Petrona: LA ESCLAVA de Chiapas embarazada del patrón… nadie habló

En el año de 1751, cuando las lluvias de octubre convertían los caminos de Chiapas en ríos de lodo rojo y los cafetales de la hacienda San Jerónimo olían a tierra mojada y a frutos verdes, Petrona aprendió que el silencio podía ser más pesado que los costales de café que cargaba cada mañana. Tenía 22 años, la piel oscura como la madera de caoba que crecía en las montañas y una cicatriz delgada en la mejilla derecha que le había dejado el capataz Esteban Ruiz dos cosechas atrás, cuando ella cometió el error de levantar
la mirada mientras él gritaba órdenes. Petrona había nacido en esa hacienda, hija de Juan a la cocinera, y de un hombre cuyo nombre nadie pronunciaba porque había huido hacia las montañas cuando ella tenía 5 años. Algunos decían que había llegado hasta Oaxaca. Otros aseguraban que los perros lo habían encontrado muerto en un barranco.
Juana nunca habló del tema y Petrona aprendió desde niña que había preguntas que era mejor no hacer. La Hacienda San Jerónimo había pertenecido a la familia Orozco y Villalobos durante tres generaciones. El bisabuelo del actual patrón había llegado con las primeras expediciones españolas a Chiapas, recibiendo tierras como recompensa por sus servicios a la corona.
Esas tierras habían sido arrebatadas a los pueblos soques, que las habían cultivado durante siglos. Y sobre ellas se construyó primero una encomienda y luego una hacienda cafetalera que para mediados del siglo XVII producía suficiente riqueza para mantener una casa de tejas rojas, una capilla privada con retablo dorado, establos con caballos andaluces y 43 almas esclavizadas.
Algunos habían llegado en barcos desde África, pasando por Veracruz y luego por caminos imposibles hasta estas montañas. Otros, como Petrona, habían nacido ya en cautiverio, heredando las cadenas invisibles que ataban a sus padres. Don Sebastián de Orozco y Villalobos tenía 41 años cuando comenzó esta historia.
Era un hombre de estatura media con el cabello oscuro atravesado por hebras grises que se negaba a teñir y una manera de caminar que todavía mostraba la arrogancia de quien nunca había trabajado la tierra con sus propias manos. Había estudiado en el colegio de San Cristóbal de las Casas. leía libros que le llegaban desde Ciudad de México y ocasionalmente desde España y se consideraba a sí mismo un hombre ilustrado y cristiano.
Los domingos asistía sin falta a la misa en el pueblo de Cintalapa, llevando su bastón de caoba con empuñadura de plata y su sombrero de ala ancha, y siempre regresaba antes del mediodía para supervisar el trabajo de la semana siguiente. Su esposa, doña Mariana de la Cerda, había muerto 4 años atrás de fiebres puerperales tras dar a luz a un niño que no sobrevivió la noche.
Petrona recordaba esa noche con claridad terrible. Los gritos que salían de la habitación del patrón, el olor a sangre que impregnó toda la casa, el llanto del bebé que se fue apagando hasta convertirse en silencio y finalmente el sonido de don Sebastián rompiendo muebles en su estudio mientras el cura murmuraba oraciones en latín.
Después del funeral, el patrón se volvió un hombre de silencios largos y bebidas solitarias. Dejó de ir a las fiestas de los otros ascendados. Dejó de cortejar a las viudas y a las hijas casaderas de sus vecinos. Se encerraba en su biblioteca a leer o pasaba horas en el corredor que miraba hacia los cafetales con una botella de agua ardiente y la mirada perdida en algún punto del horizonte.
Petrona trabajaba en la casa grande desde que cumplió 12 años. Primero ayudando en la cocina con su madre, luego sirviendo en el comedor, después limpiando las habitaciones y ordenando la ropa del patrón. Conocía cada rincón de esa casa. sabía cuáles escalones crujían, cuáles ventanas se atascaban con la humedad, dónde don Sebastián guardaba sus libros más valiosos y dónde escondía la llave del cofre donde guardaba el dinero.
Conocía también los ritmos de su día. Se levantaba al amanecer, rezaba en su oratorio privado, desayunaba chocolate espeso con pan dulce, pasaba la mañana revisando cuentas o cabalgando por la propiedad, comía al mediodía, dormía la siesta y pasaba las tardes leyendo o supervisando trabajos. Las noches las dedicaba a beber cada vez más conforme pasaban los años desde la muerte de su esposa.
Los cambios comenzaron sutilmente. Primero fueron las miradas que duraban un momento más de lo necesario cuando Petrona entraba a una habitación. Después vinieron las órdenes específicas, que fuera ella, no otra quien llevara el café a su habitación cada mañana, que fuera ella quien limpiara su estudio, que fuera ella quien permaneciera cerca cuando él leía por si necesitaba algo.
Petrona reconocía esas señales. Había visto como el antiguo capataz miraba a Rosa. Había escuchado los gritos de Magdalena cuando la arrastraron al granero. Había lavado las sábanas manchadas de sangre de otrasmujeres. Sabía lo que venía, pero no había nada que pudiera hacer para detenerlo. La primera vez fue en la madrugada del 3 de noviembre de 1751 durante una tormenta tan fuerte que el mundo entero parecía estar disolviéndose en agua.
Petrona había estado durmiendo en su camastro en el cuarto detrás de la cocina cuando escuchó los golpes en la puerta. Era Esteban Ruiz, el capataz mestizo, que llevaba 15 años en la hacienda y que había aprendido a ser más cruel que cualquier español para demostrar su lealtad. “El patrón te manda llamar”, dijo sin mirarla a los ojos.
Petrona se levantó, se echó un reboso sobre los hombros y siguió a Esteban por los pasillos oscuros de la casa. podía sentir la mirada de su madre sobre su espalda, pero ninguna de las dos dijo palabra. Cuando llegaron a la puerta de la habitación del patrón, Esteban se alejó rápidamente, como si quisiera estar lo más lejos posible de lo que estaba por suceder.
Don Sebastián estaba sentado en el borde de la cama con la camisa abierta y una botella de aguardiente medio vacía sobre la mesa de noche. La habitación olía a alcohol y a velas de cera. Cuando Petrona entró, él levantó la vista y la miró con una expresión que ella nunca olvidaría.
No había deseo exactamente, ni amor, ni siquiera lujuria simple. era algo más complejo y más terrible, una mezcla de soledad desesperada, poder absoluto y la certeza de que podía tomar lo que quisiera porque ella no era una persona con derechos, sino una posesión. “Cierra la puerta”, dijo con voz pastosa por el alcohol. Petrona obedeció.
Don Sebastián se levantó, caminó hacia ella y por un momento simplemente la miró. Después levantó una mano y tocó su mejilla justo sobre la cicatriz. Su toque era sorprendentemente suave. “Eres hermosa”, murmuró. Y Petrona no supo si se lo decía a ella o a sí mismo. Lo que siguió fue rápido y mecánico. Don Sebastián no fue violento en el sentido de golpearla o forzarla físicamente.
