LA ESCLAVA FUE ARRASTRADA POR EL CAMINO EMPEDRADO — PERO LO QUE SUSURRÓ ANTES DE DESMAYARSE LO…

La esclava fue arrastrada por el camino empedrado,  pero lo que susurró antes de desmayarse lo cambió   todo. Las piedras del camino empedrado que subía  hacia la hacienda. Los almendros nunca habían sido   testigos de tanta sangre. Era una mañana de agosto  en Sevilla, año de 1845, cuando el sol apenas   comenzaba a calentar la tierra y el aire olía a  tierra mojada de la lluvia nocturna.

 El silencio   que normalmente acompañaba el despertar de la  finca se rompió con un grito desgarrador que hizo   que todos los esclavos en la plantación de caña  detuvieran sus manos y giraran la cabeza hacia la   casa grande. Algo terrible estaba sucediendo,  algo que marcaría aquel lugar para siempre.   Pero antes de continuar con esta historia que  cambiará todo lo que creías saber sobre justicia   y venganza, déjame preguntarte algo.

 ¿Alguna vez  has guardado un secreto tan poderoso que podría   destruir a tus enemigos con solo susurrarlo?  Quédate conmigo hasta el final porque lo que   está a punto de revelarse te dejará sin aliento.  Y si esta historia te atrapa como sé que lo hará,   no olvides dejar tu like, suscribirte al canal  y comentar qué hubieras hecho tú en el lugar de   nuestra protagonista.

 Elena salió volando por  la puerta principal de la casa grande como si   fuera un trapo viejo lanzado a la basura. Sus 24  años se veían maltratados por el trabajo duro,   pero su rostro todavía conservaba esa belleza  morena que había sido su maldición desde niña.   Tenía el cabello negro y rizado, amarrado siempre  en un moño apretado que dejaba ver una cicatriz   en forma de media luna sobre su ceja izquierda. 

Recuerdo de una caída cuando tenía 12 años. Sus   manos, aunque agrietadas por el jabón y el agua  fría, todavía conservaban dedos largos y elegantes   que delataban que en otra vida, en otro mundo,  ella podría haber sido pianista o bordadora. Pero   en esta vida ella era solo una esclava doméstica,  una mucama que limpiaba los pisos de mármol de la   casa, que lavaba las sábanas de seda de sus amos,  que servía el té en porcelana fina y que nunca,   nunca debía levantar la mirada cuando la varonesa  pasaba. La varonesa Constanza de Alvarado apareció  

en el umbral de la puerta como una aparición  vengativa. Era una mujer de 48 años, alta y   delgada como un ciprés, con el cabello castaño  recogido en un peinado elaborado, adornado con   perlas. Su rostro tenía la piel estirada de quien  nunca había trabajado bajo el sol, blanca como la   leche, con labios delgados que raramente sonreían. 

vestía un vestido de terciopelo verde oscuro con   encajes en el cuello y en su mano derecha llevaba  un pequeño látigo de cuero trenzado que usaba   ocasionalmente para corregir a las esclavas de  la casa. Sus ojos azules, normalmente fríos y   calculadores, ahora ardían con una furia que  hacía temblar hasta a los capataces más rudos.  

Aten a esta ladrona inmunda. La voz de la varonesa  cortó el aire como un cuchillo afilado. Quiero que   todos vean lo que le pasa a quien se atreve  a robarme. Dos capataces, hombres grandes   con sombreros de ala ancha y camisas manchadas  de sudor, corrieron hacia Elena. Uno de ellos,   un hombre llamado Jacinto, con una barba negra  descuidada y una cicatriz que le cruzaba desde   la oreja hasta la barbilla, la agarró por el brazo  con tanta fuerza que Elena sintió que los huesos  

crujirían. El otro, más joven y con dientes  podridos, sacó una cuerda gruesa de cáñamo de   su cinturón. Las manos de Elena fueron atadas tan  apretadamente que la cuerda le cortó la piel de   las muñecas. Pequeñas gotas de sangre comenzaron  a brotar alrededor de la soga. Por favor, patrona.   Elena intentó hablar, pero su voz salió quebrada. 

Yo no robé nada que le perteneciera. La varonesa   bajó los tres escalones de piedra que separaban  la entrada de la casa del camino empedrado. Sus   zapatos de seda negra apenas hacían ruido contra  la piedra. Se acercó a Elena hasta que sus rostros   estuvieron a centímetros de distancia. El perfume  dulzón de agua de rosas de la varonesa contrastaba   con el olor a miedo y sudor que emanaba de Elena. 

