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compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar
hasta los huesos. Un coronel obliga a una anciana hambrienta a comer del suelo entre las
risas de sus hombres, pero cuando el pueblo calla y la vergüenza se vuelve polvo, el galope de villa rompe el
silencio y el patrón sabrá lo que es tragarse su propio orgullo. Dicen que en
Santa Rosalía, en aquel tiempo de sequía y polvo pegado a la piel como maldición,
un hecho vergonzoso marcó la plaza de la hacienda. Delante de la mesa de la cantina y de la puerta donde el capataz
sellaba Vales, el ascendado Manuel Rascón, excoronel que cambió la casaca
por el latifundio, mandó a una anciana hambrienta agacharse para comer como
animal. Come del suelo”, dijo el patrón a la vieja pobre, y el pueblo cayó de
vergüenza ajena y miedo. La mujer se llamaba doña Amada. Crió hijos ajenos,
rezó por vecinos, cosió trapos para enterrar a quien partía sin cajón. Aquel
día traía la dignidad en el pecho y un pedido breve, un puñado de maíz. Ganó
humillación. La escena quedó grabada en los ojos de los peones. especialmente en los de un
muchacho llamado Nicaso, que debía al patrón más que la vida. Debía el
apellido, el rancho y la libertad, todo atado por papeles llamados vales,
siempre sellados, siempre renovados, siempre impagables. Ni apretó los puños
hasta sentir las uñas clavarse en las palmas. No dijo nada. Nadie dijo nada.
El silencio pesaba más. que el calor de mediodía, más que el hambre que roía las
tripas de los trabajadores. Doña Amada se levantó despacio con las rodillas
temblando y las lágrimas secas en las mejillas arrugadas. No recogió el maíz
tirado en la tierra, simplemente se fue arrastrando los pies descalzos por el
polvo mientras el patrón reía con esa risa que suena a puerta oxidada. Horacio, el capataz de ojos duros y
dedos rápidos con el sello, también sonríó. Los dos exfederales que
custodiaban la hacienda, escupieron al suelo y volvieron a sus puestos. La vida
siguió como si nada, pero algo se había roto en Santa Rosalía, algo que no se
arregla con agua ni con tiempo. Aquella noche, en los jacales donde dormían los
peones, las mujeres murmuraban en voz baja mientras molían el nixtamal.
Los hombres fumaban afuera mirando las estrellas sin verlas realmente. Ni podía
dormir. Tenía en el cinto los vales que lo ataban a la hacienda. como burro a la
noria, deudas por sal que nunca llegó entera, por frijol pesado con piedras,
por medicinas para su madre que murió sin recibirlas, todo sellado con aquel
carimbo que parecía marca de ganado en papel. Pensaba en doña Amada, que lo
había cuidado cuando era niño, y su madre trabajaba en el campo. Pensaba en sus manos arrugadas tocando la tierra
para comer, y el coraje le subía por la garganta como bilis. Ni modo, mi hijo le
había dicho su tía Jacinta esa noche. Dios aprieta, pero no ahorca. Algún día
se hará justicia. Pero Nicasio ya no sabía si creer en esa justicia. Los años
pasaban y el patrón seguía apretando y nadie ahorcaba a nadie. Solo los pobres
se ahorcaban solos de hambre o de tristeza. Pocos días después, un buonero
apareció en la vereda, arrastrando una mula cargada con trapos, alforjas y
cazuelas. Traía el sombrero jalado hasta los ojos, barba de días y una calma que
contrastaba con la sed del desierto. Era Pancho Villa. Venía sin clarines, sin
tropa, apenas con dos dorados de confianza, un veterano llamado Fierro y
un joven de bigote ralo, conocido como El Gerüero. La noticia de lo que pasó
con doña Amada llegó al oído de Villa en la orilla de un pozo, contada por una
cocinera que ya no aguantaba ver a los viejos humillados. Se llamaba Petra.
Tenía las manos quemadas de tanto comal y los ojos rojos de tanto humo y tanto
llorar callado. Le contó todo mientras llenaba su cántaro. Cómo el patrón había
puesto el maíz en el suelo, como doña Amada había quedado de rodillas. Como
nadie se movió, Villanor respondió de inmediato, sacó su paliacate, lo mojó en
el pozo y se lo dio a Petra para que se limpiara el sudor de la cara. Después
caminó hasta la cantina, entró como cliente común, pidió agua y se demoró
examinando la mesa donde estaba el tintero y el sello de hierro, y la puerta pesada, oscurecida por manos
sudadas, por donde solo salía libre quien no debía nada. preguntó con los
ojos, no con palabras. La respuesta estaba en los gestos. Toda la vida de
Santa Rosalía pasaba por esa mesa y por esa puerta. Los vales colgaban del cinto
de los peones como medallas de vergüenza. Las mujeres bajaban la vista
cuando pasaban frente a la cantina. Los niños sabían que esa puerta era más
peligrosa que cualquier víbora de cascabel. Villa se sentó en una banca
fingiendo descansar. Observó como Horacio sellaba bales con ese carimbo
que sonaba como sentencia. vio como un viejo temblaba al poner su huella
digital en un papel que no sabía leer. Vio como el patrón salía de su despacho
para revisar las cuentas, con las botas brillando y el cigarro caro entre los
dientes. Manuel Rascón caminaba como quien es dueño, no solo de la tierra,
sino de las almas. El gerero se acercó a Villa y susurró, “Mi general, está más
podrido esto que soldado federal muerto al sol. Villa asintió despacio. Fierro
desde la puerta vigilaba con esa quietud que tienen los hombres peligrosos cuando están calculando. Esa noche Villa pidió
posada en el jacal de Petra. Ella le dio café de olla y tortillas.
No tenía más. Él no pidió más. Mientras comían en silencio, Villa preguntó,
“¿Cuántos años lleva así el patrón? Desde que se quitó la casaca de federal
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