No necesitaba hacerlo. La violencia ya estaba en todo el sistema que los rodeaba, en las leyes que la definían como propiedad, en el orden social que lo colocaba a él por encima de ella, de maneras tan absolutas que ni siquiera necesitaban ser articuladas. En el silencio cómplice de todos los que sabían que esto pasaba en cada hacienda, en cada casa grande, en cada rincón de la Nueva España.
Petrona se quedó quieta mirando un punto en la pared donde la pintura se descascaraba, y esperó a que terminara. Cuando acabó, don Sebastián se volvió a sentar en la cama y se sirvió más aguardiente. Petrona esperó instrucciones sin saber si debía irse o quedarse. “Puedes irte”, dijo finalmente sin mirarla.
“Y no hables de esto con nadie.” Petrona asintió y salió de la habitación. Caminó por los pasillos oscuros, sintiendo como algo dentro de ella se había roto, aunque no sabría decir exactamente qué. Cuando llegó al cuarto detrás de la cocina, encontró a Juana despierta, sentada en su propio camastro con una vela encendida. Sus ojos se encontraron en la penumbra y Petrona vio en los ojos de su madre un dolor que reconocía, porque era el mismo dolor que ella misma sentía.
Juana extendió los brazos y Petrona se dejó abrazar, aunque ninguna de las dos lloró. El llanto era un lujo que las mujeres como ellas no podían permitirse. ¿Te hizo daño?, preguntó Juana finalmente. No más del necesario. Sangraste un poco. Juana fue a buscar hierbas y preparó una infusión que ayudaría con el dolor y reduciría las posibilidades de embarazo.
Petrona la bebió, aunque sabía que esas hierbas no siempre funcionaban. se acostó en su camastro y escuchó la lluvia golpear el techo hasta que finalmente se quedó dormida. La siguientes semanas establecieron un patrón. Don Sebastián la llamaba dos, a veces tres veces por semana, siempre de noche, siempre cuando el resto de la casa dormía.
A veces hablaba mientras bebía, contándole cosas sobre su vida que Petrona no pedía escuchar, sobre su esposa muerta, sobre las deudas que tenía con comerciantes de Guatemala, sobre los nuevos impuestos que la corona exigía, sobre su soledad, que parecía crecer cada día como una planta venenosa. otras veces permanecía en silencio, simplemente usándola y dejándola ir después, sin decir palabra.
Petrona aprendió a dividirse en dos. Estaba la Petrona que existía durante el día, que trabajaba en la casa, que hablaba con las otras mujeres esclavizadas, que ayudaba a su madre en la cocina, que rezaba en la capilla cuando el cura venía a dar misa. Y estaba la petronacturna, la que entraba a la habitación del patrón y se convertía en algo menos que humana, un cuerpo sin voluntad, un objeto de consuelo para un hombre que tenía el poder de tomar lo que quisiera.
En la hacienda todos sabían lo que estaba pasando. Era imposible que no lo supieran. Rosa, que tenía 50 años y había visto todo, le tocó el hombro una mañana mientraslavaban ropa en el río. Así es como funciona, dijo. Los patrones toman lo que quieren. Siempre ha sido así y nunca cambia.
A veces los hijos salen con piel más clara, a veces los patrones les dan nombres o pequeños favores, pero al final siguen siendo esclavos. Y nosotras seguimos siendo lo que siempre fuimos. Esteban Ruiz, el capataz comenzó a tratarla con una mezcla de desprecio y respeto forzado. La despreciaba por ser la concubina del patrón, pero la respetaba porque maltratarla ahora podría traerle problemas.
Las otras mujeres esclavizadas se dividieron. Algunas la evitaban por envidia o por miedo a la asociación. Otras le mostraban una solidaridad silenciosa que se expresaba en pequeños gestos. Un trozo extra de tortilla ayuda con un trabajo pesado, una sonrisa de comprensión. El cura que venía cada mes desde Cintalapa sabía.
Era un franciscano viejo llamado Fray Cristóbal, que llevaba 30 años administrando sacramentos en las haciendas de la región. Había visto de todo y había aprendido que su supervivencia dependía de no hacer preguntas incómodas a los hombres poderosos. Cuando miraba a Petrona durante la misa, sus ojos mostraban lástima, pero nunca hablaba con ella sobre lo que sabía que estaba pasando.
Enero de 1752, Petrona se dio cuenta de que su sangre mensual no llegaba. Esperó una semana, luego dos, luego tres. Las náuseas comenzaron a despertarla antes del amanecer. Sus senos se volvieron sensibles y su cuerpo empezó a cambiar de maneras sutiles, pero inconfundibles. En febrero ya no había duda, estaba embarazada.
Se lo dijo primero a su madre. Estaban pelando yuca en la cocina con las manos ocupadas en el trabajo repetitivo que permitía que las conversaciones difíciles fluyeran más fácilmente. Estoy esperando un hijo dijo Petrona sin dejar de trabajar. Las manos de Juana se detuvieron. El cuchillo quedó suspendido en el aire por un momento antes de que continuara pelando.
¿De cuánto? tres meses, creo. Se lo has dicho a él. Todavía no. Juana dejó el cuchillo y se limpió las manos en el delantal. Miró a su hija con una expresión que mezclaba dolor, rabia impotente y una resignación que venía de años de ver lo mismo repetirse una y otra vez. “Cuando se lo digas, no esperes nada”, dijo.
“Tal vez te dé algún favor pequeño para calmar su conciencia. Tal vez ni siquiera eso, pero no esperes que reconozca al niño. No esperes que te dé libertad. No esperes que cambie nada. ¿Qué debo esperar entonces? Espera sobrevivir. Espera que te dejen quedarte con el bebé al menos un tiempo. Espera que no te vendan a otra hacienda.
Eso es todo lo que podemos esperar. Petrona tocó su vientre todavía plano bajo el vestido. Dentro de ella crecía una vida que no había pedido, concebida en circunstancias que nunca elegiría, pero que ya comenzaba a sentir como parte de sí misma. ¿Qué clase de vida tendría esa criatura? ¿Nacería libre o esclava? ¿Sería niño o niña? ¿Tendría la piel oscura como la de ella o más clara como la del patrón? Y si era más clara, eso haría su vida más fácil o más difícil, atrapada entre dos mundos, sin pertenecer completamente
a ninguno. Le tomó dos semanas más reunir el coraje para decirle a don Sebastián. Una noche, después de que él terminara de usarla, mientras se servía aguardiente de la botella que siempre mantenía en su habitación, Petrona habló con voz que intentaba sonar firme, pero que temblaba ligeramente. Patrón, necesito decirle algo.
Don Sebastián la miró con curiosidad leve. Raramente ella iniciaba conversaciones. Habla, estoy esperando un hijo. La copa se detuvo a medio camino de sus labios. Don Sebastián la miró largamente, como si estuviera haciendo cálculos mentales, evaluando fechas y posibilidades. Finalmente bebió, dejó la copa sobre la mesa y se pasó una mano por el cabello gris oscuro.
“Ya veo”, dijo con voz neutral. “¿Estás segura? Sí. ¿Y es mío? La pregunta era insultante en su implicación de que podría haber otros, pero Petrona mantuvo la voz calmada. No he estado con nadie más. No podría aunque quisiera. Don Sebastián asintió, aceptando la lógica de su propia posesión absoluta sobre ella. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia la oscuridad exterior, donde los cafetales dormían bajo la lluvia.