¿Cómo te atreves a negar tu crimen delante de   todos? La varonesa levantó su mano y mostró una  pequeña llave de hierro oxidado. No era más grande   que un dedo pulgar. Esta llave estaba escondida  en tu jergón, en tu colchón de paja sucia donde   duermes con las otras muchachas. Mis criadas  la encontraron esta mañana cuando limpiaban   las habitaciones de servicio.

 Elena miró la  llave. Sus ojos, oscuros como la noche sin luna,   brillaron con algo que no era exactamente miedo.  Era algo más profundo, más peligroso. Pero mantuvo   la boca cerrada. La hacienda a los almendros  era conocida en toda Sevilla como una de las  propiedades más ricas de la región. El varón  Fernando de Alvarado, esposo de la varonesa,   había heredado aquellas tierras de su padre, quien  las había recibido del abuelo, quien las había   arrancado de las manos de los indígenas originales  hacía más de un siglo. La finca se extendía  

por hectáreas y hectáreas de tierra fértil,  donde crecía la caña de azúcar más dulce de   la provincia. Había establos con caballos de raza  pura importados de España, corrales con ganado que   alimentaba a toda la comarca y una casa grande  de dos pisos con columnas blancas que imitaban   las mansiones europeas.

 Pero detrás de toda esa  belleza y riqueza había sudor, había sangre, había   lágrimas de 120 esclavos que trabajaban desde  antes del amanecer hasta después del anochecer.   Amarren la cuerda al caballo”, ordenó la varonesa  señalando hacia un semental negro que estaba atado   cerca del pozo. El animal era enorme, con músculos  que se marcaban bajo su pelaje brillante.

 Sus ojos   eran salvajes, nerviosos, como si supiera que algo  malo estaba por suceder. Los capataces arrastraron   a Elena hacia el caballo. Ella intentó resistirse,  clavando sus pies descalzos en la tierra,   pero era inútil. Eran dos hombres grandes contra  una mujer delgada, debilitada, por años de trabajo   agotador y comida escasa.

 Jacinto ató extremo  de la cuerda que aprisionaba las muñecas de   Elena a la montura del caballo. La cuerda estaba  tensa, demasiado tensa. Elena sabía lo que vendría   alrededor del patio central de la hacienda, otros  esclavos comenzaron a reunirse. Nadie hablaba,   nadie se movía. Solo miraban con ojos enormes,  llenos de horror y compasión impotente.

 Había   niños pequeños agarrados a las faldas de sus  madres. Había ancianos que ya habían visto esta   escena demasiadas veces en sus largas vidas.  Había jóvenes que apretaban los puños hasta   que las uñas se clavaban en sus propias palmas,  pero no podían hacer nada, nada excepto observar.   María, una esclava de 35 años que había sido  amiga de Elena desde que ambas eran niñas,   cubrió su boca con las manos para contener un  soyo. Sus ojos se llenaron de lágrimas que rodaron  

por sus mejillas sin que ella las limpiara.  Junto a ella estaba su hijo pequeño, un niño de   7 años llamado Tomás, quien preguntó en voz baja,  “Mamá, ¿qué le van a hacer a la señorita Elena?”   María solo pudo apretar la mano de su hijo y  bajar la mirada. No tenía palabras para explicar   la crueldad.

 La varonesa levantó su látigo  y lo dejó caer sobre el lomo del caballo. El   animal relinchó y dio un salto hacia adelante.  Elena cayó de rodillas cuando la cuerda se tensó   violentamente. El camino empedrado que subía hacia  la entrada de la hacienda estaba hecho de piedras   irregulares del tamaño de puños colocadas así a  décadas por manos esclavas que ya no existían.  

Las piedras estaban separadas por pequeños  espacios llenos de tierra y pasto seco. No   era un camino suave, era áspero, cruel, perfecto  para el castigo que la varonesa había elegido.   Adelante! Gritó la varonesa y el capataz Jacinto  golpeó nuevamente al caballo con una vara. El   animal comenzó a trotar por el camino empedrado,  arrastrando a Elena detrás de él.

