Recoge eso del suelo ahora. La jefa sonreía triunfante. La camarera no se

movió, la miró a los ojos y lo que hizo después paralizó a todos. Esa noche el

restaurante entero descubriría una verdad imposible de creer. El salón

principal del restaurante La Dorada brillaba bajo la luz de tres enormes candelabros de cristal que colgaban del

techo abobedado. Era el establecimiento más exclusivo de la ciudad, donde una simple cena podía costar lo que una

familia humilde gastaba en un mes completo de comida. Las mesas estaban vestidas con manteles importados. La

vajilla era de porcelana fina. Y cada copa de vino valía más que el salario diario de quienes la servían. Camila

Fuentes caminaba entre las mesas con la bandeja perfectamente equilibrada sobre su mano derecha. Llevaba trabajando en

la dorada casi dos años y aunque sus pies dolían después de cada turno de 12 horas, nunca se quejaba. No podía darse

ese lujo. En casa, su madre Esperanza la esperaba con el corazón cada vez más

débil y una montaña de cuentas médicas que crecía sin piedad. Esa noche el

restaurante estaba especialmente lleno. Una celebración importante ocupaba el salón principal, el aniversario de bodas

del señor Leonardo Montalbán, uno de los empresarios más poderosos de la región,

dueño de la cadena de hoteles Castellar. Había reservado todo el espacio para

agasajar a su esposa, Regina Montalbán, una mujer cuya reputación la precedía

como una sombra oscura. Camila había escuchado historias sobre Regina. Todas

las camareras las conocían. Se decía que había hecho llorar a meseras en otros

restaurantes, que disfrutaba humillando a quienes consideraba inferiores, que su

lengua era más afilada que cualquier cuchillo de cocina. Pero Camila nunca había tenido que atenderla directamente

hasta esa noche. Camila, mesa principal, le dijo Martín Aguilar, el gerente con

expresión nerviosa. Y por favor, que todo salga perfecto. No quiero problemas con la señora Montalbán. Camila asintió,

respiró profundo y se dirigió hacia la mesa central donde Regina presidía como una reina en su trono. A su lado,

Leonardo Montalbán conversaba con algunos invitados, aparentemente ajeno al aura de tensión que su esposa

generaba a su alrededor. Regina era una mujer que imponía presencia. Sus joyas

brillaban casi tanto como los candelabros del techo y sus ojos recorrían el salón con ese tipo de

mirada que evalúa y desprecia simultáneamente. Cuando vio acercarse a Camila, sus

labios se curvaron en algo que no llegaba a ser una sonrisa. Al fin, dijo Regellina con voz que cortaba el aire.

Llevamos esperando siglos. ¿Acaso no saben que tenemos invitados importantes?

Disculpe la demora, señora. Camila mantuvo su tono profesional mientras colocaba los platos con precisión. Esta

noche tenemos el salón completo y estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo. Esfuerzo. Regina soltó una risa

despectiva. Si esto es su mejor esfuerzo, no quiero imaginar lo peor.

Algunos invitados rieron incómodamente. Leonardo ni siquiera levantó la vista de su conversación. Camila sintió el calor

subiendo por su cuello, pero mantuvo la compostura. Había aprendido a tragarse

el orgullo por su madre, por las medicinas, por sobrevivir. Continuó

sirviendo en silencio, moviéndose con la gracia que solo años de práctica pueden dar. Cada plato en su lugar exacto, cada

copa llena al nivel preciso. Camila era excelente en su trabajo, aunque nadie en

esa mesa pareciera notarlo. Fue entonces cuando sucedió. Mientras Camila se inclinaba para servir la sopa del chef

Ramiro Vega, el orgullo culinario del restaurante, Regina movió su brazo bruscamente, como si estuviera haciendo

un gesto dramático durante su conversación. El movimiento golpeó la cuchara de plata que descansaba junto a

su plato, enviándola volando por el aire. La cuchara cayó al suelo de mármol

con un sonido metálico que pareció resonar en todo el salón. Varios comensales voltearon a mirar. El

silencio se extendió como una ola desde la mesa principal hacia el resto del restaurante. Camila instintivamente hizo

ademán de agacharse para recoger la cuchara. Era su trabajo, después de todo, mantener todo impecable. Pero

antes de que pudiera moverse, la voz de Regina la detuvo en seco. No, no, no

dijo Regina levantando una mano con sus uñas perfectamente manicuradas. Espera.

Camila se quedó inmóvil sin entender. Regina tomó otra cuchara de la mesa, la

examinó teatralmente bajo la luz del candelabro y luego, con una sonrisa que helaba la sangre, la dejó caer también

al suelo. El segundo tintineo metálico fue como un disparo en el silencio.

“Ups”, dijo Rellina sin una pizca de remordimiento. “¡Qué torpe soy esta noche.” Las risas nerviosas se apagaron.

Nadie sabía exactamente qué estaba pasando, pero todos sentían que algo malo se avecinaba. Ahora sí, Regellina

se reclinó en su silla cruzando sus brazos cubiertos de pulseras de oro. Recoge eso del suelo. Camila miró las

dos cucharas en el piso de mármol. Luego miró a Regina. Algo en la expresión de

esa mujer le decía que esto no era sobre cucharas, era sobre poder. Era sobre

demostrar quién mandaba. Por supuesto, señora. Camila se agachó con dignidad y

recogió ambas cucharas. Las colocó en su bandeja y ofreció una sonrisa profesional. Le traeré cubiertos limpios

de inmediato. Pensó que eso sería todo. Pensó que había manejado la situación

con gracia. Pensó mal. ¿A dónde crees que vas? La voz de Regina la detuvo

cuando apenas había dado dos pasos. Camila se giró lentamente. A buscar

cubiertos nuevos. Señora, no te pregunté qué ibas a hacer, te pregunté a dónde creías que ibas. Regina se puso de pie y

fue como si todo el oxígeno abandonara el salón. ¿Sabes cuánto costó cada una de esas cucharas? Más de lo que

probablemente ganas en un mes. El restaurante entero había quedado en silencio absoluto. Incluso la música de

fondo parecía haberse apagado. Todos los ojos estaban fijos en la escena que se desarrollaba junto a la mesa principal.

Y tú las agarras con tus manos sucias y las tiras en una bandeja como si fueran basura. Regina avanzó un paso hacia

Camila, como si no valieran nada. Señora, yo solo las recogí para te di

permiso de hablar. Camila cerró la boca. Sus manos temblaban ligeramente, pero su

rostro permanecía sereno. Había aprendido eso de su madre. Cuando el mundo te golpea, no le des la

satisfacción de verte caer. Regina tomó una tercera cuchara de la mesa, la sostuvo frente al rostro de Camila, tan