“¿Qué esperas de mí?”, preguntó finalmente. Era una pregunta extraña, porque ambos sabían que ella no podía esperar nada. No tenía derechos, no tenía poder, solo tenía la esperanza de que él decidiera ser misericordioso. Espero que me permita quedármelo, dijo Petrona, y que no me castigue por esto. Don Sebastián se volvió para mirarla y por un momento su expresión fue casi humana, casi vulnerable.
No voy a castigarte. Esto no es tu culpa. No añadió que tampoco era su culpa de él, aunque claramente lo era. En su mente, probablemente esto era simplemente lo que pasaba, el orden natural de las cosas. Los hombres teníannecesidades, las mujeres esclavizadas estaban disponibles, los hijos nacían. Así había sido siempre.
Cuando nazca el niño, continuó don Sebastián, “le daré un nombre. Me aseguraré de que tenga ropa decente y comida suficiente, y cuando tenga edad le enseñaré un oficio. No mencionó libertad, no mencionó reconocimiento legal, no mencionó darle su apellido o educarlo como a un hijo legítimo. Solo ofreció migajas de dignidad, un nombre, ropa, un oficio.
Y esperaba probablemente que Petrona estuviera agradecida por esas migajas. Gracias, patrón”, dijo Petrona, “porque eso era lo que se esperaba que dijera. Pero nadie debe saber que es mío, añadió don Sebastián con firmeza. ¿Entiendes? Será registrado como hijo de esclava, padre desconocido. Así debe ser. Entiendo.
Puedes irte.” Petrona salió de la habitación sintiéndose vacía. Había recibido promesas, pero sabía cuánto valían las promesas de los hombres poderosos a las mujeres sin poder. Los meses siguientes transcurrieron en una especie de limbo extraño. Don Sebastián dejó de llamarla por las noches, tal vez por algún resquicio de conciencia o tal vez simplemente porque su vientre creciente lo incomodaba.
Le ordenó a Juana que Petrona ya no cargara costales pesados, ni trabajara bajo el sol directo durante las horas más calurosas. Esteban Ruiz recibió instrucciones de asignarle tareas más ligeras. Las otras mujeres esclavizadas notaron estos cambios y sacaron sus propias conclusiones. Algunas la trataron con envidia, apenas disimulada.
Lucía, una mujer joven que había llegado de Veracruz dos años atrás, comenzó a hacer comentarios ácidos. “¡Miren a la favorita del patrón”, decía. “Ahora es demasiado delicada para trabajar como el resto de nosotras.” Otras mostraban compasión. Rosa se sentaba con ella en las tardes y le contaba qué esperar del parto, qué hierbas usar para el dolor, cómo amamantar cuando llegara el momento.
“Vas a necesitar fuerza”, le decía Rosa. “El parto es cuando descubres de qué estás hecha realmente.” Juana preparaba infusiones especiales para mantener a Petrona saludable, tes de hojas de aguacate para fortalecer, caldos espesos para nutrir, en plastos de hierbas cuando le dolía la espalda. No hablaban mucho sobre el futuro, sobre qué pasaría cuando naciera el bebé.
Era más fácil vivir día a día que enfrentar las incertidumbres que venían. En mayo llegó un visitador de la diócesis de Ciudad Real de Chiapas. Se llamaba Fray Tomás de Aguirre, un dominico de 35 años que había estudiado en Salamanca antes de venir a la Nueva España. Era parte de una nueva generación de clérigos influenciados por ideas reformistas que cuestionaban algunos de los abusos más flagrantes del sistema colonial.
Había leído a Bartolomé de las Casas, conocía las leyes nuevas y las cédulas reales más recientes sobre el trato a los esclavos y llegaba a las haciendas con una mezcla de idealismo y determinación de hacer cumplir las normas de la Iglesia. Don Sebastián lo recibió con cortesía fría. Conocía a estos frailes reformistas y sabía que podían causar problemas si encontraban irregularidades graves.
Así que ordenó que la hacienda se pusiera en orden, que limpiaran la capilla, que todos los esclavos asistieran a misa, que se mostraran los registros de bautizos y matrimonios al día. Fray Tomás pasó 4 días en San Jerónimo, inspeccionó las instalaciones, revisó los libros parroquiales, observó las condiciones de vida de los esclavos y hizo preguntas.
El tercer día entró a la cocina buscando agua fresca. Petrona estaba allí con su vientre ya prominente bajo el vestido de algodón. Freay Tomás la miró y algo en su expresión cambió. ¿Cuándo esperas dar a luz, hija?, preguntó con voz amable. En agosto creo, padre, ¿estás casada? No, padre. Fra Tomás frunció el ceño.
Según las normas de la iglesia, se suponía que los amos debían facilitar los matrimonios entre sus esclavos, no fomentar las uniones irregulares. Y el padre del niño, Petrona vaciló. Sabía que decir la verdad podría traer consecuencias terribles, pero mentir a un sacerdote también era pecado. No puedo decirlo, padre.
La respuesta fue suficiente. Fray Tomás no era tonto. Había visto esto en otras haciendas. Una esclava joven y hermosa, un patrón viudo, un embarazo sin matrimonio. Las piezas encajaban fácilmente. Entiendo dijo con voz suave. ¿Te ha tratado bien durante el embarazo? Sí, padre, me ha dado trabajo más ligero. Eso es bueno.
Cuando nazca el niño, ven a buscarme si necesitas ayuda. Estaré en Cintalapa. Esa noche Petrona escuchó voces elevadas en el estudio del patrón. Fray Tomás y don Sebastián hablaban, aunque no podía distinguir las palabras exactas. Al día siguiente, el fraile se marchó más temprano de lo planeado con una expresión de frustración apenas contenida en su rostro.
Antes de partir, buscó a Petrona. “Recuerda lo que tedije”, le susurró. Si necesitas ayuda, búscame. Y recuerda que ante Dios todos somos iguales, incluso si las leyes de los hombres dicen lo contrario. Después de que Fray Tomás se fuera, don Sebastián llamó a Petrona a su estudio. Estaba sentado detrás de su escritorio con documentos esparcidos frente a él y una expresión seria.
“¿Qué le dijiste al fraile?”, preguntó. Solo que estoy embarazada y no estoy casada. No dije nada más. Él preguntó quién es el padre. Sí, pero le dije que no podía decirlo. Don Sebastián asintió aparentemente satisfecho. Bien, estos frailes reformistas son problemáticos. vienen con ideas de igualdad y derechos que no entienden cómo funcionan realmente las cosas, pero mientras no tengan pruebas de nada, no pueden hacer nada.
Petrona no respondió. Se preguntaba qué tipo de pruebas harían falta. Su palabra. Pero, ¿quién creería la palabra de una esclava contra la de un ascendado respetado? ¿El testimonio de otros? Pero, ¿quién se arriesgaría a testificar? El silencio, comprendió, no era solo la ausencia de palabras, era una estructura activa mantenida por el miedo, por la complicidad, por un sistema completo que funcionaba para proteger a los poderosos y silenciar a los débiles.