 El cuerpo de la   joven golpeó contra las piedras una y otra vez.  Su falda de algodón barato se rasgó en segundos,   dejando sus piernas expuestas a la abración  brutal del suelo. La piel de sus rodillas se   raspó primero, luego la de sus muslos. Pequeños  hilos de sangre comenzaron a manchar las piedras   grises. Elena gritó.

 Un grito animal, primitivo,  que venía de lo más profundo de su alma.   Un grito que hizo que algunos niños comenzaran a  llorar y que las mujeres mayores cerraran los ojos   en oración silenciosa. La varonesa caminaba detrás  con pasos medidos y elegantes, como si estuviera   dando un paseo matutino por su jardín. Su rostro  no mostraba emoción alguna, ni placer sádico,   ni remordimiento, solo una satisfacción fría  de estar dando una lección que nadie olvidaría.  

Esta era su tierra, estas eran sus reglas y quien  se atreviera a romperlas pagaría con sangre y   dolor. El caballo continuó subiendo por la cuesta  empedrada. Las piedras se volvieron más grandes,   más filosas, conforme el camino ascendía hacia  la parte alta de la propiedad, donde había un   mirador que daba vista a toda la plantación.

 Elena  intentó proteger su cara con los brazos atados,   pero era imposible. Su mejilla izquierda rozó  contra una piedra particularmente afilada y   una línea roja apareció desde su pómulo hasta su  mandíbula. Sus gritos se volvieron más débiles. Su   cuerpo comenzaba a ceder al agotamiento y al dolor  insoportable.

 El polvo del camino se mezclaba con  su sangre creando un barro rojizo que se pegaba  a su piel desgarrada. Su blusa blanca, que había   sido lavada y planchada cuidadosamente apenas el  día anterior, ahora estaba irreconocible, rasgada,   manchada, convertida en arapos que apenas cubrían  su torso. El cabello que siempre llevaba recogido   en un moño se había soltado y se arrastraba por  el suelo detrás de ella como una cola oscura y   enredada.

 Los otros esclavos seguían el terrible  desfile a distancia. Nadie se atrevía a acercarse,   nadie se atrevía a pedir piedad. Hacerlo  significaría unirse a Elena en su castigo,   pero sus rostros contaban historias silenciosas  de rabia contenida, de impotencia que corroía   el alma, de odio guardado en lo más profundo  del corazón, donde los amos no podían verlo.  

Después de lo que pareció una eternidad, pero  que probablemente fueron solo 10 o 15 minutos,   el caballo se detuvo. Elena yacía inmóvil en  el suelo. Su cuerpo formaba una línea irregular   sobre las piedras manchadas. Su respiración era  superficial, rápida, como la de un animal herido.   Tenía los ojos semicerrados.

 La conciencia  amenazaba con abandonarla. El dolor era tan   intenso que su cerebro comenzaba a desconectarse  como mecanismo de defensa. La varonesa se acercó   lentamente. Se inclinó sobre Elena, cuidando  de no mancharse el vestido de terciopelo con la   sangre que cubría el suelo. Observó el rostro  destrozado de la joven esclava con la misma   expresión que usaría para examinar un mueble roto  o un jarrón astillado, algo sin valor que debía   ser descartado.

 Pero entonces algo increíble  sucedió, algo que nadie esperaba. Elena, con un   esfuerzo sobrehumano, levantó su rostro cubierto  de polvo y sangre. Sus ojos, que deberían estar   apagados por el dolor y la derrota, brillaban con  una luz extraña, una chispa de lucidez, de poder,   de secreto guardado que finalmente estaba listo  para ser revelado.

 Con voz ronca pero clara,   Elena susurró algo al oído de la varonesa. Las  palabras fueron bajas, apenas audibles, pero   tan certeras como un puñal clavándose entre las  costillas. La expresión triunfante y fría de la   varonesa se congeló. Sus ojos azules se abrieron  enormemente. El color desapareció de sus mejillas   pálidas.

 Su boca se abrió ligeramente en un gesto  de shock que no pudo controlar. ¿Qué fue lo que   Elena susurró? ¿Qué secreto terrible guardaba  aquella pequeña llave de hierro oxidado? Para   entender el poder de aquellas palabras susurradas,  primero debemos conocer el mundo que rodeaba a   Elena. y a todos los que vivían bajo el yugo de  la hacienda los almendros.

