
El peso de no saber dónde está mi hija, si está bien, si está a salvo, se arrodilló frente a Luz María de nuevo.
“Mi niña, tengo que irme. Hay una guerra que todavía no termina. Hay hombres que dependen de mí. ¿Me vas a dejar otra
vez?” La voz de la niña se quebró. Mi mamá dijo que vendrías y te quedarías.
Villa sintió que cada palabra era un puñal. No te voy a dejar, mi amor, nunca
más. Pero necesito que te quedes aquí con la señora Socorro hasta que pueda
regresar. ¿Cuándo vas a regresar? Pronto. Villa mintió porque no sabía si
regresaría. No sabía si sobreviviría la siguiente semana, el siguiente mes.
Pero, ¿me lo prometes? Luz María insistió. Te lo prometo por la memoria de tu mamá. Villa se quitó el rosario
que llevaba al cuello. Era el mismo rosario de su abuelo, el que había cargado durante años. Toma, esto es muy
importante para mí. Cuando lo veas, acuérdate de que voy a regresar, porque un hombre no se separa de algo tan
importante a menos que piense volver por ello. Luz María tomó el rosario. Era
pesado, viejo, gastado por los años. Y si no regresas, entonces este rosario te
recordará que tu papá te amó, que pensó en ti, que si pudiera habría estado contigo cada día de tu vida. Villa se
limpió las lágrimas, se puso de pie y miró a Socorro. Señora, le voy a pedir
algo más grande de lo que ya ha hecho. Socorro asintió. Lo que sea, general,
cuídela como si fuera suya. Protéjala. Si algo me pasa, si me matan, no deje
que nadie se la lleve. Críela como a una hija. Ya lo he estado haciendo, general, y lo seguiré haciendo. Pero usted tiene
que prometerme algo también. ¿Qué cosa? que va a regresar, que no va a dejar que esta niña crezca sin padre otra vez, que
va a sobrevivir aunque todo México quiera verlo muerto. Socorro habló con una firmeza que sorprendió a todos.
Villa sonríó. Era una sonrisa triste, pero llena de determinación. Se lo
prometo, voy a regresar y cuando regrese vamos a ser una familia, usted, yo y mi
hija, porque usted ya es parte de esta familia. Señora Socorro, usted es la
madre que el destino le dio a Luz María cuando yo no pude estar. Socorro sintió
que el corazón se le llenaba y se le rompía al mismo tiempo. Se llenaba de
amor por ese reconocimiento, por ser vista, por ser valorada. Se rompía
porque sabía que Villa enfrentaba la muerte cada día y las promesas de los revolucionarios pocas veces se cumplían.
Villa se despidió de su hija con un abrazo largo, le besó la frente, le susurró palabras que solo ella escuchó.
Luego montó su caballo. Sus dorados ya estaban listos para partir. Habían descansado, comido, curado sus heridas
lo mejor posible. Era hora de seguir huyendo, de seguir peleando. Mi general
Fierro dijo en voz baja, “¿Estás seguro de dejarla aquí? Los federales pueden
venir, pueden descubrir quién es. Por eso mismo la dejo aquí. Villa respondió,
“Nadie busca a la sobrina de una viuda en medio del desierto. Si la llevo conmigo, la pongo en peligro real. Aquí
tiene más oportunidades de sobrevivir, de crecer, de tener una vida.” Villa
miró hacia atrás una última vez. Luz María estaba en los brazos de socorro,
ambas llorando. Levantó la mano en despedida. La niña levantó la suya también, apretando el rosario con la
otra mano y Villa se fue. Se alejó cabalgando con sus hombres hacia el horizonte polvoriento. No miró atrás
otra vez porque si lo hacía no iba a poder irse y tenía que irse. Tenía una
revolución que terminar. Tenía promesas que cumplir. Tenía que sobrevivir para
poder regresar. Socorro llevó a Luz María adentro de la casa. La niña
lloraba sin consuelo. ¿Por qué se tuvo que ir? ¿Por qué no se quedó? Porque es
un hombre importante, mi amor. Muchas personas dependen de él, pero te ama.
¿Viste cómo te miraba? ¿Viste cómo lloró? Los hombres como tu papá no
lloran fácil. Que haya llorado significa que te ama más que a su propia vida. Y
si no regresa, entonces vamos a seguir juntas tú y yo. Vamos a ser familia de
todas formas. Socorro le limpió las lágrimas, pero va a regresar. Yo lo sé.
Un hombre que promete frente a sus soldados que se quita su rosario más preciado. Ese hombre regresa o muere
intentándolo. Los días siguientes fueron difíciles. Luz María lloraba cada noche.
Se aferraba al Rosario de Villa como si fuera un talismán. que pudiera traerlo de regreso. Socorro hacía todo lo
posible por distraerla, por darle consuelo. Le contaba historias, le
enseñaba a hacer tortillas, la ponía a ayudar con las gallinas. Pero la niña
había cambiado. Antes era triste por la pérdida de su madre. Ahora era triste
por la ausencia de su padre. Había probado lo que era tener un papá, aunque fuera por una hora. Y esa hora le había
mostrado lo que le faltaba. Pasaron semanas, luego meses. Las noticias que
llegaban de la revolución no eran buenas. Villa había sido derrotado otra vez en Chihuahua. Sus fuerzas se
dispersaban. Algunos decían que estaba muerto, otros que estaba escondido en las montañas. Nadie sabía con certeza.
Socorro trataba de proteger a Luz María de esas noticias, pero la niña escuchaba
los chismes cuando iban al pueblo. Escuchaba a los hombres hablar en voz baja. “¿Mi papá está muerto?”, preguntó
una noche. “No, mi amor, tu papá está vivo. Estoy segura.” ¿Cómo sabes? Porque
lo sentiría aquí. Socorro. Se tocó el corazón. Las madres sienten cuando algo
malo le pasa a sus hijos y yo te siento a ti como si fueras mía. Si algo le
hubiera pasado a tu papá, tú lo sentirías también. Luz María se tocó su
propio corazón. Pensó en ello. Tenía razón. No sentía que su papá estuviera
muerto. Sentía que estaba lejos, muy lejos, pero vivo, ocupado, peleando.
Un año había pasado desde la visita de Villa. Luz María cumplió 7 años. Socorro
le hizo un pastel pequeño con los pocos ingredientes que tenía. La niña sopló una vela y pidió un deseo. Socorro sabía
cuál era sin necesidad de preguntar que su papá regresara. La vida en el rancho
continuaba a su ritmo lento. Sembrar, cosechar, cuidar los animales,
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