Julio trajo calores sofocantes y lluvias torrenciales que alternaban de maneras impredecibles. El vientre de Petrona crecía cada día y con él crecían sus miedos sobre el futuro. Por las noches, acostada en su camastro, mientras escuchaba la respiración de su madre y las otras mujeres que dormían en el mismo cuarto, hablaba en silencio con el bebé que llevaba dentro.
le contaba sobre los cafetales que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, sobre el río donde lavaban la ropa, sobre las estrellas que brillaban en las noches claras. Le prometía amor, aunque no pudiera prometerle libertad. le prometía que haría todo lo posible por protegerlo, aunque sabía que su poder para proteger era casi inexistente.
A mediados de julio llegaron noticias que cambiarían todo. Un barco mercante había naufragado cerca de Tapachula y entre los sobrevivientes estaba Vicente de Orosco y Mendoza, sobrino de don Sebastián e hijo de su hermana mayor que vivía en Madrid. Vicente venía a la Nueva España para supervisar los intereses familiares, ya que su madre había heredado una porción de las propiedades tras la muerte de su padre.
Tenía 25 años, educación universitaria en Salamanca y ninguna experiencia real con la administración de Haciendas. Don Sebastián cabalgó a Tapachula para recibir a su sobrino y regresó tres días después con el joven a su lado. Petrona los vio llegar desde la ventana de la cocina. Vicente era alto, de piel pálida, que el sol tropical pronto enrojecería y luego oscurecería.
vestía ropas finas que contrastaban dramáticamente con el ambiente rústico de la hacienda y llevaba libros en su equipaje, no solo misales y devocionarios, sino también tratados filosóficos y políticos. La primera vez que Petrona sirvió chocolate en el salón donde don Sebastián y Vicente conversaban, el joven la miró con atención, que iba más allá de la curiosidad casual.
Sus ojos se detuvieron en su vientre. después en su rostro y Petrona vio el momento exacto en que él comprendió la situación. No dijo nada en ese momento, pero su expresión cambió sutilmente. Una mezcla de sorpresa, desaprobación y algo que podría haber sido lástima. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Vicente cuando don Sebastián se distrajo buscando unos documentos.
“Petrona, señor, ¿cuándo nacerá tu hijo Petrona?” Pronto, señor, en agosto. Vicente asintió lentamente y Petrona pudo ver que estaba haciendo cálculos mentales, conectando puntos, llegando a conclusiones. Esa noche los primos hablaron hasta tarde en el estudio. Petrona no podía escuchar las palabras exactas, pero podía oír el tono.
La voz de Vicente elevándose con lo que sonaba como indignación moral. La voz de don Sebastián respondiendo con defensas y justificaciones el ir y venir de un debate que claramente no tenía resolución fácil. A la mañana siguiente, don Sebastián tenía ojeras profundas y mandó llamar a Petrona antes del desayuno. “Vicente va a quedarse aquí varios meses, tal vez años”, dijo sin preliminares.
“Es mi familia y tiene derechos legales sobre parte de esta propiedad. tiene ideas modernas sobre cómo deben tratarse los esclavos. No está de acuerdo con ciertas prácticas. Petrona esperó sabiendo que había más. Cuando nazca tu hijo, quiero que mantengas absoluto silencio sobre la paternidad. Si alguien pregunta, dices que el padre fue un trabajador temporal que ya se fue, ¿entiendes? Sí, patrón.
No es solo por mi reputación, es por tu protección también. Si Vicente insiste demasiado en este tema, podría causar problemas que nos afectarían a todos. Es mejor mantener la paz. Petrona no señaló la ironía de que su protección requería que ella mintierapara proteger al hombre que la había usado. Simplemente asintió y se fue.
Los dolores de parto comenzaron en la madrugada del 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen. Las primeras contracciones despertaron a Petrona antes del amanecer, suaves al principio, pero creciendo en intensidad. Juana supo inmediatamente qué estaba pasando. Corrió a buscar a Remedios, la partera que había traído al mundo a tres generaciones de niños en la hacienda, tanto libres como esclavos. Remedios.
Llegó con su bolsa de hierbas y trapos limpios. Examinó a Petrona con manos expertas que habían tocado cientos de vientres y su expresión se volvió seria. El bebé está mal colocado”, dijo. “Esto va a ser difícil. Las horas siguientes fueron las más largas de la vida de Petrona.
El dolor llegaba en olas que la arrastraban hasta profundidades donde no existía nada más que el sufrimiento. Gritó hasta quedar ronca. Mordió un trapo hasta romperlo con los dientes. Apretó las manos de su madre con tanta fuerza que después Juana tendría moretones. Remedios trabajaba constantemente usando todo su conocimiento acumulado de décadas.
Presionaba aquí, masajeaba allá, le daba infusiones para fortalecer las contracciones, murmuraba oraciones a Santa Margarita, patrona de las parturientas. Tienes que empujar más fuerte, decía Remedios. El bebé necesita tu ayuda para salir. No puedo, gemía Petrona. No tengo más fuerzas. Si puedes, eres más fuerte de lo que crees. Afuera, el día avanzaba.
La tormenta que había comenzado antes del amanecer continuaba convirtiendo el mundo en un caos de agua y truenos. Dentro del pequeño cuarto detrás de la cocina, Petrona luchaba por traer una vida nueva al mundo mientras sentía que la suya propia se escapaba. Finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse, aunque nadie podía verlo, a través de las nubes, el bebé empezó a salir.
Remedios trabajó rápidamente, guiando la cabeza, después los hombros y, finalmente, el cuerpo completo. El llanto que siguió fue fuerte y saludable, cortando el aire húmedo como un cuchillo. Es varón, anunció remedios. limpiando al recién nacido con un trapo. Y está fuerte. Juana lloró abiertamente, lágrimas de alivio mezcladas con preocupación por el futuro.
Remedios, cortó el cordón umbilical, lo ató con hilo limpio y envolvió al bebé en un trapo que Juana había preparado especialmente para este momento. Cuando lo colocó en los brazos de Petrona, todo el dolor de las últimas horas pareció evaporarse. El niño era hermoso de una manera que partía el corazón.
Tenía la piel más clara que la de Petrona, pero más oscura que la de don Sebastián, justo en ese espacio intermedio que lo marcaría para siempre como producto de dos mundos. El cabello era oscuro y ligeramente rizado, los ojos cerrados todavía, pero con pestañas largas. Cuando abrió la boca para llorar de nuevo, Petrona vio en él algo imposible: futuro, posibilidad, esperanza.
Es perfecto,” susurró Juana tocando la cabecita con dedos temblorosos. “Sí”, dijo Petrona, sintiendo como su corazón se expandía de maneras que no sabía posibles. “Es perfecto. Don Sebastián llegó al mediodía del día siguiente. La tormenta había pasado dejando el aire fresco y limpio. Entró al cuarto donde Petrona descansaba amamantando al bebé por primera vez.
Don Sebastián se detuvo en la puerta mirando la escena con expresión compleja que Petrona no pudo leer completamente. Había algo de orgullo allí, mezclado con culpa, vergüenza y tal vez incluso un destello de amor paternal genuino, que no sabía cómo expresar. “¿Está sano?”, preguntó finalmente. “Sí, patrón, es fuerte.