 Era un mundo construido   sobre mentiras elegantes y crueldades disfrazadas  de orden natural, un mundo donde algunas personas   nacían para mandar y otras para obedecer hasta  la muerte. Sevilla, en aquel año de 1845 era   una ciudad de contrastes violentos. Las calles  principales estaban pavimentadas con adoquines   traídos desde España y las familias ricas paseaban  en carruajes importados de Francia.

 Las iglesias   tenían campanas de bronce que repicaban cada  hora recordándole a todos que Dios observaba   desde arriba. Pero en las afueras de la ciudad, en  las haciendas que se extendían hacia el horizonte,   existía otro mundo, un mundo de barracas de madera  donde dormían asinadas las familias esclavas,   un mundo de campos interminables donde el sol  quemaba la piel y el trabajo rompía los cuerpos   mucho antes de que la vejez pudiera hacerlo.

 La  ley permitía la esclavitud, más aún, la celebraba   como pilar fundamental de la economía. Los  esclavos no eran considerados personas ante los   tribunales, sino propiedades. Como los caballos  o el ganado, podían ser comprados, vendidos,   castigados o destruidos según la voluntad de sus  dueños. No tenían derecho a casarse sin permiso.  

No podían aprender a leer ni escribir bajo pena de  mutilación. No podían reunirse en grupos de más de   cinco personas sin supervisión. No podían  levantar la mano contra un hombre blanco,   ni siquiera en defensa propia, y sobre todo, jamás  podían cuestionar la autoridad de sus amos. El   varón Fernando de Alvarado era la personificación  de esta autoridad incuestionable.

 Tenía 52 años y   su cuerpo grande y robusto mostraba los excesos  de una vida de lujos. Su rostro redondo estaba   perpetuamente enrojecido por el vino que bebía  desde el almuerzo hasta la cena. Tenía bigotes   gruesos color castaño oscuro que se retorcía cada  mañana con cera perfumada y sus ojos pequeños   brillaban con astucia de comerciante.

 Vestía  siempre con levitas de paño inglés y chalecos   bordados que apenas le cerraban sobre su vientre  prominente. Fumaba puros caros traídos de Cuba y  hablaba con voz fuerte de hombre acostumbrado  a ser obedecido al instante. Pero detrás de   aquella fachada de poder y riqueza, el varón  guardaba secretos que lo consumían lentamente,   secretos que solo Elena había logrado descubrir. 

La varonesa Constanza era diferente de su marido   en muchos aspectos, pero igualmente despiadada.  Mientras él gobernaba con gritos y puños,   ella lo hacía con miradas heladas y castigos  calculados. Había crecido en una familia noble   empobrecida en España y había aprendido desde niña  que la crueldad era una herramienta necesaria para   mantener la distancia entre amos y sirvientes. 

Nunca tocaba a sus esclavos directamente.   Jamás levantaba su propia mano para golpear. En  cambio, daba órdenes frías y precisas que otros   ejecutaban. Esto la hacía sentir civilizada,  refinada, por encima de la brutalidad común.   Entre los capataces de la hacienda, tres  hombres se destacaban por su crueldad.

 Ya   conocimos a Jacinto, el de la barba negra y la  cicatriz facial. Pero también estaba Rodrigo,   un hombre bajito y nerbudo de 30 años, con ojos de  víbora, que disfrutaba especialmente castigando a   las mujeres jóvenes. Y finalmente estaba el más  joven, un muchacho de apenas 21 años llamado   Vicente, hijo ilegítimo del varón con una esclava  que había muerto en el parto.

 Vicente había sido   criado en un limbo terrible entre dos mundos.  No era esclavo porque llevaba sangre del amo,   pero tampoco era libre porque llevaba sangre  de esclava. Esta ambigüedad lo había convertido   en alguien especialmente cruel con los demás  esclavos, como si castigándolos pudiera borrar   la mitad de sí mismo que odiaba.

 La vida diaria  en los almendros seguía un ritmo implacable.   Los esclavos despertaban cuando todavía era  de noche, antes del canto del primer gallo.   Las mujeres encargadas de la casa grande como  Elena debían tener el agua caliente lista para   el baño de los amos, el desayuno preparado en  la mesa del comedor y todos los pisos barridos   antes de que el sol apareciera completamente.

 Los  hombres marchaban hacia los campos de caña armados   con machetes enormes que pesaban tanto que los  niños pequeños ni siquiera podían levantarlos.   Trabajaban 12 horas bajo el sol cortando  caña, cargando fardos que pesaban más que   sus propios cuerpos y regresaban al anochecer con  las manos sangrando y la espalda rota.

