón.

Esteban le hizo señas de quedarse quieto y se acercó escondiéndose entre las rocas. Lo que vio le arrancó el aire.

Don Aristeo Valenzuela tenía acorralada a una muchacha contra las piedras del arroyo. La niña no tendría más de 15

años, hija de un campesino. Lloraba mientras dos guardias blancos la sujetaban y el asendado se subía el

cinturón riendo. Assí se paga la renta en mis tierras. Esteban respiró

demasiado fuerte. Un guardia lo escuchó. Giró con el rifle, gritó, en segundos lo

capturaron. No sirvió de nada decir que no había visto nada. Don Aristeo conocía

la verdad en sus ojos y no perdonaba testigos. Lo arrastraron hasta la casa

grande. Xavier lo siguió a distancia, empujando su silla por el camino, el

corazón martillándole en el pecho. Desde detrás de un establo vio todo. El

teniente Urrutia, jefe de guardias blancos, golpeó a Esteban con la culata

del rifle hasta tirarlo de rodillas. ¿Qué viste, perro sarnoso? Esteban

escupió sangre y dientes, pero no respondió. Don Aristeo bajó las escaleras despacio, camisa todavía

abierta, se acercó, le levantó la cara agarrándolo del pelo, sonríó. Tú y tu

esquinkle liciado me han servido bien estos años, pero hay cosas que un hombre no puede ver y seguir viviendo. Esteban

lo miró directo a los ojos. Que Dios te maldiga. La bofetada resonó como

disparo. Don Aristeo sacó su colt con cachas de náar y le disparó en el estómago. Esteban se dobló, pero no

cayó. Quedó de rodillas con las manos presionadas contra la herida, mientras la sangre empapaba su camisa.

Entiérrenlo lejos y si encuentran al niño tullido, mátenlo también. Los

guardias arrastraron a Esteban hacia los corrales. Todavía respiraba, pero un

balazo en la panza era sentencia de muerte. Lo tiraron en la tierra como costal viejo y se fueron riendo. Xavier

esperó hasta que las luces se apagaron. Empujó su silla hacia los corrales, cada

chirrido sonando como grito en el silencio. Encontró a su padre donde lo dejaron, consciente, pero con mirada

perdida. La sangre formaba charco oscuro. “Javier, tienes que irte.” “No,

papá, te voy a llevar.” Usando sogas del corral, amarró a su padre a la silla por

el pecho, los brazos, dejando las piernas colgando. No era digno, pero era

lo único posible. Esteban perdió la conciencia mientras trabajaba. empujó la

silla hacia el desierto. Las ruedas se hundían en arena, se atascaban en piedras, los músculos ardían como

brasas, las manos se llenaron de ampollas en la primera hora, después reventaron y manchó las ruedas con

sangre, pero no se detuvo. No cuando el sol convirtió el aire en fuego, no

cuando los zopilotes empezaron a seguirlo, no cuando su padre murió en la

segunda noche. Xavier sabía dónde ir. Pancho Villa andaba por las sierras

atacando haciendas. Si alguien podía hacer que Valenzuela pagara, era el

centauro del norte. Había escuchado rumores de un campamento cerca del cañón

de San Marcos, dos días al norte. Tal vez mentiras, pero era su única

esperanza. En el tercer día, el agua se acabó. lamió rocío de las piedras,

masticó lechuguilla para sacar humedad. Su lengua se hinchó como trapo seco, los

labios sangraban, la piel de los brazos se peló hasta quedar en carne viva.

Empezó a ver cosas, su madre muerta llamándolo Esteban vivo, diciéndole que

descansara, pero seguía empujando. Cada piedra era tortura, cada metro victoria

contra la muerte. El cadáver se hinchaba bajo el calor, la piel oscureciéndose,

el olor atrayendo moscas. Los zopilotes volaban más bajo cada hora.

Xavier ya no sentía las manos, ya no sentía sed, solo vacío ardiente en la

garganta, ya no pensaba, solo empujaba. Empujar o morir. Y morir significaba que

su padre había muerto por nada. El sol del cuarto día empezaba a caer cuando

vio polvo al horizonte, jinetes, podían ser federales, bandidos,

revolucionarios. Ya no importaba si venían a matarlo, al menos moriría intentando. Si venían a ayudar, tal vez

Dios todavía escuchaba. Siguió empujando hacia ellos. El viejo que desmontó

primero se quitó el sombrero y se quedó mirando como si no creyera lo que veían

sus ojos. Cananas cruzadas en el pecho, rifle terciado, cara curtida por mil

batallas. Miró la silla, miró el cadáver, miró al niño medio muerto.

Escupió al suelo. Muchacho, dijo con voz ronca, “¿Para dónde vas con ese muerto?”

Xavier levantó la cabeza. Tenía los ojos inyectados de sangre, la cara cubierta de polvo y costras. Cuando habló, su voz