” Don Sebastián se acercó lentamente y miró al bebé que mamaba con determinación. El niño eligió ese momento para abrir los ojos y Petrona vio como don Sebastián se sobresaltaba ligeramente. Los ojos del bebé eran oscuros, pero en su forma y colocación recordaban indudablemente a los del patrón. Se llamará Cristóbal”, dijo don Sebastián después de un largo silencio.
“Cristóbal, por el santo que protege a los viajeros, porque tendrá que viajar entre dos mundos.” No preguntó la opinión de Petrona, simplemente declaró el nombre como había declarado todo lo demás. Pero Petrona ya tenía su propio nombre para este niño, uno que le había dado mentalmente mientras lo cargaba en su vientre.
Cosi, palabra que su abuela le había enseñado en secreto, que significaba regalo en una lengua que las autoridades coloniales habían prohibido hablar. Cristóbal, repitió Petrona en voz alta, porque ese sería su nombre oficial, el que irían en los registros. Lo inscribiré en los libros como hijo de esclava, padre desconocido. Continuó don Sebastián.
Cuando tenga edad suficiente, le enseñaré a leer y escribir. Le buscaré un oficio útil. Será tratado mejor que la mayoría. Migajas de dignidad. Eso era lo que ofrecía, migajas para calmar su conciencia mientras mantenía intacto elsistema que hacía de su hijo un esclavo. “Gracias, patrón”, dijo Petrona, “porque eso era lo que se esperaba.
” Vicente apareció en la puerta detrás de su tío. Miró la escena con expresión que mezclaba tristeza y disgusto. No disgusto por Petrona o el bebé, sino por la hipocresía de todo el sistema, por el silencio cómplice, por las mentiras que todos acordaban mantener. Tío, dijo con voz tensa, ¿podemos hablar afuera? Don Sebastián asintió.
Antes de salir, miró una vez más al bebé. Cuídalo bien, le dijo a Petrona. Es es importante para mí. No dijo es mi hijo. No dijo lo amo. Solo es importante para mí. Como si fuera una inversión valiosa más que un ser humano con sangre de su sangre. Cuando se fueron, Juana se sentó en el borde del camastro y tocó la mejilla del bebé con infinita ternura.
Dos nombres. murmuró. Cristóbal para el mundo que lo esclaviza, Cosí para el corazón que lo ama. Dos nombres para un niño que no debería existir”, dijo Petrona amargamente. Concebido en pecado, nacido en esclavitud, destinado a vivir entre mundos sin pertenecer completamente a ninguno.
“Pero está aquí”, dijo Juana firmemente. “Y mientras esté aquí, mientras respire, hay esperanza.” Las cosas cambian, hija, lentamente, pero cambian. Tal vez no para nosotras, tal vez ni siquiera para él, pero tal vez para sus hijos o los hijos de sus hijos. Petrona miró a su hijo, a Cosí, a Cristóbal, a este ser imposible que era prueba viviente de su dolor y también de su resistencia.
Y en ese momento tomó una decisión. haría todo lo posible, usaría cada recurso disponible, rompería cada silencio necesario para darle a este niño una oportunidad de algo mejor. Los siguientes días pasaron en un bruma de agotamiento y maravilla. Petrona aprendía a amamantar, a cambiar trapos sucios, a calmar los llantos nocturnos.
Juana ayudaba constantemente compartiendo décadas de sabiduría sobre cómo cuidar bebés. Las otras mujeres esclavizadas traían pequeños regalos cuando podían, un trapo extrave, un pedazo de caña de azúcar para que Petrona lo chupara y recuperara fuerzas hierbas para promover la producción de leche.
Rosa visitó una tarde y se sentó con Petrona mientras el bebé dormía. Te van a quitar a ese niño eventualmente, dijo sin rodeos. Tal vez no ahora, tal vez no en un año, pero eventualmente. Los patrones siempre lo hacen. Se quedan con los hijos que les interesan y venden o regalan los que no. Don Sebastián dijo que le enseñaría un oficio.
¿Y crees que eso es suficiente? Un oficio no es libertad. Un oficio no cambia el hecho de que tu hijo será propiedad de otro hombre toda su vida. ¿Qué puedo hacer? Rosa la miró largamente antes de responder. Hay caminos. Son peligrosos y no siempre funcionan, pero existen. Conocí a una mujer una vez que logró comprar la libertad de su hijo trabajando de la bandera durante 20 años.
Conocí a otra que huyó a las montañas con su bebé y nunca la encontraron. Y conozco historias de madres que fueron al obispo o al alcalde y exigieron que los padres reconocieran oficialmente a sus hijos bajo las nuevas leyes del rey. Y funcionó a veces. Más frecuentemente las castigaron por atreverse a hablar, pero algunas veces, muy pocas veces funcionó.
Petrona guardó estas palabras en su corazón como semillas que tal vez algún día pudieran germinar. Vicente buscó a Petrona una semana después del nacimiento. Ella estaba doblando ropas cerca de la cocina mientras Juana cuidaba al bebé adentro. El joven se acercó con cuidado, mirando alrededor para asegurarse de que nadie más escuchara.
Petrona, ¿puedo hablar contigo un momento? Sí, señor. Vicente sacó un papel doblado de su chaqueta. He estado estudiando las nuevas cédulas reales sobre esclavitud. El rey ha emitido ordenanzas que facilitan la manumisión bajo ciertas circunstancias. Si tu hijo fuera reconocido oficialmente como hijo de mi tío, podrías solicitar que se le otorgue la libertad cuando alcance cierta edad, especialmente si mi tío provee una compensación financiera a los otros herederos.
Petrona sintió un destello de esperanza, pero también de escepticismo. Su tío nunca lo reconocerá oficialmente. Sería admitir públicamente lo que todos saben, pero nadie dice. Lo sé, pero quiero que sepas que hay caminos legales. Si alguna vez puedes recorrer también quiero darte esto. Le extendió el papel doblado.
Es la dirección del obispo en Ciudad Real de Chiapas. Si alguna vez necesitas ayuda, si mi tío te trata mal a ti o al niño, si las cosas se vuelven insoportables, envía una carta allí mencionando mi nombre. Tengo amigos en la iglesia que podrían intervenir. Petrona tomó el papel con manos que temblaban ligeramente.
¿Por qué hace esto, señor? Vicente la miró con expresión sincera. Porque lo que mi tío ha hecho está mal. Y porque me educaron para creer que todos somos hijos de Dios, incluso si las leyes de los hombres creanjerarquías injustas. No puedo cambiar el sistema completo, pero tal vez pueda ayudar en este pequeño caso.
Gracias, señor. Esa noche Petrona escondió el papel en el dobladillo de su falda, cosido cuidadosamente para que no se perdiera. Era una posibilidad pequeña, tal vez inútil, pero era algo. Y en una vida donde tan poco estaba bajo su control, incluso una posibilidad pequeña era valiosa. Vicente se quedó en San Jerónimo durante tres meses más.