 La comida   que recibían era escasa y de mala calidad.  Frijoles aguados cocinados en ollas comunes,   tortillas duras hechas con la harina más barata.  Ocasionalmente, cuando había matanza de algún   animal viejo o enfermo, recibían pedazos de carne  tan duros que había que hervirlos durante horas   para poder masticarlos.

 Los niños esclavos  crecían raquíticos, con vientres hinchados   por los parásitos y piernas delgadas como ramas.  Las mujeres embarazadas seguían trabajando hasta   el momento del parto y se esperaba que regresaran  al trabajo apenas tres días después de dar a luz.   Las enfermedades se propagaban rápidamente  en las barracas asinadas.

 La fiebre amarilla   llegaba cada verano y se llevaba a docenas de  personas. La tuberculosis consumía los pulmones   de los más débiles durante el invierno húmedo.  Las infecciones por heridas mal curadas mataban   lentamente a quienes habían sido castigados  con látigos o cadenas. Pero para los amos,   estas muertes eran simplemente pérdidas  económicas calculadas.

 Un esclavo muerto podía   ser reemplazado comprando otro en el mercado de la  ciudad. Siempre había oferta. Elena había llegado   a los almendros cuando tenía apenas 8 años. había  sido comprada junto con su madre en un mercado de   esclavos en la capital después de que su primer  amo muriera dejando deudas enormes. Su madre,   una mujer hermosa de piel oscura llamada Josefina,  había trabajado como cocinera en la Casa Grande   durante 10 años hasta que una neumonía se la llevó  en una sola semana. Elena Ten tenía 18 años cuando  

su madre murió y desde entonces había estado  sola en el mundo, sin familia, sin nadie que la   protegiera de los caprichos y crueldades de los  amos. Pero Elena tenía algo que la diferenciaba   de los demás esclavos. Tenía inteligencia afilada  como navaja y observación silenciosa que todo lo   registraba.

 Mientras limpiaba los pisos de mármol  de la casa grande, escuchaba las conversaciones   que los amos creían privadas. Mientras servía el  té en el salón, memorizaba nombres que aparecían   en cartas y documentos dejados sobre las mesas.  Mientras ordenaba la biblioteca del varón,   ojeaba rápidamente libros de leyes y contratos  comerciales, aprendiendo cosas que ningún esclavo   debería saber.

 Y así, con paciencia de años,  Elena había descubierto la verdad terrible  que sostenía la hacienda los almendros. El varón  Fernando de Alvarado era un jugador compulsivo. No   podía resistirse a las mesas de cartas cuando  visitaba la ciudad. Apostaba sumas enormes en   juegos de dados con comerciantes sin escrúpulos.  Firmaba pagarés con traficantes de esclavos cuando   necesitaba dinero rápido para pagar deudas  anteriores.

 Y poco a poco, año tras año, había   ido entregando pedazos de su fortuna a acreedores  que no perdonaban retrasos. El baúl secreto   existía. Elena lo había descubierto hacía 6 meses,  escondido detrás de un panel falso en el estudio   privado del varón. Dentro había documentos que  revelaban la magnitud del desastre. financiero,   contratos de deuda por cantidades que superaban  el valor de toda la hacienda, escrituras de la   propiedad dadas como garantía a prestamistas  que podían reclamarlas en cualquier momento.  

Cartas de abogados amenazando con procesos  judiciales y lo peor de todo, documentos que   probaban que el varón había vendido esclavos que  legalmente ya no le pertenecían porque habían sido   entregados como garantía de deudas anteriores.  Esto era fraude, un crimen que podía llevarlo   a prisión.

 Elena había robado aquella llave,  pero no para ella misma. había robado la llave   para copiarla y había copiado los documentos más  comprometedores en secreto durante todos dormían y   ella fingía estar enferma para quedarse en la  casa grande. Había escondido esas copias con   alguien de confianza fuera de la hacienda, alguien  que podía llevarlas a las autoridades correctas.  

Todo había sido planeado cuidadosamente, pero la  varonesa había encontrado la llave original antes   de que Elena pudiera devolverla a su lugar. Y  ahora, mientras yacía sangrando sobre las piedras   del camino, Elena había revelado la verdad. La  llave no era de sus joyas, había susurrado al   oído de la varonesa. Era del baúl de documentos.

