Mecánico Pobre Usó Sus Últimos $6 Para Dar Comida A Anciana Ignorada — Sin Saber Que Era Billonaria…
No la toques, Rafael, ¿estás loco? Esa vieja podría tener cualquier cosa. Las

manos de Rafael ya estaban extendidas hacia la mujer tirada en el polvo de la
carretera cuando su compañero Mario lo jaló del overall. Eran las 6:47 de la
tarde en las afueras de Puebla y el sol caía como plomo derretido sobre el
asfalto agrietado. La mujer yacía inmóvil junto a una cuneta.
Su ropa tan sucia que era imposible distinguir su color original, el cabello
enmarañado cubriéndole medio rostro. Tienes razón tu amigo gruñó don Fermín
desde su camioneta bajando apenas la ventanilla. Los mendigos de ahora son
peligrosos. Además, ya es tarde. Deberían irse antes de que oscurezca por
completo. Pero Rafael no escuchaba algo en la posición de esa mujer, en la forma
en que su pecho apenas se movía. Le recordó a su madre tres años atrás
cuando la encontró desplomada en la cocina de su casa. Ese día había llegado
tarde, muy tarde. No puedo dejarla aquí, murmuró soltándose del agarre de Mario.
Se arrodilló junto a ella, ignorando las manchas de aceite que ya decoraban su
overall de mecánico desde hacía dos días. No había tenido tiempo de lavarlo,
apenas tenía tiempo para respirar últimamente. El taller donde trabajaba, Refacciones
García, estaba al borde de la quiebra y su jefe le debía tres semanas de
salario. Esa mañana había tenido que elegir entre comprar tortillas o pagar
el autobús. Elió caminar 6 km. “Señora”,
susurró tocando suavemente su hombro. Señora, ¿puede oírme? Los ojos de la
mujer se abrieron de golpe y Rafael casi cae hacia atrás del susto. Eran de un
gris acero penetrante, completamente fuera de lugar, en ese rostro cubierto de mugre y arrugas profundas. Lo miraron
con una intensidad que le erizó la piel. Agua! grznó ella con voz áspera como
papel de lija. Rafael miró a su alrededor desesperado. La tienda más
cercana estaba a 2 km. No tenía carro, no tenía nada, excepto metió la mano en
el bolsillo trasero de su pantalón y sacó un billete de 20 pesos arrugado y
tres monedas. 23 pesos en total. Era todo lo que le quedaba hasta bueno,
hasta que su jefe decidiera pagarle, si es que alguna vez lo hacía. Mario llamó
a su compañero, que ya estaba a varios metros de distancia. ¿Tienes algo de dinero para comprarle agua y algo de
comer? Mario negó con la cabeza, acercándose a regañadientes.
Hermano, sabes que estoy igual que tú. Además, mi vieja me mata si llego sin
los pañales del bebé. Ya me dio lo justo. Don Fermín arrancó su camioneta
con un rugido del motor. Ustedes se lo buscaron gritó por la ventana. Pero no
digan que no les advertí. El polvo levantado por las llantas los envolvió a
ambos y Rafael tuvo que cubrirse los ojos. Cuando el aire se aclaró, miró
nuevamente a la mujer. Seguía observándolo con esos ojos grises imposibles, ahora con algo parecido a la
curiosidad. 23 pesos dijo Rafael en voz alta, más
para sí mismo que para nadie. Con eso podía comprar dos bolillos, una botella
de agua y tal vez unas galletas. o podía usarlos para el camión de mañana y
llegar al taller a tiempo antes de que García le descontara otra jornada. La
mujer tosió un sonido húmedo y doloroso que le sacudió todo el cuerpo. “Al
diablo”, murmuró Rafael guardando el dinero. “Mario, ayúdame a sentarla
contra esa piedra. No puedo dejarla así. ¿Estás loco, Rafael Mendoza?
completamente loco. Pero Mario lo ayudó de todos modos porque así eran las cosas
en el barrio. Uno podía protestar, podía quejarse, pero al final del día te
rascabas con tus propias uñas y ayudabas al que estaba peor que tú. Entre los dos levantaron a la mujer con
cuidado. Pesaba casi nada, como si sus huesos fueran de pájaro. La recargaron
contra una roca grande al lado de la carretera en un parche de sombra
proyectado por un mezquite solitario. “Ya vengo”, dijo Rafael echando a correr
hacia la tiendita de doña Lupita. El sol ya se había puesto cuando regresó
jadeando con una bolsa de plástico en la mano. Mario seguía ahí de pie, a una
distancia prudente de la mujer, mirando su celular sin señal, como si fuera lo
más interesante del mundo. Te tardaste, gruñó. Ya es casi de noche, mi esposa va
a matarme. Había fila, respondió Rafael, arrodillándose nuevamente junto a la
mujer. Señora, le traje esto. Sacó de la bolsa una botella de agua de litro y
medio, dos bolillos, un pedazo de queso Oaxaca envuelto en plástico y una paleta
de hielo de limón que ya empezaba a derretirse. Había gastado exactamente 23
pesos. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. Rafael abrió la botella con
cuidado y la acercó a sus labios. Ella bebió con avidez, el agua escurriendo
por las comisuras de su boca, limpiando surcos de mugre barbilla. Despacio
advirtió Rafael recordando algo que había visto en un documental. Despacio o
le caerá mal. La mujer obedeció tomando pequeños sorbos entre jadeos.
Cuando finalmente apartó la botella, lo miró con una intensidad renovada. ¿Por
qué?, preguntó su voz todavía áspera, pero más clara. ¿Por qué haces esto?
Rafael se encogió de hombros, partiendo uno de los bolillos y poniendo un trozo
de queso dentro. Porque alguien tiene que hacerlo. ¿Tiene familia? ¿Alguien a
quien pueda llamar? La mujer tomó el bolillo con manos temblorosas y dio una