Durante ese tiempo, Petrona lo veía observar las operaciones de la hacienda con ojos críticos. Tomaba notas, hacía preguntas incómodas a Esteban Ruiz sobre las condiciones de trabajo, inspeccionaba los cuartos donde dormían los esclavos. Don Sebastián toleraba estas actividades con paciencia cada vez más tensa, pero al final la sangre familiar y los derechos de propiedad significaban que tenía que aceptar la presencia y las críticas de su sobrino.
En octubre, Vicente anunció que regresaría a Ciudad de México para atender asuntos legales relacionados con la herencia familiar. Antes de partir, visitó una última vez a Petrona. He escrito al obispo sobre la situación aquí”, le confió en voz baja. No mencioné nombres específicos, pero describí las condiciones generales y solicité que envíen visitadores más frecuentemente.
Tal vez no cambie nada inmediatamente, pero es un comienzo. Gracias por intentarlo, Señor. Cuida a tu hijo Petrona y recuerda, el silencio solo sirve a los poderosos. A veces hablar es la única arma que tenemos. Cuando Vicente se fue, don Sebastián pareció aliviado. Las cosas volvieron a su ritmo normal. Café, lluvia, trabajo, silencio.
Pero algo había cambiado imperceptiblemente. Las semillas de la duda habían sido plantadas. Las preguntas que Vicente había hecho no podían deshacerse completamente y Petrona, por primera vez en su vida, comenzó a considerar seriamente la posibilidad de romper el silencio que protegía a su opresor. Cristóbal crecía fuerte y saludable.
A los tres meses ya sonreía. A los seis se sentaba solo. A los 9 comenzaba a gatear. Don Sebastián enviaba ocasionalmente pequeños regalos, un juguete de madera tallada de Guatemala, una manta suave de algodón fino, dulces especiales, pero nunca se acercaba realmente al niño, nunca lo cargaba, nunca jugaba con él.
Era como si quisiera mantener una distancia física que reflejara la distancia legal y social que lo separaba de su hijo. Cuando Cristóbal cumplió un año, llegaron noticias que cambiarían todo nuevamente. Don Sebastián había comenzado a cortejar a Leonor de Salazar, hija de un ascendado vecino. Leonor tenía 19 años. Había sido educada en un convento en Guatemala y traía una dote considerable.
Las negociaciones matrimoniales avanzaban rápidamente. Rosa vino a advertir a Petrona, cuando esa nueva esposa llegue, querrá limpiar la casa de cualquier evidencia de los pecados de su marido. Tú y tu hijo serán un recordatorio viviente de lo que él hizo. Te van a quitar de la casa grande, tal vez venderte a otra hacienda.
¿Qué puedo hacer? ¿Puedes esperar y ver qué pasa? O puedes actuar ahora mientras todavía tienes algo de favor con el patrón. Petrona pensó en el papel escondido en su falda, en la promesa de Vicente, en los caminos peligrosos que Rosa había mencionado. Pensó en su hijo, que gateaba por el suelo de tierra con curiosidad infinita, que reía cuando Juana le hacía caras graciosas, que merecía más que una vida de esclavitud.
Tomó una decisión. Le pidió a Juana que le enseñara a escribir mejor. Su madre conocía las letras básicas aprendidas en secreto de un capellán amable que había estado en la hacienda años atrás antes de morir de fiebres. Durante semanas practicaron cuando podían después de que todos se durmieran usando carbón sobre pedazos de corteza, escondiendo las evidencias cuidadosamente.
¿Por qué quieres aprender esto?, preguntó Juana, aunque probablemente ya sabía la respuesta. Porque voy a escribir una carta y necesito que diga exactamente lo que quiero decir. Eso es peligroso, hija, lo sé, pero más peligroso es el silencio. En diciembre de 1753, Petrona escribió la carta. Le tomó varios intentos, varios pedazos de corteza arruinados, pero finalmente produjo algo legible.
Excelencia reverendísima, mi nombre es Petrona. Soy esclava en la hacienda San Jerónimo, cerca de Cintalapa en Chiapas. Tengo un hijo de un año llamado Cristóbal. Su padre es mi patrón, don Sebastián de Orozco y Villalobos, pero él no lo reconoce. Vicente de Orosco dijo que usted podría ayudar bajo las nuevas leyes del rey.
Pido justicia para mi hijo que no pidió nacer esclavo. Pido que se investigue esta situación. Pido que se respeten las leyes que Dios y el rey han dado. Petrona, esclava de San Jerónimo, era torpe, llena de errores gramaticales, pero decía lo que necesitaba decir. Era su voz finalmente expresada en palabras escritas. El problema era cómo enviarla. No podíasimplemente entregarla a cualquiera.
Necesitaba a alguien en quien pudiera confiar, alguien que viajara a Ciudad Real y que no fuera leal a don Sebastián. La oportunidad llegó dos semanas después. Un arriero independiente llamado Mateo llegó a la hacienda para recoger sacos de café que serían transportados a Guatemala. Mateo era un hombre libre, mestizo, que llevaba décadas recorriendo los caminos de Chiapas.
Petrona lo había visto antes, en visitas anteriores, y sabía que tenía reputación de ser discreto y de respetar los secretos de las personas. Se acercó a él mientras cargaban su mula, cuando nadie más estaba cerca. “Señor Mateo, necesito pedirle un favor.” El arriero la miró con curiosidad. ¿Qué clase de favor? Necesito que lleve una carta a Ciudad Real, al obispo.
Mateo frunció el seño. Eso podría traerme problemas con tu patrón si se entera. Petrona sacó un pequeño anillo de plata que había sido de su abuela, la única posesión de valor que tenía. Esto es todo lo que tengo para pagarle, pero es importante. Es por mi hijo. Mateo miró el anillo, después a Petrona, después al bebé que Juana cargaba cerca de la cocina.
Suspiró, “Guarda tu anillo. Lo haré sin pago. Pero si alguien pregunta, nunca me viste. Gracias, Señor.” Le dio la carta doblada. Mateo la escondió en su bolsa y se fue esa misma tarde. Petrona no sabía si la carta llegaría a su destino, no sabía si el obispo la leería, no sabía si algo cambiaría, pero había hablado, había roto el silencio.
La boda de don Sebastián se celebró en febrero de 1754 en la iglesia principal de Cintalapa. Fue un evento grande con familias importantes de toda la región. Petrona no asistió, por supuesto. Los esclavos no iban a bodas de sus amos, pero vio los preparativos, los vestidos nuevos, la comida especial, la limpieza profunda de toda la casa grande.
Doña Leonor llegó a San Jerónimo tres días después de la boda con baúles llenos de vestidos, muebles y una determinación visible de tomar control de su nuevo hogar. Era joven, hermosa, a la manera refinada de las criollas bien educadas y tenía la inteligencia afilada de alguien que había sido entrenada toda su vida para manejar una casa grande.
El quinto día de su llegada mandó llamar a Petrona. El salón donde recibió a Petrona estaba redecorado con los gustos de la nueva señora. Cortinas nuevas, flores frescas, muebles reorganizados. Doña Leonor estaba sentada en una silla alta con la espalda perfectamente recta y las manos dobladas en su regazo. Su expresión era de determinación fría.
