Moscú. Invierno de 1941.
El aire cortaba como cuchillos de hielo.

Las calles estaban cubiertas de nieve
manchada con sangre y cenizas. Los
alemanes estaban a las puertas de la
ciudad. Hitler creía que la victoria era
suya, pero estaba a punto de cometer el
error más grande de su vida. En un
búnker subterráneo, rodeado de mapas y
cigarrillos aplastados, un hombre
observaba en silencio: “Je Sukob, el
general que cambiaría el curso de la
Segunda Guerra Mundial.” Sus ojos fríos
recorrían las líneas enemigas marcadas
en rojo sobre el mapa. Los nazis tenían
más hombres, más tanques, más armas. En
papel, los soviéticos ya habían perdido.
Pero Sucob sabía algo que Hitler no
sabía. La guerra no se ganaba solo con
acero, se ganaba con la mente, con el
engaño, con la astucia y estaba a punto
de ejecutar la operación de decepción
más audaz de la historia militar. Los
oficiales alemanes en el Frente Oriental
estaban eufóricos. Sus reportes de
reconocimiento aéreo mostraban algo
extraordinario. Concentraciones masivas
de tanques soviéticos, cientos, miles de
ellos. Formaciones enteras de T34 y KV1
posicionados en los flancos. Los pilotos
alemanes regresaban con fotografías
claras. Las divisiones pancer podían ver
las siluetas oscuras de los tanques
enemigos desde sus posiciones avanzadas.
En la sala de estrategia del alto mando
alemán, los generales se reunieron
alrededor de las fotografías aéreas. Ahí
estaban tanques soviéticos por todas
partes, miles de ellos. Las sombras eran
inconfundibles, las formas
características de los vehículos
blindados, las torretas, los cañones
apuntando hacia delante. Un coronel de
la Luft Buffe señaló las imágenes con su
dedo. Aquí, aquí y aquí. Concentraciones
masivas, al menos tres divisiones
acorazadas completas, quizás más.
Los generales asintieron gravemente.
Esto cambiaba todo. Stalin había reunido
sus últimas reservas. Los soviéticos
estaban preparando un contraataque
desesperado. Necesitaban redirigir sus
propias fuerzas Pancer para enfrentar
esta amenaza. Las preciosas divisiones
de Pancer 4, el orgullo de la Wermched,
tendrían que moverse para contener este
nuevo peligro. Hitler recibió los
informes en su cuartel general. Sus ojos
brillaron con satisfacción. Los
bolcheviques están desesperados”, dijo a
sus generales. “Están reuniendo todo lo
que tienen para un último ataque
suicida. Aplastaremos sus tanques,
destruiremos sus últimas reservas y
Moscú caerá.” Las órdenes fluyeron por
las líneas de comunicación alemanas. Las
divisiones Pancer se reposicionaron.
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