Mamá, firmá esto o te dejo en la calle”, amenazó el hijo. Pero Jesús le dio una

sorpresa. El sol de Sinaloa caía como plomo derretido sobre el rancho el

refugio, 20 heectáreas de tierra fértil, donde los establos guardaban el olor

dulce deleno fresco y las vacas Holstein pastaban bajo la sombra de los mezquites

centenarios. Era un jueves de agosto, de esos donde el calor hace temblar el

horizonte y el silencio del campo solo se rompe con el mujido ocasional del

ganado. En la cocina de la casa principal, una construcción de adobe y

tejas rojas que había resistido más de cuatro décadas de tormentas y sequías.

Doña María del Refugio Mendoza, a quien todos llamaban cuca, removía un caldero

de frijoles mientras su mirada de 75 años se perdía en recuerdos que pesaban

más que las dos cubetas de leche que todavía podía cargar cada mañana. Sus

manos, arrugadas como corteza de árbol viejo, temblaban ligeramente mientras

echaba cilantro picado al caldo. No era por la edad, era por la conversación que

había escuchado la noche anterior cuando creyó que dormía. Las voces de sus tres

hijos, Antonio de 52 años, Miguel de 49

y Sergio de 45 habían atravesado las paredes delgadas de adobe como cuchillos

afilados. Mamá ya está muy vieja”, había dicho Antonio el mayor con esa voz grave

que alguna vez Cuca había amado escuchar llamándola para pedirle tortillas recién

hechas. Necesitamos vender el rancho ahora. 35 millones de pesos divididos

entre tres. Casi 12 millones cada uno. Podemos empezar negocios propios.

Pero ella nunca va a aceptar”, respondió Miguel, el de en medio, ese que de niño

lloraba en su regazo cuando tenía pesadillas. Siempre dice que el rancho es para los

nietos. Entonces la convencemos, siseó Sergio, el menor, el que había

mamado de su pecho hasta los 3 años porque era enfermizo, o la obligamos.

Cuca había apretado el rosario bajo las sábanas, rogando a Dios que fueran solo

palabras dichas por el alcohol. Pero en su corazón, ese corazón que había latido

firme durante 40 años de viudez, sabía que algo oscuro había echado raíces en

las almas de sus hijos. 40 años. 40 años desde que Refugio Mendoza enviudó a los

35, cuando su esposo Tomás cayó fulminado por un infarto mientras

arreaba ganado bajo el sol inclemente, 40 años criando sola a tres niños,

levantándose a las 4 de la madrugada para ordeñar 15 vacas, hacer quesos,

vender leche de puerta en puerta en Culiacán, remendando ropa hasta la medianoche bajo la luz parpade de un

quinqué. porque no había dinero para pagar la electricidad. “Señor Jesús”,

susurraba Cuca mientras ordeñaba en aquellas madrugadas heladas de invierno,

con los dedos entumecidos y las lágrimas congelándose en sus mejillas. “Tú que

fuiste huérfano de padre, cuida a mis huérfanos. Tú que conociste el hambre,

multiplica este poco de leche para alimentarlos. Tú que trabajaste con tus manos, bendice estas manos cansadas. Y

Dios había respondido, el rancho prosperó. Las 20 hectáreas que

Tomás dejó se llenaron de ganado de buena raza. Los quesos de doña Cuca se

hicieron famosos en tres municipios. La leche era tan pura que los restaurantes

la pedían especialmente. Antonio pudo estudiar agronomía. Miguel terminó

administración de empresas. Sergio se graduó de veterinaria. Los tres tuvieron

carreras, esposas, hijos. Los tres construyeron casas en el mismo terreno

del rancho, casas con aire acondicionado y televisores de pantalla grande,

mientras Cuca seguía viviendo en la casa de adobe, donde había criado sola a sus

polluelos. Pero las esposas de sus hijos, Lorena, Patricia y Verónica,

tenían ojos que brillaban con ambición. Querían autos del año, viajes a Cancún,

ropa de marca y habían llenado las cabezas de sus maridos con veneno más

letal que el de las víboras de cascabel, que a veces aparecían entre los

matorrales. Mamá, entró Antonio esa tarde al comedor, donde Cuca preparaba la mesa

para la cena familiar del jueves. Su voz tenía un tono que ella no reconocía,

duro como piedra. Necesitamos hablar los tres. Miguel y Sergio

entraron detrás de él. Las esposas se quedaron en sus respectivas casas como

buitres esperando el momento de caer sobre la presa. Cuca sintió un escalofrío recorrerle la espalda a pesar

del calor sofocante. “Siéntense, hijos”, dijo con voz tranquila, aunque el corazón le galopaba

en el pecho. ¿Quieren café? No queremos café, mamá. Antonio se sentó

frente a ella, sus ojos evitándolos de su madre. Queremos hablar del rancho.

¿Qué pasa con el rancho? Cuca juntó las manos sobre la mesa, sus nudillos blancos de la tensión. Mamá. Miguel se

aclaró la garganta. Tú ya tienes 75 años. Ya no deberías estar trabajando.

Ya no deberías estar preocupándote por vacas ni por cosechas. Yo no me preocupo, hijo respondió Cuca

suavemente. Yo disfruto. Este rancho es mi vida. Es lo que su padre me dejó. Es

lo que construimos juntos. Exactamente, mamá. Sergio se inclinó

hacia delante. Es lo que papá te dejó. Pero ahora deberías pensar en nosotros.

Somos tus hijos. Trabajamos aquí desde niños. Este rancho también es nuestro.

Cuca sintió como si le hubieran arrojado agua helada. Nuestro. Hijos. Ustedes

tienen sus profesiones, sus trabajos, sus casas. Casas que construimos con

nuestro dinero en tu terreno. Explotó Antonio perdiendo la compostura.