“Sé quién eres”, dijo sin preámbulos. “Mi esposo me ha contado todo sobre ti y tu hijo.” Petrona sintió su corazón acelerarse, pero mantuvo la voz calmada. Sí, señora, no voy a venderte porque eso sería admitir públicamente lo que prefiero mantener privado, pero tampoco te quiero en esta casa donde te vería cada día.
Trabajar en los cafetales, lejos de mi vista. Tu madre puede seguir cuidando al niño en la cocina, pero tú no entrarás más a la casa grande, excepto cuando yo específicamente lo ordene. ¿Entiendes? Sí, señora. Y una cosa más, nunca, nunca menciones a mi esposo como el padre de tu hijo. Si alguien pregunta, “El padre fue un trabajador temporal que ya no está aquí.” ¿Está claro? Clarísimo, señora.
Doña Leonor la despidió con un gesto de la mano. Petrona salió sintiéndose vacía, así que esto era su castigo, exilio dentro de su propia prisión, separación de su hijo, excepto por momentos robados al amanecer y al anochecer. Los siguientes meses fueron los más duros de su vida. Petrona trabajaba en los cafetales desde que salía el sol hasta que se ponía cargando costales, podando árboles, recogiendo frutos.
Sus manos se agrietaban y sangraban, su espalda dolía constantemente y lo peor era estar separada de Cristóbal, verlo crecer a distancia, perder los pequeños momentos que nunca regresarían. Juana cuidaba al niño con amor infinito, pero no era lo mismo. Cuando Petrona finalmente podía cargar a su hijo al final del día, Cristóbal a veces se resistía prefiriendo los brazos familiares de su abuela.
Eso dolía más que cualquier trabajo físico. En abril de 1754 llegó un funcionario de Ciudad Real. Era un notario de la diócesis, un hombre serio con documentos oficiales sellados con el sello del obispo. Pidió hablar con don Sebastián en privado. La conversación duró 2 horas. Cuando el funcionario salió, don Sebastián tenía el rostro pálido y las manos temblando.
Esa noche, por primera vez en meses, don Sebastián mandó llamar a Petrona a su estudio. Ella entró con el corazón latiendo rápido, sin saber qué esperar. “Escribiste al obispo”, preguntó con voz tensa, que intentaba sonar controlada. Petrona pensó en negar, pero sabía que era inútil. La carta había llegado. Habían actuado sobre ella. Sí, patrón.
Don Sebastián cerró los ojos y apretó los puños. ¿Sabes lo que has hecho? Elobispo ha ordenado una investigación formal de las condiciones en esta hacienda. Vendrán inspectores, revisarán registros, entrevistarán a los esclavos. Si encuentran irregularidades, podría enfrentar multas severas, sanciones eclesiásticas, incluso la posibilidad de que confisquen parte de la propiedad.
Solo pedí justicia para mi hijo patrón. No existe justicia para niños como él, explotó don Sebastián golpeando su escritorio. Es hijo de esclava, por lo tanto es esclavo. Ese es el orden legal, el orden natural. Esas son las leyes bajo las que todos vivimos. Pero no tienen que ser así, dijo Petrona y al decirlo, sintió algo liberarse dentro de ella, un candado que se abría después de años.
Son leyes hechas por hombres, no por Dios. Vicente me dijo que el rey ha emitido nuevas cédulas, que las cosas están cambiando. Vicente no entiende cómo funcionan realmente las cosas. Aquí está lleno de ideas europeas que no se aplican a la Nueva España. O tal vez usted no quiere que se apliquen porque le conviene que todo siga igual.
Don Sebastián la miró con sorpresa genuina, como si nunca hubiera considerado que ella pudiera tener pensamientos propios sobre filosofía, teología o justicia. “Vete”, dijo finalmente con voz cansada. y reza para que esta investigación no destruya todo lo que mi familia ha construido durante generaciones. Vetrona salió, pero en lugar de miedo sintió una extraña calma.
Había hablado su verdad al poder. Había desafiado el orden que la oprimía. No sabía qué pasaría después, pero había actuado. La investigación eclesiástica duró 4 meses. Vinieron visitadores de ciudad real, notarios, sacerdotes, funcionarios de la corona. Entrevistaron a esclavos, revisaron registros parroquiales, inspeccionaron las condiciones de vivienda y trabajo, verificaron que todos los bautizos estuvieran registrados correctamente.
Don Sebastián tuvo que abrir sus libros de cuentas, mostrar cómo trataba a sus esclavos, responder preguntas incómodas. Al final, los resultados fueron mixtos. Don Sebastián fue multado por varias infracciones menores. Trabajo en días santos, sin permiso eclesiástico, falta de instrucción religiosa adecuada, condiciones de vivienda por debajo de los estándares mínimos.
Tuvo que pagar 200 pesos en multas y prometer mejoras. Pero en cuanto a Cristóbal, el resultado fue decepcionante. Sin reconocimiento oficial de paternidad de don Sebastián, sin testigos dispuestos a testificar bajo juramento, sin pruebas documentales, el niño permanecía legalmente esclavo, hijo de esclava, padre desconocido.
Vicente escribió una carta larga desde Ciudad de México, expresando su apoyo a Petrona y su frustración con las limitaciones del sistema legal. Envió dinero para Cristóbal, libros para que aprendiera a leer cuando tuviera edad. Pero desde tan lejos sus palabras y gestos tenían poco impacto práctico. Sin embargo, algo había cambiado fundamentalmente en San Jerónimo.
El silencio había sido roto, aunque temporalmente. La investigación, aunque limitada en sus resultados, había enviado un mensaje. Los abusos ya no serían completamente ignorados. Los esclavos tenían derechos mínimos que debían ser respetados. La iglesia y la corona estaban prestando más atención y algo había cambiado en Petrona también.
Ya no era la mujer silenciosa que simplemente aceptaba su destino. Había encontrado su voz. Había aprendido que el silencio solo protegía a los poderosos. había descubierto que incluso en su posición de debilidad extrema tenía algún poder. Comenzó a enseñarle a Cristóbal desde que era muy pequeño. Le enseñó a escribir su nombre en la tierra con un palo.
Le contó historias sobre sus antepasados, sobre la lengua que habían perdido, sobre un mundo donde las personas no eran propiedad de otras personas. Le enseñó a no aceptar el silencio como natural. Los años pasaron. Don Sebastián murió en 1759 de una infección intestinal que los médicos no pudieron curar. Tenía solo 49 años. En su testamento mencionó brevemente a Cristóbal, al niño mulato llamado Cristóbal, hijo de mi esclava petrona, lego 30 pesos de plata y ordeno que se le enseñe el oficio de herrero cuando tenga edad apropiada.
No libertad, no apellido, no reconocimiento real, solo 30 pesos y un oficio, pero era algo. Doña Leonor heredó la hacienda. era más joven que su difunto esposo, más pragmática y más consciente de los cambios políticos que estaban ocurriendo. Las reformas borbónicas estaban llegando a la Nueva España, trayendo nuevas ideas sobre la esclavitud, el trabajo, los derechos.
comenzó a vender algunos esclavos y a reemplazarlos con trabajadores indígenas bajo sistemas de repartimiento que eran más baratos y causaban menos problemas legales. En 1765, cuando Cristóbal tenía 13 años, las nuevas cédulas reales sobre manumisión llegaron a Chiapas. facilitaban la compra de libertad bajo ciertas condiciones, especialmente paraesclavos que demostraban habilidades útiles y cuyas familias podían pagar compensación.