 Y  la casa ya no es suya. La varonesa ahora entendía.   Elena no había robado para enriquecerse, había  robado para destruirlos. Seis meses antes de aquel   terrible día en el camino empedrado, algo había  sucedido que cambió para siempre el corazón de   Elena. Algo tan brutal y devastador que transformó  a una mujer resignada en una vengadora implacable.  

Para entender la frialdad con la que  había planeado la destrucción de sus amos,   debemos regresar a aquella noche de febrero,  cuando el mundo de Elena se partió en dos. Era   temporada de cosecha y la hacienda funcionaba con  la intensidad febril de una colmena. Los campos   ardían bajo el sol del día, mientras los esclavos  cortaban caña sin descanso.

 Por las noches,   el trapiche funcionaba con sus enormes ruedas  de piedra, moliendo los tallos para extraer el   jugo dulce. que luego se convertiría en azúcar  morena. El aire olía constantemente a melaza,   quemada y sudor humano. Nadie dormía más de 4  horas porque el trabajo nunca terminaba. Entre los   esclavos de la hacienda había un joven llamado  Gabriel.

 Tenía 26 años, la piel color caoba   brillante por el trabajo al sol y manos grandes y  fuertes capaces de cargar dos sacos de caña a la   vez. Pero lo que más destacaba en Gabriel eran sus  ojos. Eran ojos que todavía conservaban esperanza   a pesar de todo. Ojos que miraban el horizonte  y soñaban con libertad. Ojos que miraban a Elena   con un amor tan puro y profundo que hacía que ella  sintiera que tal vez, solo tal vez, la vida podía   ofrecer algo más que dolor.

 Elena y Gabriel se  habían enamorado en secreto durante dos años. Se   encontraban en los escasos momentos de descanso  detrás del granero, donde nadie podía verlos.   compartían pedazos de pan duro que cada uno  guardaba de su ración. Hablaban en susurros   sobre sueños imposibles de escapar hacia el norte,  donde decían que algunos esclavos fugitivos habían   logrado construir comunidades libres en las  montañas.

 Gabriel le había tallado a Elena   una pequeña figura de madera con forma de pájaro  que ella guardaba escondida en el dobladillo de   su falda. era su tesoro más preciado, su  símbolo de esperanza. Pero el amor entre   esclavos era peligroso. Los amos no permitían que  sus propiedades formaran lazos afectivos fuertes,   porque eso creaba lealtades que no podían  controlar.

 Las parejas podían ser separadas   y vendidas a diferentes haciendas según la  conveniencia económica. Los hijos nacidos de   estas uniones pertenecían automáticamente a los  amos, quien podían venderlos apenas dejaran de   necesitar la leche materna. El amor era un lujo  que los esclavos no podían permitirse. Gabriel   había cometido el error de pedir permiso formal  al varón para casarse con Elena.

 Había reunido   coraje durante semanas practicando las palabras correctas, imaginando que tal vez el amo tendría   un momento de generosidad. Una noche después de la  cena, cuando el varón estaba de buen humor por el   vino y las noticias de una buena cosecha, Gabriel  se había arrodillado frente a él en el estudio y   había hecho su petición con la cabeza baja y  la voz temblorosa.

 El varón se había reído,   una risa profunda y cruel que hizo eco en  las paredes forradas de libros. “Casarte,   había dicho entre carcajadas. Un esclavo quiere  casarse como si fuera un hombre de verdad.   Había llamado a la varonesa para que escuchara  aquella ocurrencia divertida. Ella había entrado   al estudio con su vestido de noche color púrpura y  había observado a Gabriel arrodillado con el mismo   desprecio que mostraría ante una cucaracha.

 “Los  animales no se casan, muchacho”, había dicho la   varonesa con voz helada. Se aparean cuando sus  dueños lo permiten y tú no tienes mi permiso.   Gabriel había intentado explicar que amaba a  Elena, que trabajaría el doble si le permitían   estar con ella, que nunca pedía nada más. Pero sus  palabras solo habían enfurecido al varón.

 Amor,   había gritado, levantándose de su silla con el  rostro enrojecido. Tú no sabes lo que es el amor.   Tú solo quieres satisfacer tus impulsos bestiales.  Había llamado a los capataces. Jacinto y Rodrigo   habían entrado al estudio y habían arrastrado  a Gabriel hacia afuera. Lo habían llevado al