Petrona usó los 30 pesos del testamento de don Sebastián, más todo lo que había ahorrado durante años haciendo costura nocturna para comprar un día de libertad a la semana para Cristóbal. Los domingos su hijo podía trabajar para sí mismo, aprender oficios, ahorrar su propio dinero. Fue un comienzo pequeño, pero fue un comienzo.
Cristóbal era inteligente y trabajador. Aprendió herrería de un artesano libre en Cintalapa que doña Leonor contrató específicamente para enseñarle. Los domingos trabajaba haciendo herraduras, clavos, herramientas simples, ahorraba cada centavo. Le tomó 12 años, pero en 177, a los 25 años, Cristóbal había ahorrado suficiente dinero para comprar su libertad completa.
450 pesos. Una fortuna acumulada centavo a centavo, domingo a domingo, durante 12 años de trabajo incansable. El día que recibió su carta de libertad, Petrona tenía 48 años. Todavía era esclava con el cabello gris y las manos marcadas por décadas de trabajo duro. Pero cuando vio a su hijo convertirse en hombre libre, cuando lo vio llorar de alegría sosteniendo el documento que certificaba que ya no era propiedad de nadie, sintió que todo el dolor, toda la lucha había valido la pena.
No me voy sin ti”, dijo Cristóbal abrazándola. “Tienes que irte”, respondió Petrona firmemente. “Ve a Ciudad Real, establece tu negocio, construye una vida y cuando puedas, cuando tengas suficiente dinero, compra mi libertad, pero primero asegura tu propia libertad.” Construye algo sólido. Cristóbal hizo exactamente eso.
Se mudó a Ciudad Real de Chiapas. Estableció una herrería pequeña pero próspera. Trabajó 16 horas al día durante 5 años, ahorrando obsesivamente, negándose cualquier lujo, con un solo objetivo, liberar a su madre. En 1782 regresó a San Jerónimo con 600 pesos en monedas de plata. Doña Leonor, ahora viuda de nuevo y cansada de administrar la hacienda, aceptó la oferta.
Petrona tenía 53 años cuando finalmente se convirtió en mujer libre. El día que salió de San Jerónimo por última vez fue claro y brillante. Petrona caminó por el camino que había recorrido miles de veces como esclava, pero esta vez con la espalda recta y la cabeza alta. Llevaba solo una bolsa pequeña con sus pocas posesiones.
Todo lo demás, el dolor, las humillaciones, las violaciones, el silencio forzado, lo dejó atrás. Madre hijo se mudaron a una casa pequeña en Ciudad Real. Cristóbal continuó su negocio de herrería. Petrona, a pesar de su edad y su cuerpo cansado, se dedicó a algo que siempre había soñado, enseñar. Estableció una escuela informal en su casa para esclavos y libertos.
les enseñaba a leer y escribir usando las mismas lecciones torpes que Juana le había dado. Les enseñaba sobre las nuevas leyes, sobre sus derechos limitados, pero reales, sobre la importancia de documentar todo por escrito y les enseñaba sobre el silencio. Sobre como el silencio solo protegía a los poderosos, sobre cómo hablar, incluso cuando parecía peligroso o inútil, era un acto de resistencia sobre cómo ella había roto ese silencio con una carta torpe escrita en carbón y cómo ese acto pequeño había comenzado una
cadena de eventos que eventualmente llevó a la libertad. Petrona vivió hasta 1791. muriendo en paz, rodeada por su hijo y sus tres nietos, todos nacidos libres. Fue enterrada en el cementerio de la parroquia de Ciudad Real, no en la fosa común de los esclavos, sino en un lugar propio con una lápida de piedra que Cristóbal encargó.
La inscripción decía Petrona, 1729-1791, madre, maestra, libre. Cristóbal vivió hasta 1825, el año después de que México finalmente aboliera la esclavitud completamente. Tuvo cinco hijos, todos educados, todos naciendo y creciendo como personas libres. Les contó la historia de su madre, del patrón que lo concibió, pero nunca lo reconoció, del sistema brutal de esclavitud que había definido sus primeros 25 años, del silencio que protegía la injusticia.
y les enseñó las lecciones que Petrona le había enseñado, que el silencio nunca es neutral, que siempre protege al poderoso a expensas del débil, que hablar, incluso cuando parece no tener efecto, es importante, que cada acto de resistencia, por pequeño que sea, importa. Sus descendientes se dispersaron por México después de la independencia.
Algunos se convirtieron en artesanos prósperos, otros en maestros, comerciantes, funcionarios menores del nuevo gobierno. Llevaron consigo la historia de Petrona, la esclava que se atrevió a romper el silencio, que se atrevió a exigir justicia, incluso cuando el sistema completo estaba diseñado para negársela.
En los cafetales de Chiapas, donde alguna vez estuvo la hacienda San Jerónimo, los viejos todavía cuentan historias. Dicen que a veces cuando el viento sopla entre los árboles al amanecer se puede escuchar una voz de mujer susurrando unnombre. Cosí, regalo. El niño que nació de violencia, pero fue criado con amor.
El hijo que dos mundos reclamaban, pero que pertenecía solo a su madre. Dicen también que Petrona dejó un mensaje que resuena a través de los siglos, un mensaje para todos los que viven bajo sistemas de opresión. Nadie es propiedad de nadie. Todos merecemos libertad. Y el silencio, por cómodo que sea para algunos, nunca es más fuerte que la verdad.
En su carta torpe al obispo, en sus lecciones secretas a su hijo, en su escuela improvisada para libertos, Petrona había plantado semillas. Algunas germinaron en su tiempo, otras tardaron generaciones, pero todas eventualmente crecieron, contribuyendo a un cambio que era lento, pero inevitable, el fin de la esclavitud, el reconocimiento gradual de la dignidad humana universal, la comprensión de que las leyes injustas deben ser desafiadas.
La historia de Petrona no fue única. Miles de mujeres esclavizadas en la Nueva España vivieron versiones similares de abuso, silencio forzado y resistencia callada. Pero su historia sobrevivió pasada de generación en generación porque ella se atrevió a romper el silencio, porque ella escribió esa carta, porque ella enseñó a su hijo a no aceptar la esclavitud como natural o inevitable.
Y en esa decisión de hablar, de documentar, de enseñar, Petrona se convirtió en más que una víctima. se convirtió en una luchadora por la justicia, en una maestra de resistencia, en un símbolo de que incluso las personas más oprimidas tienen poder si se atreven a usarlo. Cuando México finalmente abolió la esclavitud en 1829, los descendientes de Petrona celebraron sabiendo que su abuela había contribuido, aunque fuera de manera pequeña, a ese momento.
Habían pasado 78 años desde que don Sebastián la violó por primera vez. Habían pasado 75 años desde que ella escribió su carta torpe al obispo, pero las semillas que ella plantó finalmente habían florecido. El silencio había sido roto y una vez roto nunca pudo ser completamente restaurado.
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